¿Ángel caído o rebelde?

“El ángel caído” se emplaza en uno de los patios del Capitolio y es obra del italiano Salvatore Buemi, que en 1910 la obsequió a su coterráneo Orestes Ferrara. Foto: Carol M. Highsmith.
La Habana es una de las pocas ciudades del mundo donde existe un monumento al diablo.
Es una imagen de bronce de tamaño menor al de la media humana. Se emplaza en uno de los patios del Capitolio y es obra del italiano Salvatore Buemi, que en 1910 la obsequió a su coterráneo Orestes Ferrara, presidente en esa fecha la Cámara de Representantes, pero no fue hasta 1931 en que se colocó donde ahora se encuentra.
Su autor la tituló El ángel caído, y es la escultura menos mentada y menos vista de todas las que se erigen en el Palacio de las Leyes cubano.
De cualquier manera, más o menos vista, llama la atención de los especialistas, porque lejos de dar muestras de humillación ante el castigo, con las que a veces suele representarse, el diablo de La Habana luce desafiante y prepotente. Con un puño levantado hacia el cielo, mientras se toca el pecho con la mano contraria, parece haber sido atrapado en el momento en que, erguido y altanero, se rebela contra el poder divino y reclama su pretendido derecho de suplantar a Dios.
Algunos ven esta figura como símbolo de la discordia y la controversia.
Historia no contada
¿Dónde estuvo El ángel caído durante los 21 años que median desde que Ferrara lo recibe en obsequio y su ubicación en el Capitolio? Misterio. No hay constancia de que hubiera estado emplazado en el edificio de la vieja Cámara de Representantes, en Oficios esquina a Churruca, en La Habana Vieja, y algunas fuentes le atribuyen un largo y no confirmado peregrinar por instituciones públicas que no demoraban en rechazarlo.
Quizás Ferrara conservara la escultura en su domicilio de entonces, en la calle 27 esquina a M, en El Vedado –frente a la residencia del general Machado–, donde vivió antes de que hiciera edificar el espléndido palacete de San Miguel y Ronda, al costado de la Universidad habanera. Se desconoce, asimismo, si Ferrara recibió ese regalo en Italia o en La Habana.
Lamentablemente, nada dice Ferrara sobre esto, ni sobre su relación con Buemi, en sus acuciosas y prolijas memorias –más de 500 páginas–, publicadas en Madrid a mediados de los años 70 del siglo pasado.
Dos eran dos
Orestes Ferrara nació en Nápoles, Italia, en 1876, y llegó a Cuba en los días de la Guerra de Independencia, en la que alcanzó el grado de coronel en el Ejército Libertador.
Abogado y profesor universitario, ocupó la Presidencia de la Cámara, el puesto más alto que, por elección, podía alcanzar a un extranjero nacionalizado.
En días del gobierno de Machado, fue su embajador en Washington y canciller de la República, y a la caída de la dictadura, huyó al exterior para librarse de la ira popular.
De nuevo en La Habana, fue delegado, por elección, a la Asamblea Constituyente de 1940. Embajador de Cuba en Europa y, durante largos años, representante permanente de la Isla ante la Unesco, hasta que en 1959 el Gobierno cubano lo cesanteó.
Falleció en Roma, en 1972. Son muy apreciables sus libros sobre Maquiavelo y el Papa Borgia, así como Mis relaciones con Máximo Gómez, Un pleito sucesorio: Enrique IV, Isabel de Castilla y la Beltraneja, y El siglo XVI a la luz de los embajadores venecianos.
Buemi destaca en el grupo de escultores italianos (Aldo Gamba, Giovanni Nicolini, Angelo Zanelli…) que trabajaron en Cuba en tiempos en que la República, instaurada en 1902, se abría, dice la historiadora Marial Iglesias, a una etapa de institucionalización de la memoria histórica, empeño de corte nacionalista en que se erigen monumentos a no pocas figuras de la independencia.
Nació en Palermo, Sicilia, en 1860 y falleció en 1916. Participó, sin éxito, en el concurso para el monumento a Antonio Maceo. Es el autor de la estatua de José Martí que, en 1909, se erigió en el Parque la Libertad, en la ciudad de Matanzas, y de la del mayor general Ignacio Agramonte (1912) en la plaza camagüeyana que lleva el nombre del patriota.
El diablo tiene su nombre
Lucifer –del latín, portador de luz– el más bello de los ángeles, al rebelarse contra la divinidad, se convirtió en Satanás, el Diablo. Satanás es un nombre hebreo que significa perseguidor o adversario, en tanto que Diablo proviene del griego y significa calumniador.
Según la tradición cristiana, Satanás es el jefe de los ángeles que, antes de la creación del hombre, se rebelaron contra Dios por soberbia y envidia y fueron precipitados al infierno.
Personifica el mal y se le llama también el Gran Enemigo de Dios, Tentador, el Príncipe de las Tinieblas, el Malo. En el Nuevo Testamento se le llama, además, Belcebú, el Maligno… Mucho después, Tertuliano le llamó el Mono de Dios.
Por haber sido sacado del cielo y condenado al infierno, se le llama, asimismo, el Ángel Caído, nombre que Buemi dio a la escultura que regaló a Orestes Ferrara, y que, erguido y desafiante, se afianza en su rebeldía. Más que un ángel caído, es un ángel rebelde.
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Desconocía la existencia de la estatua "El ángel caído" en uno de los patios del Capitolio. Gracias por estas postales de nuestra historia menos conocida, profesor Ciro. Feliz 22 de diciembre!
Excelente artículo. Muchas gracias.
Gracias por tan excelente publicación