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Ideología, mercado y comunicación

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Hace mucho quedó esclarecida la falsedad acerca del supuesto fin de las ideologías que tan negativa y perversamente influyó en la actividad política y el pensamiento de no pocos revolucionarios, dirigentes del movimiento sindical e integrantes en general de las fuerzas de izquierda y de la intelectualidad comprometida, estos últimos alejados del conocimiento directo de la realidad y empeñados en la construcción de relatos a partir de otros relatos para demostrar “conocimiento verdadero”, “dominio del tema”, erudición, “objetividad desideologizada”, etc., mientras la ideología liberal campeaba por sus respetos en el escenario social de la mano del neoliberalismo en economía y con el trasfondo del pensamiento único.

IDEOLOGÍA

Una ideología, la de la revolución cubana también, puede ser analizada como proceso social, como concepto y como término. Los modos de denominarla pueden ser diversos, más o menos acertados, sin alterar por ello su contenido; los modos de concebirla como concepto también pueden ser diversos, porque dependerán de los ángulos y niveles de profundidad conque se aborde. Lo que es dado, lo real, es la existencia de esas ideas y valores en la subjetividad de la sociedad y en ese plano estamos hablando de la ideología revolucionaria realmente existente en la conciencia social como proceso contradictorio, cambiante, articulado a las conciencias grupales e individuales de los más diversos modos y con los más diversos efectos.

La revolución cubana se planteó el reto de una transformación radical de la sociedad, un cambio cultural orientado a la refundación de la nación sobre bases socialistas, libres de la explotación del hombre por el hombre y apostando al máximo posible de igualdad y justicia social.

En ese empeño su ideología, la ideología de la revolución cubana, ha sido el conglomerado articulado de valores compartidos, el sistema de principios, ideales, códigos, normas, sentimientos, convicciones, finalidades, creencias revolucionarios conformados en la cultura cubana y asentados en la comunidad de intereses de las grandes mayorías como parte del proceso histórico de liberación de los cubanos.

En efecto, la ideología de la revolución cubana es un producto histórico cultural de la sociedad cubana, su surgimiento y desarrollo ha sido posible por ser una necesidad del proceso social cubano: la de contar con un sistema de ideas y valores que fuese referente, fundamentase y sustentase la lucha por la liberación de los cubanos. Toda ideología revolucionaria auténtica es una ideología liberadora. Al ser un producto histórico, por más que hoy tiene vitalidad y la tendrá en el futuro, ha tenido principio y tendrá fin, esa calidad de algo “con principio y fin” emana ante todo de su carácter dialéctico, dinámico, cambiante. En consecuencia, el contenido y las formas de una ideología revolucionaria no están dados de una vez y para siempre, sino que cambian en dependencia de los requerimientos del proceso social, de los nuevos desafíos que aparecen en la historia.

A lo largo de la historia de Cuba, desde el surgimiento de la nacionalidad cubana, surge también la necesidad de independencia y libertad, esta fue inicialmente reflejada en el pensamiento y la conducta de las personas en la misma medida en que iba surgiendo una identidad nacional cubana, que se forjaba como resistencia y rechazo a la dominación colonial española, proceso que tuvo la influencia de las ideas más avanzadas de la época.

La primera sistematización de esos sentimientos ideas y valores la encontramos en el pensamiento y obra del presbítero Félix Varela. Se enriqueció y desarrolló con la experiencia histórica de lucha del pueblo cubano contra la opresión colonial española, en especial con los aportes de sus personalidades cimeras: Céspedes, Agramonte, Maceo, Gómez. En los territorios liberados por las fuerzas mambisas se fortaleció la identidad cubana, la psicología social cubana, y la ética y valores que en ese medio crecieron lo hicieron como parte de una  ideología revolucionaria. Allí, en la manigua redentora, el ser cubano se desarrolló plenamente en medio del peligro y libre de trabas o influencias ajenas.

En el pensamiento y obra de José Martí se encuentra la primera gran síntesis de la ideología revolucionaria cubana. Entroncó con lo más avanzado del pensamiento revolucionario cubano del 68 y lo fertilizó abundantemente en todo el proceso de preparación de la guerra necesaria y de unión y organización del pueblo cubano. El pensamiento de José Martí integraba las cualidades de ser un ideario humanista, revolucionario, radical, libertario, independentista y antiimperialista. Su universalidad le permitió incorporar al acervo cultural político del pueblo cubano, numerosas experiencias e ideas generadas en el mundo de la época, siempre desde la naturaleza del ser cubano, desde la identidad cultural cubana.

Martí sintetizó en su pensamiento y obra la necesidad e importancia de la unidad de todos los cubanos en torno a la lucha por la independencia contra la metrópoli española y se adelantó con acierto en el abordaje de numerosos dilemas que lo serían de los siglos XX y XXI, en especial la necesidad de defender la independencia frente al naciente imperialismo norteamericano.

Precisamente la presencia de ese imperialismo y su política hegemonista en la región, hizo que la finalidad liberadora de la ideología revolucionaria cubana necesitara de una unidad popular cimentada sobre bases más profundas para poder enfrentar los nuevos desafíos. Ya no se trataba solo de la coincidencia política de los cubanos para constituirse en nación independiente, sino de una unidad basada en la igualdad y la justicia social para las grandes mayorías, requerida de la abolición de la explotación del hombre por el hombre y en consecuencia de la eliminación del dominio de la propiedad privada. Es ahí, donde los ideales y principios del marxismo y del leninismo entroncan con los propósitos liberadores de la ideología revolucionaria cubana que inició un proceso de enriquecimiento y mestizaje al asimilar y apropiarse de esas ideas y valores; es ahí donde se funde el socialismo con la independencia nacional, imprescindible para enrumbar por un proyecto propio de nación que tendría al socialismo como condición para su desarrollo. Este proceso tuvo a lo largo de la primera mitad del siglo pasado el protagonismo de insignes revolucionarios cubanos como Julio Antonio Mella, Carlos Baliño, Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras Holmes y Blas Roca Calderío.

