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La Plata, crónica de un recuerdo

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El camino a recorrer desde el Alto del Naranjo. A la izquierda: Emilio Tamayo Sánchez, entonces, guardián de la zona de la Comandancia, a la derecha: Bebé, el diputado. Fotos: Ricardo Barrero/ Revista Bohemia

El texto que les mostramos forma parte de un libro inédito que compila varios reportajes, entrevistas, crónicas y con una breve explicación del momento político, histórico y social en que ocurrió su publicación. Ésta crónica fue publicada por la Revista Bohemia el 29 de abril de 1988. Cuando se cumplen 30 años de esta publicación queremos compartir con los lectores cómo se veía todo entonces.

(En 1988, a pesar de la amenaza del desplome de la Unión Soviética, el país estaba lleno de esperanzas y proyectos, se hacían planes para celebrar el 35 aniversario del 26 de Julio con un gran número de nuevas obras sociales, crecían los consultorios de médico de familia en toda la isla, la producción de alimentos se incrementaba. Para ver cómo eso marchaba en las provincias orientales y hacer un reportaje del tema BOHEMIA nos envió hacia el oriente de Cuba. Allí estaba Bebé, diputado a la Asamblea Nacional por el municipio Bartolomé Masó de la provincia Granma, nos habíamos conocido en la Habana durante uno de los periodos de sesiones del parlamento. Me prometió: “cuando usted vaya a B.Masó yo la llevo a la comandancia de La Plata”. Era difícil no sólo el camino sino también el permiso para subir, sin Bebé jamás lo hubiéramos logrado, compartir mi visita a La Plata es también una muestra de agradecimiento a este hombre que creció en medio de la guerra y sobrevivió gracias al Ejército Rebelde como otros tantos habitantes de la zona. Este fue un trabajo extra, la revista no lo solicitó, pero para mí fue la oportunidad de “viajar” a un pasado reciente, de tocar y ver los espacios originales donde se fraguó una Revolución que cambió para siempre el porvenir de todos los cubanos)

“La gente me pregunta: ¿Usted ayudó a los Rebeldes? Y yo tengo que responder: más bien ellos me ayudaban a mí “, confesó Bebé agradecido. Foto: Ricardo Barrero/ Revista Bohemia

Título original: La plata, crónica de un recuerdo
Fotos:  Ricardo Barrero

Impresiones de una visita a La Plata, a propósito del 30 aniversario de la Constitución de la Comandancia General del Ejército Rebelde (29 de abril de 1988)

Salimos con la fresca. “Bien temprano, porque el camino es largo y difícil; además es preciso adelantarnos a la lluvia que siempre aparece por estos lugares al caer la tarde”, fue la recomendación.

Nuestro guía es un gran previsor, se llama Héctor Rodríguez Preyade y es un “Bebé” de 64 años, desde siempre le han llamado “Bebé”. Desde la partida advirtió: “Esto ahora es una ‘panza’, porque la carretera llega hasta el Alto del Naranjo, a partir de aquí usted va a aprender por sí mismo, cuánto vale un mulo”
Se llama Héctor, pero desde que lo era, le dicen Bebé. Nació y se crió en la Sierra Maestra, fue alfabetizado al triunfo de la Revolución. Ahora es diputado a la Asamblea Nacional y delegado de circunscripción en una zona llamada Providencia.

La carretera es una de las más pendientes que he visto en mi vida, se inició en 1976 y su construcción duró casi 10 años. Es de concreto puro, blanco, y tiene a un lado anchas canaletas para facilitar en desagüe. Los espacios que dan al abismo tienen como protección una sólida baranda. Su extensión es de aproximadamente 12 kilómetros. Ya en Brazón, aparece la primera advertencia: “Estamos a 485 metros por encima del nivel del mar”.

Todavía andamos sobre ruedas, y cuando vamos por la subida de El Jigüe, Bebé le dice al chofer: “Multiplícalo, multiplícalo, que se nos va” y a la orden de “abajo todos”, sin terminar la frase estábamos pisando firme los cuatro tripulantes con mochilas y todo.

