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Berlín 1936: Owens vence a Hitler

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Para mis alumnas
Mayrilian y Mailín Cruz Blanco

Alemania, situada al centro del Continente Europeo, es uno de los países más desarrollados del mundo, en la actualidad le llaman “La Locomotora de Europa” y desde hace mucho tiempo ha dejado su impronta en las diferentes esferas de la vida social. En el siglo XX este país jugó un papel muy activo en las dos conflagraciones mundiales, algunos expertos le atribuyen esto a que “llegaron tarde” al reparto del mundo y trataron de tomarlo por la fuerza.

Lo cierto es que fue vencido en ambas guerras, pero ello no le quita el mérito de construir una sociedad altamente desarrollada. Su capital histórica es Berlín. En 1936 todavía no existía la división artificial del país, Alemania era una sola, como lo es hoy, en diferentes condiciones histórico sociales.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, los países vencedores, con el pretexto de evitar que se rearmara y volviera a desencadenar otra confrontación, la dividieron en la República Federal Alemana, enclavada en el occidente, la parte más rica, poderosa y amplia, a cargo de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, o sea, las potencias capitalistas vencedoras, y en la parte oriental surgió la República Democrática Alemana, a cuyo cargo quedó la Unión Soviética.

Ambas naciones lograron un meritorio desarrollo económico y lograron salir de los escombros de la guerra provocada por Hitler y el nazismo. Asimismo, alcanzarían notables resultados deportivos. No fue hasta inicios de la década del noventa del siglo XX, con la desaparición del Sistema Socialista Mundial y la Unión Soviética, que volvió a ser una sola Alemania.

En 1936 corrían los años de la ideología fascista, nazi y falangista, los mismos perros con diferentes collares. España se desangraba con la guerra por la República. La opinión pública internacional ejercía su derecho a protestar por el apoyo del COI a los Juegos de Berlín, con el pretexto de que el Olimpismo no tiene que ver con la política. Lo cierto es que, con deseos o sin ellos, hicieron el juego a Hitler. Hubo propuestas para una “Olimpiada de los Pueblos” en Barcelona, pero no fructificaron, pues España estaba abocada a la guerra civil.

Los de Berlín 1936 fueron unos Juegos contradictorios, que no pueden ser analizados fuera de la política. Adolfo Hitler (1889-1945), jefe del Partido Nacional Socialista, quien en 1933 se convirtió en Canciller y proclamado Führerdel III Reich en 1934. Con su desmedida ambición y agresiones, en 1939 invadiría a Polonia y provocó el estallido de la Segunda Guerra Mundial.La historia lo recoge como responsable del exterminio de millones y millones de seres humanos.

Con una personalidad esquizofrénica, supo ver en el deporte una vía necesaria y útil para desarrollar la capacidad combativa de sus soldados e imponer la superioridad de la raza aria. También apreció sus propiedades para enaltecer las multitudes y darle un uso político. Hitler, con predicción al boxeo, hizo una apología al deporte. Decía que el deporte templaba como ningún otro el carácter para el combate y forjaba una voluntad de acero; no le faltó razón. En su Mi Lucha, una especia de testamento político, había destacado las virtudes del deporte, en especial del boxeo:

Hay un deporte en particular que no se ha de excluir de ninguna manera: el boxeo. Apenas si es posible creer lo falsa que son las ideas imperantes sobre este entre las personas ‘educadas’. Suponen tales personas que es natural y honroso para un joven el aprender esgrima y batirse en duelo, pero miran como una grosería el boxear. ¿Por qué? No existe deporte alguno que estimule tanto como este, el espíritu de ataque; requiere una decisión rápida como el relámpago y templa y agiliza el cuerpo. [1] (40)

La maquinaria propagandística, encabezada por Goebels, se puso en función de los Juegos Olímpicos de Verano y del nazismo. No había forma mejor de demostrar al mundo que Alemania estaba a la cabeza de la humanidad. Hitler fue inteligente en eso, pero cuando enseñó las uñas, el valiente, recio y decidido conde Baillet Latour, presidente del COI, le ripostó:

Ruego consideréis que sois aquí, en los Juegos Olímpicos, un huésped y no un organizador. El organizador es el COI, que velará porque estos Juegos se desarrollen sin propaganda política. [2]

Hubiera sido interesante observar el rostro del Führer ante esas palabras, pues otras menos duras provocaron la muerte de numerosas personas, incluyendo algunos de sus allegados, especialmente los militares. Pero él sabía perfectamente la necesidad de desarrollar los Juegos en Berlín.