La ideología de la revolución cubana en aquel entonces no era la ideología predominante en la sociedad cubana, sino que lo era la ideología burgués-dependiente que se desarrolló en el país al amparo de la república neocolonial. Solo una parte minoritaria de la población reflejaba en su subjetividad de modo más o menos integral ese conjunto de ideas, valores, códigos, ideales, que conformaban la existencia social de esa ideología.

Fue la revolución de 1959, liderada por la Generación del Centenario, la que crea las condiciones propicias para el rápido desarrollo de la ideología de la revolución cubana hasta convertirse en ideología predominante en la sociedad cubana ampliando y fortaleciendo su papel social, proceso que combinó las medidas y leyes revolucionarias con una intensa batalla cultural política. Su segunda gran síntesis histórica se encuentra en el pensamiento y obra de Fidel Castro, cuya contribución ha sido decisiva en la asimilación de las ideas y valores del socialismo al acervo ideológico revolucionario cubano y por su labor pedagógica para difundirlas, explicarlas e interpretarlas en la práctica social.

Pero los valores de la ideología revolucionaria cubana no han estado, están ni pueden estar dados de una vez para siempre. Dice Armando Hart: “Nosotros concebimos el término ideología en el sentido de producción de ideas. Es la articulación de ambos planos de la realidad la que facilita los vínculos eficaces entre teoría y práctica, si se aspira, desde luego, a una práctica de valor universal.”

Muchos de los valores que integran la ideología revolucionaria cubana comenzaron a desarrollarse con el proceso de la construcción socialista al enfrentar las nuevas tareas, como por ejemplo los relativos a la conciencia económica, no solo en su papel para comprender las bases del sistema capitalista dependiente en Cuba, su naturaleza explotadora y la necesidad de su superación, sino y principalmente en lo tocante a los nuevos valores que se necesitan en una sociedad de orientación socialista, en el propósito de sustituir la competencia por la emulación, la oposición por la colaboración, el egoísmo por la solidaridad, el individualismo por el colectivismo, el lujo por el bienestar común, el despilfarro por la racionalidad, el consumismo por el consumo saludable, el desprecio por la naturaleza por la protección del medio ambiente, etc. El trabajo voluntario es un ejemplo de valor ético que aparece en Cuba con el triunfo de la revolución integrándose al sistema de ideas y valores de la ideología de la revolución cubana.

Un breve repaso antes de entrar en el mercado

Medio siglo de esfuerzos continuados en función de la construcción de una sociedad socialista en Cuba, han significado ante todo una extraordinaria transformación cultural en todos los órdenes. Construir un panorama de lo que contiene la anterior expresión requeriría de un espacio que lógicamente no es el de este breve texto, pero es imprescindible apuntar que lo desandado hasta aquí no ha sido suficiente para superar en la mentalidad de la sociedad un elemento que denomino psicología de intercambio de equivalentes, que por el contrario se ha reproducido y predomina en la población aun cuando en su gran mayoría ha nacido luego de iniciarse el proceso de transformación socialista de la sociedad.

En la experiencia socialista cubana hemos pasado, primero, por el proceso de ganar conciencia acerca de la naturaleza explotadora e injusta del capitalismo y de la necesidad de superarlo como parte esencial del proceso de liberación de los cubanos, los difíciles años de aprender a vivir bloqueados por los Estados Unidos, a defendernos de sus sabotajes y ataques de todo tipo, adaptarnos al racionamiento de los alimentos y recursos básicos, rechazar las agresiones, también por los primeros aprendizajes en la administración de todo el potencial productivo y de servicios que se había recuperado por la revolución para ponerlo plenamente en función de los intereses del pueblo trabajador, por los debates acerca de los sistemas económicos, por los años de la ofensiva revolucionaria y el fracaso de la zafra de los 10 millones, por el proceso de institucionalización y la copia del sistema de dirección y planificación de la economía adoptado de la experiencia de los países socialistas de Europa del Este, por el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, el derrumbe del socialismo, la desaparición del Estado multinacional soviético y el período especial, y ahora encaramos el reto de la crisis económica mundial cuando aún los Estados Unidos continúa su guerra económica contra Cuba que ya dura medio siglo, reforzada hoy por una guerra mediática.

En este proceso han sido ensayados diferentes modos o sistemas de la actividad económica, siempre subordinados a los intereses de toda la sociedad, pero por momentos relativamente prolongados sin valorar y aquilatar suficientemente las determinaciones y regularidades de la actividad económica, por lo que no podemos exhibir el saldo de una conciencia económica desarrollada en la sociedad cubana, algo que sí podemos afirmar en lo tocante al patriotismo, el internacionalismo, el antiimperialismo, y muchos otros valores culturales políticos que predominan en las grandes mayorías, incluyendo la conciencia acerca de la importancia de defender el poder político del pueblo trabajador y de mantenerse un sentimiento positivo hacia la revolución y la convicción de no renunciar al rumbo socialista.

Si no tenemos hoy en la ciudadanía y particularmente en los trabajadores una conciencia económica al nivel que lo necesita el país para asegurar el funcionamiento eficiente del metabolismo socioeconómico de una sociedad de orientación socialista, no es a causa de debilidades individuales de las personas por las cuales haya que exigirles responsabilidades, independientemente de la existencia del pícaro y del holgazán, sino porque la historia que se ha vivido, el modo en que se han organizado la producción, los servicios, la distribución del producto social, las inversiones, etc., no han contado con la necesaria articulación entre las actividades socioeconómica, organizativa, jurídica normativa e ideológica política y, en consecuencia, no hemos logrado desarrollar una conciencia económica que tenga como rasgos fundamentales, la eficiencia, el ahorro, la calidad, el deber laboral. Por tanto, sería equivocado ver las insuficiencias en el metabolismo socioeconómico de la sociedad cubana actual simplemente en una pretensa falta de espíritu de sacrificio, responsabilidad o laboriosidad de los ciudadanos en tanto individuos, cuando -si admitimos que los seres humanos son producto de las circunstancias además de cambiarlas- las condiciones en que tiene lugar la reproducción de la vida social, el conjunto de las relaciones sociales (económicas, jurídicas, políticas, organizativas) no articula con la eficiencia necesaria para que los ciudadanos se motiven suficientemente. Si a ello añadimos las circunstancias del bloqueo económico de los Estados Unidos contra Cuba y el paternalismo generado por la propia política de la Revolución, tendremos un cuadro razonablemente aceptable en este aspecto de la compleja coyuntura actual de la sociedad cubana.

