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Alfredo Guevara: Cien horas con Fidel, una de las sorpresas más bellas para Cuba

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Cuando abrieron los micrófonos le dije que con él había entrado la historia al estudio de Radio Rebelde donde se graba el programa de los Cinco * . Trataba así de convencerme a mí misma de que era cierto que Alfredo Guevara estaba allí. Como regla, damos a las personalidades la opción de escoger el lugar de la entrevista, aunque nuestra aspiración ha sido siempre que participen de todo el proceso de creación del programa dentro del estudio. Por esos raros misterios de la comunicación, cuando se está allí, la posibilidad de que tres de los Cinco escuchen el programa desde sus celdas, se transforma en conmovedora certeza. Pero no todos escogen ir.

Quizás por eso, también me permití aclarar que lo de la historia no era un halago en pago a la deferencia de habernos visitado en persona. Recordé que aquel hombre que últimamente solo se nos asoma en público en las inauguraciones y cierre de los festivales de cine y podría resultar desconocido para los más jóvenes que no andan los caminos del arte, es fundador de cosas fundadoras: del Grupo “Nuestro Tiempo”, de Teatro Estudio, del ICAIC y de su Grupo de Experimentación Sonora, del Nuevo Cine Latinoamericano y de sus festivales… Y es, testigo protagónico —si es que cabe el término— del histórico paso de Fidel por la Universidad de La Habana, desde que ambos llegaron a la Colina con apenas 19 años.

Con serena amabilidad Alfredo solo dijo “Gracias”. Y, ya sentado y con la infaltable chaqueta sobre los hombros, se dispuso a escuchar las preguntas. Nos acompañaban Elizabeth Palmeiro, esposa de Ramón Labañino, Camilo Pérez Casal, editor de las obras de Alfredo y un equipo de filmación que escogió ese día —sin sospechar la visita que tendríamos— para llevar testimonio del programa a un documental sobre el Caso de los Cinco.

Era 8 de octubre y al comenzar el programa advertí que no estaba pensado para hablar del Che. No hay por qué aferrarse a las efemérides —comenté—; del Che, como de todo lo trascendente, hay que hablar siempre que se tenga algo nuevo que decir, pero no porque lo mande una fecha. Nuestro invitado suele decir que la rutina es un cáncer terrible, ¿no, Alfredo?

Alfredo: Enemigo de la inteligencia.

Hechas las aclaraciones indispensables, me lancé a la aventura de conversar sobre el motivo de la invitación. El acontecimiento de esos días y seguramente en mucho tiempo, era el libro

Cien horas con Fidel, en el que tiene una gran responsabilidad Alfredo Guevara. El libro está dedicado a él por Ignacio Ramonet. Estamos, dije, ante el mejor amigo de Ignacio Ramonet en Cuba, que es, demás, la persona que trajo a Ramonet a Cuba, ¿me equivoco?

Alfredo: No, que va. Lo traje, es un amigo entrañable, desde la época en que no nos conocíamos. En los primeros días de la Revolución recibí una carta de un joven que estaba preparando su tesis en la universidad, y me pegué a ayudarlo, y así empezó esa amistad. Era muy joven él, yo también era joven…

En la primera presentación de la segunda edición del libro, la intervención de Alfredo Guevara había sido medular. Él había logrado sintetizar como pocos la trascendencia de las cien horas de entrevista y en su condición de testigo excepcional de la llegada de Fidel a la Universidad de La Habana, rememoró la impresión tremenda que le provocó la seriedad de aquel joven a una edad en que la seriedad no abunda. Ahora se lamentaba de no haber advertido desde entonces porqué los análisis de aquel joven eran tan tremendamente serios. Entonces comparó esta suerte de autobiografía a dos voces con La historia me absolverá. ¿Por qué?

Alfredo: Es que he pasado muchos años de mi vida esperando, queriendo, y de algún modo luchando también, porque Fidel comprendiera la importancia que tenía un testimonio —de él, de su visión— profundo de la Revolución socialista. Yo creo que Fidel tuvo no solo coraje, sino una lucidez inmensa cuando en medio del drama que resultó el asalto al Cuartel Moncada, comprendió que aquella sangre, que aquel inmenso sacrificio cambiaba la historia, y nos dio en ese instante, con el coraje que le es característico y la lucidez que ya tenía en aquellos años —era muy joven— La historia me absolverá; Martí como protagonista y él y aquel grupo de jóvenes estaban protagonizando de nuevo, sobre el vacío de un período —no vacío total porque muchas cosas sucedieron, pero no triunfantes— el momento en que la historia recomenzaba, la historia hacia el triunfo aunque, estaba hablando en el marco de una gran tragedia.

