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Cuento de Navidad para mafioso nostálgico

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• HABÍA una vez, una Habana dominada por lo más malo del hampa de un gran país situado a 90 millas al norte de su Malecón. En aquel año 1946, todos los más malos del gran país del norte decidieron hacer una gran fiesta de Navidad para su Gran Jefe que llegaba de visita. Para esta fiesta, los más malos del Norte buscaron el hotel más grande que pudieron encontrar, lo tomaron completo, todo completo, y ahí solo entraron durante tres días, solo los más malos de los más malos del gran país del norte. Quinientos bandidos usaron durante tres días todas las habitaciones, todos los restaurantes, las piscinas y los jardines del gran hotel.

 Fin del cuento. Regreso a la realidad. Porque en realidad esto no es ningún cuento.
Y en La Habana donde reinaba el capo mafioso Meyer Lansky y un gobierno títere de Washington y de la camorra norteamericana, había poco espacio para el sueño y la ilusión.

Esta Navidad del 46, había llegado a La Habana, después de un largo viaje desde su Sicilia natal, el capo de todos los capos de la Cosa Nostra, Salvatore Lucania, mejor conocido como Charles Lucky Luciano, liberado por orden de la Justicia estadounidense en reconocimiento de la colaboración dada por la Mafia en la invasión de Italia por la US Army.

De hecho, Luciano había llegado a Cuba semanas antes, secretamente, desde Brasil, por el aeropuerto internacional de Camaguey, donde Lansky le había dado una acogida digna de su rango: un pequeño ejército de body guards con varios carros de lujo lo esperaban en la propia pista para llevarlo a la Capital en un cortejo que no dejaba duda sobre las características del personaje que transportaba.

 En La Habana, lo esperaba el aristocrático confort del Hotel Nacional, la perla de la industria hotelera nacional donde el Presidente de la Nación tenía sus salones particulares y hasta un elevador personal.

 Pero esto no importaba porque, finalmente, el Mandatario era un socio, y Lansky era, en práctica, el dueño de la casa. ¿Quién se hubiera atrevido a decirle lo contrario?

De todas formas, el compinche de Lansky, el generalísimo Fulgencio Batista andaba por la Florida, preparando un eventual regreso, pero su sombra estaba en cada rincón del Palacio Presidencial, desde el sótano hasta la azotea.

 Le dieron la habitación 724, con vista a los Estados Unidos de América donde soñaba regresar algún día para retomar sus funciones. Pero, por el momento, la administración norteamericana no quería lío, aunque no se objetaba a que ponga sus maletas en aquella isla donde se había creado su zona franca del crimen.

 En La Habana, la Santa Mafia tenía un poder prácticamente sin límite. Era dueña de lo mejor de la industria turística, de los casinos, de las máquinas de juego que aparecían en cualquier barcito de la esquina, de los burdeles regulares o elegantes, del mercado de la droga -desde la marihuana más mala hasta la heroína más pura.

 Así que el Hotel Nacional fue cerrado por completo a cualquier otro cliente que no fuesen los mafiosos visitantes. Aparecieron de todos sus territorios del Norte, desde Nueva York, hasta Chicago, desde la Florida, hasta Las Vegas. Quinientos miembros distinguidos de las distintas famiglias,  capos y acompañantes, se unieron para conformar un conjunto de ‘criminales más buscados' como nunca el FBI ni siquiera soñó capturar de un solo golpe.

 En los pasillos y en el muy celebrado lobby, multiplicaban los abrazos y los besos a la siciliana, decenas y decenas de personajes en traje, elegantes como suelen serlos los jefes del hampa, con el pañuelo blanco en el bolsillito, y, convenientemente, un habano de los buenos en la mano.

- Hola Frank. ¿Cómo estas?
- Bien, muy bien. ¿Y Usted, Don Vito?

