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Dos corrientes, dos mundos

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Concierto de Solidaridad con la Revolución Bolivariana, en la escalinata de la Universidad de la Habana, el 15 de marzo de 2015. AIN FOTO/Marcelino VAZQUEZ HERNANDEZ/

Concierto de Solidaridad con la Revolución Bolivariana, en la escalinata de la Universidad de la Habana, el 15 de marzo de 2015. Foto: Marcelino VAZQUEZ HERNANDEZ/ ACN

Intervención del Embajador Bernardo Alvarez Herrera,  Representante Permanente de la República Bolivatiana de Venezuela  ante la Organización de los Estados Americanos Homenaje al Natalicio de El Libertador Simón Bolívar Washington D.C., 27 de julio de 2016

Señor Presidente del Consejo Permanente,

Señores Representantes Permanentes e Interinos,

Señores Observadores ante la Organización,

Señores funcionarios de la Secretaría,

Señoras y Señores,

Las revoluciones suramericanas generaron un gran entusiasmo en los Estados Unidos que condujo a una verdadera fascinación por los procesos de independencia de las vecinas repúblicas del país del norte, en particular desde la década que comienza en 1810 y hasta mediados de la década de 1820. Esto se tradujo en múltiples manifestaciones de apoyo y respaldo desde los gobiernos y la sociedad que incluían, por ejemplo, la proliferación de ciudadanos de los Estados Unidos que tomaban los nombres de los líderes latinoamericanos, entre ellos el del Libertador Simón Bolívar.

Recuerdo con entusiasmo cuando en una oportunidad, visitando Alaska, me encontré con la sorpresa de que el General que comandaba las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial en Alaska se llamaba Simón Bolívar Buckner. Este General era hijo de un General confederado que también tenía el nombre de Simón Bolívar y que llegó a ser Gobernador del estado de Kentucky. El General Simón Bolívar Buckner hijo, fue por cierto el único General norteamericano que murió en batalla en Okinawa, Japón, en 1945.

La independencia política y la noción de soberanía nutrieron este entusiasmo entre 1810 y 1830 en la región. Como lo ha escrito recientemente una Profesora de Historia de Estados Unidos “Por más de 50 años desde la independencia de los Estados Unidos, la gente blanca a todo lo largo del país se mantuvo de una manera abstracta comprometida con los principios del igualitarismo de su propia independencia, y fueron precisamente esos principios los que les permitieron, consciente o inconscientemente, abrazar y conocer los ideales de un grupo de revolucionarios católicos multirraciales, cuyas batallas eran al mismo tiempo anticoloniales y antiesclavistas”. Sin embargo, esa fascinación y simpatía que logró sobreponerse a las diferencias entre sociedades más bien católicas y multirraciales en Suramérica y sociedades protestantes en los Estados Unidos, tuvo su punto de inflexión cuando se trató el tema de liberación de los esclavos. Así como la fascinación por Francia y los acontecimientos de la Revolución Haitiana duraron poco, por tratarse de una revolución social en Francia y negra en Haití; de igual manera la agenda progresista de muchas de las repúblicas en Suramérica, en particular su declaración como revolución antiesclavista, encontró gran rechazo en esta parte del Continente.

Estos principios universales fueron, a partir de mediados de la década de los 20, dejados de un lado cuando entre los representantes del sur de los Estados Unidos comenzó a considerarse la esclavitud no como un mal necesario, sino como algo positivo. Pareciera que ésta es una constante en nuestra historia, nos acercamos en los temas, pero nos alejamos cuando se trata de profundizar en las políticas, en las agendas de transformación.

En 1825 los Estados Unidos eran la única república donde la esclavitud se había extendido en lugar de retroceder. Ya nos mencionó en esta misma tribuna Danny Glover, en su discurso ante este Consejo Permanente, que nuevos estudios han demostrado que la esclavitud lejos de representar un realidad de atraso económico, jugó por el contrario un papel principalísimo en el desarrollo del capitalismo en los Estados Unidos.