Y yo pienso que este libro, 53 años después, es algo así como otra vez La historia me absolverá.

¿Tanto?, pregunté espoleando sus reflexiones…

Alfredo: Tanto —y esto es lo que yo sentía que hacía falta— quiero decir que más de una vez hemos intentado, o ha intentado él, que es el protagonista principal, esta tarea. Me acuerdo de alguien a quien quise mucho, Gian Giacomo Feltrinelli, ya quería hacerlo en los primeros tiempos después del triunfo de la Revolución… Yo lo dije en la presentación de la nueva versión, estábamos loquitos nosotros porque queríamos que ya Fidel dijera lo que no podía decir todavía. Faltaba un hito en la historia, que han sido estos años en que se han vivido tantos acontecimientos tan complejos y de los cuales a veces se ha podido hablar de verdad, pero otras veces no, es decir, la historia se escribe de un modo muy especial. Yo creo que la primera versión permitió que Fidel comprendiera de verdad que hacía falta este mensaje ya sin velo alguno, aunque no creo que este sea el mensaje definitivo, pero es el mensaje que hacía falta. Y creo que todavía Fidel nos dará más, como dije hace años, Fidel es un autor de sorpresas… y ésta es una de las sorpresas más bellas que le da no solo al pueblo cubano, sino a toda la juventud del mundo.

Ramonet había declarado en todas las presentaciones del libro su interés por darle a conocer a los jóvenes de esta época ese testimonio de uno de sus líderes más trascendentes. Evidentemente hablaba todavía desde el sentimiento y los descubrimientos de su juventud, cuando le pidió a Alfredo Guevara asistencia para comprender mejor a la Revolución Cubana.

Pero algo de las palabras de Alfredo ahora, me obligaron a recordarle que la noche antes había sido testigo del momento en que él se acercó a Ramonet hablando de lo que aun “falta por definir sobre el socialismo” y Ramonet le recordó que justamente él le había provocado preguntarle a Fidel sobre el tema y la respuesta está en la página 441, desde la perspectiva del revolucionario que no da por cerrada ninguna puerta y reconoce que falta definir el socialismo.

Alfredo: Es que en realidad yo no creo que es definir el socialismo… yo creo que el socialismo… bueno, me vas a permitir una licencia: Se discute del alma, ¿existe, no existe? Bueno, yo no sé… pero la vida es la construcción del alma, es decir, la calidad de la forma en que se afronta la vida fabrica el alma de cada quien. Si existe o no ese es un problema que ya sabremos. Yo creo que la historia a través de las acciones se va construyendo la historia y en este caso la historia del socialismo y la fisonomía del socialismo, es decir, el rostro del socialismo es el rostro que somos capaces de construir con nuestra propia honestidad, con nuestra propia autenticidad, con la de cada uno.

Yo insisto mucho en que no es la muchedumbre lo que importa, es el rostro de cada uno, la suma de todos hace la muchedumbre, pero tiene que haber cada uno, en cada uno tiene que darse la profundidad y la autenticidad en la conciencia de la solidaridad con el otro, y es esa relación solidaria con el otro… —es que estoy definiendo el amor sin darme cuenta— el socialismo es eso. Yo no quiero decir frases vacías, pero yo así… si no es así no me interesa. Es la solidaridad de cada ser con el otro y con todos, y cada ser con el uno, es decir, eso es humanizarse.

Le recordé que, hablando de Fidel, él había identificado su llegada al ser humano que es con la culminación del tránsito revolucionario.

Alfredo: Exactamente, y yo debía haber descubierto en aquellos 19 años nuestros, debía haber descubierto en el rostro de Fidel, el niño triste que había sido, las vivencias que había tenido, buenas, malas, etcétera, que lo habían marcado. No fui capaz en aquel encuentro juvenil de darme cuenta de aquello, aunque sí de que era alguien de gran hondura, y quien no lo descubra en este libro tienen que ser totalmente insensible. Por eso, es por lo que me he atrevido —sin pensar que estamos ante lo definitivo, siento que todavía faltan sorpresitas— a comparar La historia me absolverá con este libro que nos dice “no hay quien no me absuelva”. Amigos, simpatizantes, hasta los enemigos, si leen este libro tienen que decir “qué rabia, pero tengo que aceptar que estoy ante un verdadero ser humano”.