La significación que tiene el trabajo para el ciudadano depende de la importancia del primero en la práctica del segundo para su cotidianidad, para sus intereses y necesidades.

Los modos con los que el trabajo cobra significación para el individuo son obviamente múltiples, incluyen por ejemplo la satisfacción de hacer una contribución social, el gusto e identificación del trabajador con su ocupación, el recibir el reconocimiento del colectivo laboral y también el hecho de constituir la vía a través de la cual el trabajador puede satisfacer necesidades cotidianas inaplazables que se resumen en la función de constituir la base de su sustento y el de su familia; y esa función se verifica a través de la remuneración, del resultado individual del trabajo, expresado en dinero o en especie.

El ejercicio diario del trabajo lo hace el individuo persiguiendo finalidades prácticas. Si el trabajo es en medida razonable positivamente significativo para este, elegirá trabajar y es aquí donde el sistema de relaciones sociales, las que existen tanto en la sociedad en su conjunto, como a escala del colectivo laboral juegan un papel esencial. Este sistema de relaciones sociales aparece en su vínculo con el individuo como algo dado, objetivamente existente, independiente de su voluntad. Si tal sistema es el resultado de una articulación armónica de las actividades socioeconómica, organizativa, jurídica normativa e ideológica política, el trabajador encontrará un medio propicio para que se produzca esa elección. Si no se trata de relaciones armónicas, eficientemente articuladas, en las que el trabajador vea la justeza de su remuneración, la posibilidad de realizar el resultado de su trabajo mediante el cambio por aquello que necesita y prefiere, dentro de un esquema general de oportunidades similares para todos los miembros de la sociedad, el escenario será adverso y contraproducente y el individuo puede elegir no trabajar, o trabajar menos, sin interés, etc.

Pero en este último caso no desaparecen las necesidades inaplazables del trabajador y de su familia, por lo que se producirá inevitablemente una contradicción entre esas necesidades de la persona y el medio en el que las tiene que realizar, produciéndose el surgimiento y desarrollo de micromedios éticamente autojustificados, en los que tiene lugar una inevitable confusión entre lo legal y lo ético, lo ilegal y lo no ético. Al perderse por un período largo la funcionalidad de los valores adquiridos, surge el peligro de que la persona sepulte en su conciencia las normas aprendidas y asumidas y las sustituya por otro sistema de valores, probablemente no tan constituido como el anterior, pero funcional a sus necesidades e intereses.

Para recuperar el trabajo como valor del ciudadano, es preciso primero recuperar el valor del trabajo. Lo contrario sería repetir errores de idealismo, y sería la negación del análisis marxista de la sociedad que postula una ética “de carne y hueso” y no sólo ideas y símbolos sobre ella. Solo cuando en la cotidianidad de la vida ciudadana el resultado del trabajo tenga realmente valor se comenzará a recuperar en general una conducta laboral adecuada a las necesidades del metabolismo socioeconómico socialista y con ello el trabajo como un valor fundamental del ciudadano aquella “primera necesidad vital” como formulara Lenin, “medio de emancipación del hombre” como escribiera Engels. Lo anterior sin detrimento de la enorme importancia de la disciplina y la autoridad en el ejercicio de la actividad socioeconómica.

Lo anterior no anula sino que presupone el papel insustituible de la educación. No puede haber construcción socialista sin educación socialista. Los valores que pueden ser inculcados desde la más temprana edad y durante toda la vida del ser humano a través de la actividad educativa en todos los órdenes juegan un papel determinante en la formación y actitudes de las personas, pero esta misma enseñanza, los contenidos de esa educación tienen también que estar a tono con las realidades, no pueden consistir en la inducción de postulados que no tienen asidero práctico, porque en el contacto con la vida perderían su efectividad para contribuir a crear convicciones sólidas en la personalidad. La educación en valores, particularmente los relativos a la actividad económica, tiene que saber distinguir entre los ideales y los modos de concretarlos en cada fase, teniendo en cuenta, en el caso cubano que la orientación socialista de la construcción social es condición imprescindible para asegurar el desarrollo económico y social del país.

En lo tocante al control popular, este puede concebirse como un seguro de vida del socialismo, como el valladar más seguro y eficiente en el combate cotidiano contra la negligencia, el nepotismo, la corrupción, la ilegalidad, las conductas desviadas por el mercantilismo, las actitudes y acciones voluntaristas, la improvisación y otras influencias que socavan, debilitan y comprometen el desarrollo de la cultura socialista. En el ejercicio del control popular corresponde el protagonismo a los ciudadanos, a las organizaciones de la sociedad civil socialista y a los medios de comunicación social, estos últimos encargados de asegurar el derecho de la ciudadanía a recibir información oportuna, veraz y suficiente para que pueda ejercer plenamente su derecho a participar activa y conscientemente.

En el proceso de construcción socialista es ético recibir en correspondencia con lo que se aporta, pero esta relación se produce hoy en la experiencia socialista cubana en unas condiciones en las que permanece la división social del trabajo y la influencia del mercado y la política internacionales signados por el predominio del sistema capitalista, por lo que habrá inevitablemente quien obtenga resultados mayores que otros ciudadanos igualmente aptos y capaces. Está presente además la influencia de las remesas del exterior -humana y jurídicamente irreprochables-    pero contraproducentes en el orden ideológico porque en algunos casos establecen una diferenciación negativa para el desarrollo socialista al transferir a la persona medios para el bienestar que no proceden de su trabajo.

