Cuando la ciencia rompe el cascarón

Este prototipo fue construido en la vivienda de Aslian, ubivada en la calle Ampliación Brigadier Reeves, en la ciudad de Sancti Spíritus. Foto Yosdany Morejón
La vivienda parece demasiado pequeña para contener tanta obstinación.
Desde afuera nadie imaginaría que, tras aquellas paredes discretas de la
calle Ampliación Brigadier Reeves, en la ciudad de Sancti Spíritus, se
esconde una de las experiencias tecnológicas más singulares que hoy
germinan en el centro de Cuba.
Allí no hay modernos parques científicos ni presupuestos millonarios. Hay
herramientas dispersas sobre una mesa, computadoras abiertas, piezas
electrónicas cuidadosamente clasificadas y personas empeñadas en
demostrar que, incluso en tiempos difíciles, es posible edificar futuro.
No se trataba simplemente de fabricar una máquina.
La idea era mucho más ambiciosa: crear una tecnología propia capaz de
ayudar al desarrollo avícola, sustituir importaciones, reducir costos y
aportar a la soberanía alimentaria en un país donde producir alimentos se
ha convertido en uno de los desafíos más urgentes.
“Queríamos hacer algo útil, algo que sirviera para el país, para mucha
gente”, resume Aslian Rodríguez Caballero, ingeniero en
Telecomunicaciones y Electrónica y principal gestor del proyecto.
Entonces comenzaron a buscar.
Buscaron sectores donde la tecnología pudiera generar impactos reales.
Buscaron espacios donde el conocimiento acumulado durante años
pudiera convertirse en una solución concreta. Buscaron un problema cuya
respuesta no dependiera únicamente del dinero, sino también del talento y
la persistencia. Y miraron hacia la avicultura.
Lo que encontraron fue un vacío enorme.
El cuello de botella de la incubación

Se trata de elevar productividad, reducir pérdidas y acelerar el crecimiento de las masas avícolas. Foto Yosdany Morejón
La industria avícola cubana arrastra desde hace años dificultades severas
asociadas a la escasez de alimento animal, los problemas energéticos, la
falta de insumos y el deterioro tecnológico. Sin embargo, dentro de toda
esa cadena productiva existe un punto especialmente sensible: la
incubación.
Ahí se define casi todo: la calidad del nacimiento, la vitalidad de las aves,
el rendimiento posterior, la velocidad con que puede crecer una masa
avícola. Y también las pérdidas.
Aslian Rodríguez y el resto del equipo comprendieron rápidamente que
muchos productores pequeños y medianos no podían acceder a
incubadoras industriales modernas debido a sus elevadísimos costos. En
el mercado internacional, un sistema automático de mediana capacidad
puede superar fácilmente 3 000 o 4 000 dólares, mientras otros equipos
industriales rebasan los 10 000 sin incluir gastos de importación,
mantenimiento ni piezas de repuesto.
Para la realidad económica cubana, semejantes cifras convierten cualquier
intento de modernización tecnológica en un objetivo casi inalcanzable.
“Nos propusimos construir un equipo comparable con incubadoras de
primer nivel, pero que pudiera hacerse aquí y a un costo razonable”,
explica el ingeniero.
La idea parecía demasiado grande para el lugar donde comenzaría a
desarrollarse. Pero siguieron adelante.
Ciencia entre apagones y madrugadas

