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El arte de conversar

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Conversando, una tarde en el Malecón. Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.

Terminada la faena cotidiana, antes de acogerse al descanso reparador, los hombres se reunían a conversar. Comentaban los sucesos del día, narraban historias de otros tiempos y otros lugares, algunas veraces, en otras mezclaban realidad y ficción. En ese intercambio se rescataba la memoria del ayer y se alimentaban las alas de la imaginación, fuente de creatividad y de capacidad innovadora al abordar por caminos imprevistos, mediante la formulación de nuevas interrogantes, asuntos pendientes de respuestas por haber recorrido en su abordaje fórmulas rutinarias. Pero, sobre todo, el empleo de la palabra evocadora satisfacía la demanda de espiritualidad, esa otra hambre que, según Onelio Jorge Cardoso, subyace latente en todo ser humano. En la voz del cuentero iba naciendo la literatura desde la época remota en la que todavía no se habían inventado el jeroglífico y el alfabeto que ahora conocemos.

Pasaron siglos. Apareció la radio. Después de escuchar a María Valero en “las  páginas sonoras de la novela del aire”, para disfrutar de alguna brisa los vecinos sacaban las sillas a la calle. En la atmósfera persistía el aroma denso dejado atrás por el vendedor de mariposas. De una acera a la otra se cruzaba el diálogo. Se comentaban los chismes del barrio y las noticias en torno a la actualidad política del momento. Algunos, asomados a los balcones, observaban la cuadra entera, intervenían en la conversación. A veces, por asociación de ideas, se imponía el recuerdo de acontecimientos del pasado. Mientras tanto, en las esquinas, los muchachos, siempre varones porque las hembras estábamos excluidas, andaban en lo suyo.

El nacimiento de la televisión modificó las costumbres. Cesó el intercambio entre generaciones en torno a la mesa, a la hora de las comidas, cuando había concluido el horario laboral. Los padres y los muchachos que iban creciendo pasaban revista a los incidentes de la jornada. No faltaba la referencia a acontecimientos de mayor envergadura. Si el diálogo languidecía, se evocaban anécdotas de otros tiempos. A retazos, se tejía una memoria común, rescate de la historia y reafirmación identitaria. De repente la pantalla se convirtió en imán hipnótico. Plato en mano, la familia, seducida por la imagen y el sonido, se sentaba alrededor del equipo de reciente invención. En la actualidad, sojuzgados todos por las tentaciones que ofrece el teléfono móvil, la comunicación verbal se atomiza y lo escrito adquiere la concisión de un mensaje telegráfico.

Despojados de respaldo económico y de reconocimiento social, los escritores y artistas se refugiaban en tertulias improvisadas. Podían producirse en la trastienda de una bodega donde se servía alguna comida caliente, en los cafés o en casas de amigos. Mi padre disfrutaba el arte de la conversación. Acogía a visitantes de las más diversas procedencias, pintores, escritores, profesores universitarios y a personas ajenas al ambiente intelectual, dotadas de la capacidad de contar con gracia anécdotas divertidas. Me estaba prohibido intervenir en el diálogo de los adultos, pero podía escuchar en silencio mientras aparentaba andar en lo mío. A veces, los temas de alto vuelo en el terreno de la ciencia o de la filosofía escapaban a mis posibilidades de comprensión. Lo más frecuente, sin embargo, era que los asuntos resultaran más accesibles. Se hablaba  de la situación internacional, de la política interna, de la experiencia de vida de cada cual. Recuerdo todavía cuando Alejo Carpentier, instalado ya en Caracas, relataba su aventura en el Orinoco, origen de su novela Los pasos perdidos. Para mí, la resonancia de esas tertulias constituyó una vía informal de aprendizaje.  Fue un despertar estimulante a una curiosidad insaciable, abierta a los más anchos horizontes.

En ese ambiente, sin que mediara imposición alguna, casi por ósmosis, se me fueron adentrando el interés por la historia y la presencia viva de José Martí. Estudiábamos en la escuela los Versos Sencillos, Los zapaticos de rosa y La niña de Guatemala. En ocasión de un cumpleaños, me regalaron un ejemplar de La edad de oro, el compendio de aquella revista efímera, concebida para los niños y niñas de Nuestra América. Disfruté la lectura de sus páginas.  Algo más tarde, recibiría un impacto definitivo al descubrir El presidio político en Cuba, denuncia de las penalidades sufridas por el adolescente en las canteras de San Lázaro, hoy Fragua Martiana, compartidas con otros condenados de la Tierra. Pero en la casa era frecuente la visita del artemiseño de origen asturiano Manuel Isidro Méndez, entregado de lleno al estudio de la obra del Maestro. No entendía mucho de su torrente de palabras. El investigador hurgaba en las raíces de un pensamiento filosófico cuya hondura se me escapaba. La fuerza de su pasión me imantaba.

