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Aniversario 50 de la Revista Tricontinental: Hay que resistir y avanzar en cualquier escenario

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revista-tricontinentalExisten acontecimientos, procesos, instituciones, personalidades y obras humanas en general que desbordan todo intento por circunscribirlas a un campo determinado. Es tal la trascendencia que emana de ellas que su impacto solo puede aquilatarse si las asumimos desde una dimensión integral.

Cuando algunos de esos hechos o figuras arriban a un aniversario, la celebración va más allá del simple brindis por llegar a ese punto. La esencia del onomástico, o la aparición de un nuevo fruto, es motivo que compulsa a los involucrados de siempre y a los que se incorporan con ilusión a dichas empresas a continuar creciendo, en la medida que los propósitos que marcan su existencia se relanzan a planos superiores.

Ahí radica la vitalidad de un proyecto: saber refundarse reuniendo los nuevos saberes y hornadas de creadores, sin abandonar las ideas que acompañaron su alumbramiento. Esa postura es en sí misma reflejo del alcance de la travesía emprendida antes (y de los horizontes futuros) debido a que ilustra que los elementos que distinguen su despliegue no comulgan con las posiciones dogmáticas, sino que se alimentan de espíritu dialéctico, único modo de robustecer los asideros planteados en la apertura.

La revista Tricontinental es una de esas entidades de largo aliento, de imprescindible consulta a la hora de aproximarnos a un tiempo histórico. Dicho de otra manera: no se puede escribir la epopeya de las luchas revolucionarias libradas en las últimas décadas en el Tercer Mundo sin examinar sus páginas e ilustraciones. En ellas, joyas que necesitamos se socialicen con mayor intensidad, está contenida parte sustantiva del arduo bregar de los pueblos de Asia, África, América Latina y el Caribe, en su incesante forcejeo por emanciparse y ser protagonistas de su propio destino.

Está claro que una publicación como esta no es un manjar apetecible para los oligarcas que, sin escrúpulo alguno, expolian a trabajadores, campesinos, mujeres y jóvenes de todo el orbe, bajo la draconiana pretensión de incrementar sus riquezas. Cada artículo incluido en sus tiradas no fue concebido como entretenimiento fatuo, ni como vía de escape para elevar el ego de quiénes los escribían. Esos trabajos, por el contrario, tienen como brújula la posibilidad de contribuir desde enfoques diversos -aportando argumentos y realizando propuestas concretas en muchos casos- a desenmascarar las argucias del imperialismo, condenando enérgicamente sus crímenes, y a orientar a los vilipendiados de siempre en el afán de llevar adelante transformaciones que los coloquen en el centro del radar.

Esa es una peculiaridad de su proyecto editorial, enrolar en la ardua aventura que supone el combate por el mejoramiento humano, y en cimentar las bases de ese otro mundo mejor posible e impostergable, a personas de carne y hueso orgullosas de militar en el bando de los que fundan.

Entre los innumerables hechos imperecederos de los que se precian atesorar en sus archivos uno adquiere ribetes especiales: el mensaje del Guerrillero Heroico Ernesto Che Guevara, donde expuso con pasión la idea de crear tantos Vietnam como fueran necesarios, justo cuando los hermanos asiáticos constituían el epicentro del combate universal contra el imperialismo rapaz que pretendía doblegarnos, amparados en la metralla y el napalm.

El pueblo de Ho Chi Min (por el cual los cubanos, emocionados ante la sintonía total con la certeza de Fidel de que por ese hermano país estábamos dispuestos a dar nuestra propia sangre) no se quebró y a sabiendas de lo que allí se dirimía, extrayendo energías de sus entrañas, le insufló la más aplastante derrota al adversario prepotente, que se sentía resguardado en sus aviones ultramodernos.

Más allá del síndrome que sacudió a la sociedad estadounidense (en época nefasta de una administración que decretó la supremacía de su moneda y que al final abandonó despavorida, como sus soldados en los campos asiáticos, el máximo puesto gubernamental) lo cierto es que el Tío Sam, con sus Rambos ensalzados por la factura hollywoodense como punta de lanza –siempre alineada con el Pentágono en presentar a sus militares como imbatibles, especie de remake del súper hombre que antes personificó el nazismo desde la óptica de Nietzche- mordieron el polvo de la derrota ante los menudos seres humanos de ojos rasgados, empecinados (como alcanzaron después) en levantar de aquellas ruinas un Vietnam mil veces más hermoso.

