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¿Negroponte se recordará de las 32 salvadoreñas que dejó matar?

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John Dimitri Negroponte.• EN una entrevista con dos reporteros del diario Baltimore Sun, Gary Cohn y Ginger Thompson, el ex embajador norteamericano en Honduras, Jack Binns, contaba en 1996 cómo 32 mujeres salvadoreñas, varias de ellas con sus niños, fueron lanzadas de una aeronave en vuelo, en abril de 1981.

Para Binns era evidentemente imposible que la masacre, realizada por un batallón supervisado por la CIA, hubiera tenido lugar sin el conocimiento de su sucesor en ese mismo puesto diplomático. Aquel hombre se llamaba John Negroponte, el escogido por George W. Bush como primer zar de la Inteligencia del país militarmente más poderoso del mundo.

Poco antes, el Presidente norteamericano escogía como nuevo jefe de la CIA al congresista Porter Goss, ex agente de la Agencia que confesó al Washington Post haber participado activamente en los años 60 en las acciones terroristas realizadas contra Cuba desde su estación JM/WAVE de Miami. Ahora, como Numero Uno de la Inteligencia imperial, encargado de informarle diariamente de lo que sucede en el mundo en esta materia, Bush tiene a otro representante del terror imperial.

En Honduras, John Dimitri Negroponte dejó el recuerdo de haber sido el padrino de la más sanguinaria campaña de represión desencadenada en ese país.

Arrestadas por la Policía Secreta hondureña, el 22 de abril de 1981 en Tegucigalpa, la capital, las mujeres y sus hijos habían huido de su país, aterrorizadas, después del asesinato del arzobispo Oscar Arnulfo Romero, del quien una de ellas había sido secretaria.

Después de ser salvajemente torturadas, fueron puestas en un helicóptero del ejército salvadoreño. Minutos después del despegue del propio aeropuerto de Tegucigalapa, todas fueron lanzadas fuera de los aparatos. Los niños fueron entregados a militares salvadoreños y nunca más se supo de ellos.

Con la presencia de Negroponte, y de un nuevo jefe de estación de la CIA, Donald Winters, el terror conoció un auge en la represión tanto de insurgentes como de adversarios políticos de la extrema derecha del país.

Víctimas de los órganos represivos contaron, años después, cómo sus verdugos les sofocaban gracias a una máscara de goma, hecha a partir de un neumático de carro y apodada "la capucha", que impedía respirar a la vez por la boca y la nariz. También usaban sogas para suspender a los presos del techo y torturarlos. Las mujeres eran sistemáticamente violadas. Sobrevivientes contaron cómo se usaba la corriente eléctrica para estas sesiones de tortura, aplicando choques a los genitales.

EL "SEÑOR VIETNAM" DEL CONSEJO DE SEGURIDAD DE EE.UU.

Hijo de un multimillonario griego, nacido en Gran Bretaña y educado en Suiza, Negroponte fue alumno de la elitista Universidad de Yale -la de los Bush-, y empezó a los 25 años una carrera diplomática en la cual se distinguió por su disposición a cumplir con las tareas sucias.

Hombre de confianza de los círculos más derechistas, vinculado a la mafia anticubana -aportó a la redacción e implementación de la infame Ley Helms-Burton- Negroponte ha sido, durante 37 años, el más vil mercenario diplomático de las administraciones republicanas.

Su trabajo durante los cuatro años que se pasó como asesor político de la Embajada norteamericana en Saigón, en plena guerra de Vietnam, fue aparentemente tan eficiente que se convirtió en el "Mister Vietnam" del Consejo de Seguridad Nacional, quien atendía las relaciones exteriores en la época del ultraderechista, Henry Kissinger.

Luego participó en la negociación de los acuerdos de paz de París, donde llegó a enemistarse con Kissinger... acusándole de debilidad hacia los vietnamitas.

En Honduras, enviado por Ronald Reagan para relevar al embajador "liberal" Jack Binns, Negroponte se encarga de dar un pleno impulso a todas las operaciones represivas tanto en Nicaragua como en El Salvador.

Transformó a Honduras hasta el punto que se le dio, en la prensa norteamericana, el apodo de USS Honduras, como si fuera un portaaviones más del Pentágono.

UNA MONJA EN EL INFIERNO

Laetitia Bordes, una religiosa que trabajó en El Salvador durante cerca de 20 años, publicó en el 2001, en una carta abierta, el relato de su encuentro con John D. Negroponte, en Tegucigalpa, en mayo del 1982, cuando fue a investigar la desaparición de las 32 salvadoreñas.

"John Negroponte nos escuchó mientras exponíamos los hechos - contó la monja-. Había testigos visuales de la captura y habíamos leído toda la documentación que otras delegaciones habían reunido. Negroponte negó rotundamente todo conocimiento del paradero de estas mujeres. El insistió en decir que los EE.UU. no interferían en los asuntos del Gobierno de Honduras y que tendríamos interés en conversar el tema con estos últimos."

De manera evidente, Negroponte mentía.

En 1994, la Comisión de Derechos Humanos de Honduras publicó un informe, sobre todo, el episodio de las actividades de terrorismo militar y acusó directamente a John Negroponte de un sinnúmero de violaciones de los derechos humanos.

Fue sólo en 1995, finalmente, con la publicación de los artículos del Baltimore Sun, que Laetitia Bordes supo de la suerte de las salvadoreñas.

Anticomunista obsesivo, socio de la Miami terrorista, coordina hoy para Bush el trabajo de las quince agencias de información y espionaje del país.

Sus crímenes en Honduras ya se archivaron en el 2001, cuando fue nombrado embajador en la ONU, llevado por el gran viento de locura derechista que propició el 11 de septiembre.

Su presencia en la Casa Blanca parece un disparate más del emperador: habrá escogido para entregarle personalmente todas las mañanas, a las siete, el resumen de "Inteligencia" con el que se desayuna… a nadie menos que el individuo que falsificó deliberadamente los informes de Derechos Humanos del Departamento de Estado durante toda su estancia en Honduras. •

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Jean-Guy Allard

Jean-Guy Allard

Periodista canadiense radicado en Cuba. Es autor del libro "Auge y caída de Reporteros Sin Fronteras".

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