Artículos de Memorias de mi pueblo

Crónicas del historiador Pedro Urra Medina, contadas en primera persona de la vida en Arroyo Arenas, La Habana, en la primera mitad del Siglo XX.

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En mi pueblo, como creo que sucedía en todos los pueblos de mi Cuba, cuando alguien moría, lo tendían y velaban en el propio hogar donde vivía, casi de forma general se escogía la sala. Las velas entonces, eran grandes y de cera. No se me olvidan los ataques histéricos y los gritos de mi prima nena y su hermana, había que aguantarlas y llevarlas a la cama, darles a tomar un cocimiento de tilo.

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En este trabajo que le exponemos, ya había varios dichos incorporados, no obstante, en mi barrio se escuchaban muchos otros. Con seguridad, muchos de los que manejábamos nosotros, también tenían carácter general o nacional, otros eran locales, como los que utilizaban en tu pueblo. Cuando venía la limosnera Paraguayo a pedir limosnas en la Iglesia de mi pueblo, todos los fiñes decíamos: “Esta más loca que una Chiva”.

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Popó era un hombre muy fornido, de mediana estatura, espaldas anchas como las de un levantador de pesas. Sus brazos eran musculosos, sus manos grandes y sus dedos tenían el grueso de tres de los míos. Su piel estaba curtida por el sol. Popó ganaba su vida paleando arena, con esas palas grandes y cuadradas. Tenía la fuerza de un buey.

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Mis padres siempre me enseñaron que pronunciar Malas palabras era un pecado o algo negativo. Desde que tuve uso de razón, siempre me he preguntado, ¿por qué son algunas palabras malas y otras no? »

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El patio de mi casa lo compartimos cinco familias, tenía una buena extensión unos 25 metros de ancho y unos 40 de fondo. Allí estaba el pozo, tenía unos 12 metros de profundidad y un brocal alto, el agua la halabamos con un carrillo, un cubo y una soga. El agua era salobre, sólo servía para limpiar los pisos y lavar la ropa. El agua para beber teníamos que comprarla, Ernesto el aguador la traía a la puerta de la casa, la lata de unos 6 litros costaba 10 ó 15 centavos. Tenía un viejo camión para prestar este servicio.

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En mi pueblo, como en todos los pueblos del país, era una regla imprescindible el realizar la petición de mano de la novia, los viejos no tragaban otra forma. Yo como todos pasé ese momento. Recuerdo que ese día cayó un diluvio por la noche; pero el suegro me estaba esperando y había que cumplir. Llegué y no sabía qué decir, ni qué hacer, el suegro estaba serio, me aceptó, pero me hizo muchas advertencias.

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Cuando escucho esta canción de Pedrito Junco, ese gran compositor cubano, sin quererlo, vienen a mi mente recuerdos de un triste episodio que viví y sufrí. Muchas veces visite a Gilberto, el hermano de Clara, por esas coincidencias de la vida, él tenía sintonizado en su viejo radio, que tenía junto a la cama esta canción, que estaba entonces de moda. No hay dudas que le gustaba mucho. Esto me lo decía el brillo que adquirían sus ojos hundidos entre los pómulos y la frente.

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Todos los viernes en mi escuela, allí en mi pueblo, se celebraba el Acto Cívico. Todos los alumnos formaban frente a la bandera, de las cinco franjas, el triángulo rojo y la estrella blanca. El asta la sostenía el varón más aplicado de la semana y la punta de la bandera, la hembra con estas mismas condiciones. Se decían poesías de la patria, de Martí... Era solemne.

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La escuela era el local del viejo fuerte español. Sus paredes eran muy gruesas y sus puertas y ventanas muy altas, todas de madera dura. El piso era de losas de barro y el techo de madera y tejas criollas. Las ventanas todas tenían una reja de gruesos balaustres. En el patio se conservaban las caballerizas y era ese el lugar de mi preferencia para los juegos. Este edificio donde radicaba mi escuela fue construido en 1843 y allí se fijó la Comandancia de Armas del Ejército Español.

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En mi pueblo, como en todos los pueblos, habían billeteros, vendedores de boletos, boliteros con sus banqueros, se jugaba a la charada, a la lotería, al siló, a las barajas, al pócker, a las 71/2, al billar de interés, al número de las chapas de los carros que pasaban y hasta al dominó con este mismo fin, sin contar otros juegos de azar que ya no recuerdo.

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Alrededor del año 1940 mis abuelos tuvieron que dejar San Juan de Dios. Ese era el nombre de la pequeña finquita que explotaban allá campo adentro y se mudaron para el pueblo. Yo pasaba con ellos todas las oportunidades que tenía. Aquí les hablo de mi madre, de Carmelina y de las creencias de entonces, hace tantísimos años en Arroyo Arenas.

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Se vendían velas de a peso, de 50 y de 20 centavos y las grandes estaban adornadas con cintas de colores brillantes. En las procesiones, cuando el aire batía, los más experimentados ponían un cartucho desfondado alrededor de la vela para que ésta no se apagara. Algunas veces los que venían detrás quemaban a los que estaban delante. ¡Aquello era muy divertido! Mucho para mi mente infantil… »

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