Imprimir
Inicio » Opinión, Cultura  »

La historia de la familia del “gallego” Posada

| 4
Portada de "La casa en un morral".

Portada de “La casa en un morral”.

Dicen que el siglo XX fue el de las migraciones, lo fue también de muchas otras cosas. No es fácil olvidar las imágenes de millones de personas, forzadas casi todas, caminando por carreteras, sembrados, bosques, a campo traviesa, sin lugar a dónde ir, solo tratando de encontrar amparo, a causa de las guerras mundiales  y de otros conflictos “sin apellidos”, además de por razones económicas y políticas.

La casa en un morral. Voces de niños de la Guerra Civil Española, publicado en el 2011 por el centro cultural Pablo de la Torriente Brau es un libro que trata de esta realidad y cuenta con una cuidada edición de Denia García Ronda.

Durante la tragedia que culminó en 1939, cuando una joven República fue sacrificada, el mundo pudo ver terribles imágenes, las del éxodo español hacia la frontera francesa: interminables filas de camiones y columnas de refugiados, integradas por mujeres, niños, ancianos y soldados, algunos protegidos con mantas del frío invierno, otros sin nada.

Unos 45 millones de personas, solo en Europa, se fueron de sus lugares de origen debido a la primera y segunda guerras mundiales; la  Guerra Civil en España causó aproximadamente el éxodo de un millón de personas.

En años recientes unas imágenes transmitidas por televisión se parecieron demasiado a aquellas; recordar solo a las de la primavera de 1999 en Kosovo, y las del pasado año 2015 y el año que corre, con la llegada de personas desde el norte del continente africano y el Medio Oriente, hacia  territorio europeo en desesperada huida de la guerra, la intolerancia, el hambre y la muerte.

El autor del texto, Raúl Hernández Ortega, es un lugareño de San Antonio de los Baños, la villa cubana en la que se aposentó esta familia asturiana, y como cuenta en el libro, fue la curiosidad la que lo hizo acercarse a los Posada, la familia de la que trata esta obra.

Para la prologuista de La casa en un morral…, este libro es “conmovedor y edificante” porque “…ha sabido combinar los recuerdos que estos hermanos le transmitieron (al autor) y que, con paciencia y mucho cuidado, fue reuniendo con las cartas que, desde los diferentes lugares donde estuvieron refugiados, le iban enviando a su padre, exiliado en Cuba. Así nos vamos enterando de la vida de esta familia asturiana que pasó por grandes sufrimientos antes de poder llegar a reunirse nuevamente”.[i]

El libro usa las remembranzas y el epistolario resultante de la comunicación que establece esta familia, que se salvó y pudo reunirse porque otras, desgraciadamente, desaparecieron. El autor, sin abusos, decidió que fueran los propios protagonistas quienes contaran los avatares y acaecimientos del bregar, de las terribles circunstancias en las que se vieron envueltos. La estructura del libro es muy simple y es una cosa que nos conquista, nos lleva y documenta todo el duro deambular de este grupo humano y los esfuerzos que hacen por mantenerse unidos. El ir y venir, las mudanzas, los problemas.

Los niños son uno de los sectores de la población que más sufren en las guerras. En la Civil española murieron 138030 niños[ii] por causa de la misma. A ello hay que añadir la desnutrición, las enfermedades, los traumas psicológicos creados y el sufrimiento que no tiene unidad de medida, pero mata. La tristeza es una enfermedad terrible y mortal.

Las consecuencias de la guerra las padecieron más los niños de la zona republicana, forzados a continuos desplazamientos a otras partes del país o al extranjero, empujados por la evolución de la guerra y el avance de las tropas franquistas.

El número global de niños españoles evacuados al extranjero durante la contienda se calcula que alcanzó la cifra de 32037.[iii] Las primeras salidas hacia Francia se produjeron en ocasión de la batalla de Irún. La caída del frente norte a lo largo de 1937 produjo masivas repatriaciones de niños y niñas procedentes de diversos lugares de toda la geografía de la península ibérica.

El continuo avance del ejército de Franco fue agravando el problema de las evacuaciones pues el territorio en poder del Gobierno de la República era cada vez más pequeño y las oleadas de refugiados hacían que en las colonias infantiles las condiciones de vida fueran muy duras.