Don Vito Genovese y Frank Costello eran parte de lo más fino de la flora de esta fauna.
Pero paseaban también en los jardines Giuseppe Joe Bonanno, Tommy Luchese, Willie Moretti, Tony Accardo, los hermanos Fischetti de la parentela de un Al Capone que agonizaba de una sífilis bien merecida en su villa floridana de Palm Beach. Por favor, hay que mencionar también al Santo, Santo Trafficante, capo de la Florida que tan amistosamente ayudará a la CIA a conspirar contra la Revolución cubana, pero esto es mucho más tarde.

En el Nacional de La Habana de la Navidad del 46, desborda el caviar, corre el champán. El añejo, el coñac, el cangrejo, la langosta, el filet mignon y la pasta más fina: ni hablar del menú que se exhibía escandalosamente detrás de las puertas del Gran Comedor de Aguiar.
 Y como postre: Frank Sinatra, el joven italiano de éxito que seducía a todas las damas de América -aquel término usado con su pronunciación de allá arriba- que la Santa institución siciliana había recuperado con avidez y éxito.

El concilio duró desde el 22 hasta el 26 de diciembre.

Hablar de las ‘actividades de recreación' de tan exigente clientela resultaría de mal gusto. La cadena de burdeles exclusivos Casas de la Marina había delegado a esta gigantesca convención su personal más representativo, tal como lo había hecho el Tropicana, el Sans Souci y el Montmartre con sus bailarinas más, digámoslo, estupendas.

En caso de necesidad de salir de este paraíso, los huéspedes ilustres o no, disponían de cincuenta carros y cincuenta chóferes para recorrer su Imperio de La Habana.

 La seguridad era más que hermética, detrás de cada acceso a los terrenos del inmenso hotel aparecía una muestra de músculos que no dejaba duda ninguna sobre el deseo de la dirección de reservar a su clientela la más alta privacidad.

Cuatro días de misteriosos conciliábulos que terminaban, tarde o temprano, en la 724, frente al Lucky -él que al final daba la bendición a todos los tráficos.

Daba y recibía. Porque cada capo de cada famiglia no se había olvidado -¡Oye! ¿Cómo se iba a olvidar?- de traer su sobre, preferiblemente de unos centímetros de espesura, con el dinerito del Lucky. Un 100 000 por aquí, un 200 000 por allá, o más, según el resultado de las operaciones.

El gigantesco congreso de los gerentes del crimen norteamericano se desvaneció a las pocas horas de su conclusión, en gran parte por el cómodo vuelo directo Habana-Nueva York inaugurado unos días antes.

Sin embargo, el Lucky se quedó. Se encontró una lujosísima mansión a un par de cuadras de la residencia familiar de Grau San Martín, el Presidente de la República que tan amablemente había acogido -sin la menor interferencia- este evento, tan estratégico para garantizar los futuros logros de sus distinguidos participantes.

Más de 55 años más tarde, no hay gran rasgo de esta verdadera invasión de delincuentes que vino a La Habana, aquella Navidad, a celebrar su capo máximo y a mafiar su futuro.

Todos sus participantes y todas las amistades de sus participantes terminaron del otro lado del Golfo donde sí se reunieron, más bien en Miami, para recuperarse del terremoto que erradicó su Imperio en el 59 y contra el cual no dejaron de conspirar desde entonces, dominando el territorio de la Florida del Sur y subiendo por los oscuros pasillos que llevan a la Casa Blanca.

 Ahí, en Washington, son hoy unos treinta representantes de una mafia cubanoamericanizada, fieles herederos de la mafia del 46, que andan por la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Congreso, el Rose Garden. Otros andan por las confortables cuevas políticas de la república batistiana de Miami desde la Torre de la Seudo Libertad hasta el café Versailles. Se llaman: Reich, Díaz-Balart, Noriega, Pérez-Roura, Pérez-Castellón o Zúñiga, Bosch, Sargen o Frómeta. Otros juegan dominó en Panamá, en su jaula dorada.

 Sueñan de una eventual resurrección de su mundo del cuento donde se dejaba actuar en paz a los malos.

 A los más malos de los más malos. •

 

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Jean-Guy Allard

Jean-Guy Allard

Periodista canadiense radicado en Cuba. Es autor del libro "Auge y caída de Reporteros Sin Fronteras".