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Moros y cristianos (I)

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Resulta fascinante explorar las zonas del saber que permiten conocer por qué, aunque genéticamente homogénea, la humanidad es culturalmente diversa y comprender las razones de que, aun cuando ninguno es más inteligente, capaz o laborioso que otros, existan pueblos ricos y pobres. La buena noticia es que aunque la opresión dure mucho tiempo, jamás será eterna y aunque puede retardar el progreso, no lo suprime. Al respecto el despertar de los pueblos árabes que sacuden siglos de opresión es como una buena nueva.

Como fruto de dilatados procesos históricos y por su libre albedrio, sin injerencias humanas ni divinas, sin conocerse unos a otros y sin relacionarse, durante la mayor parte de su existencia, los pueblos y las civilizaciones avanzaron de modo paralelo. El encuentro entre las civilizaciones, de Oriente y Occidente, África y América, fueron los mayores sucesos culturales en toda la historia; también las más grandes tragedias humanas.

Ya sea que tengan razón el Génesis o Darwin; creado o evolucionado, las criaturas originales por las cuales comenzó la historia, no eran buenas ni malas, ateas o religiosas, capitalistas o socialistas y, por supuesto, no eran cristianas ni musulmanas. Hecho por Dios a su imagen o semejanza, o resultado de la evolución natural, el primer hombre y la primera mujer recuerdan a un boceto a partir del cual la humanidad se hizo a sí misma. El bien y el mal no son resultados de la mutación de las especies ni obra de la Providencia, sino invenciones humanas con explicaciones mundanas.

Después de vivir durante millones de años separados y aislados por océanos, mares, desiertos, montañas o glaciares, al encontrarse los pueblos descubrieron que eran esencialmente idénticos y que todos, por sus propios caminos, habían hecho exactamente lo mismo: atribuyeron significados a los sonidos y crearon las diferentes lenguas y con el tiempo, todos aprendieron a dibujar las palabras e inventaron la escritura, premisa para la literatura, el arte y la historia escrita. La humanidad creo así su memoria y con la cultura adquirió trascendencia.

Unos antes y otros después, todos los pueblos dominaron el fuego, usaron ruedas y palancas y sin que nadie se lo impusiera, descubrieron o creyeron descubrir la existencia de una voluntad preexistente que identificaron con el Dios que los había creado. Para honrar a sus dioses y conjurar sus demonios compusieron cantos y alabanzas y con las ciencias, la música y las artes se reinventaron a sí mismos y se dotaron de sentimientos a los que llamaron: amor, pasión, ira  o deseo; lamentablemente también  parieron la codicia, el odio y la envidia. Como quiera que haya surgido la conciencia y la espiritualidad, hacen al hombre la criatura que es.

El potencial civilizatorio inherente a la especie humana se basa, entre otras cosas,  en una innata propensión a lo gregario, a la asociación y la cooperación. Para engendra la vida es preciso que hombres y mujeres se junten. La existencia humana surge de la cooperación y de la asociación. Para que aquello que ahora llamamos socialización se desplegara, se necesitaron también de las jerarquías sociales, el poder, el Estado, la autoridad y las reglas para vivir en sociedad; así aparecieron las leyes y los derechos.

La historia económica y social y los anales de la tecnología, explican cómo y por qué unos pueblos favorecidos por condiciones geográficas excelentes, climas benignos, suelos suaves y fértiles, abundancia de agua y energía de fácil acceso, desarrollaron la economía y avanzaron más rápidamente; esas condiciones y no ninguna predestinación ni predisposición genética especial explican el despegue y la precedencia de Europa.

A estas alturas del proceso civilizatorio son difíciles de percibir las ventajas que para Europa representaron los climas suaves y templados,  los suelos fértiles y fáciles de arar, la abundancia de agua, los bosques, la leña y el carbón que permitieron las concentración de grandes masas de población en espacios geográficos relativamente pequeños y sobre todo el regalo que significó el mar Mediterráneo.

Del mismo modo que durante millones de años el Atlántico fue una barrera que separó y aisló a los pueblos indoamericanos de Europa, el Mediterráneo fue un camino que comunicó al Viejo Continente con el Levante y Asia, hizo posible que los pueblos europeos aprendieran técnicas y crearan instrumentos de navegación y desde el siglo XV dispusieran de enormes buques con los cuales se lanzaron a una aventura, sólo comparable con el viaje a la luna, aunque con significados prácticos incomparablemente mayores: el descubrimiento del Nuevo Mundo, punto de encuentro de todas las civilizaciones del planeta.

Aunque es probable que algún sabio europeo lo haya dicho antes, fue en una nación del Nuevo Mundo y como parte de una Revolución donde se escribió en una Constitución y se convirtió en precepto la verdad evidente de que: “…Todos los hombres son creados iguales y dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables…” Sin embargo en virtud del colonialismo y la opresión muchos pueblos, durante demasiado tiempo, han sido privados de sus derechos, entre ellos figuran los pueblos árabes.

La historia es larga y el resumen apretado. Mañana cuento más. Allá nos vemos.

Se han publicado 1 comentarios



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  • Gilberto dijo:

    Se levantan los pueblos arabes,por sus derechos y cultura milenaria..

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Jorge Gómez Barata

Jorge Gómez Barata

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.

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