Es por esa razón que en 1826 un grupo de demócratas de los Estados Unidos iniciaron actividades para impedir la participación en el Congreso Anfictiónico de Panamá que había sido convocado por el Libertador Simón Bolívar. De hecho, 50 años después de la firma de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, los demócratas convinieron en que no debían enviar representación alguna. Más allá de las razones generales para justificar aquello, entre ellas que se estaría socavando la soberanía nacional, los congresistas demócratas del sur incorporaron una nueva razón para no atender: la esclavitud; propiciando así un distanciamiento progresivo entre el desarrollo de Estados Unidos y el de las nacientes repúblicas suramericanas.

Esta situación se va a repetir en muchas oportunidades en la historia de la relación necesaria pero conflictiva entre las naciones del Sur y los Estados Unidos, generando una gran contradicción entre la cercanía en algunos ideales y el profundo distanciamiento en el contenido y puesta en práctica de esos ideales en el contexto particular de la América Latina.

En el 2006 se cumplieron 200 años de la primera expedición independentista de Venezuela, liderada por Francisco de Miranda, que salió del puerto de Nueva York, paró en Haití donde recibió el apoyo del gobierno haitiano y por una delación fue interceptada por las fuerzas españolas y fueron ejecutados un número importante de ciudadanos norteamericanos que participaron en esa expedición. En esa oportunidad quisimos hacer un homenaje a los familiares y otorgarles la orden Francisco de Miranda post mortem. Pudimos rastrear algunos descendientes, muy pocos de ellos, porque la mayoría habían sido esclavos, no tenían propiedades y no había como hacer seguimiento de una persona sin propiedades. Producto de esa aventura independista surgió el compromiso entre Bolívar y Petion de abolir la esclavitud y este año se cumplen 200 años del decreto abolicionista de Bolívar.

Cuando analizamos los muy importantes temas de la democracia, vemos como se trata de definir un modelo que se entiende como universalista, pero que al final no respeta las diferencias de los niveles de desarrollo y supone que las sociedades al sur del Río Grande son idénticas a las que identifica el modelo oficial de democracia norteamericana. Valdría la pena mencionar que incluso dentro de los propios Estados Unidos hay sectores que resienten y objetan ese modelo de democracia.

¿Quién puede dejar de considerar que en la historia de América Latina un elemento central de su evolución histórica-política ha sido la existencia de poderosas oligarquías que mantuvieron un sistema socio-económico y político excluyente y clasista?, ¿quién puede dejar de considerar que ha existido siempre una confrontación entre el interés del pueblo y la oligarquía en nuestros países?. El modelo de democracia liberal poco habla de eso, da por sentada la estructura de poder existente. En nuestra opinión, el proceso de desarrollo democrático comprende dos ejes que se entrecruzan y que ninguno solo puede garantizar democracias reales: por un lado los procesos políticos institucionales de la democracia y por el otro las estructuras de poder reales de la sociedad. El cambio en la estructura de poder no puede hacerse a costa de un deterioro de la democracia política, pero la democracia política no puede desarrollarse de espaldas a los cambios necesarios en las estructuras de poder en la sociedad.

Por ejemplo, ¿cómo no dejar de referirnos al inmenso poder que despliegan como uno de los poderes fácticos los grandes consorcios de la comunicación social de masas? que por cierto, cada vez se concentran más en muy pocas manos. ¿Quién los eligió para tener ese inmenso cúmulo de poder?, ¿ante quién rinden cuentas o son responsables?, ¿forman o no parte de la estructura de poder real?, ¿y hasta dónde impactan la calidad del proceso democrático?.

