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Paraguay: La ley de la ventaja

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Las fuerzas populares triunfadoras en las recientes elecciones en Paraguay, incluso el presidente electo, Fernando Lugo, advierten que, antes de que se constituya el gobierno que lo acompañará se ha puesto en marcha un plan para socavar la gestión de la nueva administración y desestabilizar el proceso. La batalla será difícil porque la oligarquía nativa y sus mentores cuentan con doscientos años de experiencia y tienen a su favor las ventajas que en la política latinoamericana funcionan por gravedad.

Al revés de lo que ocurre en otras latitudes donde, al desplegarse a partir de exigencias internas y en condiciones más o menos normales, el proceso histórico contribuye a la maduración y el perfeccionamiento del sistema político y obra como aliado de los innovadores sociales, en América Latina, único espacio donde la contrarrevolución precede a la reforma y a la revolución, ocurre todo lo contrario: en lugar de acicate, la historia es lastre; Paraguay es un ejemplo extremo.

Constituido como república desde hace casi doscientos años, Paraguay ha vivido experiencias políticas alucinantes. Durante los primeros 52 años de vida independiente el país fue gobernado por una misma familia: Gaspar Rodríguez de Francia 26 años, su sobrino Carlos Antonio López 18 y el hijo de este, Francisco Solano López otros 8 años. Si a ello se suman los 35 años que Stroessner se mantuvo en el poder, se trata nada menos que de 87 años de poder oligárquico puro, brutal y antediluviano.

Al margen de que alguno de sus mandatarios aplicaron políticas que contribuyeron al progreso del país, despertaron las esperanzas del pueblo llano y disfrutaron de popularidad, la historia paraguaya es una crónica que ilustra el férreo control oligárquico, apenas disimulado en la alternancia de liberales y conservadores, caudillos militares, juntas de gobiernos, cónsules y gobernantes encargados o provisionales, sin que nunca hubieran procesos genuinamente democráticos, entre otras cosas porque el ejercicio de la democracia requiere de instituciones y estructuras que coadyuven a la participación de mayorías con mínimos de cultura política.

Ninguna otra Nación ha sido tan maltratada, no sólo por sus gobernantes y por las potencias imperialistas, sino también por las oligarquías limítrofes de Argentina, Brasil y Bolivia que, durante unos 150 años, en lugar de vecinos fueron sus adversarios. En una sola guerra, la de la Triple Alianza, Paraguay perdió entre la mitad y dos tercios de su población y casi 150 000 kilómetros cuadrados de territorio. Al ocupar el país y satelizarlo económica y políticamente, Brasil ensayó su condición de subimperialismo que años después Kissinger quiso estimular.

Además de la experiencia que le aporta haber gobernado durante doscientos años y de contar con el poder económico y mediático, la reacción tiene a su favor el hecho de que las fuerzas populares deberán realizar su gestión bajo constituciones, leyes, reglas y preceptos adversos, diseñados para preservar los privilegios de la oligarquía y la burguesía.

Los angustiosos procesos que en Venezuela, Bolivia y Ecuador se han desplegado para modificar las constituciones, dictar nuevas leyes, adecentar el poder judicial, establecer el control sobre los bancos centrales y las finanzas del país y las tensiones derivadas de la lucha por el rescate de las riquezas nacionales y la reforma agraria, son ejemplos de cómo la oligarquía aliada al capital extranjero y al imperialismo sabotea la gestión de la administración popular.

No obstante, ninguno de esos resortes es tan decisivo como la capacidad de la reacción para influir sobre las mentes de las masas y valerse de los prejuicios políticos e ideológicos, la incultura, la ignorancia y el oscurantismo religioso que ejercen enorme influencia sobre la conciencia y la psicología social de las mayorías. En determinadas coyunturas, las fuerzas avanzadas deberán movilizar masas preteridas durante siglos que no son conscientes de sus verdaderos intereses y de su capacidad para prescindir de la oligarquía y, junto a la vanguardia preservar lo alcanzado y participar en el diseño de su porvenir.

Una tarea de vital importancia para frenar a la reacción es lograr que las masas se desprendan de mitos y prejuicios ancestrales, no se dejen confundir por la oligarquía que aun desplazada del gobierno, mantiene una enorme capacidad para manipular los hechos, crear problemas artificiales e influir negativamente en sectores tradicionales, como son los hombres de campo, los militares, el clero, comerciantes, transportistas y las clases medias. Carente de escrúpulos, las elites desplazadas no vacilarán en aplicar procedimientos de terrorismo ideológico y de explotar a su favor el ancestral temor al cambio, presente en los momentos de renovación y de grandes tensiones políticas.

En Paraguay el pueblo dio un paso gigantesco al romper la noria que estancó y explotó al país y, al elegir a Fernando Lugo, apostó por la esperanza y la renovación, triunfo que debe ser reforzado con un trabajo encaminado a consolidar el respaldo popular a la nueva administración que será más convincente en la medida que muestre determinación y ofrezca pruebas de su inequívoco compromiso con las mayorías y de su capacidad para establecer alianzas con los sectores y las personas interesadas en el progreso del país.

Nadie en Paraguay ni en ninguna parte de América Latina, sobre todo en aquellos países en los que se despliegan movimientos positivos, debe subestimar la capacidad de la reacción que ya se moviliza, ni escatimar solidaridad con el proceso que iniciado en un país que al echar a andar refuerza el esfuerzo común. Con Paraguay Latinoamérica se hace más fuerte, razón de más para hacer cuanto sea posible para que ese curso se consolide.

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Jorge Gómez Barata

Jorge Gómez Barata

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.

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