Ángel Ramón Valdivia Hernández, desarrollador de software del Proyecto. Foto Yosdany Morejón
Nada ocurrió de golpe. Detrás de la incubadora existen casi tres años de
investigación, lecturas científicas, pruebas, cálculos y madrugadas
interminables. El proyecto comenzó a crecer paralelamente a dos procesos
académicos: una maestría en Automática y Sistemas Computacionales
cursada por Aslian Rodríguez en la Universidad Central Marta Abreu de
Las Villas y otra de Informática Aplicada asumida por Ángel Ramón
Valdivia Hernández (el desarrollador de software del proyecto) en la
Universidad de Sancti Spíritus José Martí Pérez.
La academia aportó acompañamiento científico y metodológico.
“Recibimos muchísimo apoyo desde el punto de vista del conocimiento.
Tanto los profesores de Santa Clara como los de Sancti Spíritus nos
guiaron científicamente y nos ayudaron durante todo el proceso”, reconoce
Aslian.
Entonces apareció una decisión crucial: apostar por hardware y software
libres.
La elección no respondía únicamente a una filosofía tecnológica. Era
también una necesidad práctica. Acceder desde Cuba a licencias
industriales especializadas resulta extremadamente complejo y costoso.
Por eso decidieron construir su propia plataforma.
Diseñaron el circuito electrónico completo. Desarrollaron el software desde
cero. Crearon los perfiles de incubación. Analizaron protocolos industriales
de comunicación. Estudiaron literatura científica internacional sobre
temperatura, humedad, ventilación, niveles de oxígeno y dióxido de
carbono.
Todo comenzó a tomar forma dentro de aquella vivienda convertida poco a
poco en centro de investigación improvisado. “Todo lo hemos financiado
nosotros mismos”, cuenta el ingeniero.
Los ingresos provenían del pequeño taller de computación. Reparando
equipos. Instalando softwares. Configurando redes domésticas. Ahorrando
poco a poco para comprar materiales, sensores y componentes.
El circuito impreso fue diseñado en Sancti Spíritus y posteriormente
mandado a fabricar en China con estándares de alta calidad. Luego vino el
ensamblaje de la estructura metálica, realizado también en casa de Aslian,
con la ayuda de ingenieros mecánicos, soldadores y técnicos vinculados al
proyecto.
Cada pieza fue adaptándose hasta conformar el primer prototipo funcional.
Cuando finalmente encendieron el sistema, no estaban probando
solamente una incubadora, sino también una idea de país.
El cerebro de la máquina

Esta incubadora apuesta por hardware y software libres desarrollado por los ingenieros espirituanos. Foto: Yosdany Morejón.
Ángel Ramón Valdivia Hernández habla del software con una mezcla
extraña de precisión técnica y emoción personal. Porque detrás de cada
línea de código había horas de estudio, pruebas y desvelos.
La incubadora funciona mediante una arquitectura cliente-servidor donde
cada equipo se comunica constantemente con una computadora central.
Sensores distribuidos en el interior registran temperatura, humedad,
ventilación, niveles de gases y rotación de los huevos. Toda esa
información viaja en tiempo real hacia el sistema informático.
Desde allí pueden monitorear cada parámetro y modificar perfiles de
incubación específicos según la especie. “Optamos por crear nuestro
propio software porque necesitábamos un sistema adaptable”, explica
Ángel.
Y adaptable significa mucho más que cambiar números en una pantalla.
El sistema permite diseñar perfiles distintos para gallinas, codornices,
pavos u otras aves. Cada especie requiere condiciones particulares y el
software controla automáticamente todas las variables involucradas en el
proceso.
Temperatura exacta. Humedad precisa. Cantidad de rotaciones por hora.
Ventilación. Intercambio gaseoso. Todo queda programado según criterios
científicos previamente estudiados.
La incubadora incluso puede recibir configuraciones a distancia mediante
conexión inalámbrica. El propósito futuro es crear una plataforma capaz de
gestionar múltiples equipos simultáneamente. “Ya podemos decir que es
una incubadora inteligente”, afirma el joven desarrollador de software. Y no
parece exagerar.
El día que nacieron los primeros pollitos