Al final, el mundo olímpico dio su apoyo a la capital alemana y asistieron 3 980 atletas (récord) de 48 países, con 328 mujeres. Los especialistas consideran que estos Juegos están entre los mejores que se hayan organizado. Las competencias fueron exitosas, se impusieron varios récords y los reglamentos de las Federaciones Internacionales se cumplieron estrictamente.

Una réplica del soñado mapa alemán sirvió de marco arquitectónico a la confortable Villa Olímpica. En Berlín tuvieron su debut las grandes transnacionales de la información, sobre todo la televisión, que emitió señales -por primera vez en la historia de los Juegos- en circuito cerrado. Las festividades atléticas de hoy no se conciben sin la magia de la tele, convertida, a su vez, en el principal patrocinador de los Juegos. Allí se filmaría el documental Olympia, de Leni Riefensthal, considerado un clásico de la cinematografía deportiva, pues aunque destacó la ideología nazi con sus victorias, supo manifestar la gloria y filosofía olímpica.

Así las cosas, el 1ro. de agosto de 1936 se desarrolló la fastuosa jornada inaugural, al amparo nazi. Por primera ocasión la llama olímpica fue traída desde Olimpia.

Por primera vez el fuego olímpico es traído desde Olimpia por carreras de relevos en las que participaron 3 075 atletas. La llama es alumbrada en el recinto sagrado de Olimpia merced a un espejo parabólico que concentrando los rayos del sol, prende un carburante. Miles de palomas sobrevuelan el Estadio, desde el que una gigantesca campana de bronce, de quince toneladas convoca con un tañido sonoro y profundo a toda la juventud del mundo.[3]

A partir de allí, se convirtió en una bella y solemne ceremonia, prescripta en la Carta Olímpica. El principal promotor de esta idea, quien la llevó a cabo, fue el prestigioso intelectual alemán Carl Diem, quien posteriormente jugaría un papel decisivo en la creación de la Academia Olímpica Internacional. Semejante simbolismo, hizo afirmar a Coubertin, al dirigirse a quienes transportaron el fuego:

Y vosotros, atletas, acordaros del fuego que alumbrado por el ardor del sol, os ha llegado desde Olimpia para alumbrar y dar calor a vuestra época. Conservadlo cuidadosamente en el fondo de vosotros mismos, a fin de que se vuelva a encontrar vivo al otro lado de la tierra, cuando dentro de cuatro años, celebréis la XII Olimpiada en las lejanas costas del gran Océano Pacífico.[4]

Aunque era lógico de suponer, Coubertin, fascinado por la organización de los Juegos, no avizoró la cercana llegada del holocausto que “dormiría” por doce años, a la familia olímpica. Veamos:

El fasto organizativo de los Juegos de Berlín y los descollantes resultados deportivos en ellos obtenidos, pueden resumirse en la lacónica y meditada frase pronunciada por Coubertin al enjuiciarlos un año antes de su muerte: “Siempre deseé esto”.[5]

El equipo alemán se preparó esmeradamente bajo la supervisión de Hitler, dada la repercusión mundial. Así fue: Alemania ganó ampliamente, con 38 medallas de oro, 31 de plata y 32 de bronce, para 101, seguida de lejos por Estados Unidos, que acumuló 57 de los tres colores. Allí debutarían deportes como el baloncesto y el balonmano.

En el orden competitivo se destacó el atleta húngaro de polo acuático Olivier Halassy, quien acumuló tres medallas en su carrea, dos de oro y una de plata. Posteriormente fue necesario amputarle una pierna, después de un fatal accidente. El noruego Jacob Tullin obtuvo la medalla de plata en yatismo. Doce años después sería el encargado de inaugurar los primeros Juegos Olímpicos de Invierno. La esgrimista húngara Ilona Elek, quien en ediciones posteriores afianzaría su estelaridad, superó a la favorita alemana Helene Mayer, quien había sido repatriada para la ocasión.

Mención aparte para el alemán Konrad von Wangenheim, quien se vestiría de héroe en la segunda jornada de las competencias ecuestres, cuando recibió una caída que le fracturó el brazo izquierdo. Ni corto ni perezoso, poniendo por encima del dolor físico la dignidad deportiva, se subió de nuevo a la bestia y, junto a sus compañeros Ludwig Stubbendorff y Rudolph Lippert, se ciñeron la medalla dorada con un total de -676.65 puntos.