Esas y otras historias tuvieron a la Tricontinental como ente difusor, especialmente en etapas donde las dictaduras se enseñoreaban en el Cono Sur, Centroamérica y otras latitudes, contra las generaciones que inspiradas en el triunfo de la Revolución Cubana y en la resistencia de los hermanos argelinos, ghaneses o sandinistas, soñaban con tomar el cielo por asalto y edificar relaciones donde el hombre no fuera lobo del prójimo.

Eran años donde sus páginas circulaban de mano en mano y despertaban encendidos debates. ¿Cuál era la vía idónea para hacer la revolución? ¿Qué equilibrio debía lograrse, a partir de las condiciones concretas de cada geografía, entre la lucha armada y las acciones dentro de los márgenes del sistema imperante? ¿Qué habrían hecho Marx, Engels, Lenin o Gramsci en condiciones similares? ¿Cómo interpretar, sin atrincheramientos ni rigidez, El Capital, El Estado y la Revolución, Cuadernos desde la cárcel o La historia me absolverá? ¿Sobre qué bases fomentar las alianzas? ¿Era posible vencer a los explotadores sin un partido de vanguardia que vertebrara la lucha? ¿Cuáles serían los derroteros a transitar una vez conseguido el poder político? ¿En la nueva sociedad qué papel le correspondería a las instituciones? ¿Cómo superar los lastres de ese estado burgués? ¿De qué pilares, a lo interno y en el plano foráneo, era imprescindible asirse en el período de transición hacia una sociedad superior? ¿Cómo llevar a vías de hecho que la unidad era la clave para obtener la victoria? ¿Qué enseñanzas, analizando ese proceso sin cortapisa de ninguna clase, había que extraer de la experiencia chilena? ¿Cuánto dañó al movimiento revolucionario mundial la división, por ejemplo, entre pro chinos y pro soviéticos?, y un sinfín de interrogantes movilizaban a lo mejor de la juventud planetaria en pos de perfilar los ideales en torno a los que se nucleaban.

No eran disquisiciones estériles, pues para responder cada pregunta era preciso incluso estar dispuesto a entregar la vida misma. Las bofetadas en las mejillas ajenas resonaban como en las propias y el tableteo de las ametralladoras era asumido como posibilidad de construir caminos sin las ataduras del pasado. La Era, en otras palabras, paría un corazón que cobraba cuerpo en el hombre nuevo que el Che y su destacamento encarnaban con hidalguía, al tiempo que la Mayor de las Antillas confirmaba que era mejor hundirse en el mar antes que traicionar la gloria vivida.

Esa poesía, la de asegurar que se pisarían nuevamente las calles de un Santiago otrora ensangrentado para llorar por las ausentes en una vieja plaza liberada, o que el tiempo estaba del lado de los pequeños (teniendo la lírica y el ejemplo impresionante de Roque Dalton como bujía) fue captada, recreada y divulgada por la Tricontinental, con el entusiasmo y el compromiso de comprender la valía de ese quehacer, en la línea de impedir que quienes robaron nuestras riquezas, abriéndonos las venas, prosiguieran esquilmándonos.

Del heroísmo de Camilo Torres, Carlos Fonseca Amador y Francisco Caamaño a la denuncia de los asesinatos perpetrados por los Pinochet, Stroonger, Videla y compañía, pasando por la mirada a la obra inmortal de Patricio Lumumba, Martin Luther King, Omar Torrijos y Samora Machel la revista tomó partido en cada momento definitorio de estos tiempos.

De la solidaridad con el pueblo puertorriqueño, exigiendo el cierre de las instalaciones militares en Vieques y el derecho a ser libres de la tierra de Hostos y Albizu Campos, a la batalla por el regreso de los Cinco luchadores antiterroristas cubanos, transitando por el respaldo a la causa palestina, a Luis Corbalán y Angela Davies; la liberación de Nelson Mandela y el cese del apartheid, las principales resistencias globales, en las barricadas, fábricas, y comunidades -ora con el fusil ora con la pluma- encontraron resonancia en los apuntes de dicha publicación, convertida ella misma en faro para no dejar morir las esperanzas.

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Hasán Pérez Casabona

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