Tras la caída de Barcelona, del medio millón de personas huidas a Francia, unos 170000 eran mujeres, niños y ancianos; los que además de todo,  tuvieron también que afrontar la mala acogida con que un sector de la prensa francesa se ocupó de presentar a los rojos españoles como indeseables.

Desde el comienzo de la Guerra Civil algunos gobiernos se ofrecieron a acoger a los niños españoles, pero en su mayoría fueron asociaciones humanitarias, comités de ayuda, sindicatos, partidos políticos y grupos religiosos, los que protegieron el mayor número.[iv]

La casa en un morral… cae en mis manos por “culpa” de ir a buscar el periódico Granma en compañía de mi hermano, por “culpa” de una visita y por otras muchas “culpas”, que se concentran en recuerdos de mediados de la década del 80 del pasado siglo, cuando visitaba, junto a amigos, a José Luis Posada, el gallego, que nada tuvo que ver con Galicia, porque era asturiano, y tenía su estudio en los altos del restaurante El Patio. Siempre a mano o cercano a él muchos continentes de “espirituosos” lo acompañaban, su puerta, butacas y sillas fueron abusadas por los tocamientos a deshora de varios de los sedientos vagabundos de las noches de La Habana que allí carenábamos; y ejercía una especie de atractivo imán para todos nosotros.

El gallego fue caricaturista, ilustrador, un ser de mundo y mil historias, sobre él y su familia versa este libro, atravesó los Pirineos a pie y se radicó en Cuba, en San Antonio de los Baños.

Comenzó a pintar desde niño y por 1942 hizo su primera exposición que después convirtió en innumerables, tanto en Cuba como en otros países. Diseñó también vestuarios y muñecos para los teatros Musical de La Habana y para el Nacional de Guiñol.

Ilustró importantes publicaciones seriadas cubanas como La Tarde y La Calle, fue escenógrafo para la televisión, desde su alborada y todo lo aprehendió de manera autodidacta; sólo por 1952, cuando estuvo por Nueva York, asistió y no mucho a cursos en la Art Students League.

El gallego vivió con gusto y disfrutaba la vida, contaba sus vivencias, siempre de una manera muy simpática y hacía que los jóvenes que lo visitábamos por la época, buscáramos su divertida y generosa compañía.

Se fue por el 2002, recién llegado de una visita que hizo a Asturias, en la Villa del Humor, su casa.

Los temas reflejados en sus pinturas fueron múltiples y para elaborarlos usó  técnicas y estilos muy diversos, a veces fue figurativo, otras algo expresionista. Sus “monstruos” eran ocres y verdes, después repetidamente grises y negros.

Al gallego Posada le dieron varios premios -los premios te los dan-, a lo largo de su carrera artística, entre los que se destacan el Portinari de la Casa de las Américas (1970); la Distinción por la Cultura Nacional, el de la UPEC y el de la Primera Bienal de La Habana (1984); el del Salón de Artes Plásticas, el de la UNEAC (1985); pero el quizás más perdurable, que se lo dio la vida, y no porque haya sido el mejor, sino porque está ahí y sigue, fue la barba que le puso a un caimán y que en sintética y aguda metáfora aparece junto al título de la publicación homónima: El Caimán Barbudo[v].

Como casi siempre ocurre, preferí que los recuerdos me ayudaran a llegar al libro, sobre todo por dos de los personajes que conocí y conozco: el gallego Posada y Eugenio, su hermano.

El gallego con su pelo blanco, largo y su calva, a la vez, sus pinturas, con “los monstruos” que descienden o ascienden desde ellas, su desparpajada risa, su buena cara a pesar de la hora en la que tocábamos su puerta, sus caldos salvadores.

Eugenio no es menos pintoresco; estudió ingeniería eléctrica, vivió en una pensión en la calle 25 y fue camarógrafo de CMQ desde sus inicios casi por albur, trabajó después en la difunta Compañía Cubana de Electricidad, más tarde en Tallapiedra, fue a la extinta Unión Soviética y terminó formando a los nuevos ingenieros y tecnólogos de la “fábrica de hacer corriente eléctrica”; vive con su inseparable Graciela; mantiene impertérritos e insólitos planes de vida, con más de 9 décadas a las espaldas, su yoga y sus incursiones mañaneras marinas, su hablar pausado, la sapiencia que dan los años vividos y un afán por retratarlo todo. Los Posada, ambos, con  un secreto de sobrevivencia revelado: no se puede ser muy obediente.