En este contexto el andamiaje jurídico de la sociedad en transición socialista tiene que avalar la realización de los resultados del trabajo en el incremento de la propiedad personal, teniendo en cuenta la libertad de elección del individuo, siempre que los recursos hayan sido acumulados legalmente. Los límites de ello deben ser aquellos que pauten las conveniencias de la sociedad en su conjunto y la decisión al respecto no puede ser sino resultado de un consenso que exprese la voluntad popular. Ese andamiaje jurídico debe no solo refrendar los deberes del ciudadano, sino amparar también sus derechos, en particular los relativos a su propiedad personal y a su protección en el plano de las relaciones mercantiles.

De lo anterior se desprende la necesidad impostergable de retomar en Cuba la investigación de la demanda y, añado, del bienestar en el socialismo y de estudiar y analizar sistemáticamente la articulación de las actividades socioeconómica, organizativa, jurídica normativa e ideológica política, para contribuir con sus resultados a la corrección de los errores y eventuales desviaciones.

¿En qué consiste básicamente esa articulación?

En el mercado capitalista, el centro lo ocupan las mercancías. En el socialismo-gracias al carácter social de la propiedad sobre los medios fundamentales de producción y servicios- se abre la posibilidad de situar en el centro del metabolismo socioeconómico al ser humano aún dentro de relaciones mercantiles. Y digo la posibilidad porque no es obligado que así sea. Ese propósito no depende sólo de la codificación jurídica de la propiedad como social, sino de cómo esta se organiza, cómo se estructura todo el funcionamiento económico de la sociedad, cómo se asegura la realización del derecho de los trabajadores a participar de las decisiones, cuáles son las fórmulas de distribución del producto social, cómo la juridicidad vigente garantiza los derechos de los trabajadores, cuáles son las políticas sociales, cuál es la política económica, y cómo se fundamentan en el consenso ciudadano y muchos otros factores que constituyen al modo socialista.

Es con el proceso de construcción socialista que puede darse un contenido justo a la articulación entre las actividades socioeconómica, organizativa, jurídica normativa e ideológica política. El mercado en el capitalismo se tiene como un sistema natural en el cual interactúan las personas y las organizaciones económicas y en el que se contraponen sus intereses individuales. En ese proceso el Estado ampara los intereses de los propietarios privados de los medios de producción y servicios, la legalidad y la represión están al servicio de los capitalistas. El sistema se complementa con la hegemonía de la ideología burguesa. El mercado genera per se individualismo y finalmente egoísmo. El sistema de leyes y normas vigentes en el Estado capitalista no lacera la esencia mercantil del sistema social, antes bien, existe precisamente para que no haya sobre ella una incidencia  que dañe su esencia.

Esta articulación, para que sea armónica tiene que considerar aquellos componentes reales de ella que no pueden ser cambiados en un período de tiempo relativamente prolongado y que ejercen una influencia en el comportamiento humano que no puede ser regulada ad libitum salvo cohibiendo los comportamientos naturales que de ella se desprenden y provocando paradojas y disfunciones en el proceso social.

Entre esos componentes está el económico. Si reconocemos que la actividad económica y sus leyes tienen límites en su relación con la persona, lo que nos lleva también a considerar que la conciencia económica del ciudadano en una sociedad de orientación socialista está estrechamente interrelacionada con una serie de condicionantes de orden ético, estético, ideológico, psicológico; entonces es obligado el enfoque en dirección inversa: la actividad ideológica también tiene límites. Ni lo económico hegemoniza la conciencia y el comportamiento, ni la ideología tiene una capacidad ilimitada en la conducta de las personas, aunque por momentos incluso relativamente prolongados puede pautar su conducta, pero no absolutamente ni para siempre.

En los años de período especial, las consecuencias de orden económico, precisamente el factor determinante en última instancia en la dirección general del proceso social, han sido las más difíciles de superar y han terminado por erosionar valores ideológicos y producir cambios en la psicología de los individuos.

Estos cambios no pueden comprenderse como momentos simples y uniformes, sino como procesos complejos y multiformes. La concepción marxista de la relación individuo – sociedad se basa precisamente en el concepto de que la esencia humana no es inherente a cada individuo, sino que expresa el conjunto de las relaciones sociales, en consecuencia, ese reflejo no es un proceso rectilíneo y uniforme, sino complejo, diverso, contradictorio y de igual manera los cambios en la subjetividad de las personas tienen ese sello.

Comprender lo anterior nos permite entender por qué valores de la ideología de la revolución cubana tales como la libertad y la independencia nacional, la solidaridad, la justicia social, el internacionalismo, el patriotismo, la defensa de la soberanía nacional y la fidelidad a la revolución y al socialismo pueden haber coexistido -ciertamente en una relación conflictual- con las contravenciones e ilegalidades como las que han proliferado en la sociedad cubana en las difíciles circunstancias del período especial.

Han sido precisamente esos valores, junto con la salvaguarda de las conquistas sociales fundamentales de la revolución, los que han permitido evitar una crisis política en medio de las enormes dificultades económicas y del deterioro de otros valores. Pero hay que evitar que el socialismo se nos envejezca sin llegar a ser adulto y esos valores pueden también verse afectados gravemente si no se logra un metabolismo socioeconómico socialista, a tono con las realidades de hoy.

El socialismo no puede desarrollarse en la práctica sino es con un enfoque sistémico lo que requiere de un pensamiento integrador, de un desarrollo teórico constante y sistemático a partir de las experiencias de su construcción. Lo que puede dar contenido  y efectividad al mensaje ideológico político es partir de una articulación eficiente de las actividades fundamentales: la socioeconómica, la organizativa, la jurídica normativa y la ideológica política y alrededor de estas otros tipos de actividad. El seguimiento sistemático de esta articulación permitirá corregir errores y desviaciones, arbitrariedades, voluntarismos y negligencias.