Cuba continuaba ausente de los Juegos. Por América Latina participó Argentina, con trece atletas, Bermudas (5), Bolivia (72), Brasil y Colombia (6), Costa Rica (1), México (32), Perú (40) y Uruguay (37). Argentina alcanzó dos títulos, dos medallas de plata y tres de bronce. Los vencedores fueron el boxeador Oscar Casanova (112 lbs), y el equipo de polo ecuestre. Las de plata fueron a la cuenta del boxeador Guillermo Lovell (175 lbs.) y la nadadora Jeannette Campbell en 100 metros libres. Ella sería la primera medallista femenina de la américa Latina.

México se llevaría a casa tres de bronce: el boxeador Fidel Ortiz (118 lbs.), el baloncesto masculino y el polo ecuestre.

Berlín 1936 no pasaría a la historia solo por los éxitos germanos, pues trascendieron hechos significativos, donde mordieron el polvo de la derrota. Fue el caso de la esgrimista húngara Ilona Elek, quien venció, contra todos los pronósticos, a la favorita Helene Mayer, la carta de triunfo alemana. Hubo otras curiosidades, pero el hecho que marcó definitivamente los Juegos, fue protagonizado por un negro estadounidense.

Jesse Owens                                                            

Coubertin sentenció en sus escritos, resoluciones, memorias y otros documentos, que las Olimpiadas eran ajenas a los problemas políticos, raciales, religiosos, económicos y de cualquier otro tipo, pero eso solo quedó en palabras, aunque el COI jamás ha tolerado “oficialmente” las discriminaciones. Si a Hitler se le hubieran permitido exclusiones en Berlín 1936, no hubiera vacilado en dejar fuera sin visas, a los negros, los judíos y los comunistas.

James Cleveland “Jesse” Owens (Oakville, Alabama, 12 de septiembre de 1913-Tucson, Arizona, 31 de marzo de 1980) fue un popular atleta estadounidense de origen afroamericano. Participó en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, donde consiguió fama internacional al lograr cuatro medallas de oro: 100 metros lisos, 200 metros lisos, salto de longitud y como participante del equipo ganador en la carrera de relevos 4 x 100 metros. Fue el atleta más exitoso de los Juegos Olímpicos del verano de 1936. En su nombre, fue instituido el “Premio Jesse Owens”, por la importancia de su carrera.[6]

Desde la edad de nueve años Jesse se trasladó con la familia a la ciudad de Cleveland, Ohio. Hijo de Henry y Emma, fue el séptimo entre once hermanos. De origen humilde, nieto de un esclavo e hijo de un granjero.

Los Juegos de Berlín pasaron a la historia como los de Jesse Owens, no de Hitler. El negro norteamericano, fuerte, discriminado en su propio país y doblemente dentro del deporte nazi, resultó el gran triunfador ante los mismísimos ojos del Führer. Hijo de un modesto aparcero en la racista Alabama, casi desconocido en Europa, el velocista y saltador era campeón cuando llegó a Berlín. El 25 de mayo de 1935, en Ann Arbor, Michigan, había batido varias marcas mundiales e igualó otra; lo logró entre las 3.15 y 4 de la tarde, en 45 minutos.

En Berlín 1936 obtuvo 4 medallas de oro, en velocidad y salto largo. Pasaron muchos años para que Carl Lewis repitiera la hazaña. Owens ganó los 100 metros planos, los 200, el relevo 4 por 100 y el salto de longitud, suficiente para inscribir su nombre en las páginas de oro del libro olímpico, pero es solo una parte de la historia. La medalla más importante en su carrera fue cuando vio retorcerse a Hitler en la tribuna, al clavar los pinchos en 8,06 metros en el salto largo, dejando bien atrás al atleta alemán.

El Führer se sintió ofendido e impotente ante tamaña afrenta, ¡demasiado para él! Su ideario había sido mancillado y abandonó el estadio con dolor y desconsuelo. Se había demostrado ante el mundo, que un negro podía vencer a un blanco ario. ¡Cómo disfrutó la humanidad la victoria de Jesse Owens!

En la arena de las sentencias, muchos resultados engalanaron la fastuosidad del certamen. Por ejemplo, la invencibilidad demostrada por el moreno estadounidense Jesse Owens en las carreras de velocidad y en el salto de longitud… Cuentan algunos historiadores que el protagonismo de Jesse Owens alcanzó ribetes dramáticos delante del propio Führer, el tercer día de las competencias, cuando batió en el tanque de saltos al local y favorito Lutz Long, lo cual provocó que Hitler abandonara enfurecido su asiento en el estadio.[7]

Pero el atleta no supo valorar lo que representó. Después de ser aclamado por todo el estadio berlinés, fue recibido con merecidos honores en su país y festejada su victoria de costa a costa. Sin embargo, quizás por razones políticas, el presidente Franklin Delano Roosevelt se negó a recibirlo en la Casa Blanca y no le hizo una sola letra de felicitación.

