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A solas con la UNITA

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Por Aida Álvarez, José Gabriel Martínez y Rodolfo Romero.


Rojas y Quesada en Costa de Marfil

La historia comienza en los años 70. En Vietnam los norteamericanos recibían lecciones de patriotismo de aquel pueblo socialista y desde los Estados Unidos The Beatles llevaban un mensaje pacífico y de amor en sus más alocadas y revolucionarias canciones. En Angola la situación era bien distinta. Después de la llamada “Revolución de los Claveles”, el 25 de abril de 1974, Portugal se compromete a hacer un alto en la lucha y dar la auto-determinación a los pueblos de sus colonias Angola, Mozambique, Guinea Portuguesa, Cabo Verde, São Tomé e Príncipe y Timor Oriental.

El 11 de noviembre de 1975, gracias al apoyo recibido por Cuba y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) se impone sobre las fuerzas del Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA) y de la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA).

Desde ese momento, un gobierno progresista se establece en Luanda. A la sombra de este, la UNITA, bajo el mando de Jonas Savimbi, se convierte en una temible fuerza de oposición, viciada por el Apartheid y con el apoyo creciente de los Estados Unidos y la República de Sudáfrica.

A finales de la década del 80 el conflicto entraba en una de sus etapas más definitivas. En julio de 1987 bajo el nombre de Saludando Octubre, comenzó una operación en Angola que pretendía desalojar a la Unita del Sur y lanzarlos a la frontera con Zambia. Es en este contexto que se desarrolla la siguiente historia.

Personajes

Tres estrellas adornan el cuello de Manuel Rojas García. Un hombre alto y mulato que pasó 32 años encaramado en un avión de combate. “El piloto de combate es un poco nervioso, loco y por eso es que habla rápido”, suele decir cuando lo invitan a dar alguna charla o a impartir alguna conferencia.

Hace exactamente 50 años que estudió como piloto en la República Popular China. Después voló cerca de dos años en la Unión Soviética. Pero años después dos países africanos se cruzaron en su ruta de vuelo: primero Etiopía y después Angola.

A su lado está el Teniendo Coronel Ramón Quesada Aguilar. Graduado en la URSS, con la experiencia militar adquirida en Angola y la intensidad de los recuerdos imborrables de Cangamba, llegaba otra vez a territorio angoleño. “Ser piloto es algo difícil pero heroico. Constantemente uno piensa en la posibilidad de caer prisionero y en manos de quién lo vas a hacer. Pero ese pensamiento es como el miedo, que tienes que vencerlo y ya”, dice mientras reta a su memoria a este recuento improvisado.

Punto de partida

“La misión era quitarles sus posiciones y empujarlos hasta la frontera. Ya dos veces las Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Angola (FAPLA) habían fracasado en este empeño cuando fueron asesorados por militares soviéticos. Pero esta vez parecía que iba a ser distinto”, recuerda Rojas.

Tanto él como Quesada, en su desempeño como pilotos, hacían alrededor de tres o cuatro misiones al día contra la UNITA. En los momentos que ambos intentan reconstruir, la 47 brigada FAPLA había avanzado a casi 80 kilómetros de Cuito Cuenavale, pero lamentablemente era una región muy inhóspita y el avance fue solamente por un lugar del río. Las fuerzas de la UNITA conocían el terreno y los dejaron continuar.

“Ellos dejaron avanzar a esta columna, luego la cercaron y les fueron ocasionando muchas bajas. La desbarataron completa. Atacaban fundamentalmente de noche y la aviación nuestra no podía hacer nada por las condiciones de la pista de Cuito que era muy pequeña y de noche no podíamos maniobrar”, explica Rojas.

Detonante

La UNITA tenía su capital provisional en Jamba, cerca de la frontera con Zambia. Las fuerzas cubanas de aviación estaban en Cuito y su apoyo fue solicitado para apoyar a la brigada cercada. Dos aviones saldrían a cumplir la misión.

Normalmente, estas misiones las cumplía un solo piloto por avión, pero a causa de los malestares en la columna que sufría Quesada, él y Rojas irían juntos en un MIG 21 de dos cabinas. El reglamento de la aviación cubana es muy estricto en este sentido: si un piloto se enferma dos días seguidos, al otro día no puede volar solo, tiene que hacerlo acompañado.

“Fuimos entonces de Cuito a Menongue y de allí a Luena para cumplir la misión”, comenta Quesada, quien además explica algunos detalles técnicos: “Decidimos ponerle a aquel avión MIG 21 de dos cabinas dos bombas de 250 kilogramos y despegar para la zona de los combates. En primer lugar lo hicimos porque teníamos poco combustible y pocas bombas y no debíamos gastar 3000 Litros si no era para hacer algo provechoso u obtener alguna ventaja. Otro compañero despegó en un MIG 21 de una cabina”.

