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La primavera y el espejo

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Mario Benedetti

Mario Benedetti

Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia, como lo nombraron sus padres siguiendo la mejor tradición anglosajona, nació el 14 de septiembre de 1920 y entró en la tierra el 17 de mayo del 2009, no sin antes haber escrito una extensa obra con cerca de 74 títulos, que abarcaron la poesía, el drama y la narración; ¡ah!, y usar el seudónimo de Damocles.

 

A su paso por La Habana, Benedetti nos dejó una novela con un título deslumbrante, Primavera con una esquina rota, que adornó con un exergo tan irradiador como su nombre: “La primavera es como un espejo, pero el mío tiene una esquina rota”.

Mario Benedetti interrumpió sus estudios secundarios, para continuarlos después, por problemas económicos y trabajó, desde los 14 años, vendiendo repuestos para automóviles.

A los 23 años dirigió la revista literaria Marginalia y publicó sus primeros ensayos con el título Peripecia y novelas. Sería ese el comienzo de una prolífica obra que incluyó, entre 1945 y 1974, su integración al equipo de redacción de la revista Marcha (la dirigió en 1954) y a los consejos de redacción de las revistas y periódicos Número, Peloduro, La Tribuna popular y Casa, entre otras muchas.

A inicios de la década del 60 se vincula a Cuba, a la Casa de las Américas, de la que llegó a integrar su Consejo de Dirección. Vuelve en 1964 como jurado de su Premio literario. Participa en el Congreso Cultural de La Habana y funda y dirige el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa.

Primavera…, su novela “cubana”, es un testimonio directo y lleno de dolor que cuenta sobre la tristeza, el exilio, las relaciones personales, la soledad y el amor en el tiempo en que transcurre la última dictadura en Uruguay. Un narrador coral donde los personajes de Santiago; su pareja, Graciela; su hija Beatriz, su padre Rafael y su amigo Rolando, nos presentan los vericuetos y avatares de sus vidas. Santiago preso, el resto en el exilio.

Una especie de presentación de la soledad y su sin fronteras, y aunque antes ya había descrito desgarradoramente: “A veces no me siento tan solo/ si imagino mejor dicho si se/ que más allá de mi soledad y de la tuya/ otra vez estás vos aunque sea preguntándote a solas/ qué vendrá después de la soledad”. Una soledad aparece como la marca de este texto, que se desborda por la conciencia de los personajes de Graciela, y nada ajenos también Rafael, Beatriz y Rolando. La “culpa” de la felicidad se justifica y esconde detrás de la soledad.

Todo esto ocurre entre Montevideo y La Habana; en Alamar, donde residió Benedetti durante su exilio cubano, porque un pueblo noble y solidario como el nuestro, en cada edificio de microbrigada que construía por la época, cedía uno de sus apartamentos a una familia de exiliados latinoamericanos. Por eso, en ese lugar, los uruguayos escapados de la dictadura vivían y festejaron el triunfo del “NO” en el referendo de 1980; toda una noche cantando y bailando, blandiendo sus carteles y banderas.

Beatriz, con un disfraz de Mafalda, hace intentos para explicarse el mundo desde la ternura y la candidez, con un humor entrañable. De lejos, y de “telón de fondo”, las estaciones de Vivaldi, con su Primavera, que siempre llega, como lo hace la esperanza. Drama y humor, a veces este un tanto negro e irónico.

La novela tiene frases que retumban como si un día las hubiésemos escuchado, llenas de ingenio, tal vez porque son las mismas que nos dijimos entre nosotros en algún momento: “Es mejor ser un borracho conocido que un alcohólico anónimo”[i]; o esta otra muy conectada con el libro: “Lo esencial es adaptarse. Ya sé que a esta edad es difícil. Casi imposible. Y sin embargo. Después de todo, mi exilio es mío. No todos tienen un exilio propio. A mí quisieron encajarme uno ajeno. Vano intento. Lo convertí en mío….”[ii].

Una parte de la vida, un comprometido Benedetti, quien junto a miembros del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, fue representante del Movimiento 26 de Marzo en la Mesa Ejecutiva del Frente Amplio, entre 1971 y 1973 y que tras el golpe de Estado en su país, lo hace renunciar a su cargo en la universidad, por sus posiciones políticas y humanistas. Un escritor que se va a un exilio que duró 10 años y que lo hizo peregrinar por Argentina y Perú -donde es detenido y fue deportado- Cuba y España.

Volvió al Uruguay en 1983, al “desexilio”, como decía, y trabajó para impedir que los crímenes de los represores no fueran juzgados.

No fue ajeno ni a la música ni al cine. Sus textos los escuchamos en voces como las de Nacha Guevara y Daniel Viglietti, entre otros. Juan Manuel Serrat graba El sur también existe, en 1985, contando con su colaboración personal, y su obra discográfica reúne más de una decena de títulos.

Participó también en la coproducción argentino-brasilera La ronda de los dientes blancos, en 1966, que nunca fue estrenada comercialmente. Una versión cinematográfica de La tregua, fue nominada a los premios Oscar en 1974, como mejor película extranjera; su cuento El olvido fue uno de los relatos en los que se basó el guión de Dale nomás de 1974. Pero tal vez la película más recordada por los cubanos de mi generación sea El lado oscuro del corazón, una producción argentino-canadiense, donde se puede ver a Benedetti, vestido de marinero, recitando sus poemas en alemán.

