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¿Todo está viejo en Cuba?: Guerra cognitiva en los relojes ideológicos burgueses

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“Todo está viejo en Cuba”, repite la metralla colonial con su tableteo de reloj ideológico. No obstante, quizá el verdadero terror de los relojes ideológicos burgueses no provenga de la vejez que ellos han inventado contra Cuba, sino de otra posibilidad mucho más inquietante para el “orden” capitalista dominante: que millones de seres humanos descubran que el valor de una sociedad no puede medirse únicamente por la velocidad con que reemplaza mercancías. Porque cuando las clases trabajadoras descubren que la dignidad humana posee una temporalidad distinta a la del mercado, el cronómetro del capital pierde autoridad. Y en ese instante la historia vuelve a abrirse como territorio de combate consciente, no como escaparate administrado por comerciantes del tiempo.

Esa modalidad de guerra cognitiva burguesa ideada para fabricar enemigos “avejentados” aparece en titulares, sobremesas turísticas, informes empresariales, emisiones radiales fabricadas para exportación ideológica y laboratorios digitales dedicados a la manufactura industrial del desaliento. Se pronuncia con una mezcla de suficiencia antropológica y desprecio clasista, como quien diagnostica el deterioro de un objeto decorativo, olvidando deliberadamente que la historia humana no transcurre en vitrinas, transcurre en campos de batalla económicos, culturales y simbólicos. En tal sentencia opera una semántica del bloqueo sexagenario y criminal cuya astucia consiste en desplazar el análisis histórico hacia la superficie fetichizada de las mercancías.

“Viejo” ya no designa la temporalidad concreta de los objetos afectados por bloqueos, desabastecimientos, agresiones financieras y persecuciones comerciales. “Viejo” deviene categoría moral destinada a naturalizar el capitalismo como juventud perpetua de las cosas y a representar cualquier experiencia emancipadora como desgaste prematuro del tiempo. Convierten su metralla de obsolescencia en criterio ontológico de verdad. Y los incautos aprenden a contemplar un automóvil de 1957 como símbolo de atraso, aunque ignoren las décadas de asfixia económica impuestas para impedir su reemplazo.

Esta guerra cognitiva contemporánea ha refinado hasta extremos microscópicos el control de las percepciones temporales. Ya no basta bombardear territorios físicos; resulta imprescindible regimentar las experiencias del tiempo. El capitalismo tardío necesita imponer la sensación de aceleración infinita para legitimar el consumo permanente. En consecuencia, cualquier sociedad que no exhiba la velocidad neurótica del reemplazo mercantil queda etiquetada como fósil histórico. El problema radica en que la burguesía global no compara sistemas de vida; compara ritmos de circulación de mercancías. Allí reside una de las grandes mutilaciones epistemológicas de nuestro tiempo.

Cuba constituye un blanco privilegiado para esa emboscada cronológica debido a que representa, con todas sus contradicciones, una revolución histórica intolerable para el capitalismo. La persistencia de la revolución cubana no se ha subordinado a las lógicas agusanadas del capital financiero que se irritan histéricamente. Por ello, fabrican metrallas capaces de construir una equivalencia automática entre socialismo y ruina temporal. Las fachadas despintadas se transforman en argumentos filosóficos; las dificultades del transporte adquieren estatuto metafísico; la escasez material inducida se convierte en esencia antropológica del pueblo cubano. Ningún noticiero burgués explica con idéntico fervor la violencia estructural del bloqueo económico, las multas multimillonarias contra bancos que comercien con la isla, las persecuciones navieras, las prohibiciones tecnológicas o la sistemática obstaculización de combustibles, medicamentos y créditos. El deterioro se presenta como causa autónoma, jamás como consecuencia de una estrategia internacional de estrangulamiento económico diseñada durante más de seis décadas.

Esa retórica de la vejez, como fase de la guerra cognitiva, cumple entonces una función política precisa: deshistorizar y disfrazar la agresión imperial y moralizar las consecuencias de la pobreza inducida. Se habla de edificios envejecidos con el mismo tono empleado para describir una fruta podrida, como si la materialidad urbana no resultase de agresiones geopolíticas criminales. El “espectador” contempla la ruina sin percibir la mano que administró cuidadosamente las condiciones de esa ruina. De ahí la extraordinaria eficacia ideológica de la frase “todo está viejo”. En apenas tres palabras se condensa una sofisticada y violenta operación de engaño histórico.

Bajo el capitalismo se rejuvenecen los más viejos aparatos de dominación para “envejecer” a poblaciones enteras. Cuba, en cambio, ha sostenido durante décadas indicadores sanitarios, educativos y científicos que desmienten brutalmente la caricatura colonial del atraso absoluto. La longevidad intelectual de su sistema educativo, la densidad cultural de sus debates, la expansión de capacidades médicas internacionalistas y la preservación de formas de solidaridad social imposibles de cuantificar mercantilmente revelan otra temporalidad histórica.

