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Carmelina y mi madre

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Foto: Rigo Senariega

Foto: Rigo Senariega

Mi pueblo está en el camino hacia el Santuario de San Lázaro, en el Rincón. Era la única vía entonces para llegar allá, pues en ese entonces no existía la avenida de Rancho Boyeros. Por tal motivo, todas las noches del 17 de diciembre, en mi barrio había fiesta y entretenimiento motivo por lo que la gente se acostaba muy tarde. El desfile era constante y fluido. Unos sin zapatos, otros con zapatos, varios a rastras y algunos grupos con una botella de ron en la mano.

En una ocasión pasó un señor de mediana edad. Iba a rastras con una soga a su cuello y una piedra atada a su final. Este hombre, según se dijo, no llegó al Rincón… En el camino, debido a la oscuridad de la noche, un camión le pasó por encima y lo mató. Murió al instante. Una botella de ron que llevaba consigo se hizo polvo.

La penosa costumbre de ejecutar actos como estos de auto-violencia, dicen que tiene un origen específicamente andaluz. Lo hacen como forma de cumplir promesas o sus votos a San Lázaro, u otra divinidad.

Por ejemplo, el hecho de estar en el camino al Rincón nos posibilitaba participar en aquel acontecimiento anual que cada 17 de diciembre, constituía la atracción principal: la peregrinación a San Lázaro.

A pesar de la ignorancia, las intenciones eran buenas

Mujeres. Foto:  Del libro "Cuba y los cubanos", de CUBA Y LOS CUBANOS de Erwin Kempton  y M. F. de Velasco.

Mujeres de Arroyo Arenas. Foto: Del libro “Cuba y los cubanos”, de CUBA Y LOS CUBANOS de Erwin Kempton y M. F. de Velasco.

Alrededor del año 1940 mis abuelos tuvieron que dejar San Juan de Dios. Ese era el nombre de la pequeña finquita que explotaban allá campo adentro y se mudaron para el pueblo. Yo pasaba con ellos todas las oportunidades que tenía.

En una de las casas contiguas a la de ellos, vivía una familia que tenía un hijo de unos 8 ó 10 años. Este cuando nació se enfermó de algo que no recuerdo. Lo que si no he olvidado es que desde el restablecimiento del mismo, le pusieron una promesa. Esta consistía en estar siempre vestido como el Nazareno. El atuendo era una túnica morada y larga que le llegaba a los tobillos. A la cintura tenía un cordón amarillo tejido con largos extremos que le caían a unas dos cuartas hacia abajo, con dos moticas al final. El pelo se lo habían dejado crecer y le llegaba mucho más allá de los hombros. Le pusieron como nombre “Jesús”.

Muchacho al fin, le gustaba jugar con los otros de su edad y como los juegos eran la pelota, la viola, las bolas, los trompos, los escondidos y de vez en cuando había alguna bronca, éste tenía dificultades con su vestuario. Todos nos metíamos con él, le decíamos “hembrita” y otras cosas; él era vivo y de hembrita nada, ¿pero qué iba a hacer? Después se mudaron y no supe más de Jesús. En la casa que seguía a la de Jesús vivía Nena con su retahíla de hijos. Ella estaba tísica desde hacía años, era muy flaca, medio encorvada y no dejaba de toser.

De vez en cuando venían las hemoptisis y rodaba la sangre. El esposo era albañil, tan flaco como ella, pero con los pulmones sanos. La prole era abundante y el mayor no llegaba a los 12 años. No puedo quitarme de mis recuerdos aquellas mañanas cuando el hermano del medio, salía con un pomito pequeño, de boca ancha y se internaba en el fondo del patio, entre unas matas de plátanos que se secaban.

Él comenzaba a levantar las piedras que estaban semienterradas y al aparecer el cúmulo de cochinillas, esos bichitos chiquiticos que tienen la forma de una jicotea, pero con más de cien pies y con lomo brilloso y blando. El muchacho de forma muy diestra las atrapaba con su mano derecha y las iba encarcelando en su pomito. Cuando el recipiente estaba por la mitad, regresaba corriendo para su casa y se las entregaba a su mamá.

Aquello me intrigaba y me puse para las cosas como decimos ahora. Al fin un día pude conocer el secreto. Con aquellos animalitos le hacían un cocimiento al menor de los hermanos que nació con un mal de estómago y una santera dictaminó que aquello era una brujería que le habían echado al niño, a pesar del azabache que llevaba prendido con un alfiler de criandera todo el tiempo.

