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Un país ocupado

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  Howard Zinn  

En muy poco tiempo, está quedando claro que Irak no es un país liberado, sino ocupado. Nos familiarizamos con el término «país ocupado» durante la Segunda Guerra Mundial. Hablábamos de la Francia ocupada por Alemania, de la Europa ocupada por Alemania. Después de la guerra decíamos Hungría, Checoslovaquia, Europa del este ocupadas por los soviéticos. Eran los nazis, los soviéticos, los que ocupaban otros países.

Ahora somos nosotros los ocupantes. Es cierto, liberamos a Irak de Saddam Hussein, pero no de nosotros. Así fue en 1898: liberamos a Cuba de España, pero no de nosotros. La tiranía española fue derrocada, pero Estados Unidos instaló una base militar en Cuba, como vamos a hacerlo en Irak. Las corporaciones estadunidenses se establecieron en Cuba, justo como Bechtel y Halliburton y las corporaciones petroleras se establecen ahora en Irak. Estados Unidos deciodió qué tipo de constitución tendría Cuba, así como ahora nuestro gobierno redacta una para Irak. No es liberación: es ocupación.

Una fea ocupación. El 7 de agosto, el New York Times informó que el general estadunidense Ricardo Sánchez, acantonado en Bagdad, se preocupaba por la reacción iraquí a la ocupación. Los líderes iraquíes pro estadunidenses le dieron un mensaje, que Sánchez resume así: «Cuando pones a un padre enfrente de su familia, le tapas la cabeza con una bolsa y lo tiras al suelo, se obtiene un efecto significativo, adverso, en su dignidad y en el respeto que le guarda su familia». (Qué perceptivo.)

El 19 de julio, cbs News informó que Amnistía Internacional indaga algunos casos en los que se sospecha que hubo tortura por parte de las autoridades estadunidenses en Irak. Uno de dichos casos implica a un individuo de nombre Khraisan al-Aballi, dijo cbs. «Cuando los soldados estadunidenses asaltaron la casa de al-Aballi, entraron disparando (…) así hirieron de bala a su hermano Dureid». Los soldados se llevaron a Khraisan; a su padre, de 80 años, y a su hermano. «Khraisan dice que sus interrogadores lo desnudaron y lo mantuvieron despierto más de una semana, parado o de rodillas, con una mano atada al pie, con una bolsa en la cabeza», informó cbs. Khraisan le contó a cbs que repetía a sus captores: «No sé qué quieren. No sé qué quieren. No tengo nada». En cierto momento «les pedí que me mataran», relata Khraisan. Después de ocho días lo dejaron ir junto con su padre. Paul Bremer, el administrador estadunidense de Irak, respondió: «Estamos, en verdad, cumpliendo nuestras obligaciones internacionales».

El 17 de junio, dos reporteros de la cadena Knight Ridder escribieron sobre la zona de Fallujah: «En docenas de entrevistas realizadas durante los pasados cinco días, la mayoría de los residentes dijeron que no había una conspiración ni baazista ni sunita contra los soldados estadunidenses: era sólo que las personas estaban prontas a luchar porque habían herido o asesinado a sus parientes, o a ellas mismas las habían humillado en los cateos a las casas o en los retenes carreteros». Una mujer dijo, después que se llevaron a su marido de su casa debido a unas cajas de madera vacías que compraron para hacer leña, que Estados Unidos es culpable de terrorismo. «Si me encuentro soldados estadunidenses, les cortaré la cabeza», dijo. Según los reporteros, «los residentes de At Agilia -poblado al norte de Bagdad- cuentan que los soldados mataron a tiros a dos campesinos de allí y cinco de otro pueblo cuando regaban sus parcelas de girasoles, tomates y pepinos».