En relación a estos asuntos de la democracia yo quisiera mencionar aquí una anécdota personal. En uno de los procesos electorales que se dio en el Estado Plurinacional de Bolivia me correspondió asistir como miembro de la delegación de acompañantes de UNASUR, donde compartimos con representantes de otras organizaciones, entre ellas la OEA. En una visita a un centro electoral en una pequeña comunidad, sus ciudadanos nos plantearon que quisieran favorecer un sistema de votación colectiva, donde la sociedad organizada se reunía, debatía y votaba, pero querían que el monto de los votos de toda la asamblea fuera otorgado a la opción o candidato que obtuviera la mayoría. El representante de la OEA en esa reunión entró en crisis, ¿cómo es eso posible si cada persona es un voto?, ¿dónde está escrito eso?. Eso es antidemocrático y rompe cualquier esquema de democracia liberal…, que por cierto, no es la única forma de organización política que ha existido en la historia, ni que existe en el mundo en la actualidad. Esa era una comunidad que pensaba en un modelo diferente de organización política y no por ello menos legítimo, o menos útil para la práctica democrática que el sistema tradicional de la democracia liberal. Por cierto, estas elecciones en voto más o menos asambleario existen en algunas primarias de ambos partidos políticos dominantes en los Estados Unidos.

Bolivia, la hija predilecta del Libertador Simón Bolívar ha emprendido un histórico proceso bajo la presidencia de Evo Morales, que ha llevado no sólo a superar el modelo clásico de democracia liberal, sino a buscar superar los resabios del estado colonial que convivió con esa democracia liberal por muchas décadas.

El Comandante Chávez ante esta discusión sobre el carácter de la democracia nos dejó una frase, él quien era un defensor de la participación popular decía: “Necesitamos un sistema que garantice toda la democracia representativa que sea necesaria y toda la democracia participativa que sea posible”. Su desiderátum era privilegiar la participación.

No es por accidente entonces que la República Bolivariana de Venezuela que nace de la Constitución de 1999 se constituya en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, entre cuyos fines esenciales se encuentran la defensa y el desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad, el ejercicio democrático de la voluntad popular, la construcción de una sociedad justa y amante de la paz.

Sólo si abrimos nuestro entendimiento para comprender diferentes formas de organización política podremos diseñar modelos que representen de manera legítima las necesidades y las voluntades de los pueblos.

La Profesora de Historia de la Universidad de Northwestern, Caitlin Fitz, de quien tomé una frase al inicio de esta intervención, al analizar la relación entre las repúblicas del sur y Estados Unidos recuerda la vieja historia de Narciso, quien como sabemos, terminó enamorado de la imagen de su rostro reflejada en las aguas de un río. Como el mito griego de Narciso, los Estados Unidos sólo cuando la imagen que ven en nuestros países refleja su propio modelo, se sienten satisfechos.

La auto contemplación de los Estados Unidos confundió así el derrotero señalado por el espíritu independentista que otrora compartiera con las nuevas naciones americanas hasta convertirlo en el hegemón de las repúblicas hermanas del Continente por cuyo torrente histórico corría la misma sangre libertaria.

Por todo lo anteriormente dicho, es impostergable un debate radicalmente distinto al que hemos venido sosteniendo sobre la democracia. Y esto es más urgente aún en una Organización como la OEA que ha abrazado con los ojos cerrados el modelo de la democracia liberal.

La idea que nos viene del Bolívar vivo, real, vigente, es una que rescata la particularidad de las nacientes repúblicas y por eso desde el principio entendió que debía darse un proceso de unidad entre ellas para poder coexistir pacíficamente con el gigante del norte.

La visión de Bolívar era de unidad dentro de la diversidad. Cada vez que hemos tratado de menospreciar la diversidad, o de acallarla, o de imponerle modelos supuestamente universalistas, el resultado ha sido debilidad institucional, inestabilidad y escaso apego del pueblo por sus instituciones.

A lo largo de la historia de estos 200 años son múltiples los casos donde procesos políticos que expresaban esos modelos alternativos han sido criminalizados, acosados y derogados. Durante unos años, por ejemplo, se desarrolló un planteamiento que llevaba a la imposibilidad de un socialismo democrático en nuestras naciones. Luego de los acontecimientos terribles que significaron el derrocamiento del Presidente Constitucional Salvador Allende y una cruenta dictadura de más de una década, sectores políticos y económicos interesados lograron imponer una corriente de opinión que planteaba la inexistencia de alternativas al capitalismo liberal, porque cualquier modelo que pretendiera presentarse como socialismo democrático conduciría indefectiblemente al fascismo. Entonces se creó el falso dilema, o capitalismo o fascismo. ¡Cuántos pensamientos y cuántas acciones se vieron truncados por esa simplificación histórica que afortunadamente se ha venido superando!.