No había otra alternativa: a pie hasta el Alto del Naranjo. “Esto les va a costar unos kilométricos más de caminata”, anunciaba Bebé como si el diminutivo acortara la distancia.

Una parada para descansar, y contemplar el maravilloso paisaje de montañas entrecruzadas cubiertas de neblina y lluvia. Al final de la carretera otra advertencia: “Alto del Naranjo, 900 metros sobre el nivel del mar”. Abajo, la presa Paso Malo se divisa como un pequeño charco. Apenas se destacan cortos tramos de la empinada cinta de asfalto que bordea la montaña caprichosamente.

Sin ser entendidos en la materia nos atrevemos a asegurar que se trata de una verdadera obra de arte de la ingeniería cubana.

Seguimos hasta toparnos con dos nuevos letreros: Pico Turquino: 13 kilómetros; Comandancia La Plata, 3 kilómetros. Aún nos quedan 3 mil metros para andar en ascenso.

Soy bruto, no entiendo fácil

Después de observar la zona donde ocurrió la batalla de El Jigüe, Bebé nos hace seguirlo hasta una bajada, y en medio del monte se percibe una pequeña casita. “Este es el llamado campamento Medina, más bien la casa de Ubaldo Medina, director del Quinteto Rebelde (*)”. En una de las amplias terrazas está sentado Emilio Tamayo Sánchez, guardián de la zona de la Comandancia.

Tamayo, más que mirarnos nos analiza. Luego saluda y pregunta algo que ya conoce: ¿Son periodistas? Ya saben que cámara para allá arriba no se puede llevar. “Pero ¿es que sin fotos?…”. “Le digo que no.”. “ Es que sin cámaras yo no soy nadie”, le dijo Ricardo Barrero, el fotógrafo. “Entonces quédese aquí y siga siendo usted”.

No hubo forma de convencerlo. Tamayo se limitó a decir: “Yo cumplo órdenes, y estén seguros de que sin una autorización especial no van a subir con cámaras”. Además allá no se le permite subir a cualquier tipo de persona, así que dense con un canto en el pecho que les permiten subir a ver algo lindo e histórico, y estense tranquilos”.

Luego como para hacer las conclusiones agregó: “Yo soy bruto y no entiendo, pero si me contradicen me pongo más bruto todavía”.

Un paraíso sorprendente

Continuamos la marcha. Poco habíamos recorrido cuando Bebé señaló una pequeña casita de madera. “Aquí se reunió Fidel con un periodista norteamericano…, esta era la posta uno”

En la medida que se asciende el aire se respira más frío, más puro, según Bebé. Las plantas se vuelven exageradamente hermosas con colores firmes, parejos, nítidos. Variedades de helechos inusitados, mantos rojos y verdes, orquídeas silvestres, galán de noche y sobre todo la mariposa, flor que se encarga del decorado y el perfume. El olor de allí es bien específico, impresiona, ahora cada vez que respiro el olor de las mariposas no puedo dejar de pensar en ese lugar.

Nos vamos cansando -sobre todo yo- ya hemos visto la sede de Radio Rebelde, el pozo ciego donde hacían descender la enorme antena para que no fuese detectada por el enemigo. La consultoría o casa jurídica, con su máquina de escribir Remington, impecable. Los relatos de Bebé nos hacen imaginar la máquina tecleando leyes y sentencias. Allí se redactó la Ley de Reforma Agraria.

Ya no hacemos comentarios ni exclamaciones que fueron repetitivos durante todo el trayecto. Vamos en silencio, solo se escucha la voz de Bebé como la del narrador de una película que estamos viviendo.

A mi izquierda me sorprende una edificación de dos plantas, o mejor dicho, montada sobre altos pilotes y encajada en el abra de dos abultamientos de tierra. Nadie lo anunció, nunca la había visto, pero tenía que ser esa y no otra.

