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Apuntes desde Miami: Rectificación sin justicia

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Miami es una ciudad variopinta, aunque “el cubaneo” anda en mayoría por todos lados. Tensa para el que va de visita y vive al otro lado del Estrecho. Simuladora, cuando se trata de Cuba, para quienes residen en ella.

En Miami, los simpatizantes con la Isla, o lo esconden o tienen que cuidarse mucho, porque el terror existe. La famosa Calle 8, donde se encuentra el restaurante Versalles –denominado el cuartel general de la gusanera–, es centro de reunión de los que han hecho de la agresividad contra el vecino país un modo de vida que rinde dividendos; la sede de la organización terrorista Alpha 66, el monumento a los mercenarios que invadieron Girón, el Parque del Dominó, sitio habitual de cuatro o cinco octogenarios que han intentado detener el tiempo antes de 1959…

“Esta ciudad hubiese sido otra, si no fuera dominada por un grupito de cubano americanos extremistas y mafiosos, tal vez hasta la política del gobierno de EE.UU. hacia Cuba resultaría diferente”, responden al paso de esta reportera. Pero hay un sector –las generaciones más jóvenes– que ya se revela ante esto y pretende que las relaciones entre las dos naciones tomen un cauce normal.

Algunos de esos atisbos constatamos durante el trayecto al punto de destino: la Federal Courthouse (Corte Federal), ubicada en Avenida North Miami y Calle 4, en el llamado Downtown o centro de esta urbe, donde el martes 8 de diciembre fueron resentenciados Ramón Labañino Salazar y Fernando González Llort, con lo cual concluyó el proceso de aplicación de nuevas condenas a tres de los Cinco luchadores antiterroristas cubanos encarcelados hace más de 11 años en territorio estadounidense.

Previamente, el 13 de octubre, se había realizado la audiencia para Antonio Guerrero Rodríguez, a quien se le redujo la sentencia de cadena perpetua más diez años a 21 y diez meses de prisión.

RUMBO A LA 12-1

La entrada a la Corte -que no es la misma donde se celebró el juicio en el 2001- fue justo a las 9:00 de la mañana, luego de pasar los controles de seguridad que impiden el acceso al moderno inmueble de teléfonos celulares, cámaras fotográficas o cualquier medio de comunicación.

Nos dirigimos al piso 12, sala 12-1, y esperamos en un espacioso hall rodeado de gruesos cristales hasta el inicio de la audiencia. Desde allí, muy próximo, podía divisarse el Federal Detention Center (Centro Federal de Detención), adonde fueron trasladados Ramón, Antonio y Fernando para la resentencia.

Un edificio imponente, especie de mole gigantesca de cemento, con minúsculas ventanas en forma vertical, que apenas deben permitir el paso de la luz del sol.

Al mirarlo recordamos el ir y venir de una mujer y su pequeña hija haciendo surcos a esa calle, tratando de que a través de las hendijas de una de esas aberturas su esposo la viera. Olga Salanueva, René González, y la niña Ivette, son los protagonistas de la historia. Ocurrió tras la detención de los Cinco en septiembre de 1998…

Cerca de las 10:00 de la mañana comenzaron a entrar, escalonadamente, quienes asistirían a la audiencia: la retratista, la misma del 2001; los periodistas, los abogados, y la fiscal Caroline Heck Miller. Es de notar que, previo a la audiencia, no apareció ningún artículo en la prensa de aquí sobre el tema, es como si además al silencio de los medios sobre la verdad en estos años, ahora sumaran la expresa intención de sepultar el caso por completo.

Por eso no extrañó que al otro día de la resentencia aparecieran en los diarios y televisoras idénticos calificativos, términos mal intencionados y criterios politizados similares a los que fueron utilizados contra los Cinco durante el proceso judicial que los condenó en Miami.

OTRA VEZ SE ABRE EL TELÓN

La sesión se inició a las 10:02 de la mañana. El aspecto interior del recinto no destaca por los espacios para ubicarse, pero sí su disposición resulta fría y aplastante, como si intimidara.

Es un lugar donde la jueza Joan Lenard se observaba a una altura casi infranqueable y su figura, más que la de la encargada para impartir justicia, semejaba a un ser puesto allí para descargar todo su poder sobre los acusados.

Cuando entramos ya a Fernando –el primero en ser resentenciado– lo tenían en la sala junto a su abogado. Enseguida echó una rápida mirada a los amigos que llegaron a brindar su apoyo y, además de una sonrisa, hizo una señal de agradecimiento con sus ojos, aunque cualquier movimiento le estaba prohibido.

El procedimiento, denso y muy técnico, hizo interminable la discusión entre la Fiscalía y la Defensa –representada de manera excelente por Joaquín Méndez–, al punto de tener que interrumpir la sesión para continuarla en la tarde, después de la de Ramón.