Una calle deteriorada, fotografiada estratégicamente, vale más para la propaganda que cien estudios sobre coerción financiera internacional. Su plan es inhibir el pensamiento histórico. Por eso proliferan videos donde turistas semicoloniales recorren barrios cubanos con voz compasiva y mirada zoológica, convirtiendo la vida cotidiana en espectáculo antropológico para consumidores digitales. La miseria exotizada se transforma en mercancía audiovisual altamente rentable. Cada plano pretende susurrar la misma moraleja: “He aquí el destino inevitable de quienes desafían el orden capitalista”. La operación alcanza niveles obscenos cuando no pocos “turistas” que habitan ciudades atravesadas por indigencia masiva, narcotráfico, privatización sanitaria y endeudamiento crónico se sienten autorizados para dictar lecciones civilizatorias a un pueblo sometido durante décadas al asedio económico más prolongado del continente.

Queda fuera lo verdaderamente nuevo para la especie humana que en Cuba florece generacionalmente; queda fuera de escena la alfabetización crítica, la organización comunitaria, la soberanía tecnológica, la salud pública, la memoria histórica y la democratización cultural. Resulta revelador que los mismos centros mediáticos obsesionados con la “vejez” cubana celebren monarquías hereditarias, aristocracias financieras y conglomerados corporativos cuya lógica de acumulación conserva mecanismos propios del saqueo colonial clásico.

Está claro que la batalla contemporánea por el sentido se libra también en torno a la experiencia del tiempo. El capitalismo pretende monopolizar el futuro presentándose como única forma posible de organización social. Toda alternativa debe aparecer envejecida antes incluso de desarrollarse plenamente. De ahí la insistencia enfermiza en representar a Cuba como museo detenido. Sin embargo, existe otra lectura posible: la revolución cubana constituye un escándalo histórico para un sistema acostumbrado a destruir rápidamente cualquier proyecto de soberanía popular en América Latina. La mera continuidad de una experiencia insumisa desafía el dogma neoliberal según el cual ningún pueblo puede resistir indefinidamente la presión combinada del capital financiero, el cerco mediático y las operaciones de desestabilización. El odio propagandístico agusanado contra Cuba nace también de esa resistencia simbólica.

Y la pregunta fundamental jamás debería ser si los automóviles son antiguos o modernos, ni si las fachadas lucen restauradas según estándares turísticos internacionales. La interrogación decisiva consiste en determinar qué relaciones opresivas e injustas soporta una sociedad durante décadas, qué distribución del conocimiento produce, qué dignidad garantiza a sus trabajadores, qué soberanía conserva frente a los poderes financieros genocidas y qué horizonte ético ofrece frente a la barbarie competitiva e ideológica del mercado mundial. Una sociedad puede exhibir rascacielos luminosos y al mismo tiempo condenar millones de seres humanos a la exclusión sanitaria, al racismo estructural y a la precarización absoluta. Otra puede sufrir limitaciones materiales severas mientras preserva núcleos de solidaridad revolucionaria que el capitalismo adjetiva de manera criminal. La noción burguesa de modernidad merece una crítica rigurosa. Y nadie mejor que Cuba para dirigir semejante disputa por el sentido.

Se han publicado 9 comentarios



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  • Carlos dijo:

    Ay por dios. La realidad es que la Havana cae a pedazos,todo sucio, basura donde quiera. Las calles, carreteras en candela, sistema electroenergetico prácticamente colapsado, transporte público inexistente, hospitales que meten miedo. No se que diablos tiene que ver el capitalismo con esto. Es la realidad de la Cuba de hoy!!!

  • Joaquín Orestes dijo:

    Señor Abad como siempre y con el contenido semántico cubano de la palabra usted es un "monstruo" ...realmente somos una anomalía historica, por demás escandalosa...sus ideas aquí son de una dimensión universal, desde mi neófita opinión ...

  • Raul Sobrino dijo:

