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Los tranvías habaneros (+ Fotos y Video)

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Después de recordar aquellas deliciosas vacaciones que yo disfrutaba allá en la Habana Vieja, exactamente allí en la calle Oficios esquina a Calle Habana, muy cerquita de la Bahía, era en la Casa de Martina y Rodríguez aquellos “gallegos”, los padres de mi amigo Rogelio que tanto me querían, allí llegaba el olor del salitre que venía del mar, era una cuartería y ellos sólo tenían allí un cuarto pequeño, había que usar el servicio sanitario y ducha para todas las familias que allí vivían.

Martina lavaba la ropa en el lavadero que estaba en el centro de solar, este era también para todos. Esa gallega elaboraba unas fabadas que había que chuparse los dedos, allí yo era feliz. Si bien todo lo que he narrado en este recuerda me estimulaba, hay algo clavado aquí en mi mente: era el viaje que tenía que realizar desde la playa de Marianao hasta el muelle de luz, casi enfrente a la “mansión” de mis queridos amigos. Lo hacía en aquellos limpios, cómodos y baratos tranvías, y creo que el costo del pasaje era sólo de 5 centavos, y rodaron más o menos hasta el año 1950.

tranvía cuba

Aquí en mi mente permanece la imagen de aquel elegante conductor con su enorme bigote, su traje impecable, limpio y bien planchado y una impresionante gorra con su visera de color del traje que era gris. Aquel hombre mostraba en su rostro la inmensa satisfacción que le producía conducir aquel carruaje, giraba con elegancia y destreza aquella manigueta que dirigía el tranvía.

El interior del tren era muy limpio, asientos muy cómodos -unos 40- cubiertos con un tejido de paja. Había otro conductor que iba en el tranvía, éste era quien cobraba los pasajes y extendía las transferencias que solicitaban los pasajeros. Este mismo conductor tenía que bajarse de vez en cuando y volver a colocar los trolers que iban sobre los vehículos y que se conectaban a estos por los cables eléctricos extendidos sobre todas las líneas tranviarias. Estas desconexiones las realizaban “malditos” fiñes que corrían y se colgaban de los tranvías, para divertirse; yo también me divertía, aunque me daba mucha pena con los conductores que tenían que bajarse y tener que conectar el fluido eléctrico para que el tranvía continuara su viaje.

Se aprecian los troles en el techo del tranvía de Almendares.

Se aprecian los troles en el techo del tranvía de Almendares.

Nunca podré olvidar estos magníficos viajes a la casa de los gallegos y siempre me he preguntado: ¿por qué los desaparecieron y fueron sustituidos por aquellas enormes guaguas blancas y azules, que el pueblo llamó (las enfermeras)? Se murmuraba que la razón real de la sustitución fue debido a un “negocito”, donde el Presidente de turno recibió una buena tajadita. ¡Así eran las cosas entonces!

Estando aún estudiando el primer año de inglés, se me acercó un vecino de mi pueblo que tenía una tienda de souvenirs no muy lejos de mi barrio y me propuso trabajar con él como dependiente, hablando inglés. Allí radicaba el entonces conocido Restaurant “El Algibe”; también había una finquita donde se mostraba a los turistas las plantas y los árboles principales de nuestro país, y se incluía la demostración de una pelea de gallos (desde luego que con las espuelas tapadas) y al final se mostraba al hombre que subía desde el tronco de la palma hasta arriba, donde estaba el palmiche. En una ocasión, este hombre se cayó desde lo alto; no se mató, pero se fracturó ambas piernas, y quedó cojo hasta el día en que murió.

En la finquita había matas de café, coca, plátanos, piña, caña de azúcar, mangos, aguacates y muchas otras variedades del agro. Los guías al terminar su recorrido y despedirse del grupo de yanquis, hacían una reverencia y preguntaban si les había gustado aquello. En la parte de atrás de la puerta de salida había un cartelito que decía: “Tip the guide”. Esto era sólo una sugerencia, que quería decir, traducido al español. “Dé propina al guía”.

Finalmente el vecino me ubicó a trabajar en la tienda y así fue que decidí dejar a mi papá con aquello de las viandas, los carretones y los caballos e irme a trabajar en el turismo. Comencé como dependiente de la tienda. Los primeros días yo no entendía ni Jota, pero hacía un gran esfuerzo; creo que tampoco me entendían a mí. El primer mes fueron 30 pesos, con una comisión de un uno por ciento de lo que vendía, llegué a 51 pesos. Ahora la ropa estaba limpia y las uñas sin tierra. Había subido de categoría. Así me pasé como tres años en aquella tienda, en la que ya ganaba 100 pesos en un mes. El dueño, que no era “polaco”- antes a todos los judíos le llamábamos polacos- lucraba conmigo como si lo fuera. En pocos años acumuló una apreciable fortuna que después lo convirtió en uno de los accionistas principales de otro centro turístico mayor que construyó con otros dos socios.