Uno de los aspectos fundamentales de este propósito estriba precisamente en una práctica que tenga en cuenta la obligada relación de estas actividades. Las incoherencias entre el sistema jurídico y la actividad económica, o las de las políticas económicas con la mentalidad prevaleciente en la ciudadanía, o las de las formas organizativas de la propiedad social con los tres elementos anteriores, o las del discurso político, las formulaciones ideológicas, las incoherencias de los flujos de información con las realidades en estos planos, y muchas otras interrelaciones, conspiran contra la finalidad estratégica que consiste en que los esfuerzos en la construcción socialista dejen siempre un saldo positivo en el desarrollo de la cultura socialista.

En el centro de este sistema de relaciones está el ciudadano, el individuo cuya atracción hacia el modo de vida de la sociedad, su posición vital activa, su actitud y acciones sociales estarán dados por el grado de identificación que este tenga con el modo de vida, por el grado en que comparta la realidad y no en menor medida por su participación real en la modelación de ese sistema de relaciones.

No se trata, obviamente, de imaginar un mundo perfecto, que puede aparecer de pronto como por arte de magia y con el que entonces estarán todos identificados. Se trata, en primer lugar, de que el ciudadano se sienta parte real del proceso, que esté plenamente informado de sus virtudes y sus defectos, de sus avances y retrocesos, de sus desafíos y oportunidades; que se asegure su participación, que comprenda incluso aunque no los asimile los argumentos y realidades por los cuales las cosas son de un modo en una determinada etapa.

MERCADO

El mercado existe en la historia humana desde hace milenios. El intercambio de equivalentes entre personas y entidades desiguales ha sobrevivido siglos y diferentes modos de producción y formaciones socioeconómicas. No lo inventó el capitalismo, aunque sí lo extralimitó hasta el pandemónium de su fase tardía en la que reinan el afán de lucro, la irracionalidad, la irresponsabilidad, el consumismo y el lujo obsceno de minorías privilegiadas, la agresión indiscriminada al medio ambiente, el aplastamiento de los valores y derechos humanos por la violencia avariciosa de la ganancia.

Pero el mercado, las relaciones mercantiles, el intercambio de equivalentes, no se han limitado en la historia de la humanidad a dejar un saldo en las rutinas, las costumbres y los hábitos en la actividad económica, también han desarrollado y diversificado la división social del trabajo, han generado actitudes diferentes en los diferentes grupos sociales y han sedimentado en la subjetividad de las personas una psicología de intercambio de equivalentes, elementos todos que no se superan simplemente porque desde la acción política se codifique en la ley el carácter social de la propiedad sobre los medios fundamentales de producción y servicios y demás propiedades de la sociedad.

Con ello comienza un proceso que no puede desconocer la persistencia de esas condiciones. Es precisamente lo que señaló Marx en su Crítica al Programa de Gotha cuando advierte que la nueva sociedad que se construye sale del capitalismo y presenta en todos sus aspectos (económico, moral, intelectual) el sello de la vieja sociedad para luego añadir: “Aquí reina, evidentemente, el mismo principio que regula el intercambio de mercancías, por cuanto este es un intercambio de equivalentes. Han variado la forma y el contenido, porque bajo las nuevas condiciones nadie puede dar sino su trabajo y porque, por otra parte, ahora nada puede pasar a ser propiedad del individuo, fuera de los medios individuales de consumo.”

En efecto, el trabajador cubano considera suya su capacidad laboral, es su patrimonio individual y asume su libertad como productor desde esa posición. De ahí también emana que considere justo que se le retribuya en correspondencia con su aporte. La psicología de intercambio de equivalentes está vigente en su subjetividad, es un elemento de la psicología social, que se reproduce constantemente en la cotidianidad de las personas. La práctica continuada del intercambio de equivalentes lo convierte en un valor y en consecuencia en un elemento de la valoración del ciudadano en diferentes ámbitos de su actividad, que condiciona sus reacciones, su actitud, su comportamiento, sus acciones. Ciertamente su capacidad laboral se ha desarrollado en la sociedad. Desde que aprende a hablar hasta que adquiere una madurez de conocimientos y habilidades laborales individuales todo su desarrollo depende de las potencialidades y oportunidades que la sociedad le ha ofrecido, pero esto es común a todos, no es un privilegiado por ello, sino uno más entre todos.

Por otra parte, las relaciones mercantiles tienen un lado constructivo desde que bajo ese orden de intercambio de equivalentes universalmente aceptado funciona con influencia reguladora en el flujo económico, sustento de la calidad en la producción y los servicios, distribuidor de recursos y estimulador económico del desarrollo tecnológico. Si el mercado hubiera dejado de ser significativo para la sociedad, esta lo habría desechado hace rato como en su momento lo hizo con el hacha de piedra.

Pero el capitalismo, al producir y acumular sobre la base de la explotación del hombre por el hombre, la competencia, la ley de la ganancia y servirse de la violencia extraeconómica y de la guerra no puede liberarse del lado destructivo del mercado, lo necesita en su lógica, desprecia o liquida al que no gana en el juego de la competencia, exacerba el individualismo y despoja irracionalmente la naturaleza. Su lógica deviene destructiva del ser humano y de la naturaleza. La tarea de subordinar las relaciones mercantiles a los intereses de la sociedad, de aprovechar su lado constructivo, de dar a estas un enfoque y orientación humanistas, solo puede realizarla el socialismo.

El problema

El problema entonces consiste en cómo estructurar el funcionamiento económico, las leyes, la organización de la actividad social en general, y la actividad ideológica y política en función de la realidad de una sociedad que mantiene y mantendrá en el mediano y largo plazo una psicología de intercambio de equivalentes que pautará con su influencia la conducta ciudadana. Eso significa que la producción de bienes y servicios pasa por esa psicología, las relaciones entre las personas también, las relaciones entre los colectivos otro tanto y así sucesivamente. La ideología de la revolución cubana, su sistema de ideas y valores dirigidos a la liberación de los cubanos, lo que incluye también la desenajenación en todos los órdenes, pone la meta más allá de esa psicología, pero existe hoy junto con ella y no puede desconocerla en las decisiones políticas y organizativas que establecen una jerarquía de lo que es o no aceptado o aceptable.