Los soldados que se establecen en un país donde les dijeron que serían recibidos como libertadores, sólo para hallar que están rodeados de una población hostil, se tornan temerosos, bala-suelta, infelices. Hemos leído informaciones que muestran que los combatientes están enojados por seguir en Irak. A mediados de julio, un reportero de abc News dijo que un sargento lo jaló aparte y le dijo: «Tengo mi propia lista de los más buscados». Se refería a ese juego de baraja que publicó el gobierno estadunidense con los rostros de Saddam Hussein, sus hijos y otros miembros del antiguo régimen iraquí: «Los ases en mi baraja son Paul Bremer, Donald Rumsfeld, George Bush y Paul Wolfowitz», comentó el suboficial.

Tales sentimientos comienzan a ser conocidos por la opinión pública estadunidense. En mayo, una encuesta de Gallup informó que únicamente 13 por ciento del público estadunidense pensaba que la guerra iba mal. Para el 14 de julio la cifra era 42 por ciento. A finales de agosto, 49.

Además está la ocupación de Estados Unidos. Me despierto por la mañana, leo el periódico y me siento en un país ocupado: siento que un grupo ajeno ha tomado el poder. Los trabajadores mexicanos que intentaban cruzar la frontera y que murieron en el intento de evadir a los oficiales de migración buscaban pasar, irónicamente, a una tierra de la que Estados Unidos despojó a México en 1848. Esos trabajadores mexicanos no me son ajenos. Esos millones de personas en este país que no son ciudadanos y que por tanto, de acuerdo con la Ley Patriótica, pueden ser extraídas de sus casas y detenidas indefinidamente por el fbi, sin derechos constitucionales, esas personas no me son ajenas. Pero este grupito de hombres que tomaron el poder en Washington, todos me son ajenos.

Me despierto pensando que este país está en manos de un presidente que no fue electo, que se ha rodeado de maleantes trajeados a los que no les importa la vida humana ni fuera ni aquí; no les importa la libertad ni fuera ni aquí, no les importa nada de lo que ocurra en la tierra, el agua o el aire. Y me pregunto qué clase de mundo van a heredar nuestros hijos y nuestros nietos. Más y más estadunidenses comienzan a sentir, como los soldados en Irak, que algo anda terriblemente mal, que éste no es un país donde uno quiera estar.

Cada día salen a la luz más y más mentiras. Y una es la mentira más grande: que a Estados Unidos debe perdonársele todo lo que hace porque está comprometido en una «guerra contra el terrorismo». Se pasa por alto que la guerra en sí misma es terrorismo, que irrumpir en los hogares y llevarse a los miembros de una familia para someterlos a tortura es terrorismo, que invadir y bombardear otros países no nos brinda más seguridad, sino menos.

Uno entiende lo que el gobierno quiere decir con «guerra contra el terrorismo» cuando examina lo que dijo Rumsfeld hace un año al dirigirse a los ministros de la otan en Bruselas. «Hay cosas que sabemos», dijo. «Y luego sabemos que hay cosas desconocidas. Es decir, hay cosas que ahora sabemos que no sabemos. Además están las cosas desconocidas que no sabemos. Hay cosas que no sabemos que no sabemos (…) Es decir, la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia (…) Sólo porque no hay evidencia de que algo existe no significa que tengamos evidencia de que no exista».

Lo bueno es que Rumsfeld ya nos lo aclaró.

Esto explica por qué el gobierno, no sabiendo en realidad qué armas escondía Saddam Hussein, invadió y bombardeó Irak, para horror de la mayor parte del mundo; mató a miles de civiles y soldados y aterrorizó a la población.

Esto explica por qué el gobierno, no sabiendo quiénes son terroristas y quienes no, somete a confinamiento a personas en Guantánamo bajo tales condiciones que 20 de ellas han intentado suicidarse.

Esto explica por qué, no sabiendo quiénes de los no ciudadanos son terroristas, el procurador general priva de sus derechos constitucionales a 20 millones de ellos.

