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Dos planes de combate para la misma independencia

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Hace 115 años, el 8 de diciembre de 1894, José Martí redacta en Nueva York y envía a Juan Gualberto Gómez, responsable en Cuba de las células conspirativas del Partido Revolucionario Cubano, el Plan de Alzamiento, que firman junto con él los generales José María (Mayía) Rodríguez y Enrique Collazo. Culminaba así la paciente, laboriosa y unitaria obra de un verdadero gigante en preparación de un enfrentamiento decisivo.

Días antes había llegado a esa ciudad Mayía, mandatado por Máximo Gómez, nominado como jefe militar de la insurrección, con su aprobación para el desencadenamiento del plan. Martí, ansioso, comienza a ejecutar con febrilidad las decisiones requeridas. Se consulta a Juan Gualberto la fecha del alzamiento que se piensa entonces sería a principios de enero.

Después del fracaso de la guerra grande en 1878 Martí mantuvo dos convicciones arraigadas en su pensamiento y acción. No era posible, por la contradicción de intereses económicos y políticos prevalecientes, esperar del gobierno español cambios que modificaran el estatus colonial de la isla.

La independencia era la única alternativa posible y tenía que lograrse tratando de sumar a los que se habían desanimado por la derrota o seguían soñando con las vagas esperanzas que dejó el Pacto del Zanjón acerca de una imposible autonomía y enfrentando la corriente anexionista que estimulaba de múltiples formas el naciente imperio norteamericano.

A la vez, se requería contener los ímpetus independentistas que emergían con frecuencia sin que las condiciones organizativas, materiales e incluso políticas se hubieran convertido en una aplastante voluntad popular. Había primero que vertebrar, desarrollar y crear una unidad férrea entre todos los patriotas. Los fallidos intentos, como la llamada Guerra Chiquita y otros, demostraron que además del valor y la audacia, era imprescindible una articulación de las fuerzas revolucionarias que la impulsaran. La visionaria estrategia de Martí de crear un partido para dirigir la guerra y establecer después una república de todos y para el bien de todos se nutrió de las experiencias aportadas en la Guerra de los Diez Años y de sus vivencias americanas.

Había dedicado más de una década a unir voluntades. Recorrió todos los sitios en los que se hallaban dispersos los cubanos, en Santo Domingo, Haití, Jamaica, México, Honduras y al igual que en los baluartes de Cayo Hueso, Tampa y Nueva York, electrizando con su elocuente oratoria a veteranos y “pinos nuevos.”

A Martí, algunos en los cónclaves revolucionarios lo tildaban de ser un agitador y un soñador. Los españoles, con infinitos recursos financieros para perseguir sus actividades, estimaban e incluso divulgaban que era un propagandista que esquilmaba y derrochaba los fondos que le aportaban los tabaqueros asentados en Tampa y Cayo Hueso. Ignoraban, evidentemente, su enorme capacidad organizativa y sus dotes de sagaz conspirador, que iban a la par con su elocuencia.

El plan de La Fernandina, consistía de tres expediciones simultáneas debidamente armadas; una llevaría a los generales Serafín Sánchez y Carlos Roloff a las Villas, otra al titán Maceo a Oriente y la tercera a Gómez y Martí a Camaguey. Fue preparado para desarrollar la guerra necesaria y fulminante en todo el país e impedir a tiempo que el naciente y ambicioso imperio cayera sobre nuestra América con la fuerza adicional de nuestras tierras y riquezas.

Su fracaso por una delación si bien fue un duro golpe a la preparación del  movimiento insurreccional bordado hasta en sus detalles, demostró la enorme capacidad organizativa de Martí, acrecentó su prestigio, aumentó los ímpetus de los patriotas y fortaleció su unidad.

Ya la orden estaba dada; correspondía ahora precisar la fecha del inicio de la guerra que en definitiva comenzó el 24 de febrero y no antes debido a este incidente.

Casi sesenta años después, justo antes de partir el Granma de costas mexicanas, la orden para el inicio de otra guerra necesaria, fue impartida. Esta vez fue Fidel quien, en los pocos meses después de su salida de la prisión y durante su estancia en México, fue galvanizando voluntades y uniendo patriotas. Días antes de partir en la expedición libertadora hacia Cuba selló el acuerdo histórico con José Antonio Echeverría y la FEU.

Mediante varios telegramas comunicó a los combatientes en Cuba la realización de la partida prometida.

En ambas ocasiones el arribo fue azaroso. En una chalupa junto a Máximo Gómez desembarcó en una playa a oscuras el Apóstol. Maceo vino en una precaria goleta de vela. Por un manglar inaccesible hasta una emboscada terrible que los diezmó entraron los expedicionarios del Granma, yate turístico devenido en sobrecargado buque invasor.

La voluntad de crear una patria libre, frustrada en el primer intento, se logró al fin con la victoria en 1959. Martí, calificado con razón como autor intelectual del Moncada, parece insertado en este empeño final de organización sigilosa, armoniosa estructuración de unidad revolucionaria y absoluta confianza en la victoria. Tal como si hubiera vuelto a ordenar el inicio de la guerra necesaria y hubiera viajado como estrella refulgente en la proa del Granma.

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Giraldo Mazola

Diplomático y periodista, colaborador de Cubadebate.

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