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Atlanta II: Una película sobre los cinco

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Atlanta II:  Una película sobre los cinco

Belén Gopegui
 
Los manuales de guión de Hollywood insisten siempre en la necesidad de una subtrama y ahora la noticia de que una Corte Federal de Atlanta ha  ordenado repetir el juicio a los cinco cubanos prisioneros acusados de espionaje también conocidos como los cinco héroes le ha proporcionado al guionista la subtrama. La película comienza cuando los cinco héroes deciden aceptar la misión de infiltrarse en los grupos terroristas de Miami. Se les ve llegar a los Estados Unidos, cómo logran trabar relaciones con miembros de esos grupos, y se muestra algo de su vida privada. Ya en los primeros minutos aparece otro personaje, un juez de edad media, solitario, a quien vemos en una fiesta y también en un tribunal haciendo gala de un ingenio cercano al cinismo. Entretanto continua la historia de los cinco cubanos. Se ve el tipo de información que recogen para proteger a su país del terrorismo y hay una secuencia con el momento en que las autoridades de la Seguridad del Estado cubano, en un intercambio con el FBI, entregan páginas, cintas, vídeos sobre las actividades terroristas contra Cuba. El funcionario del FBI reconoce estar impresionado por la abundancia de pruebas y dice que dará respuesta en dos semanas. Pero la respuesta es la detención de los cinco héroes.

La historia continua con el trato vejatorio recibido por los prisioneros que pasan doce meses encerrados en celdas de castigo. Fugazmente se ve una concentración de miles de personas en La Habana pidiendo la libertad de los cinco. La jueza que tiene a su cargo el caso de los cinco decide celebrar el juicio en Miami. Hay escenas en donde potenciales candidatos a ser jurados piden que se les excuse de su deber cívico debido al miedo a una reacción violenta por parte del exilio cubano si un jurado decidiera absolver a cinco hombres acusados de espiar para Cuba. En un momento vemos al juez  comprando un café y bebiéndoselo por la calle. En otro momento mira por televisión fragmentos de la  pantomima del juicio de Miami. Y en directo el espectador asiste a las palabras finales del alegato de uno de los cinco: “Su señoría, la Fiscalía considera, y así lo ha pedido, que debo pasar el resto de mi vida en una cárcel. Confío en que si no es en éste, en algún otro nivel del sistema, la razón y la justicia prevalecerán por encima de los prejuicios políticos y los deseos de venganza y se comprenderá que no hemos hecho ningún daño a este país, que merezca semejante condena. Pero si así no fuera, me permitiría repetir las palabras de uno de los más grandes patriotas de esta nación, Nathan Hale, cuando dijo: “Solo lamento no tener más que una vida para entregar por mi patria”.

La película sigue a cada uno de los cinco cubanos hasta una prisión situada a miles de kilómetros de las prisiones de sus compañeros. Vemos a uno de ellos  escuchar una emisora de Cuba en su celda, vemos a otro escribir algo en un diario. Luego la subtrama desemboca en la trama porque el juez que bebía café por la calle es designado para, junto con otros dos jueces, dar cuenta de la apelación presentada por los abogados de los cinco héroes. El juez se reúne con sus dos compañeros y hablan del proceso que tuvo lugar, tal vez no fue justo, dicen, pero se preguntan por el sentido de repetirlo, hablan de las presiones de la comunidad cubanoamericana y a través de algunos planos y algunos silencios se logra ver el miedo de esos jueces, un miedo parecido al aire más que a un objeto concreto, un miedo que cada juez nombra, aunque nunca el voz alta, como el deseo de no complicarse la vida.