Los pilotos hicieron un primer pase por el lugar. Previamente el Jefe de Estado Mayor de las FAPLA en la zona les había solicitado que después de bombardear fueran a otra área más adelante en la que se habían registrado también movimientos de la UNITA.

“En el primer intento no tiramos las bombas porque no habíamos distinguido bien el objetivo y nos atrevimos a dar otro pase, error que no se puede cometer en lugares en los que hay cohetes”, alerta Rojas.

Desde el año 1985 las fueras de la UNITA habían adquirido cohetes STINGER. Hasta ese entonces la aviación de combate actuaba de una forma bastante impune porque era muy escasa la probabilidad de que la impactasen con un fusil.

“Entonces, ya después del 85 todos los pilotos que volábamos en Angola teníamos que presumir que en cualquier lugar había un STINGER, un cohete que va al lugar donde hay temperatura”, explica Quesada.

Por su parte, su compañero continúa la narración de los sucesos: “Entonces dimos el segundo pase, decisión incorrecta y bastante criticada por los técnicos después, pero el problema es que queríamos ser efectivos y ayudar. Quesada soltó las dos bombas y cuando empezamos a salir de la picada, un cohete nos impactó en la parte trasera del avión. Perdimos de inmediato todo control. Los dos sabíamos que teníamos que catapultarnos”.

Por suerte los pilotos se pudieron catapultar con facilidad. El avión, que desde hacía año y medio era como el compañero inseparable de Rojas, ardía en llamas.

Apenas comenzó el descenso en paracaídas una lluvia de balas se les vino encima. Por cuestiones de azar sus enemigos tuvieron mala puntería y gracias a esto pudieron llegar al suelo sin ninguna herida letal. No obstante, al caer Rojas se golpeó fuertemente en la cabeza.

Desarrollo del conflicto

Después de descubrir que habían caído a unos 40 o 50 metros del enemigo, los pilotos avanzaron entre la selva. Atravesaron un río pequeño mientras las quemaduras en el pie de Rojas dificultaban la huida. En ese momento escucharon el sonido inconfundible de los helicópteros de rescate.

“Llegaron en tiempo y forma como se establece en los protocolos de rescate ante el derribo del avión. Pero nosotros no teníamos el equipo de radio, pues había caído en manos del enemigo. Entonces nuestros compañeros fueron exactamente hacia las posiciones de la UNITA y por poco son derribados”, cuenta Quesada y agrega: “Fue muy triste cuando, a pesar de las señas que hicimos, los helicópteros nos pasaron por arriba, huyendo de la UNITA, sin vernos y sin poder rescatarnos. Cada vez que hablo de eso me da ganas de llorar, no es fácil ver como tu gente se arriesga por rescatarte y todo es en vano. En ese momento la frustración y la impotencia me carcomían”.

No obstante, “de noche la selva es selva para nosotros… pero también para ellos. Por eso los dos pensamos lo mismo: la solución era huir, huir y huir hasta donde dieran nuestros pies para tratar de evadirlos”, anota Rojas.

Los pilotos marcharon sin apenas detenerse desde las tres con quince minutos de la tarde hasta las nueve de la mañana del día siguiente. Las fuerzas de la UNITA nunca los dieron por perdidos y lograron delimitar muy bien el área por donde debían andar.

Al día siguiente, luego de haber caminado alrededor de 45 kilómetros, sin agua y sin comida, son capturados en una emboscada. Más o menos 150 militares se destinaron para detener a dos pilotos cubanos.

“Habían hasta comandos especiales para la captura nuestra, con la indicación de Savimbi de que nos cogieran vivos. Estaba convencido de que lidiaba con dos oficiales cubanos o rusos”, cuenta Rojas.

El 28 de octubre los derriban, el 29 los capturan y ya el 30 estaban hablando con Savimbi.

Quesada recuerda algunos detalles de aquel primer encuentro con el líder de la UNITA: “Estuvimos hablando como una hora con él. Nos presentó a muchos de sus generales que estaban allí, parte de su Buró Político y Comité Central, es decir, los máximos líderes de la UNITA. Después de su discurso de alrededor de una hora nos dijo: Ustedes no van a ser maltratados ni política ni físicamente. Ustedes van a ser tratados con mis manos. Y ciertamente eso que él dijo se cumplió, pese a las caras de algunos que evidentemente tenían tremendas ganas de acabar con nosotros”.

El 11 de noviembre es el día de la independencia de Angola, una jornada que celebraban tanto la UNITA como el MPLA. La noche antes de la celebración llegamos al cuartel general de Jamba; al día siguiente, minutos después del desfile militar, presentan a los pilotos cubanos ante la prensa internacional como prisioneros de guerra.

