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¿Lecturas prohibidas?

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  Pedro de la Hoz  

SUMMARY: Banned Books?

Why does the literary magazine Letras Cubanas not publish “Tres tristes tigres” (Three Sad Tigers) or “La Habana para un infante difunto” (Havana for a Dead Infant)? It’s simply because their author, Cabrera Infante, has forbidden – in writing – that his novels be printed in today’s Cuba. It is odium and not censorship that denies us his writings in Cuba’s bookshops.

TEXTO COMPLETO EN ESPAÑOL

En 1999 asistí en la Facultad de Arte y Letras de la Universidad de La Habana a la discusión de una tesis de diplomado sobre la obra narrativa de Guillermo Cabrera Infante. Por curiosidad le pregunté a la autora de la tesis si le había sido muy difícil conseguir la bibliografía y me respondió que la activa -las novelas del escritor- pudo hallarlas en la Biblioteca Nacional José Martí, la Biblioteca Rubén Martínez Villena de la Universidad y el servicio de préstamos de la Fundación Alejo Carpentier.

Poco tiempo después asistí a un coloquio sobre las contribuciones literarias de Reinaldo Arenas en la sede del Instituto Cubano del Libro, en el que no solo los ponentes -todos ellos escritores y críticos de prestigio- conocían en profundidad al autor de El mundo alucinante, sino también no pocos de los asistentes, gente joven y ávida.

Para quien la mayoría de su labor profesional se desempeña en el campo de la música, como mi caso, es mucho más difícil acceder en La Habana a revistas de jazz y música clásica -por suerte existe la Internet y, mejor aún, una insustituible red de colegas en todo el mundo- que tener a la vista un ejemplar de Cabrera Infante y Arenas.

A las bibliotecas y centros de documentación cubanos no llegan todos los libros que uno necesita o quisiera. Canjes y donaciones han venido a paliar, siempre de manera insuficiente aunque agradecida, el efecto de las serias limitaciones financieras para la adquisición de títulos publicados por editoriales extranjeras. Esta es otra de las consecuencias de la implacable guerra económica que sufrimos desde hace más de cuarenta años, recrudecida a partir de la década de los noventa.

A ello se suma otra circunstancia. ¿Por qué la editorial Letras Cubanas no puede publicar Tres tristes tigres  o La Habana para un infante difunto? Sencillamente porque Cabrera Infante se ha negado -y consta por escrito- a que sus novelas sean editadas en la Cuba de hoy. Es el odio y no la censura lo que fundamenta una ausencia que no es absoluta tal como apuntábamos al principio.

Es bueno dejar sentado, de una vez y por todas, que el mito de las prohibiciones es sobre todo eso, un mito. La idea de un Gran Hermano que selecciona y vigila lo que el cubano lee no pasa de ser una de las tantas especies echadas a rodar para revestir de un ropaje estalinista inexistente a la política cultural vigente en la isla.

Digo y sostengo esto, por lo que respecta a la campaña mediática que le ha dado inusual relevancia al tema de las llamadas “bibliotecas independientes”, las cuales son presentadas como una alternativa al supuesto control estatal sobre la lectura y la información que padecen los cubanos.      

Yo visité una “biblioteca independiente” en Güines, localidad ubicada al sur de la capital cubana. Había una decena de libros de cuentos para niños bellamente ilustrados, que se pueden encontrar también en las salas infantiles de las bibliotecas provinciales, con la sola diferencia de que en éstas el continuo uso había dejado huellas en páginas y tapas. Unas cinco novelas de autores hispanoamericanos, accesibles en el sistema de préstamos de los clubes Minerva de la red nacional de bibliotecas, yacían vírgenes en un anaquel de madera. La bibliotecaria me dijo que “eso aquí no interesa; la literatura que más circula es la que usted ve allí”. Y señaló una serie de revistas, folletos y fotocopias de artículos facilitados por la Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana.

La “bibliotecaria” no era “independiente”. Pertenecía, al mismo tiempo, a cinco organizaciones de la llamada disidencia interna, todas subordinadas ala citada Oficina de Intereses. La misma idea de fomentar una “biblioteca independiente” no había salido de sí misma, sino de una petición que le hiciera el jefe de una de esas organizaciones en las que militaba.

En ocasión de la reunión, el pasado junio en Toronto, de las agrupacions profesionales de bibliotecarios de Estados Unidos y Canadá (ALA y CLA, respectivamente), el director de la Biblioteca Nacional José Martí, Eliades Acosta, abordó el tema en los siguientes términos: “¿Qué se quiere subrayar con el uso del adjetivo “independiente” junto al sustantivo “bibliotecario”, cuando se aplica al caso cubano? En primer lugar, se da por sentado que todos los demás bibliotecarios cubanos, o sea, los miles que estudiaron durante años y rindieron exámenes para ejercer la profesión; que trabajan diariamente en muy adversas condiciones, desplegando una admirable creatividad y espíritu de sacrificio para que nuestro pueblo sea, como lo es, uno de los más cultos del planeta, son bibliotecarios “oficialistas”, por el simple hecho de recibir su salario del gobierno. Siguiendo esta misma lógica, ¿cómo llamar entonces a la inmensa mayoría de los bibliotecarios del mundo que trabajan en el sector público de sus respectivos países, o sea, que reciben los salarios de sus gobiernos, cuando estos, como se sabe, están en condiciones de hacerlo y no se vean obligados a efectuar recortes presupuestarios, como está ocurriendo, ahora mismo con las bibliotecas del país más rico de la Tierra?”

“Por otro lado -añadía-,  si el criterio decisivo para llamar “oficialistas” a unos bibliotecarios e “independientes” a otros depende de quién paga sus servicios, entonces estos últimos no podrían ser llamados así, pues no trabajan para el estado cubano, pero sí para el norteamericano, como ha sido fehacientemente demostrado, incluso, como han declarado ellos mismos a bibliotecarios extranjeros que los han visitado. Se conocen, y existen pruebas irrefutables, acerca de las tarifas de sus servicios, acerca de los equipos que reciben, los libros que se les hacen llegar a sus casas directamente en las furgonetas de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana, y de las generosas visas que reciben ellos y sus familiares para emigrar, cuando se les quiere premiar por los servicios rendidos.”

Volviendo a mi visita a Guines, me llamaron la atención unos folletos en los que se explicaba, de manera bastante esquemática por cierto, cómo los checos habían logrado librarse de la tiranía comunista para transitar a la democracia, lo cual debería ser tomado en cuenta por los “cubanos luchadores por la libertad”.

El último 20 de julio, en Miami, encontré pleno sentido a la promoción de ese tipo de literatura en una “biblioteca independiente”. Berta Mesidor, quien junto a su compañero Ramón Colás es la cabeza visible y mejor pagada de este tipo de servicio al gobierno norteamericano, se fundió, en presencia de los capos terroristas de la Fundación Nacional Cubano Americana, con el presidente de la República Checa, Vaclav Havel, al entregarle una edición del libro El poder de los sin poder, en español, compilación de discursos del mandatario europeo que culmina con uno pronunciado en Miami en el que abiertamente apoya todo intento por destruir el status quo cubano.

* Pedro de la Hoz (Cienfuegos, 1953). Periodista y crítico de arte. Sus artículos de opinión aparecen regularmente en Granma, La Jiribilla, Juventud Rebelde, el portal Cubasí y otras publicaciones cubanas. En 1999 mereció el Premio Nacional de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro. Es miembro del Comité Organizador de la Feria Internacional Cubadisco.

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Pedro de la Hoz

Pedro de la Hoz

Periodista cubano, jefe de la página cultural del diario Granma.