El juez solitario regresa a su casa y continua leyendo los cientos de documentos recibidos. “Viendo lo obvio”, lee, “que el gobierno de EE.UU. no actuaba para poner fin al terrorismo basado en Miami, los cubanos optaron en los años 90 a enviar sus propios operativos de inteligencia a la Florida haciéndose pasar por exiliados para que dieran la alarma ante futuras acciones terroristas”. El juez continúa trabajando y reuniéndose con los otros jueces y acuerdan rechazar la apelación. Es posible que  aquí el guionista de Hollywood se deje llevar por los recursos del melodrama y fuerce el cinismo y la amargura del juez en una escena de sexo con alguien a quien el juez desprecie y que sea un modo de contar que también se desprecia a sí mismo. A continuación, el juez ha de darse de bruces con su pasado a través de un objeto o de un amigo o de algo que le dijo su padre de niño, el guionista debe encontrar un recurso que toque al espectador y obligue al juez a enfrentarse con el hombre que alguna vez quiso ser y le permita regresar al despacho y escribir toda la noche. Al día siguiente es encontrado por los dos otros jueces. Agotado pero sereno el juez espera a que sus dos compañeros tomen asiento y lee lo que después será uno de los párrafos del dictamen: “La comunidad cubanoamericana es un bastión de los valores tradicionales que hacen a Estados Unidos un gran país, y en esos valores se incluye los derechos de los criminales acusados a tener un juicio justo. Por ello, confiamos en que cualquier desilusión con nuestra decisión sea atenuada y balanceada por el reconocimiento de que somos un país de leyes donde cada acusado, no importa cuán impopular, debe ser tratado con justicia. Nuestra constitución lo exige”. En la siguiente secuencia se da a conocer la orden de la Corte Federal de Apelaciones de repetir el juicio a los cinco héroes anulando las condenas que pesan sobre ellos.

Al llegar a este punto el guionista quizá se sienta culpable de haber concebido lo que suele llamarse “otra película americana”, de haber centrado todo o mucho en el factor humano, en la decisión de un hombre, en la posibilidad de elegir entre el cinismo y la verdad. Sin embargo ese peligro queda conjurado porque la película no termina ahí. Porque la cámara, como un satélite, se aleja, y va mostrando en una pequeña aldea de Suecia un comité de solidaridad de con los cinco celebrando la decisión de la Corte Federal,  y en una ciudad valenciana a los miembros de otro comité llamándose por teléfono, y en las redes que unen los ordenadores del todo el planeta los mensajes en que cubanos y no cubanos se intercambian la noticia y felicitan por ella; muestra también a la madre de uno de los cinco cuando dice: “Hemos ganado una batalla y no podemos equivocarnos pensando que hemos ganado una guerra, la guerra continúa y vamos a seguir siendo fuertes”; más allá se ven imágenes de archivo de los miles de actos organizados en cada ciudad de Cuba en los que siempre hubo un momento para pedir la libertad de los cinco y para hablar de su valor. No sería una película voluntarista porque, entre todas esas realidades, la del juez que hizo su acto de dignidad es una más y, porque sin esas realidades la dignidad del juez no habría llegado a existir. No sería una película individualista porque aunque el juez acaso no lo sepa, sus actos están mezclados con esos otros, y él forma parte de la composición, de la sucesión, de lo que ya ha pasado y lo que aún está por pasar.

El guionista de Hollywood se imagina trabajando con los materiales de esa historia, piensa que tal vez él mismo podría encontrar el decoro que encontró el juez para escribirla, y una mínima parte del valor y la firmeza de los cinco héroes para recorrer una a una las productoras del país. Y al pensarlo comprende la enormidad de la lucha, lo que aún les queda por pasar a los cinco héroes, a sus familias, a un país que es obligado a conquistar cada día su derecho a la existencia. El guionista lee que el presidente de la Asamblea Nacional cubana, Ricardo Alarcón, ha dicho: “Que la oficina del señor Fiscal General de EE.UU. sea inundada de cartas, fax,  de correoso de todo tipo. Hay que exigirle a él, que es el que tiene la llave, que libere a la personas que tienen secuestradas. Que se inunde su correo electrónico, su teléfono que lo persiga por todas partes la demanda de que liberen ahora mismo a los Cinco, porque no están acusadas de nada. Esa debe ser la principal consecuencia de este histórica decisión de Atlanta”. El guionista piensa que existen tantos frentes y  trata de imaginar qué sucedería si esas cartas y esos faxes también partieran de los guionistas que como él se levantan por la mañana y aún deben dar las gracias por tener un trabajo en donde le obligan a escribir El retorno de Benjí III.
 

 
 

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Belén Gopegui

Belén Gopegui

Novelista y guionista española galardonada por su opera prima “La escala de los mapas” en 1993. Esta novelista ha sido descrita como la mejor de su generación por Francisco Umbral.