Tres años después, cuando ya dominaba bastante bien el idioma, fui a parar a otro centro turístico. Esta vez los dueños sí eran “judíos”. Tenían una perfumería, tienda, restaurante, finca de exhibición, peleas de gallo y el trepado de la palma; además una cadena de tiendas y negocios de este tipo que dominaba los principales hoteles de La Habana y otros céntricos lugares, incluyendo un establecimiento a bordo de un Ferry de autos y pasajeros que viajaba de La Habana a Cayo Hueso en la Florida. Aquí también trabajé años más tarde.

Al llegar a la perfumería de los polacos me pusieron de dependiente de la tienda de souvenirs, aunque por las mañanas, antes de que llegaran los clientes, tenía que barrer y pasar la colcha por el piso. Allí las cosas no fueron mejores. Mi primer sueldo fue de 64 pesos mensuales y el uno por ciento de las ventas. ¡Llegar a 120 pesos era una cosa heroica! Había que hablar y hacer gracias de lo lindo a los turistas para alcanzar esa cifra.

Esta es la portada de la perfumería “FIBAH”, dentro había, además de la perfumería, otras atracciones turísticas, trabajando yo en una tienda de Souvenirs. Este lugar es hoy un asilo de personas de avanzada edad.

Esta es la portada de la perfumería “FIBAH”, dentro había, además de la perfumería, otras atracciones turísticas, trabajando yo en una tienda de Souvenirs. Este lugar es hoy un asilo de personas de avanzada edad.

Allí fui sometido a una prueba que hacía el señor Moreno – dueño principal del negocio-, a todos los nuevos que entraban a trabajar. Él se hacía el dormido en su oficina, ¡hasta roncaba! Era gordo rechoncho, con un estómago que le cabía un carretón de comida. Moreno dejaba tirado en una esquina un billete de cinco pesos doblado y comenzaba a mirar con el rabo del ojo. Yo no caí en la trampa, aunque buena falta me hacía. Le devolví el billete dobladito, tuve que llamarlo dos o tres veces para que se despertara. Me miró restregándose los ojos y me dijo: —“Mas chiquito, esto está muy bueno”.

En aquel lugar eché el bofe, trabajando desde temprano por la mañana; después de marcar la tarjeta, comenzaba la tarea y salía de allí cuando se iba el último turista y habíamos cuadrado la caja. Muchas veces fue hasta altas horas de la noche.

Como no teníamos sindicato, ellos nos imponían su ley. Luché varios meses para que me subieran el sueldo de 64 a 74 pesos, que era lo que ganaban otros que hacían lo mismo que yo. Después de muchas discusiones con Mauricio (hijo del señor Moreno) y mi amenaza de irme, él cedió. Desde luego que yo le convenía, habían probado ya mi honradez y la eficiencia como dependiente. Estando en aquel lugar sucedieron varios acontecimientos políticos de gran envergadura: la muerte de Eduardo Chibás y posteriormente a la época que les cuento, el Golpe de Estado del 10 de marzo del 1952, organizado por Fulgencio Batista y Zaldívar.

Se han publicado 7 comentarios



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  • jose perez dijo:

    esto es algo que toca recuperar, para bien de las personas que viven y visitan la capital

  • Steve dijo:

    He desarrollado varias incursiones en el tema de la recuperación ferroviaria a partir del 2006. Entre ellas para recuperar parte de la línea a Marianao. Después trabajé de conjunto con otros compañeros en la lucha por la recuperación del ramal Batabanó, hoy en servicio y por último en la recuperación de Linea Eléctrica Güines, hoy en servicio y casi desaprovechada. También le expuse al MINTRAN mis consideraciones sobre el Tranvía y supe que existe un especialista que tiene un estudio completo sobre la introducción del tranvía en la capital. Les propuse un aplicación por etapas utilizando financieamento externo.
    Países como Holanda demuestran una alta eficiencia de este medio de transporte al que no han renunciado, aun bajo su condición de país desarrollado que dispone de modernas alternativas, así como tampoco han renunciado al uso de la bicicleta. Incluso han hecho de cada coche del TRANVÍA un medio de divulgación cultural ya que se encuentran exteriormente decorados con obras de sus artistas plásticos.

  • Leonardo dijo:

    Por qué no regresa a Cuba ese medio de transporte que todabía en medio mundo resuelve un problema tan grande como el traslado de personas y supone un medio muy económico y ecológico al mismo tiempo?

  • OCA dijo:

    Muy interesante reportaje, considero que es bueno recordar esto y un reto para tener otro ahora y mucho más moderno, bastante falta que hace.

  • El conde, dijo:

    Vivi aquellos tiempos del 58. Era un nino, pero me acuerdo. Imagenes impactantes, recuerdos ilucionantes, recuerdos vivos e inolvidables y retornos imposibles.

  • ROGELIO dijo:

    URRA TE ACUERDAS DE LA PERFUMERIA FRANCESA ROGER GALLET DE 222 ?

  • carlos vega pizarro dijo:

    Un hermoso recuerdo, nos traslada a una época que nos muestra la riqueza estética de un medio de transporte que aún tiene vigencia en otros países de Europa. Ojalá pudiéramos disfrutar nuevamente de ese medio de transporte.

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Pedro Urra Medina

Pedro Urra Medina

Nació en 1929. Es historiador y columnista de Cubadebate.

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