Muchas veces hago repetidamente la pregunta a personas que me parecen de interés y que ejercen el “placer” de escribir; unos dicen que lo hacen para liberarse de los demonios que los acechan, muchos coinciden en que es un goce para, sin interrupciones y sin respuestas, expresar lo que se siente, se sabe o se imagina y hacer que otros lo conozcan, otros piensan que es para  documentar los recuerdos, que son los que valen, porque los hechos y las cosas son como uno los recuerda y no como acaecieron.

Tengo que confesar que en mi caso, además del deleite, la mayoría de las veces escribo por un motivo más simple y a la vez complicado: mi hijo. Siento su “ausencia” como algo permanente —parece tonto, él no es pequeño-; compartimos conversaciones y nos une el gusto por la buena mesa, el disfrute de la belleza, la pintura, la música y otras muchas cosas; pero cuento los días entre los encuentros que tenemos; la razón para escribir me la da él. Hay una “otra” razón confesable; una “lejana” receptora de estas ecuaciones morfológicas, descifradora de sus mensajes más ocultos,  contentivos de la equivalente letanía, el siempre y constante recordatorio de una frase de Nicolás Guillén dicha en ocasión de un 8 de marzo; la existencia en el mundo de unos seres resplandecientes, portadores del “….único remedio valedero contra la maldad y la muerte: el amor de mujer”.

La casa en un morral. Voces de niños de la Guerra Civil Española es una historia de una familia que sobrevivió al horror, al hambre, a la maldad, al andar con unos trapitos a la espalda y a la muerte, que terminó bien, por suerte.

Notas


[i]Ver pág 12 de La casa en un morral. Voces de niños de la Guerra Civil Española. Ediciones La memoria. Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2011, 124 págs.

[ii]Según las cifras de Ramón Salas Larrazabal en un informe de la década del 40 del pasado siglo.

[iii]Según un informe de la Delegación de Repatriación de Menores elaborado en 1949.

Se han publicado 4 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • María dijo:

    Vladimir me encantó esta historia, que como todas las tuyas, está llena de amor.
    Sobre el caso de los niños-migrantes, como Posada y su hermano Eugenio, estudié en la primaria de mi barrio, en la escuela “Aracelio Iglesias”, en Kohly, con los hijos de los hispano-soviéticos que al principio de la Revolución vinieron a Cuba a ayudarnos como técnicos extranjeros. Esos niños españoles, huérfanos de la Guerra Civil, que fueron enviados a la antigua URSS con la ayuda de la internacional comunista, llegado el momento, ya hombres y mujeres, retribuyeron la ayuda solidaria que un día les dio su gran Patria de acogida, auxiliando a nuestro país. Algunos de esos niños y sus padres nunca regresaron y aún viven entre nosotros completamente “aplatanados” en una tierra que por sus raíces les era más cercana. Creo recordar un artículo de Bohemia que recogía las experiencias de muchos de ellos, alguno de los cuales conocí.
    Es una página de nuestra historia muy poco explorada, pero no por ello menos bella, en la que considero sería muy interesante poder profundizar.

  • Ernesto Joan dijo:

    El gallego Posada, un ARTISTA y hombre íntegro.
    No olvidarle es un bien para todos. Es un honor para Cuba haberlo tenido.

  • Niurka dijo:

    Tuve la suerte de conocer a “Pepe” y estar entre su familia, años que considero extraordinarios para mí. Mucho aprendí de todos y parte de mí quedo en San Antonio de los Baños. Seres humanos excepcionales. Con Eugenio mantengo estrecha relación y con otros miembros de la familia comunicación. Nunca se me olvidará el olor de La Habana desde los altos del restaurante El Patio. Sirva el presente artículo para expresar el profundo respeto y admiración que siento por Pepe, Eugenio y demás integrantes de la familia Posada .

  • Raul Hernandez Ortega dijo:

    Gracias, Vladimir, por su articulo. Soy el autor del libro. Me sorprendio encontrarlo hoy y veo que su publicacion es reciente. Es un libro entrañable. Disfrute mucho escribirlo y los Posada son gente muy querida. Eugenio, Paco, Pepe, Marite y Gonzalo son personas excepcionales que llevo siempre en mi corazon.

Se han publicado 4 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

F. Vladimir Pérez Casal

F. Vladimir Pérez Casal

Filólogo cubano. Colaborador de Cubadebate.

Vea también