Vida cotidiana
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La metáfora más fina de la evolución del hombre sea la de un cubano subyugado por su pequeño. Esa imagen siempre conmueve, porque un hombre crecido a la altura de sus hijos es también un niño que busca amparo. Cuando ellos acordonan los zapatos a sus pequeños, o los duermen, o los cobijan, se purifican. Deténgase a mirar estos hombres buenos que orean tanto cariño por las calles del país.
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Al final de todos los caminos nuestros, de todas las esquinas que se doblan, de todos los sueños, obsesiones, desesperos y alumbramientos, esperamos el mejor de los horizontes: un gesto enamorado. Caminamos mucho, intensamente; nos vamos desenredando la maraña del error para habitar una perfección que no se deja ver y solo aflora en instantes, como relámpago, como estampa instantánea donde advertimos que la vida es el suceso enorme, cuya clave salvadora seguirá siendo, hasta el final de los días, amar.
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Oscar Alfonso Sosa, reportero de la AIN, se ha dado una vuelta por el Barrio Chino, se detiene a tomarse un batido de mamey en el quiosco de La Habana Vieja, mira cómo cruzan la calle dos estudiantes y un habanero de sombrilla tan blanca como inútil -no ha llovido en días y el sol apenas nos da-. Registra a la madre que arropa a la niña con su mirada tanto como lo ha hecho antes con abrigos y gorrito tejido por su abuela, quizás. Sí, eso es Cuba, y ahora mismo.
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Ellos son los imprescindibles. Y andan tan sumergidos en el calor de sus oficios que tal vez no saben cuánto valgan. Sin la tenacidad discreta, despojada de oropeles, de que son capaces, la ciudad sería un caos, un elefante con plantas de papel, un vertedero. Ellos son los atlantes. Quien mire sin verlos no ha entendido nada del concierto humano. Pues ellos son más reales que otros muchos: tocan la realidad con sus manos.
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"Tenía para mí un encanto especial pasearme entre aquel tumulto. Voces y gritos, improperios y maldiciones, las más fervientes artes de la persuasión, la risa inextinguible, diálogos incansables sostenidos con tal viveza cual si estuviera en juego el bienestar de toda la humanidad, y a todo esto la mímica inimitable, el movimiento de manos y pies, las contorsiones del cuerpo. ¡Por Dios! Si nuestros propios bailarines clásicos podrían aprender algo nuevo allí. Esta es La Habana." Fragmento del diario del viajero sueco Jegor von Sivers, escrito en 1861.
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"Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua." Cuba, 14 de Febrero.
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De pronto Kaloian se vio sorprendido por la nostalgia y ha recordado a su abuelo, el padre tierno, tan ligado a su infancia, que aparece en sus evocaciones yendo cada tarde al banco de un parque, allí donde conversa con amigos que también son abuelos. La lente atrapó a esos luchadores que al regresar de todas las batallas buscan ahora espacios para el esparcimiento y la fiesta de competir. Ellos se toman muy en serio eso de ir tras sus compinches y contrincantes para armar el buen dominó, o un juego de ajedrez, o de damas.
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Como solemos decir jocosamente, nuestras bodegas son el breve universo donde se mezclan lo más grande con lo más chiquito y el más allá. En ellas, donde casi siempre hay un mostrador con pinta de maderamen salvado de un naufragio, llegan los habitantes del barrio a recoger los alimentos a que tienen derecho según la libreta, esa por cuenta de la cual, hace ya más de cuarenta años, se distribuye entre todos, a precios subsidiados, parte de los alimentos que en la Isla consumimos en el transcurso de cada mes.
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Pedir aventón a un chofer desconocido de automóvil dejó de ser asunto visto en el imaginario popular como algo de viajeros solitarios y audaces, para expandirse hasta ser lo más natural del día a día. Esa costumbre conocida entre nosotros como la "botella", pervive a pesar del paso del tiempo. Asomarse a las ventanillas de los coches, entablar diálogos urgentes con el conductor -de quien se espera la mejor voluntad-, ha sido legitimada entre la gente como elección salvadora.
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Los poetas cubanos, desde el siglo XIX, retrataron la Bahía de La Habana y las fortalezas con una impresión cercana y objetiva, resuelta con elegancia, en la que hablan del ritmo portuario habanero y de la presencia laboriosa del hombre de mar que en sus modestos botecitos rinde viaje. Así la vio Saturnino Martínez en sus "Poesías" de 1866: "Los barcos de la bahía/ se ocultan en las tinieblas,/ y las aves del crepúsculo/ por la atmósfera aletean".
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¿Quién no ha mataperreado? ¿Quién no correteó vociferando de esquina a esquina? ¿Quién no se puso bien sucio y provocó el grito de su madre o abuela cuando regresó a casa? ¿Quién no se raspó las rodillas, o se partió un diente delantero mientras jugaba a la mejor de las aventuras? Por eso me conmueven tanto las fotos tomadas por mi amigo en el municipio capitalino de Centro Habana. Miro a esos niños, y de pronto me he visto a mí, cuando era como ellos y me creía inmortal.
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Para decir que estuvo en La Habana llega el viajero desde cualquier otro lugar de la Isla o el mundo y posa, sonrisa en ristre y con el Capitolio de fondo, delante de un artefacto insólito. El edificio es para los cubanos punto de referencia imprescindible, es la construcción faraónica que, inaugurada solemnemente el 20 de mayo de 1929, se robó toda la atención de visitantes y anfitriones hasta que en los años cincuenta del pasado siglo la Rampa del Vedado se convirtió en escenario de primer orden.
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