En total fueron alrededor de cinco horas de debates, durante los cuales el gobierno de EE.UU. asumió como verdades sus propias mentiras repetidas muchas veces, para continuar su farsa en contra de los Cinco. Méndez solicitaba una sanción de 15 años para Fernando, o sea, reducirle cuatro años, por considerar que ya era hasta excesivo el mantener por más tiempo en prisión a un hombre por los cargos imputados de no haberse inscrito ante el gobierno estadounidense como agente de otro país, y por asumir, en función de ello, identificaciones falsas.

La Fiscalía, por su parte, solo pedía una ridícula reducción de siete meses a la condena inicial de 19 años. Al final, la jueza Lenard dictó 17 años y nueve meses. Es de notar que Fernando no fue acusado jamás por cargo alguno de espionaje; sin embargo, en esta componenda política, hubo un instante en que la fiscal Heck Miller alegó sobre Fernando sus cualidades personales, sus modales, para luego espetar que “esos” eran los más peligrosos.

Luego argumentó que había que dictar condenas “severas”, porque EE.UU. no podía permitirle a un gobierno extranjero enviar a “agentes” a averiguar sobre posibles planes de su país contra otro, por supuesto Cuba, ya que la vida de los soldados estadounidenses correrían riesgos.

¡Es el colmo! Pero peor aún fueron las acotaciones de la Lenard al explicar su decisión: la sentencia debía servir de “ejemplo”, ya que no podía admitir que ciertos individuos se instalaran en suelo norteamericano “a espiar a los ciudadanos de Estados Unidos e impedir que estos ejerzan sus derechos constitucionales…”

¿Se refería la Jueza a los terroristas y organizaciones criminales que libremente actúan en Miami?

LA MÍNIMA DE LA GUÍA, PERO EXCESIVA

A la 1:40 de la tarde entraron a Ramón a la sala. No estaba esposado, pero si con los grilletes. Su rostro transmitía una alegría y una fuerza increíbles, pese al difícil momento. Lo primero que hizo fue alzar uno de sus puños en gesto de victoria y lanzar al aire varios besos a su esposa Elizabeth Palmerio, ahí presente junto a Magali Llort y Rosa Aurora Freijanes, madre y compañera de Fernando, respectivamente, y Roberto González, hermano de René. La audiencia no demoró más de 45 minutos.

Existía un acuerdo previo con la Fiscalía: la nueva sentencia se reduciría a 360 meses de prisión, o sea 30 años –la mínima recomendada por la guía federal–, en sustitución de la cadena perpetua más 18 años.

El abogado William Norris solicita, en correspondencia, la posibilidad de que Ramón sea mejorado de prisión para facilitar el acceso más fácil a las visitas familiares, pues actualmente él se encuentra en una penitenciaría de máxima seguridad en Kentucky.

La Jueza, en un chiste de mal gusto y fuera de tono, dijo que podrían pensar en enviarlo a Guantánamo, donde la Casa Blanca ocupa ilegalmente un pedazo del territorio cubano y mantiene, en contra del clamor internacional, un centro de detención y tortura.

INJUSTICIA PERPETUA

La imagen digna, firme… de Fernando y Ramón, pese a los grilletes, a esas horribles esposas rosadas y los uniformes de presos, impactó a todo el auditorio. Su negativa una vez más a colaborar con el gobierno de Estados Unidos a cambio de sentencias benévolas los eleva a otra dimensión. Ellos semejaron hombres totalmente libres. Al vaciarse la sala, volvía a caer el telón de la naturaleza política del proceso contra los Cinco.

¿Cómo puede decidirse así el destino de seres humanos?, pensaba. Cuando salimos de la Corte, Andrés Gómez, de la Alianza Martiana, y Gloria La Riva, del Comité Nacional Free the five, leyeron la declaración de Ramón, Antonio y Fernando: “nos castigan a los Cinco por acusaciones que jamás han sido probadas. Aunque tres sentencias fueron reducidas parcialmente, la injusticia se mantiene con todos” afirmaron en el texto.

Miami nunca ha sido el lugar para impartir justicia en este caso. A pocas cuadras de ahí, la torre de la Fundación Cubano Americana se levanta como un monumento al terrorismo y a la total impunidad.

Pero semanas antes, en esa misma Corte y ante la misma Jueza, eran condenados unos presuntos miembros de la red terrorista de Al Qaeda que planificaron volar el edificio del FBI. Sin embargo, la Lenard consideró que para ellos sentencias inferiores a los seis años de cárcel era suficiente.

En el viaje de retorno a La Habana coincidimos con Elizabeth, la esposa de Ramón. Ella comentaba: “Esta fue una vista de sentencia para perpetuar la injusticia, se ha hecho una rectificación, pero para nada se ha hecho justicia. Lo correcto sería ponerlos de inmediato en libertad y reconocer los méritos de las acciones de esos cinco hombres”

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Deisy Francis Mexidor

Periodista cubana. Integra la redacción de la agencia Prensa Latina.

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