La tal guerra contra el terrorismo no es sólo una guerra contra personas inocentes en otros países, también es una guerra contra el pueblo de Estados Unidos: una guerra contra nuestras libertades, contra nuestros niveles de vida. Le roban al pueblo la riqueza del país para dársela a los super ricos. Les roban la vida a nuestros jóvenes. Y los ladrones están en la Casa Blanca.

Me resulta interesante que las encuestas tomadas entre los afroestadunidenses muestran consistentemente 60 por ciento de oposición a la guerra contra Irak. Poco después de que Colin Powell presentara su informe a Naciones Unidas sobre «armas de destrucción masiva», di una entrevista por teléfono a una estación de radio afroestadunidense de Washington DC, en un programa llamado GW en la colina. Después de hablar con el comentarista hubo ocho llamadas. Tomé nota de lo que decían al aire:

John: «Lo que dijo Powell es basura política».

Otro radioescucha: «Si vamos a la guerra, morirá gente inocente sin razón alguna».

Kareen: «Lo que Powell dijo es bazofia. La guerra no será buena para este país».

Susan: «¿Qué tiene de bueno ser un país poderoso?»

Terry: «Todo es por el petróleo».

Otra persona: «Estados Unidos está buscando ser un imperio y caerá como les pasó a los romanos. Recuerden cuando Alí peleó contra Foreman. Parecía adormilado, pero cuando despertó estaba furioso. Así despertará el pueblo».

Se dice con frecuencia que este gobierno puede evadir los efectos de la guerra porque, a diferencia de Vietnam, las bajas son pocas. Es cierto, ha habido únicamente unos cuantos cientos de bajas. Pero las bajas en combate no lo son todo. Cuando terminan las guerras las bajas siguen aumentando: enfermedades, traumas. Después de la guerra de Vietnam los veteranos informaban de defectos de nacimiento en sus descendientes debidos al agente naranja que se roció en Vietnam. En la primera guerra del Golfo hubo también unos cuantos cientos de bajas en combate, pero la Administración de Veteranos informó recientemente que en los 10 años siguientes murieron 8 mil veteranos. Cerca de 200 mil de los 600 mil veteranos de la guerra del Golfo han interpuesto demandas por enfermedades que provienen de las armas que el gobierno utilizó en la guerra. En el conflicto actual, ¿cuántos jóvenes, mujeres y hombres, enviados para liberar Irak vendrán a casa con padecimientos derivados?

¿Cuál es nuestro trabajo? Resaltar todo esto.

Los seres humanos no soportan la violencia y el terror por naturaleza. Lo hacen cuando consideran que su vida o su patria están en peligro. Nada de esto estaba comprometido en la guerra de Irak. Bush mintió al pueblo estadunidense acerca de Saddam y sus armas. Y cuando el pueblo se entera de la verdad -como ocurrió en el curso de la guerra de Vietnam- se vuelve contra el gobierno. Nosotros, los que estamos en favor de la paz, tenemos el respaldo del resto del mundo. Estados Unidos no puede ignorar indefinidamente a los 10 millones de personas que protestaron por todo el mundo el 15 de febrero. El poder del gobierno -por muchas armas que posea y mucho dinero que tenga a su disposición- es frágil. Cuando pierde legitimidad a ojos de su pueblo, sus días están contados.

Necesitamos involucrarnos en acciones no violentas que nos funcionen. No hay acto demasiado insignificante, no hay acto demasiado arriesgado. La historia del cambio social es la historia de millones de acciones, pequeñas y grandes, que se juntan en momentos críticos para crear un poder que los gobiernos no pueden suprimir. Nos hallamos ahora en uno de esos momentos críticos.

*Howard Zinn es autor de A People’s History of the United States, y columnista en The Progressive

(Tomado de La Jornada)

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Howard Zinn

Howard Zinn

Historiador social estadounidense, politólogo y anarquista. Es el autor de más de 20 libros, incluyendo «A People’s History of the United States» (editada en español como «La otra historia de los Estados Unidos») y «Declarations of Independence».