Elizabeth, que seguía atentamente el diálogo, intervino con su propia percepción de las palabras de Alfredo en la presentación: “Con su cultura y su lenguaje de alto vuelo, dijo algunas de las cosas más claras y me identifiqué rápido con él”. Pero la esposa de Ramón quería saber más y también preguntó: ¿Por qué está dedicado a usted? ¿Cuánto hay de Alfredo en la elaboración de esta entrevista en los temas que trató Ramonet? Sabemos que Ramonet tiene suficiente preparación como para hacer muchas de las preguntas que están ahí y ser ese interlocutor que describía Abel Prieto: provocador, provocativo, profundo, inteligente, preparado, pero por qué está dedicado el libro a Alfredo Guevara, cuánto influyó Alfredo Guevara a la hora de que una persona como Ramonet hiciera este proyecto que tuvo que ser aprobado después, porque el Comandante tiene millones de solicitudes de entrevistas de muchas partes del mundo… porque el Comandante pasa muy poco tiempo en la oficina y muy pocas de esas cien horas fueron en el despacho del Comandante. ¿Cómo fue esa labor de Alfredo que, bueno, el libro dice así escuetamente: “A Alfredo” y después menciona a sus hijos, que son los amores que tiene Ramonet, sus hijos, ¿por qué a Alfredo Guevara?

Alfredo: Bueno, yo creo que en realidad yo he sido un ser privilegiado y yo creo que la vida me ha dado momentos duros, pero me ha regalado casi accidentalmente otros… eso de entrar en la Universidad el mismo día que Fidel, eso de conocerlo enseguida, eso que he narrado otras veces de que alguien se me acercara, que a veces yo me digo, bueno, yo no soy exactamente religioso, pero vino alguien, quién me lo envió, llegó de los cielos o llegó de Mayajigua, y me dijo: “hay un joven en Derecho —porque yo entré en Filosofía— hay un joven en Derecho que tú tienes que conocer porque es impresionante”. Y allá me fui frívolamente sin saber lo que iba a pasar, a ver a aquel fenómeno que, como he descrito otras veces, era un volcán, y mitad que me asustó, mitad que me fascinó porque no sabía lo que iba a ser, y dije a mis amigos, como narré el otro día, “entró en Derecho un muchacho que va a ser José Martí, o Dios nos coja confesados”, porque no sabía lo que iba a ser.

Pero poco a poco, y no tan poco a poco, fui conociéndolo y descubriendo que era el José Martí que toda mi generación estaba esperando, porque es muy extraño, mi generación lo estaba esperando. Ese espíritu que ha animado una parte importante de mi vida, yo creo que sin darme cuenta, yo no he hecho un esfuerzo especial, irradia hacia los que voy conociendo, hacia los amigos, las amistades que se van formando, y yo creo que probablemente irradié esa confianza, esa pasión, esa seguridad… no hacia Ignacio, hacia todo el que he conocido y que sea una persona honrada y limpia. Debe haber sido eso, porque yo no creo tener tantos méritos como tú supones.

Ahora…, tengo un mérito, ¿eh?, ése sí, yo he sabido siempre cuál es la corriente principal, y ahí sí que nunca he tenido una confusión. Los procesos históricos son, como dije el otro día, son laberínticos y siempre presentan muchas facetas, algunas oscuritas, aunque sea una Revolución, y están transitadas por personajes con su psicología, con sus ambiciones, con sus pequeñeces y con sus grandezas también y con sus virtudes, pero el fárrago no debe ser la visión, y por eso insisto tanto en la palabra lucidez. Hay que saber cuál es la corriente principal, y si la corriente principal va derechita, las cosas salen. Para mí la corriente principal se llama Fidel. Y yo creo que… tenga yo los defectos o las virtudes que tenga, da lo mismo, las brillanteces o las no brillanteces, mi vida entera ha trasmitido esa confianza a quienquiera que haya tenido contacto conmigo, confianza que no elimina ni las críticas, ni las opiniones de las que nunca me he inhibido, con la confianza plena —bueno, hay que tener en cuenta las oportunidades también— es decir, las cosas no se deben hacer, jamás, cuando uno piense que pueden dañar, pero tampoco pueden dejar de hacerse, y creo que, no sé si me sobrestime, pero yo creo que nunca me he apartado y que siempre he comprendido por dónde va la corriente principal, pero no como un problema de oportunidad, sino como una convicción.