Cuando hablamos de la psicología de los individuos, estamos hablando también de un eslabón mediador entre los procesos neurofisiológicos vitales de la persona y su conciencia, parte fundamental de la cual es el sistema de valores, particularmente la ideología. Lo anterior en modo alguno significa que ese eslabón mediador se explique a partir del conocimiento de los procesos neurofisiológicos, aunque su existencia es imposible sin estos; la psicología de la persona se desarrolla en el proceso de socialización y se constituye en objeto de estudio cuando incluye y aprecia en su interacción sistémica el juicio, la conducta, la voluntad, la motivación, las actitudes, las convicciones, el carácter, los deseos, las necesidades, etc., todos fenómenos eminentemente culturales. Es ahí donde hace su función de eslabón mediador; el ser humano adquiere conciencia del “yo” y se aprecia a sí mismo como ente biológico y social.

A su vez, la psicología y la ideología aparecen estrechamente vinculadas, ya que un fenómeno de la conducta humana vista desde la psicología, tiene en el carácter de la persona un componente en el que el sistema de ideas y valores juega un papel primordial. Las convicciones son vistas aquí como la certeza de que algo es o debe ser de determinada manera, un concepto o idea que tiene una elevada significación para la persona, algo aceptado básicamente, de lo que el individuo se siente seguro y con lo que se identifica esencialmente. La personalidad del ciudadano es una realidad dinámica, en la cual constantemente se ponen a prueba sus convicciones,

Desde el plano de la ideología de la revolución cubana, la psicología del individuo aparece como un terreno en el que se resuelve la relación entre las necesidades de este y sus acciones, con la mediación de la ideología, del sistema de valores, de las convicciones.

De suyo se comprende que los resultados de esta relación serán diferentes para cada realidad y contexto individual en que tiene lugar y bajo la influencia del conjunto de factores sociales inmanentes. Aunque puede afirmarse que, como regla, cuando en la actividad cotidiana de los individuos llega a constituirse en hábito que la motivación para hacer algo venga desde afuera, las convicciones terminan debilitándose y anulándose como fuente y fuerza para la acción.

Este ángulo del análisis de la relación individuo – sociedad no es menor. Tiene que ver con las condiciones de metabolización de los mensajes ideológicos y políticos, con la relación entre los individuos y grupos y la sociedad en su conjunto que se presenta a éstos a través de las relaciones del micromedio (condicionada por factores culturales, jurídicos, organizativos, normativos, etc) y de las expresiones sistémicas de las estructuras sociopolíticas: gobierno, Estado, políticas, leyes, medios de comunicación, sistema educacional, etc.

Si el metabolismo socioeconómico socialista pasa por la psicología de intercambio de equivalentes, también ocurre lo mismo con las variables de la actividad económica, la eficiencia, el ahorro, la calidad. En consecuencia, la vitalidad del funcionamiento económico de la sociedad depende de ello y también lo que se pueda o no distribuir tanto por la vía de las políticas sociales universales como individualmente al trabajador, teniendo presente que solo una parte del producto social puede ser distribuida de modo igualitario y eso siempre que no se debilite la vitalidad de la economía, pues ello comprometería la salud del sistema en su conjunto.

Una de las variables principales de este metabolismo consiste en las vías de distribución del producto social y su relación con la propiedad. En la experiencia socialista cubana coexisten hoy diversos tipos de propiedad, predomina la propiedad social socialista sobre los medios fundamentales de producción y servicios, y junto con esta existen la pequeña propiedad privada, las empresas mixtas, las diferentes formas de asociación con capital extranjero, la propiedad cooperativa, la propiedad personal y otras.

Las formas en que se produce la distribución dependen del tipo de propiedad y del modo en que esté pautada su organización. No es difícil comprender la extraordinaria complejidad que presenta el metabolismo socioeconómico de una sociedad, más cuando coexisten en ella diferentes tipos de propiedad, la economía es abierta, predominantemente de servicios, muy vinculada con el mercado internacional, subdesarrollada y en el caso cubano además bloqueada económicamente por los Estados Unidos.

Para armonizar el metabolismo socioeconómico en el marco de la articulación eficiente de la propia actividad económica, con la organizativa, la jurídica normativa y la ideológica política, es indispensable la participación de prácticamente todas las estructuras de la sociedad, los colectivos laborales, los sindicatos, las organizaciones políticas y de masas, y en especial el Estado socialista; este último principal encargado de trabajar por el empoderamiento gradual de las demás estructuras.

Uno de los puntos de partida principales de este proceso de empoderamiento es la comprensión acerca de la existencia de intereses individuales y colectivos legítimos además de los intereses de la sociedad en su conjunto, que deben ser tenidos en cuenta en las reglas de distribución del producto social y que contribuyen a desarrollar una conciencia económica saludable en esta fase de la construcción socialista, así como a sostener el edificio económico del país.

La posibilidad que tiene el ser humano de alcanzar consensos colectivos que le permitan situarse en la práctica por encima de la psicología de intercambio de equivalentes y regular las relaciones mercantiles emana de su doble carácter, el de ser un ser individual y social simultáneamente. Si la articulación arriba aludida que es un fenómeno organizativo reconoce esta dualidad y no intenta desconocer el lado individual podrá resultar funcional y eficiente.

Ese lado individual del ser humano, dominio de la psicología de intercambio de equivalentes, es generador del esfuerzo del ciudadano y base de la acción económica concertada. Si es negado por finalidades previstas por el plan, construidas con los mejores deseos, pero con escaso o ningún realismo, el plan (actividad organizativa por excelencia) lejos de constituirse en el marco conceptual donde puede verificarse la eficiencia de los esfuerzos laborales individuales y colectivos, se convertirá en un freno, ejercerá una acción disociadora, desestructuradora dando paso a la acción desordenada de los individuos en la que igualmente estará presente la psicología de intercambio de equivalentes, pero esta vez fuera de los cauces que la pudieran canalizar hacia objetivos sociales de cooperación, colectivismo, equilibrio social, amigables con la naturaleza, quedando nuevamente en condiciones de reproducir una sinergia tal en la que predomine de diferentes modos la lógica mercantil, el mercado, el modo capitalista, con todas sus consecuencias negativas.