Los caminos del entendimiento pasan por el corazón. En vísperas del aniversario del natalicio del Apóstol, ese patrimonio intangible que nos acompaña, vale la pena insistir en que su legado no puede dispersarse a través de la reiteración recurrente de las mismas frases extraídas del contexto. La voz de Martí tiene que vivir entre nosotros en su integralidad y en su aliento poético. Hoy más que nunca, para vencer obstáculos, para subir las cuestas que hermanan hombres, necesitamos la pasión que devoró los escasos años de su breve y fecunda existencia.

(Tomado de Juventud Rebelde)

Se han publicado 7 comentarios



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  • Tranquilino dijo:

    Profesora, quiero felicitarla sinceramente por tan merecido homenaje a su persona.
    Crecí en un ambiente donde se conversaba mucho por las noches. Allá en las afueras de Contramaestre. En los últimos años de los 70s y el primer quinquenio de los 80s. Eran temas comunes los relacionados con los últimos años de la guerra de liberación y sus sitios y personas protagonistas muy de aquellas zonas. Se contaban historias propias de campos. De apariciones. En fin de todo lo humano y lo divino que la cultura de ese momento les permitía. Todo fuente inagotable de imaginación y experiencias trasmitidas mediante la palabra hablada por personas de pocos estudios pero de mucho hablar. Conservo esa costumbre de tratar de trasmitir mis experiencias a mis hijas y yernos y a otros jóvenes cuando aparece la oportunidad. Conservamos la costumbre de sentarnos a la mesa a comer con bastante frecuencia. Es un momento muy especial en el que se estrechan relaciones como en ningún otro. Contradictoriamente ahora encuentras personas de muchos estudios y poco hablar.

  • Pido la palabra dijo:

    Gracias profesora. Cuando leo sus artículos siento que usted me conversa, sin faltar a una fina y a veces sutil elegancia en el arte de escribir para todos. Una vez más gracias, que Dios le dé luz y salud por muchos años.

  • roque dijo:

    Excelente articulo

  • R.Montané dijo:

    Suscribo los comentarios expuestos, pero quiero, y no puedo dejar de expresar lo importante que considero la observación de la Profesora sobre el empleo y divulgación creativa del pensamiento y el legado martiano en todos los contextos posibles. Todos los medios deben aprovechar ese tesoro incalculable que es el pensamiento y obra del Apostol.

  • HECTOR Y EL HERMANO dijo:

    Magnifico articulo profesora. Una mirada sobre este asunto en sistema nos permitiría ver que para cambiar la realidad que nos rodea, la realidad de nuestro mundo, lo primero que debemos cambiar es precisamente el tipo de conversación que hacemos. El proceso de cambio se inicia en ese cambio en la conversación.
    Es habitual, cuando tenemos un problema no paramos de hablar de él con amigos o con la almohada, sucede en la vida personal y profesional, repetimos una y otra vez el mismo problema. Los decidores también necesitan conversar y dialogar con enfoques diferentes al que repetitivamente manejan, si no se inyectan constantemente puntos de vistas diferentes en nuestro bregar diario por medio de las conversaciones, no podremos ver de forma integral el universo de otras soluciones y de cambios, porque no existe una única solución para un problema, existen miles de soluciones. Pero es una epidemia la que vivimos dentro del estilo de trabajo de la generalidad, podemos llegar a ser obsesivos y repetir una y otra vez la misma cantaleta o peor la misma práctica. Cuando aún no tenemos conciencia de ello como un problema nuestro, el solo hecho de hablar, de conversar de ello nos alivia, por ahí ya mejoramos, pero está demostrado que la solución de todos los problemas pasa primero antes por una conversación, las conversaciones son el preámbulo de las soluciones, sin conversaciones antes no es posible encontrar las mejores y diferentes soluciones, no existe manual para ello.
    Una vez hablado de nuestros problemas, lo segundo es que comencemos a transformar los temas de nuestras conversaciones. Las conversaciones que mantenemos nos definen. Todos tenemos personas en nuestro entorno que sabemos que si quedamos con ellas nos hablarán de lo mismo, si no cambiamos nuestro entorno de para conversaciones diferentes nos auto cercamos nosotros mismos, es que esa rutina en que nos desarrollamos tiende a cerrar nuestras mentes, lo reiterativo conspira con nuestros mejores métodos de trabajo y de dirección, poniendo en ocasiones límites al horizonte, impidiendo ver las diferentes y nuevas ideas y mucho menos acceder a un nuevo tipo de pensamiento. Conversar, dialogar con las masas es lo que nos pide la dirección a todos los profesionales y directivos del país, pero de forma empática y reflexiva, necesaria en ese intento de ayudar a abrir nuestras mentes, conversar es ante todo un ejercicio medicinal, al salir del encadenamiento que inconscientemente nos hace la realidad en que vivimos, una ayuda para saltar por encima de esos muros mentales imaginarios que nosotros mismos creamos.
    Recordemos profesora; los cambios, los profundos cambios son siempre anticipados primero en conversaciones, en nuevas e inteligentes conversaciones, vital para el socialismo, conversar es una herramienta propia del socialismo, lógica en una comunidad de dueños, donde las conversaciones adquieren su mayor protagonismo, conversaciones como un debate donde se motiva a aportar puntos de vistas diferentes, aunque tengamos la necesidad de insistir en algo, una y otra vez, debemos tomar conciencia de que el debate, la conversación son anticipadores de las mejores soluciones, no la acción de hablar, que en ocasiones nuestro ego nos hace confundir, sino la imprescindible herramienta de conversar, de estimular el debate, una acción de conversar que necesitamos, pero donde hay algo muy importante profesora, donde no nos den siempre, continuamente la razón, y en medio de esa incomoda realidad vernos obligados a escuchar otros puntos de vista ampliando nuestro enfoque, pero lamentablemente por lo general eso no sucede en nuestro circulo más estrecho de personas en el proceso profesional, y en particular en el de dirección. La zona de confort que tendemos a crear a nuestro alrededor no los impide. De ahí la importancia que se entienda que el sistema de educación debe enseñar a cultivar como prioridad la actitud, donde enseñar a conversar debe ser una prioridad, una vía para aportar pensamientos diferentes sobre muchos asuntos. Entiéndase que cuando vamos al médico, porque tenemos un problema, buscando ayuda en lo personal, lo primero a que nos invita el medico es a conversar, de la misma forma debe hacerse ante problemas como sucede con los directivos o personas comunes en lo profesional. Cuando vivimos un problema como profesional, o simplemente como pareja, en un desequilibrio emocional, lo primero que nos recomiendan los que profesionalmente nos tratan de ayudar, los psicólogos, es conversar sobre el asunto, porque esas conversaciones además que nos alivian, nos aportan las soluciones, al aportar diferentes puntos de vistas que muchas veces no habíamos tenido en cuenta y son las causas de nuestros problemas, si eso lo hacemos de forma sistemática y lo incorporáramos a nuestro estilo de trabajo o dirección, estimulado por conversaciones con punto de vistas diferentes, encontramos por ahí la formula clásica, la mágica, para resolver cualquier tipo de problema. Todos necesitamos amigos y colegas conversadores. Formar esa actitud de conversadores nos hace mejores como sistema social.

  • Josè Garcìa Àlvarez dijo:

    Martì el " Autor Intelectual del moncada",como lo dejo dicho nuestro Lider Històrico Fidel Castro Ruz ,quien aprobecho hasta lo infinito la sabiduria del maestro plasmada de las mas diversas formas en los textos.Nada seriamos hoy los Cubanos sin la existencia de todo lo que Martì nos dejo dicho y nada seremos si no rebuscamos una y otra vez en ese mar de conocimiento que dichosamente esta en nuestras manos.Como tambien agradesemos a Graziella sus brilantes y resfrescantes anecdotas.

  • raven dijo:

    Excelente artículo, profesora, necesitamos todos los cubanos y en especial las presentes y futuras generaciones llevar en el corazón las doctrinas del maestro, como expresó nuestro Comandante en Jefe en el juicio del Moncada.

Se han publicado 7 comentarios



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Graziella Pogolotti

Graziella Pogolotti

Crítica de arte, ensayista e intelectual cubana. Premio Nacional de Literatura (2005). Presidenta del Consejo Asesor del Ministro de Cultura, vicepresidenta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, miembro de la Academia Cubana de la Lengua y presidenta de la Fundación Alejo Carpentier.

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