Fidel, a veces —no olvidarse que Martí lo tuvo que decir en un momento dado, hay veces que no se puede decir todo para poder llegar— pero Fidel, diciendo o no diciendo, siempre ha ido en una línea recta y de principio, en la cual no ha hecho jamás una concesión. Esa corriente principal es la garantía de la Revolución, y si algunas cosas no las hemos logrado, las lograremos. Eso es lo que da, no fe, confianza.

Viendo que una parte de la pregunta quedaba sin responder, Elizabeth insistió en volver sobre por qué a Ramonet la entrevista que tantos buenos periodistas habrían querido para sí y si haberla logrado tenía que ver con la dedicatoria a Alfredo. Escapando sin pose del protagonismo, respondió:

Alfredo: No, yo quiero ser tan franco y tan transparente sabiendo quienes me escuchan, es un compromiso moral que no tiene límites. Yo me encontré a Ignacio en París muy temprano al triunfo de la Revolución, porque… yo digo que a mí me rodean nada más que accidentes, no sé porqué me encuentro con quien me tengo que encontrar cuando me tengo que encontrar. Él se casó con una muchacha que era sobrina de Gerard, Jeanne Phillipe —Gerard Phillipe, el gran actor del Teatro Nacional Francés y del cine francés, gran figura del cine francés de aquella época—, y que era como un hermano para mí, y resulta que se me aparece de buenas a primerasIgnacio Ramonet, a quien yo nunca le había visto el rostro, en aquella familia…

Solo se habían intercambiado correspondencia…

Alfredo: Correspondencia. En la preparación de su tesis que era sobre cine, comunicación, etcétera, y bueno, el libro está dedicado a mi persona y a los dos muchachines que nacieron de ese matrimonio, que los vi querubines, y que ahora son —qué cosa más rara— otro accidente, ahora son cineastas… y entonces, mientras hacía el libro incluso, en mi despacho en la Casa del Festival, ellos, que lo tomaron como casa de producción, filmaban las entrevistas; porque debo decir que aquellas entrevistas están filmadas y que se hicieron varios documentales con esa primea fase de las entrevistas. Yo no puedo decir más, porque yo no me adjudico nada, yo creo que es una deferencia inmensa de Ignacio a alguien que quiere y no es solo a mí, es a sus dos hijos, a esos dos muchachines que vi crecer y ahora son cineastas. Casi todos los hijos de mis amigos son cineastas, yo no me explico qué misterio este…

Silvio Rodríguez (un favorito de Alfredo y del programa), Edith Piaf, Bola de Nieve, Sampling, matizaban las pausas de la entrevista, donde hubo oportunidad de recordar la obra de Alfredo, no solo como creador de la alternativa sino como uno de los más agudos críticos de la mediocridad del cine comercial y de otros males del pensamiento único. Y también se habló algo de la historia del joven conspirador revolucionario que no asaltó el Moncada, pero fue compañero de casi todos los asaltantes y también supo de las vejaciones y la dureza de la prisión.

Un hombre como él, que fue perseguido por sus ideas debe comprender como nadie qué significa para un intelectual estar en prisión y cómo salvarse de ese encierro desde el sentido más profundo del amor por la vida y por la especie humana. Coincidimos en que los Cinco son hombres que asumieron ese destino para salvar otras vidas, ¿no?

Alfredo: Así mismo. Yo te lo voy a decir todo en una anécdota. Yo, cuando el Moncada, mi primera reacción fue limpiar las casas de toda huella que pudiera complicar más las situación de los que habían salvado la vida, estaban prisioneros y estaban en peligro máximo, y eso fue lo que hice. Eran escenas de cine las que yo vivía, podían haber hecho un guión después, porque entraba en una casa y atrás entraba el Servicio de Inteligencia Militar, pero ya yo me había llevado las cosas. Llegaba a otra casa, y así…, incluso, en el cuarto de Raúl, que convivían Raúl y Pedrito Miret, entré, me llevé las cosas, entró el Servicio de Inteligencia Militar, yo estaba a varias cuadras, se me había olvidado que había una gran travesaña casi pegada al techo, y cuando se fue el Servicio de Inteligencia Militar volví a entrar y me llevé los papeles que estaban en la travesaña, pero unos días después caí y fui a parar al Príncipe, al Castillo del Príncipe, una prisión por entonces, y bueno, yo pasé trabajos en esa ocasión y muchos más pasé en otra ocasión en que tuve que sufrir otro trato, para decirlo suavemente.