Recibió numerosos premios y distinciones: el Jristo Botev de Bulgaria; el Llama de Oro de Amnistía Internacional en Bélgica; la Orden Félix Varela y la medalla Haydée Santamaría, de Cuba; la condecoración Francisco de Miranda de Venezuela; el Premio ALBA; el Premio Morosoli de Plata de Literatura de Uruguay; la Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral de Chile; el Reina Sofía de poesía Iberoamericana; el León Felipe; el Etnosur de Italia; y el título de Doctor honoris causa por las universidades de Alicante, La Habana y Valladolid, por solo mencionar algunos de los reconocimientos académicos que recibió.

Su esposa y compañera de toda una vida, Luz López, murió en el 2006, tras 60 años de matrimonio, duro golpe que sobrellevó escribiendo.

La relectura de Primavera…, me hizo recordar a La Habana de 1988, la sala “Ché Guevara” que preside El árbol de la vida, en la Casa de las Américas, lugar donde se presentó la novela. Benedetti firmaba los libros sentado en una mesita. La cola de admiradores era grande. Yo estaba en la cola tras una muchacha cargada de su jabuco escolar que no exhibía más de 20 años. Al llegar delante del escritor le dijo su nombre. El escritor garabateó una dedicatoria. Entonces ella pidió permiso para besarlo. Él accedió y la joven, ladeando la mesa, le plantó un beso en la boca. Lo más cercanos aplaudimos, los que no sabían el por qué también lo hicieron. La sala toda aplaudía, la muchacha se retiró sin mirar atrás y, Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia, con los ojos llenos de chispas y una sonrisa, como tocaba, pudo haber dicho o pensado: “esto nada más pasa en Cuba”.

Los días de finales de noviembre y de principios de diciembre no fueron felices y este fin de año será distinto. Los desposeídos y humildes; “Nosotros, los pueblos…”[iii], nos hemos quedado un poco más indefensos tras la muerte de Fidel, un innovador del pensamiento revolucionario, una referencia para retornar a la batalla que tuvo una vida, un obrar y una visión generosa de lo que debía ser el mundo, la humanidad, la solidaridad, la justicia social, el medio ambiente y que con sus actos, durante su paso por la tierra, se enfrentó al imperialismo y al neocolonialismo, y nos dejó un legado de cómo hacerlo; al tiempo que nos hizo sentir el orgullo y la dignidad que significan haber nacido en esta Isla y ser parte de este pueblo.

Una amiga me escribía que el día de su cumpleaños se le había “roto la esquina de un espejo”; y buscó consuelo en la inmensidad de una pregunta: “¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa/ conjunción de los astros, en qué secreto día/ que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa/ y singular idea de inventar la alegría?”[iv]

A salvo de nada, poseo un raro privilegio, que acompañe mis días una paciente e inefable lectora, a veces una aparición. Ella se esfuerza, inconfesablemente, por curar mis cuitas, mis rasponazos, deshace los entuertos (o al menos trata) –tanto los que me creo por mi propia inspiración como los que me crean otros por su propia inspiración- con amor; y estoy convencido que todo es para probar la existencia de una de las frases de Benedetti: “No es buena una vida sin fantasmas”[v].

Notas

[i] Frase contenida en la novela Primavera con una esquina rota.

[ii] IDEM

[iii] El preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas comienza: NOSOTROS LOS PUEBLOS DE LAS NACIONES UNIDAS RESUELTOS a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles, a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas, a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional, a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad…

[iv] Fragmento del Soneto del vino de Jorge Luis Borges. Esta variante de soneto, llamada inglés, es atribuida al conde de Surrey, Henry Howard.

[v] IDEM

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  • Yulaidi Dinza Cerse dijo:

    Mario Benedetti, dijo: “La primavera es como un espejo, pero el mío tiene una esquina rota”.Yo pudiera decir que la vida es como un espejo y el corazón de todo cubano digno, tiene una esquina rota por la pérdida física de ese Gigante, llamado Fidel. No sé, pero lo siento tan cerca que me da fuerza e inspiración para escribir cada día lo agradecida que estoy por haber nacido en esta tierra.El beso que le dio la muchacha no es nada del otro mundo, es la prueba del amor, el cariño que le engendró Benedetti por sus maravillosas obras que deleita a cada lector a recurrir siempre a su lectura. Los cubanos sabemos agradecer y reconocer la grandeza de los hombres en cualquier ámbito de la vida en que se desarrollan.

  • Eduardo González S. dijo:

    “¡Qué buen insomnio si me desvelo sobre tu cuerpo!”. Esta línea tan corta, emocionada y poética de Benedetti, es característica de su estilo. Qué poetazo.

  • Linda dijo:

    Gracias, Vladimir, por recordarnos al mejor Benedetti, al ser humano que habitaba en ese Poeta, así, con mayúsculas.

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F. Vladimir Pérez Casal

F. Vladimir Pérez Casal

Filólogo cubano. Colaborador de Cubadebate.

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