Es por ello que el único camino para cultivar el socialismo, para que se crezca como cultura con un adecuado ritmo de desarrollo es reconociendo esta realidad con un esfuerzo sistemático de triple vía: una actividad económica eficiente, una educación socialista eficiente y un control popular eficiente.

COMUNICACIÓN

Al interactuar la ideología y la psicología en la relación de la persona con la influencia de las relaciones mercantiles en sus más disímiles formas, ambas manifestaciones de la subjetividad se funden en la actitud y la práctica humanas, es ahí donde manifiestan su esencia contradictoria en la que se expresan los momentos de identidad con los de la diferencia. La posición vital activa de las personas reproduce y expresa las formas en las que se estructura su ideología y su psicología.

Esta relación se produce en medio de toda la influencia de los factores de orden económico, político, organizativo, jurídico, moral, que prevalecen en la sociedad, los que conforman el conjunto de influencias que tienen lugar en la vida de los individuos y que terminan pautando su comportamiento en los diferentes escenarios.

Las principales influencias en la vida de los individuos que pueden observarse en la sociedad cubana actual son las que tienen lugar mediante la escuela, la familia, el grupo de amigos, el colectivo laboral, las organizaciones políticas, de masas y profesionales, la opinión pública, los medios de comunicación (prensa escrita, radio, televisión, internet), el correo (incluyendo el electrónico), el cine y el teatro, las lecturas, la actividad comercial, las relaciones en la calle. Aun la persona aislada, a solas con sus pensamientos, está bajo la influencia de los hechos y acontecimientos relacionados con estos espacios. En lo tocante al trabajador, al ciudadano adulto que hace parte activa del metabolismo socioeconómico de la sociedad desde la producción de bienes y servicios, el colectivo laboral, lo que este significa para él, ejerce un papel fundamental en su sistema de relaciones.

Los procesos de información-comunicación y la influencia de diferentes tipos de liderazgo provocan efectos diversos en las diversas personalidades. En estos espacios se verifican los que podemos llamar “liderazgos locales”. Los líderes locales están también bajo estas influencias, pero en ellos tiene lugar un nivel específico de asimilación de la información que se recibe por estas vías y un modo particular de interpretarla, que se une a una especial capacidad de exposición y  convencimiento, por un conjunto de razones, entre ellas las cualidades carismáticas. Cada individuo interpreta de manera original la información que recibe; por ello para entender el proceso de su asimilación hay que tomar en cuenta su cultura, su personalidad, el micromedio en el cual tiene lugar la comunicación, la coyuntura específica del proceso. El medio social en general, es decir, las características esenciales de la sociedad socialista, si bien ejercen una importante influencia, no bastan para comprender el modo en el que cada individuo asimila un mensaje, aunque puedan reconocerse tendencias generales en los grandes grupos humanos.

Los flujos de información, los mensajes que tienen lugar en el proceso social, incluidos aquellos relativos a la formulación de las políticas, a la valoración de los hechos de connotación social, pasan por la influencia de numerosos liderazgos locales de opinión y no solo por la de las estructuras organizadas de la sociedad: las organizaciones políticas y de masas, los medios de comunicación social, las administraciones, el poder popular.

Lo que se puede esperar de la actividad ideológica en tanto sistema organizado de influencia en la subjetividad ciudadana, es contribuir a lograr una actitud consciente hacia la economía, en primer lugar la de la sociedad en su conjunto, y junto con ello la economía local, la de la familia y la del colectivo laboral en el caso de los trabajadores y en este propósito su éxito dependerá en medida fundamental de la adecuada articulación de las actividades socioeconómica, organizativa, jurídica normativa e ideológica política. Esa actitud consciente tiene que ver con la productividad, el ahorro, la calidad de la producción de bienes y servicios, la significación de la producción de un colectivo laboral para la economía nacional, las vicisitudes de la realización de lo producido cuando ello depende de las condiciones del mercado. A su vez, la actividad económica tiene que ser el proceso que posibilite la realización en medida satisfactoria de las finalidades no solo sociales, sino también locales, colectivas e individuales.

Cuando en el proceso de la comunicación sociopolítica tiene lugar la producción de un mensaje, por ejemplo una orientación respecto a la política económica, la posibilidad de comprenderlo por quienes reciben el mensaje radica en el sistema de significados jerárquicamente organizados que viabilizan o producen la transmisión de sentidos que se imbrican en los procesos de entendimiento y asimilación de las personas, influyendo en diferentes direcciones e intensidad en su conciencia, en su actitud y en sus acciones.

Cuando tiene lugar la comunicación sociopolítica, el sistema de valores que conforma la estructura de una ideología política (en nuestro caso referida a la ideología de la revolución cubana) se actualiza en las estructuras que se construyen en el proceso concreto, dado, de la comunicación, eclipsándose la ideología como cultura, como sistema de ideas, códigos, valores existente en la subjetividad de la sociedad y realizándose en las estructuras semánticas que se conforman en el intercambio de mensajes entre los individuos, incluido el segmento del proceso que explica la asimilación de un mensaje político.

Para que estas estructuras semánticas tengan efecto en los individuos los valores tienen que ser compartidos en suficiente medida, no solo en el sentido de los conocimientos y las convicciones, sino además y primero en el plano del entendimiento de su significado. Todo dentro del carácter relativo y diferenciado que estos significados tienen para ellos, pero dentro de unos límites que hacen funcionales a estas estructuras semánticas en la comunicación política.