La segunda prueba realizada en el incubadora cambió completamente el escenario al lograr el 93 por ciento de eclosión. Foto Yosdany Morejón
Hay momentos capaces de justificar años enteros. El primero de ellos llegó
cuando comenzaron las pruebas de incubación.
Los ingenieros observaban atentos mientras los cascarones empezaban a
romperse. Habían invertido incontables horas de trabajo, estudio y
sacrificio para llegar hasta allí. Pero todavía faltaba lo más importante:
demostrar que el sistema realmente funcionaba.
La primera prueba no fue perfecta. Obtuvieron apenas un 66 por ciento de
eclosión en codornices. Muchos habrían visto un fracaso. Ellos vieron
información.
Se reunieron entonces con productores de la finca Las Margaritas
vinculados al experimento. Revisaron procedimientos. Ajustaron parámetros. Analizaron errores tanto en la granja como dentro de la incubadora.
Después volvieron a intentarlo. La segunda prueba cambió completamente
el escenario: 93 por ciento de eclosión. La tercera incluso superó esas
cifras preliminares.
En términos científicos y productivos, semejantes resultados colocan al
sistema dentro de rangos propios de incubadoras industriales de alta
eficiencia tecnológica. Y eso cambia completamente la dimensión del
proyecto.
Porque no se trata únicamente de que nazcan más pollitos. Se trata de
elevar productividad, reducir pérdidas y acelerar el crecimiento de las
masas avícolas en un contexto donde cada alimento producido tiene un
enorme valor económico y social. “Por cada 100 huevos fértiles queremos
que el productor pueda llevarse más de 90 pollitos de calidad”, afirma
Aslian.
Detrás de esa frase hay una filosofía completa.
Tecnología contra la dependencia

Desde una omputadora pueden monitorearse temperatura humedad ventilacion niveles de oxigeno y dioxido de carbono dentro de la incubadora.Foto: Yosdany-Morejon.
La incubadora consume, como promedio, unos 145 Watts/hora. Para un
equipo de esas prestaciones, la cifra resulta notablemente baja.
En un país golpeado por la crisis energética, el dato adquiere enorme
importancia. Pero la verdadera dimensión del proyecto no está únicamente
en el ahorro eléctrico, sino en la independencia tecnológica que
representa.
Los ingenieros espirituanos decidieron no depender de plataformas
cerradas ni de fabricantes extranjeros imposibles de sostener
económicamente en el tiempo. Apostaron por comprender cada parte del sistema para poder modificarlo, repararlo y evolucionarlo desde Cuba. Eso
tiene implicaciones profundas.
Cuando una tecnología depende completamente del exterior, cualquier
ruptura logística o financiera puede paralizarla. Pero cuando el
conocimiento permanece dentro del país, las posibilidades de adaptación
aumentan.
Ahí radica una de las mayores fortalezas del proyecto. La incubadora
puede crecer. Puede ajustarse. Puede perfeccionarse. Puede
reproducirse. Y, sobre todo, puede mantenerse viva incluso en contextos
económicos adversos.
Una mipyme para incubar desarrollo

La incubadora incluso puede recibir configuraciones a distancia mediante conexión inalámbrica. Foto: Yosdany Morejón
Ahora quieren crecer. La aspiración inmediata consiste en convertirse
formalmente en una mipyme privada que les permita ampliar capacidades
productivas y ofrecer servicios de incubación a productores avícolas de
Sancti Spíritus y otros territorios del país.
El proyecto ya ha despertado interés entre campesinos y dueños de fincas que buscan mejorar sus rendimientos, sobre todo en un contexto donde acceder a tecnologías importadas resulta prácticamente imposible por sus elevados costos.
La idea de los ingenieros incluye instalar varias incubadoras, desarrollar
nacedoras y crear una pequeña planta de incubación respaldada con
energía fotovoltaica para garantizar estabilidad incluso durante las
afectaciones eléctricas.
Su propósito no se limita a fabricar equipos: aspiran a construir un servicio tecnológicamente avanzado que contribuya a elevar la productividad, reducir pérdidas y fortalecer la producción local de carne y huevos dentro de los esfuerzos nacionales asociados a la soberanía alimentaria.
“Queremos contribuir al desarrollo de la industria avícola cubana”, insiste
Aslian y lo dice sentado en la misma vivienda donde todo comenzó. A
pocos metros de la incubadora. Rodeado de cables, herramientas y
computadoras, como si todavía le costara creer que aquello que empezó
siendo apenas una tesis, una idea y unas cuantas madrugadas haya
terminado convertido en un sistema capaz de competir con tecnologías
internacionales.

Ingenieros espirituanos construyeron con recursos propios, una incubadora inteligente capaz de competir con equipos de alta gama. Foto: Yosdany Morejón.
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