Poco le duró la alegría a Owens, pues para ganarse unos dólares y mantener la familia, llegó a correr contra caballos, motos y perros, en denigrantes espectáculos, donde fue considerado por la prensa como un verdadero profesional..

En su autobiografía (The Jesse Owens Story, 1970), el atleta cuenta como posteriormente Hitler le saludó de todas maneras: “Cuando pasé, el Canciller se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví la señal. Pienso que los reporteros tuvieron mal gusto al criticar al hombre del momento en Alemania. Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al Presidente…”. (Tomado de Wikipedia, la Enciclopedia Libre 2013).

En 1968, después de utilizarlo como propaganda para los Juegos de México, fue masajista del equipo de atletismo estadounidense. Sus escasos conocimientos no daban para más. Allí Jesse Owens criticó a los célebres atletas de su raza, cuando protestaron al recoger las medallas por la discriminación racial en su país. Contradictoria vida de este deportista que enalteció las multitudes con sus grandes récords mundiales y olímpicos. La historia siempre lo recordará como el negro que venció a Hitler.

Obtuvo múltiples reconocimientos como atleta: La “Medalla Presidencial” de la Libertad, de los Estados Unidos (1976), así en homenaje póstumo se le concedió la “Medalla de Oro” del Congreso, el 28 de marzo de 1990. En 1984, una calle de Berlín fue bautizada con su nombre, al igual que una escuela secundaria en el distrito Lichtenberg.

Sus cansados pulmones, adictos al tabaco, sufrirían el cáncer que terminó con su vida el 31 de marzo de 1980, a los sesenta y seis años de edad, en Tucson, Arizona. Sus restos descansan en el cementerio Oak Woods, de chicago.

Tres años más tarde de la edición de los Juegos, de Berlín partió la orden para invadir Polonia y comenzar la Segunda Guerra Mundial. No fue una sorpresa. Las Olimpiadas Modernas se detendrían, por segunda ocasión, por doce largos y cruentos años, hasta Londres 1948.

[1] Adolfo Hitler: Mi lucha. Luz, Ediciones Modernas, Buenos Aires. 1954, p. 138.

[2] Víctor Joaquín Ortega. Las Olimpiadas de Atenas a Moscú. Editorial Gente Nueva. La Habana. 1979, p. 68.

[3] Conrado Durántez: Historia y Filosofía del Olimpismo. 5ta. Edición. Año 2002. Asociación Iberoamericana de Academias Olímpicas. España. 2002, p. 29.

[4] Conrado Durántez: Olimpia y los Juegos Olímpicos Antiguos. Delegación Nacional de Educación Física y Deportes. Comité Olímpico Español. España. 1975, p. 397.

[5] Conrado Durántez: Historia y Filosofía del Olimpismo. Ob. Cit., p. 30.

[6] Wikipedia, the free encyclopedia, 2013.

[7] Jorge Alfonso: COBI’92. NACEN LOS JUEGOS MODERNOS. Bohemia. La Habana. 1-5-92, p. 17.

Berlín 1936.

Berlín 1936.

Encendido de la Llama olímpica.

Encendido de la Llama olímpica.

El argentino Oscar Casanova.

El argentino Oscar Casanova.

El saludo nazi de la derrotada Helen Mayer.

El saludo nazi de la derrotada Helen Mayer.

Konrad von Wangenheim.

Konrad von Wangenheim.

Jesse Owens.

Jesse Owens.

Owens y el alemán Luz Long.

Owens y el alemán Luz Long.

Jesse corre contra un caballo.

Jesse corre contra un caballo.

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  • MeGOs dijo:

    …y una buena pelicula que le dedicaron este año;trata sobre su vida y su particular en berlin’36
    la recomiendo

  • Evolution dijo:

    Me gusto el articulo. Aprendí cosas que no sabia (lo cual es normal) y pienso que toca una parte sensible que de la historia que ha vivido y vive esta humanidad.

    Gracias al autor!

  • Benito Pérez Maza dijo:

    Magnífico trabajo periodístico-histórico, muestra la discriminación en todas sus facetas, el abandono de un campeón deportivo norteamericano, a su poca suerte en la vida, aunque compitió bajo la bandera de su país, trajo medallas de oro, el Presidente lo desconoció y vivió sus últimos años ´´ buscándose la vida´´ desde bien abajo, sobre todo para una gloria deportiva y aún, hoy, ni se le menciona por la ´´Gran Prensa´´.

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Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

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