    La realidad es que la belleza clásica era la belleza que existía en el siglo XIX; de ahí que los lugares turísticos más atractivos sean las ciudades viejas como Cartagena y San Juan e incluso la Habana Vieja aunque desgraciadamente no se ha podido conservar como las ciudades antes mencionadas. De hecho las verdaderas ciudades turísticas son las ciudades construidas en el siglo XIX por cuanto son muchísimo más románticas. Si nosotros pudiéramos reconstruir la Habana Vieja al menos como estaba en 1960 eso sería grandioso. Las ciudades modernas no tienen nada de romántico mientras que dan una sensación de Gran soledad como si todas las demás personas que se movieran en ellas fueran fantasmas. Quizás de cierta manera Cuba ha sido salvaguardada gracias a las agresiones económicas de parte de los gobiernos de los Estados Unidos. Si las ciudades cubanas se convirtieran en pequeños Hong Kong y Singapur eso no haría más felices a las personas; la gente pronto se aburren de las cosas que tanto desearon haber conseguido, especialmente un nuevo vehículo para moverse de un lugar a otro. Luego descubren que era mucho mejor andar a pie, sin teléfonos celulares y sin internet. La verdadera felicidad -o al menos mucho más alegrías para vivir- la tenían cuando no tenían ninguna de esas cosas. Lo que hace a las personas felices no son los aislamientos en lo que viven las sociedades modernas sino que los acercamientos que se se permiten dentro de las ciudades o pueblos se han quedados "rezagados" dentro de la modernidad.
    El objetivo de todas las personas es alcanzar la felicidad y Cuba no necesita de más modernidad para alcanzar ese objetivo sino que lo que necesita es más fraternidad y hermandad entre las personas. Cierto es que algunas situaciones complican la vida, mucho más si nos hemos acostumbrado a la idea de que tenemos que bañarnos todos los días, además de otras cosas a las que nos hemos acostumbrado por la influencia externa. Todo eso se intentó eliminar una vez en Cambodia pero desgraciadamente se utilizaron métodos extremistas que no fueron los adecuados, pero los principios pudiéramos decir que eran válidos. Desgraciadamente la influencia externa entre los cubanos es muy dominante y quizás no nos quede otro camino que el buscar hacer de nuestras ciudades otros Hong Kong y Singapur.

    • Dr Alberto dijo:

      Increíble cuando se leen comentarios como el suyo, entonces según su opinión, entre otras cosas, el baño diario es una costumbre del cubano adquirida desde otras latidudes?, seremos felices si vivimos todos juntitos como en un solar?, movernos a cualquier sitio cercano o lejano a pie, o en el mejor de los casos con tracción animal, comunicarnos con señales de humo, prender fuego con 2 piedras..... En fin borrar de un plumazo la evolución de la especie humana en los últimos siglos y retornar a las cavernas. Sinceramente no sé si reír o recomendarle un especialista de las ciencias médicas a consulta. Espero ser publicado pues si semejante barbaridad a la que doy respuesta fue aceptada entonces.......

      • Michel dijo:

        Creo que ha malinterpretado el comentario del compañero Raul Sobrino, nadie niega el deseo de progreso y comodidad, lo que debe cuestionarse es la supuesta felicidad que lo denominado moderno ha traido y puede observarse en paises del primer mundo. Realmente, la hiperconectividad que ha traido la internet debe repensarse pues desde todos los puntos se ha percibido como venenosa, y también debe valorarse el ritmo que la actual modernidad le ha traido a la vida social para tener una modernidad que no genere ansiedad permanente y hastio de una rutina llena de actos impersonales

      • Raul Sobrino dijo:

        Pues fíjate Alberto que hay un país en el mundo conocido como Bután donde las personas han alcanzado cierto grado de conformidad (y digo conformidad porque decir felicidad ya eso es una palabra mayor) a pesar de ser un país cerrado en gran manera al turismo, así como también a la influencia extranjera y a la modernidad, aunque desafortunadamente en los últimos años se ha abierto un poco al mundo exterior y eso ha sido uno de los errores cometidos, sobre todo con la aparición de los teléfonos celulares y del internet. Bután es un país en el que la inmensa mayoría de las personas tienen casas modestas -pero bien hechas- donde vivir. Todos se alimentan bien con lo que producen ellos mismos y en el país no hay violencia ni competencia entre las personas o por lo menos se dan escasos signos de ello. Si los cubanos viviéramos como se vive en Bután, con algunos pequeños cambios alcanzaríamos casi que la felicidad total o cuando menos el bienestar de una buena subsistencia, mucho más si renunciáramos a importaciones banales que son las que más esclavizan a las personas porque las obligan a trabajar más de lo que necesariamente tendrían que hacer para vivir una vida cómoda. En otras palabras: que mientras nosotros queramos teléfonos celulares, internet, carros particulares, televisores digitales, y ropa y calzado modernos, nosotros siempre estaremos obligados a tener que buscar divisas para pagar por esas cosas.
        Búscate información sobre la vida en Bután y la ideología de la búsqueda de la felicidad que es el fundamento del gobierno de ese país para que veas cuánto se puede lograr y sin que necesariamente tengas que pensar que ellos son perfectos. Yo por lo menos no creo que el gobierno de ese país sea perfecto, pero lo está haciendo mucho mejor que en muchas otras partes del mundo aunque últimamente estuvieran cometiendo errores que espero que se den cuenta y sean capaces de buscar la manera de liberarse de ellos; o sea: deshacerse de los celulares y el internet después que se han acostumbrado a ello.

    • Rembe dijo:

      El contenido de su comentario parecería un chiste de gran ironía intelectual, si no fuera tan serio a lo que se está refiriendo.

    • Luis dijo:

      Pol Pot estaba claro, sólo que no lo dejaron terminar su glorioso camino al comunismo, cierto?

  • Eduardo dijo:

    Si el autor del artículo viviera en un edificio que amenaza derrumbarse en cualquier momento su comentario sería muy distinto.

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Fernando Buen Abad

Fernando Buen Abad

Filósofo y escritor mexicano.

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