Primero fue Nicaragua, después un conjunto de países del Caribe y luego vinimos los proyectos de América del Sur que rompimos ese maleficio, sin por ello dejar de estar sometidos ni un sólo día al asedio y acoso de aquellos que hacen de su visión del mundo una visión supuestamente universal, pero que responde a una orientación muy real y específica de cómo se entiende el desarrollo social y económico. Haciendo una extrapolación de los temas que hablábamos al principio de esta intervención, podríamos decir que así como el esclavismo representa el fin del entusiasmo con las revoluciones americanas del Siglo XIX porque tocaba el corazón de la estructura de poder, hoy en día la pérdida de entusiasmo y la decidida oposición contra los gobiernos progresistas de América del Sur responde a la misma razón: los procesos sociales y políticos para transformar la estructura de poder a nivel regional e interno en los países .

En los procesos progresistas de los últimos años se ha levantado nuevamente la idea del socialismo, despertando un entusiasmo inusitado en nuestros pueblos y nuestros jóvenes y promoviendo unos niveles históricos de participación política. No hay duda de los gigantescos logros en lo social y lo político, así como en la necesidad de un muy profundo debate sobre el o los modelos económicos que deben acompañar la idea del socialismo. Porque para nosotros el socialismo supone la existencia de una crisis civilizatoria y la necesidad en consecuencia de construir un nuevo modelo civilizatorio que no puede estar basado en el capitalismo que hemos conocido hasta ahora.

La idea bolivariana, 200 años después, parte precisamente de su crítica a esa visión de un supuesto modelo universal que se aplicaría a todos por un lado, y por otro, de entender la necesidad de que sólo una unión real entre nosotros nos permitiría desarrollar nuestras potencialidades. Por eso el bolivarianismo ha renacido, con más fuerza que nunca.

Corremos el peligro de que se vuelva a apreciaciones simplistas a la hora de interpretar los cambios que estan ocurriendo. Los cambios que se han producido en los últimos años en América Latina no son un accidente, así como Bolívar no fue un accidente y este resurgimiento del bolivariasmo no es un accidente. Algunos han pensado simplistamente que los procesos progresistas desaparecerán y que todo volverá a ser como antes, pero la historia es caprichosa y siempre es expresión de una acumulación de procesos históricos. Particular importancia tiene aquellos procesos políticos en el Continente que significaron y que significan un impacto extraordinario en la mente y el corazón de los pueblos.

Uno de los temas de la doctrina bolivariana que más vigencia tiene es la doctrina del equilibrio entre las naciones y la paz. Somos pueblos de vocación pacífica, que rechazan la guerra como un verdadero monstruo de matanza. Seremos, en esta parte del mundo, un territorio de paz consistente para desatar todas las potencialidades que tienen sus tierras y quienes en ella habitan. Paz para fecundar cultura. Como con tanto énfasis le escribía Bolívar a Santander: “la paz será mi puerto, mi gloria, mi recompensa, mi esperanza, mi dicha y cuanto es precioso en el mundo” (23 de julio de 1820).

Para que haya paz, hace falta que haya soberanía y poder construir verdaderas democracias para que florezca la economía. Pero ¡Oh Democracia! bella, seductora, apasionante palabra ¡cuántas injusticias y atropellos se han realizado en tu nombre en los anales de la civilización humana! Y cuánto deben luchar aún los pueblos para conquistarla y para que se imponga el respeto a su libre e indeclinable albedrío. Soberanía y democracia, democracia y soberanía, son como Jano, aquel Dios de la mitología romana con dos caras opuestas, una hacia los cambios futuros, pero unida a la otra, al pasado, a la historia.

Por eso, quién diablos en el mundo, en este siglo XXI de la humanidad, puede, con tantos pujos extraterritoriales, emitir un decreto ley y declarar una emergencia nacional con respecto a la amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos representada por la situación en Venezuela. Una emergencia nacional se dicta cuando hay una catástrofe o una amenaza de desastre en un país. No sé si ese decreto se emitió en los Estados Unidos imaginando una situación propia o no. Solo los catorce millones de estadounidenses pobres, podrían, tal vez, si tuvieran voz, esclarecerlo.