Pero se produjo el Moncada, Fidel fue para Isla de Pinos, pasó el tiempo, salió Fidel de la cárcel, ¿y sabes lo que pasó?, pues que cuando nos encontramos, en vez de ser yo el que le digo algo como debió haber sido a Fidel, la primera frase que me dice Fidel es “¿Te hicieron sufrir mucho?” Es decir, la calidad humana de Fidel lo hizo pensar en mis sufrimientos cuando él era el que había estado en el riesgo máximo y había sido tratado del modo más violento y sometido síquicamente…, es decir, ese conservar lo humano, más allá del propio… bueno, ésas son las cosas, eso es a lo que yo llamo humanidad plena, esa capacidad de sentir siempre el dolor del otro más que el propio dolor. Son pequeñas cosas a lo mejor, pero yo creo que revelan lo que es de verdad persona.

Bueno, yo soy partidario de determinadas estructuras, ideas, etcétera, que también son la conformación del socialismo, pero ese tránsito de lo humano por la idea político-ideológica es como el soplo de la vida de la ideología, si ese soplo no se adentra en la estructura, en la urdimbre de la concepción de la sociedad, hay que decir la frase que dije el otro día, “no vale la pena”. Y vale la pena porque el soplo ético le da realidad a la idea, la idea ahí se puede quedar.

Las ideas no son protagonizadas por las piedras, son protagonizadas por los seres humanos, y esos, a quienes les estamos hablando, nos están enriqueciendo con su ejemplo precisamente porque son, ante todo, seres humanos.

La Generación del Centenario, a la que pertenece Alfredo es la de los hijos de José Martí, pero para ustedes tiene que haber tenido una trascendencia enorme saber que hay nuevas generaciones como las de estos cinco muchachos que les dicen que ustedes no lucharon en vano.

Alfredo: Por supuesto. Ellos son cinco, pero son cientos de miles, son formas diversas, ésta es extrema, y por eso estamos aquí, pero de otro modo, habrá algún día que valorizar los cientos y cientos de miles de vidas jóvenes que significan prácticamente el argumento irrefutable e irreversible también de la Revolución triunfante.

Somos poco menos de 12 millones de habitantes, y somos ya 800 mil universitarios, y somos ya otros tantos de cientos de miles de jóvenes formados en niveles que no son universitarios pero se pueden considerar de valor superior. Cuando la inteligencia es así de respetada, cuando la inteligencia se convierte en una potencia de esa magnitud, yo creo que todo ese lenguaje de transiciones y super transiciones y medias transiciones y juegos de transiciones es superfluo. Este país tiene el tesoro más grande que pueda tener cualquier país, que es, primero, seres humanos verdaderos, después, el saber desplegado. Ése es el tesoro que nuestros amigos queridos, nuestros hermanos han defendido y defienden. El valor que hace… que de verdad eterniza los valores revolucionarios, es más importante que todos petróleos y que todos los oros y que todo los otros indiscutibles también valores necesarios para la sobrevivencia: el saber, el saber, el saber, y con el saber algo por lo que tenemos también hay que luchar infatigablemente: conservar y desarrollar y cuidar y profundizar la eticidad de la Revolución. El ejemplo de nuestros Cinco forma parte de esto, comprender que ellos son algo así como una bandera de esa eticidad.

Yo creo que el libro del que estamos hablando y que ha motivado este encuentrico y este mensaje —esperemos que valga algo— es una contribución a salvar esa eticidad con esta otra siembra de la que ellos son parte, pero son parte también esta inteligencia desplegada que ya tenemos y que tenemos que cuidar. Y ese libro va a estar en manos de nuestros amigos queridos también, porque Ramonet me ha dicho que quiere dedicarles el libro, y esa dedicatoria va a ser más importante que la que me ha hecho a mí, mucho más importante, pero también esa dedicatoria que él quiere hacer yo la recibiré como para mí también, porque lo que les den a ustedes es para todos nosotros los cubanos orgullo.

Que nos veamos muy pronto, ése es el mensaje que quiero darles desde lo más profundo de mi alma, pero no solo decirlo como un deseo, hay que combatir porque sea esto una realidad.

* Entrevista exclusiva para el programa “La luz en lo oscuro”, que Radio Rebelde transmite los domingos de 10:30 a 12 de la noche y que escuchan desde sus celdas tres de los Cinco jóvenes luchadores antiterroristas cubanos cruelmente confinados en cárceles norteamericanas desde el 12 de septiembre de 1998.

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Arleen Rodríguez Derivet

Arleen Rodríguez Derivet

Periodista cubana y conductora del programa de la televisión cubana "Mesa Redonda", que transmite una emisión especial para Telesur. Es coautora del libro "El Camaján".

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