Llegamos a la Comandancia

Cuentan que la casa donde radicaba el Comandante en Jefe fue hecha por un carpintero –yo diría un arquitecto- llamado Eliseo Rodríguez. Es rústica, humilde y elegante, hecha con gusto. No hacía falta, pero por si acaso, Bebé redundó:” Tras cada uno de esos diseños, flores, jardines, escaleras colgantes, está la mano de Celia (*)”.

Nos parecía verla, callada e inquieta, velando por la belleza y la funcionalidad de aquel pequeño mundo que ella convirtió en un entorno aún más esplendido.
La casa tiene un primitivo e ingenioso sistema de seguridad que comienza por la disposición de ventanas y puertas empotradas en los espacios de pared de modo que uno nunca sabe por dónde se entra.

Bebé alza uno de los portones y vemos en el dormitorio una cama camera, a los pies un librero al ancho de toda la pared, una silla rústica, tallada en un gran tronco de árbol. En la habitación vecina: un estante, un refrigerador de kerosén como la inscripción: “Domestic, made in Sweden”, una cestica para papeles tejida por Celia con cuerdas de cupey. El ambiente es acogedor, tranquilo, y hasta allí llega el aroma de las mariposas.

Poco nos pareció el tiempo, y vaga la retina para acaparar todas las imágenes que teníamos delante, sin embargo, quedaban cosas por ver.

El primer hospital de la República Libre de Cuba, o sea del Territorio Rebelde, estaba allí, cerca de la Comandancia. La entrada tiene dos largas pasarelas escalonadas hechas con troncos. A ambos lados enormes hojas de manto rojo fileteado en verde y amarillo. Primero la cocina, luego la casa de los médicos y la enfermería, la que se conserva con algunos frascos de medicamentos de entonces colocados en un anaquel semejante al de cualquier farmacia. Todo rústico, pero ordenado y limpio.

Por sobre la farmacia y el salón general copado por hamacas, se distingue el salón de operaciones donde todo, a excepción del balón de oxígeno, es de madera: la mesa, la camilla los dispositivos para sueros y anestesia, una labor artesanal increíble.

“Todos los de esta zona éramos atendidos en este hospital que según creo estaba bajo las órdenes del Dr. Bernabé Ordaz, y nos atendían eminencias como Vallejo, Martínez Páez, y otros médicos buenos de verdad. La Revolución nos benefició desde entonces. Fíjese que la gente me pregunta: ¿Usted ayudó a los Rebeldes? Y yo tengo que responder: más bien ellos me ayudaban a mí porque tenía 9 años y un hambre que no la brincaba un chivo, ellos me daban sal, comida y medicamentos” – cuenta Bebé.

Sobrecoge ver cómo un ejército libertador, pobre e inexperto pudo organizar en parajes tan agrestes, casi una república con sus dependencias elementales.
De regreso volvió a apoderarse de nosotros el silencio. Nos detuvimos en lo alto de una montaña. A lo lejos se divisaba un techito de madera se veía minúsculo debido a la distancia enrome que nos separaba. “Esa es la casa de Tamayo”, dijo  Bebé. Entonces ahueca las manos, las pone alrededor de su boca y grita: “Tamayo, prepara algo que vamos con hambre”. El eco recorrió rápidamente la distancia, en fracciones de segundo vimos la figura de Tamayo y sus manos moviendo el sombrero en señal de haber copiado el mensaje.

Estábamos realmente impresionados, felices de haber disfrutado el privilegio de andar por tan extraordinarios parajes, de haber podido imaginar en escenarios genuinos momentos cumbres de nuestra historia más reciente.

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Susana Tesoro

Susana Tesoro

Periodista cubana. Ha trabajado como reportera y columnista en la Revista Bohemia, como comentarista en Radio Rebelde, ha sido guionista y asistente de Dirección en la Televisión Cubana. Es editora y reportera de Cubadebate. En Twitter @esetesoro.

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