Alguien a quien leí con tanto agradecimiento como mala memoria, dijo que la historia era la profecía del pasado. Otro, que la historia se vive dos veces, una como tragedia y otra como farsa. No estoy de acuerdo. Hay tragedias que se viven dos y más veces. Sólo que la tragedia la viven principalmente los desheredados de la tierra, del pan y del capital.

Venezuela, mi patria, vivió veinte años de luchas sangrientas para conquistar su independencia. Debo resaltar con letras bien grandes que la única vez que sus ejércitos, al mando de Simón Bolívar traspasaron sus fronteras, fue para luchar por la independencia de Nuestra América. Su proyecto, como el de los que soñaron en la unidad de Nuestra América, fue el de reunir las partes de esta gran nación que somos y ella con el resto del mundo, en una relación de iguales para contribuir a la paz. Y ese debe ser un compromiso inalterable de nosotros en el actual tiempo histórico.

Hoy seguimos luchando por el logro de esos ideales ¿no constituimos acaso una misma y grande nación? Fragmentada todavía, sí, pero somos una gran nación. Sus esperanzas y padecimientos le son comunes. Soñemos por un instante lo que representaría esta tierra más que integrada, unida. Somos, en verdad de verdad, un territorio real maravilloso que es, en la tersa y conmovedora palabra de Alejo Carpentier en su obra “América, la imagen de una conjunción” una inesperada alteración de la realidad, una revelación privilegiada, una iluminación inhabitual, una fe creadora de cuanto necesitamos para vivir en libertad; una búsqueda, una tarea de otras dimensiones de la realidad, sueño y ejecución, ocurrencia y presencia”.[]

A estas alturas podemos plantearnos: si todo eso somos y tenemos ¿Qué es lo que nos falta para invertir los términos de ese real maravilloso y plasmarlos en algo así como maravilloso real?

Respondo sin el más leve titubeo: ¡nos falta la unión! ¡Unión maravillosamente real! Pero la unión, como diría Bolívar, nunca nos llegará por “prodigios divinos”. Histórica y estratégicamente, tiene que ser un prodigio, ciertamente, pero humano y, más terrenalmente, político.

Si aceptamos este aserto, obviamente que el sueño irrealizado de la unión, demanda una política o varias políticas confluyentes hacia una estrategia y un plan para el desarrollo de nuestros pueblos. Necesitamos una política que defina una posición común en torno al legítimo ejercicio de la propiedad sobre nuestros recursos naturales por ejemplo, genéticamente unido al concepto de soberanía.

¿Niega esto la función del capital? De ninguna manera. Pero tampoco éste, puede negar el derecho de la propiedad de la tierra por parte de nuestros Estados y de obtener los proventos que el trabajo para su explotación genera. Los Estados, así lo entendió muy bien el Libertador al dictar el Decreto Sobre Minería de Quito, 1829: las minas de cualquiera clase, corresponden a la república.

Los Estados tienen, además, el privilegio de cobrar no sólo los derechos por el acceso al recurso natural, sino también a invertir y obtener los rendimientos por su explotación. Es una vieja contradicción que se resuelve, primero por la majestad de la ley y, luego, por la negociación en aquellos ámbitos que son negociables. Pero meditemos sobre un hecho: en tanto que el capital suele estar conformado por gigantescos monopolios integrados verticalmente en una escala planetaria, nosotros, los propietarios del recurso natural, solemos presentarnos cada uno por su lado.

Fruto de la experiencia y la reflexión, hoy Nuestra América levanta de nuevo la bandera histórica de la unión. Otras regiones cercanas han impuesto su unidad mediante guerras sangrientas. Nosotros estamos destinados a resolverlo por la vía de la paz civilizada, esto es, sin pretensiones hegemónicas de unos sobre otros. Se trata de la unidad entre iguales. Y como tales debemos entendernos para tener éxito en la empresa.