Durante el tiempo que guardan prisión son trasladados constantemente de campamento para evitar cualquier acción de rescate o que alguien se sensibilice con su causa y los ayude a escapar.

“Por aquellos días- recuerda Rojas- un general de la inteligencia de la UNITA vino en varias ocasiones y me dijo que diera información, que ellos me protegían y me enviaban al país que yo quisiera. Él llegaba siempre con un tono muy agresivo y acompañado por ocho hombres armados hasta los dientes. Yo pensaba que me iban a matar en cualquier momento porque, más allá de la promesa de Savimbi, cualquier cosa podía pasar. Siempre le respondía lo mismo: Mira, mi compañero y yo somos cubanos, amigos de la FAPLA, no vamos a traicionar ni nada de eso. Si nos van a fusilar, fusílennos”.

Punto de giro: ¿por ser cubanos?

Durante aquellos meses los alimentaban bien, como correspondía a su condición de prisioneros de guerra. Si pedían algún alimento específico, sus celadores le escribían a Savimbi y tramitaban la comida. Quesada recuerda algunas extrategias para hacerlos hablar:

En varias ocasiones trataron de confundirnos para que nos traicionáramos. Nos decían que el otro había traicionado, nos mantenían separados y cosas así. Por suerte nosotros desde el principio hicimos un compromiso: No creas nada de lo que te digan de mí y ten la seguridad que no voy a traicionar.

Fueron diez meses tensos repletos de anécdotas. Durante ese tiempo que estuvieron prisioneros no hubo ningún tipo de maltrato físico.

Rojas argumenta que incluso Savimbi era muy respetuoso siempre que hablaba de Fidel y


Rojas y Quesada con el Comandante en Jefe

Cuba. Incluso en algún momento comentó la idea de enviarle una carta a Fidel a través de los pilotos. Cuenta Rojas:

Después le dije a Fidel lo que yo creía que le preocupaba a Savimbi, y es que él nos había pedido que siempre fuésemos honestos cuando habláramos de nuestro tiempo como prisioneros de la UNITA. Aunque yo sí le dije a Savimbi desde nuestro primer encuentro que ellos tenían grandes y horribles crímenes sobre sus hombros y le puse ejemplos que yo conocía de angolanos y cubanos que ellos habían masacrado, torturado e incluso les había cercenado el pene.

“Insistía mucho en que quería que no mintiésemos ni dijéramos nada que nunca hubiese pasado allí y en eso hemos sido honestos. Sí, pasamos nuestra hambrita, para tomar agua había que pedirla, nos bañábamos una vez a la semana, pero éramos prisioneros y no podíamos aspirar a un hotel ni aire acondicionado”, agrega.

Desenlace


Fidel y Raul les reciben en el aeropuerto

“Cuando nos liberaron le pregunté a Savimbi si alguien había dado dinero por nuestra liberación y se ofendió, dijo que eso lo hacía él porque quería. Nos respetaba porque, según Savimbi, habíamos demostrado que éramos verdaderos hombres y revolucionarios igual que él, sólo que de distintas posiciones. No fuimos cobardes y eso lo respetaba”, explica Rojas.

“Al principio le dijimos a Savimbi que estábamos preparados para estar presos 20 años si hacía falta; pero en realidad sabíamos que teníamos que escapar lo antes posible, lo que nunca tuvimos una posibilidad real y por eso la liberación nos sorprendió tanto”, comenta Quesada.

Después de diez meses, y en respuesta a gestiones diplomáticas entre Cuba y Costa de Marfil, nación en la que la UNITA tenía su Estado Mayor, Quesada y Rojas son liberados. Al llegar a la Patria, los esperan en el aeropuerto el Comandante en Jefe Fidel y el General de Ejército, Raúl.

Se acerca el final de esta entrevista en la que dos hombres reviven y recrean momentos trascendentales de sus vidas como pilotos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Las palabras finales se agolpan, se entrecortan. El tiempo acaba y hay que poner punto final.

Primero habla Rojas:

Un día de prisionero transcurre con bastante tranquilidad. Duermes mucho, haces ejercicios en el pedacito del quimbo. Cuando estás preso te vuelves observador, descifras mejor a las personas, repasas tu vida completa y piensas en muchas cosas: en la paz mundial, familia, amigos, socios, como los hombres nos matamos entre nosotros, en fin, que te vuelves un romántico.

Quesada entonces concluye:

Somos hombres simples e hicimos lo que cualquier cubano hubiese hecho. El reconocimiento del Comandante y del pueblo fue la mejor de las gratificaciones para nosotros.

Tomado del blog Letra joven

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Rodolfo Romero Reyes

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