Desde el ángulo del entendimiento lo esencial es la actualidad, importancia, necesidad del mensaje, su esencialidad, claridad y economía de recursos lingüísticos en su elaboración, su adaptación a los esquemas funcionales de entendimiento socialmente vigentes. Desde el ángulo de las convicciones la vitalidad e influencia de los mensajes dependen de los significados compartidos por los que participan en el proceso de comunicación, donde además radica el meollo de la vitalidad de la reproducción de una ideología: su actitud y comprensión ante el sistema de valores realmente existente en la sociedad, su capacidad para enriquecerse, desarrollarse, a partir del conocimiento, interpretación positiva de los cambios que tienen lugar en la subjetividad de la sociedad.

La vitalidad de una ideología política revolucionaria depende particularmente de su capacidad de cambiar lo que debe ser cambiado en su expresión sistematizada, y en su interpretación y expresión en los mensajes políticos, es decir, en el modo en que ese sistema de ideas vuelve al torrente socializador en las más diversas formas de la actividad ideológica-política, en los medios, en el sistema educacional, en el discurso político, en las políticas, en los mensajes en general. Ello toca especialmente el nodo de las convicciones. Estas son éticas, estéticas, políticas, patrióticas, laborales, económicas, filosóficas, cosmovisivas, etc. y en un momento dado pueden cambiar en unos u otros individuos y grupos sociales algunas de estas convicciones en una dirección, mientras otras se mantienen relativamente estables y otras cambian en otra dirección.

En la medida en que los mensajes que entran en los grandes flujos informativos que se producen en los procesos de comunicación en la sociedad consideren estas realidades y sean portadores del máximo de información, los individuos estarán en mejor posición para hacerse su propia imagen e interpretar personalmente los asuntos de su interés y desde esa posición propia expresar sus juicios de valor.

El estudio sistemático y científico del proceso ideológico cubano y de la propia ideología revolucionaria y la comunicación social deviene factor de singular importancia para el desarrollo eficiente de la actividad ideológica de la revolución cubana, en especial en lo tocante a su papel en el metabolismo socioeconómico del país, en la conciencia económica de la ciudadanía, en particular de los trabajadores.

Es precisamente en la riqueza de la interpretación y valoración de la información (no solo la del mensaje elaborado, sino la información en general que se produce y es captada por los individuos) y en el modo en que se reacciona ante ella, que se encuentra también la fuente de enriquecimiento del conocimiento sobre la sociedad y sobre la calidad de esos mensajes, de las políticas que subyacen en ellos y sobre la ideología de la revolución cubana como sistema coherente de ideas y valores ideológicos, como proceso real, vivo en la subjetividad del país. Ese enriquecimiento es condición sine qua non para la eficiencia de la actividad ideológica.


Licenciado en Ciencias Políticas, Doctor en Filosofía, Investigador Titular y Profesor Titular, preside la cátedra de periodismo de investigación del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.

Armando Hart Dávalos, Martí en sus 154 años, En la Web, Portal José Martí, Oficina del Programa Martiano, 2007 – 2009.

En la experiencia del camino cubano al socialismo no ocurrió como en otros procesos en los que el poder político de la revolución ha ido arrebatando al mercado importantes ámbitos de la vida social, por ejemplo, la educación, la salud pública. El poder revolucionario en Cuba en un plazo muy breve recuperó para el país prácticamente todos los medios de producción y de servicios en la sociedad asumiendo en toda la línea la responsabilidad por su administración y reproducción. Engels, en su texto “Principios del comunismo” afirmó que no sería posible suprimir de golpe la propiedad privada y su superación la supeditó a la condición de haber creado “la necesaria cantidad de medios de producción”, pero no aquilató en esa afirmación suficientemente el papel subjetivo, el lado cultural del dilema. Sí vio claramente la gradualidad del proceso de superación de la propiedad privada en tanto relación social, pero la psicología de intercambio de equivalentes será, a mi modo de ver, el reducto último de la batalla por una cultura irreversiblemente socialista.

Téngase en cuenta por ejemplo, salvando las distancias lógicas entre el capitalismo dependiente y el proceso socialista, que los jóvenes trabajadores, salvo excepciones, no logran equiparar la disciplina, el esfuerzo y la conciencia de la importancia del trabajo que tienen quienes vivieron y se formaron como trabajadores bajo la explotación capitalista y desde esa misma disciplina y conciencia laboral supieron comprender las injusticias de aquel sistema y las enormes posibilidades que abriría el rumbo socialista al desarrollo como seres humanos.

Me refiero a la autoridad que emana de la necesidad de responder a los requerimientos del proceso productivo, la organización del trabajo, la propia tecnología, la esfera de realización, etc. En modo alguno en detrimento de la participación de todos los trabajadores del colectivo laboral en los problemas, los análisis y las decisiones, participación que hace parte de esa autoridad. Al respecto vale recordar el texto de Federico Engels “De la autoridad”. (Ver, Carlos Marx, Federico Engels, Obras Escogidas en dos tomos, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1955, Tomo I, p. 668).

Obviamente, las opciones de bienestar material en el socialismo cubano no pueden ni tienen porqué ni deben ser similares a los patrones de consumo que existen hoy en el capitalismo, pero la puesta a punto de un funcionamiento social eficiente tiene que reconocer la libertad del trabajador de emplear los resultados de su trabajo honrado, legal, en lo que ofrece la sociedad, los límites de cuya oferta deben enmarcarse en criterios que sean resultado del consenso ciudadano, solo así serían funcionales a las finalidades del socialismo.

De todas las consecuencias de la desaparición del mundo socialista de Europa del Este y particularmente del Estado multinacional soviético, las económicas serían las más difíciles de superar.

Carlos Marx y Federico Engels, Obras Escogidas en dos tomos, Tomo II, Editorial de Lenguas Extranjeras, Moscú, 1955, p. 16.

Cuando me refiero al individuo, estoy hablando del ciudadano mayor de 16 años, que ya pasó la enseñanza preescolar, primaria y secundaria básica, que tiene derecho al voto y otras obligaciones sociales.

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Darío Machado Rodríguez

Darío Machado Rodríguez

Licenciado en Ciencias Políticas y Doctor en Ciencias Filosóficas. Preside la Cátedra de Periodismo de Investigación y es vicepresidente de la cátedra de Comunicación y Sociedad del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.

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