No debemos tener temor en reconocer que en los últimos años hemos ciertamente avanzado en la unidad. Hemos hecho esfuerzos por dejar en el pasado la cultura de la guerra fría y de la existencia de enemigos internos en cada uno de nuestros países que habría que vencer. Hemos aprendido a convivir entre regímenes políticos independientes, con condiciones económicas y sociales distintas, y por ese sentido de amplitud y de permisividad han florecido iniciativas de lo que hemos venido a llamar la nueva integración, algunas de ella todavía inicipientes, pero no hay duda de que estamos ante la revitalización de la integración bajo distintos esquemas, y donde la integración bolivariana ha vuelto a estar vigente.

No quiero dejar de mencionar el surgimiento de una poderosa y profunda corriente de integración con nuestros hermanos del Caribe, quienes en el pasado se relacionaban básicamente con las viejas potencias, los Estados Unidos y su madre África. En el mismo espíritu bolivariano, Venezuela, el ALBA y otros países de la región se han acercado al Caribe con la humildad y el compromiso de los iguales, como aquellos que con esa visión de que se comparte lo que se tiene, se pone en marcha una cooperación que no es condicionada. Ese nuevo espacio de relación con el Caribe nos ha permitido reconocer la afrodescendencia como una realidad, con la voluntad de conocerlos y reconocer sus aportes en la política, la cultura, en el desarrollo social y en la dignidad y entrelazarnos con el Africa y el movimiento afroamericano que existe en America del Norte. Estos nuevos tiempos de integración han permitido este acercamiento y este reconocimiento. Nosotros tenemos que mirar al Caribe para entender la unidad.

En esta Organización la agenda del Caribe, desarrollada por los propios caribeños y no en el espacio que dejan los otros, debe ser uno de nuestros desafíos fundamentales. Por ello, hemos respaldado todas las iniciativas que tienen que ver con la reparación por la esclavitud y el exterminio de las poblaciones originarias que adelantan los países de la CARICOM. Esta voluntad de reconocimiento de los daños y errores del pasado ha tenido también expresiones dentro de los Estados Unidos. Quiero mencionar el programa que adelanta la Universidad de Brown en Providence, que partió del reconocimiento de la discriminación racial que aplicaron durante muchos años y ha puesto en práctica una serie de iniciativas para reconocer y reparar esa situación.

El tiempo sigue siendo el tiempo de la unidad. Es lo que hace vigente a Simón Bolívar porque ese es su verdadero legado. Es el tiempo de reforzar la unidad dentro de la diversidad y evitar caer en esquemas simplistas y hacerle el trabajo a los que nos quieren separar. Es tiempo de realizar las transformaciones que requieren nuestras sociedades, de buscar elementos en común para ello y hacer de las democracias realidades, instrumentos de empoderamiento real del pueblo.

En palabras de Marti: “Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”

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  • bufalito dijo:

    el impperialismo yankee esta esperando que los venezolanos se anulen en una lucha fratricida para asi agredir directamente a venezuela.eso seria fatalpara america latina pero es lo que ellos haran oportunamente

  • medardo m rivero p dijo:

    ES REALMENTE UN TRABAJO QUE EXPRESA LA REALIDAD ESENCIAL DE LA REVOLUCION BOLIVARIANA.
    LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA TIENE LA NECESIDAD DE SOSTENERSE PARA HACERSE PRESENTE, EN PRIMER LUGAR EN AQUELLOS PAÍSES QUE FUERON LIBERTADOS POR LAS FUERZAS BOLIVARIANAS DEL EJERCITO COMANDADO POR BOLÍVAR Y SUCRE.
    EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI TIENE QUE SER EL QUE SE PAREZCA AL PUEBLO QUE LO CONSTRUYE Y NO PUEDE SER UNA COPIA DEL LLAMADO “SOCIALISMO DEMOCRATICO” QUE SOLO ES UNA DECLARACION ..

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Bernardo Alvarez Herrera

Bernardo Alvarez Herrera

Político venezolano, ex embajador de su país en Washington. Actualmente preside el Banco del ALBA.

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