La curandera le dijo a la madre que estaba desesperada, y que sólo con las cochinillas podría curarse. Fue el doctor Galleti, quien consultaba una vez a la semana allí en la Casa de Socorros municipal, el que acertó con lo que tenía el enfermo: una insuficiencia gástrica que le curaron con unas medicinas baratas. Cuando recuerdo estas cosas que sucedían en mi pueblo, pienso en otras que son inolvidables y que han quedado grabadas en ese maravilloso archivo que todos tenemos ahí arriba.

Una vez, estando yo con anemia y más flaco que un güin, mi mamá, ya desesperada decidió llevarme a la espiritista… sí, sí…a aquella ya famosa Carmelina de la que se decía hacía milagros. Mi mamá me bañó, me vistió y como siempre me repitió. — “Que ganas tengo que engordes para ver si no se te caen así los pantalones y los llenas un poco”. Me peinó haciéndome la raya a la izquierda de la cabeza, como una guardarraya, que iba desde la frente hasta el remolino que tengo en la cocorotina. Me abrochó los zapatos y salimos.

Después de media hora en guagua, nos bajamos para encaminarnos hacia la casa de Carmelina. En el portal había un banco para sentarse, donde esperaban otros clientes, todos con cara de desesperación, de ansiedad, de muerte… Yo todavía no sabía dónde estaba. Mi mamá cogió un turno que le entregó un viejo soñoliento. Teníamos el 8… ¡pa` su madre!… en la charada éste número correspondía al muerto. Si por lo menos hubiese sido el 9, que es el elefante. El anterior al 8, no me gustaba tampoco porque significa m… Aunque yo nunca jugué a la charada, me sabía el significado de todos los números hasta el cien.

Como a las 2 horas nos llamaron. Entramos a la casa, era de placa, bien amueblada y arreglada con gusto. No parecía la casa de una santera ¡cosa inusual!… Desde luego que después que pasamos de la sala y entramos en el cuarto donde se consultaba, el panorama cambió. Allí, en una de las esquinas, había una Santa Bárbara enorme sobre una repisa; debajo habían unos plátanos rojos y dos manzanas del mismo color. ¡Y con el hambre que yo tenía!…

Había además, cocos secos y un vaso mediado de kilos prietos. Las velas prendidas daban cierta solemnidad al ambiente. El perfil de un indio colgaba de la pared con brillantes colores y adornos de plumas en su cabeza. Había también caracoles, cintas de múltiples colores, figuras de animales de yeso y otras cosas que no están ya en mi archivo portátil. Sentada en un butacón estaba Carmelina, quien nos recibió normalmente. Era relativamente joven y bonita, se restregaba los ojos que eran lindos, lucían mejor en la penumbra en que nos encontrábamos.

Al saludarnos, conversó de cosas triviales, habló del calor que hacía y otras cosas; hasta ese momento habló como Carmelina. Unos minutos después, y cuando menos yo lo esperaba, dio un sacudión a su cuerpo y cerró los ojos, a la vez que se frotaba las manos y empezó a chasquear con su boca; bajaba y subía la cabeza, llevándola hasta sus piernas y alzándola hasta mirar hacia el techo, pero sin abrir los ojos. De pronto comenzó a hablar como un negro Congo que saludó como si hubiese acabado de llegar diciendo:

— ¿Cómo está hermana? ¿Qué pasa a niño? ¿Tá jodi ´o?…

Y después de otras jerigonzas que yo no alcanzaba entender, hizo las recomendaciones para sacar de mi cuerpo aquel mal de ojo que tenía metí´o dentro, según ella.

Mi mamá se lamentó de no haberme puesto azabache nunca; pero en realidad, no era necesario, el niño nunca fue hermoso. El Congo determinó que había que ponerme una espadita dorada como resguardo para los malos ojos y que me bañara con pétalos de rosas rojas. Recetó, además, unas inyecciones que vendían en la botica – ¡creo que el negro Congo que estaba dentro de ella, conocía algo de medicina!

Cuando la espiritista salió del trance, se volvió a restregar los ojos y volvió a hablar como Carmelina y dijo:

—“El calor no se va, parece que va a llover” —, y nos citó para dos días después.

Al llegar a nuestra casa mi mamá comenzó a tomar las medidas para la nueva visita a Carmelina, comprar la espadita y las rosas rojas. La espadita se la compró al libanés o polaco -como le decía la gente- que iba de casa en casa comprando oro y vendiendo prendas y ropas. Desde luego que fue a plazo… creo que costó diez pesos. Fue necesario recoger todas las gallinas y el puerquito para acumular lo que requería el momento y Carmelina.

Por fin llegó el día de la consulta y volvimos a coger la guagua. Ahora, iba mi mamá cargada con el ramo de rosas rojas – lo envolvió bien para que la gente no las vieran. La espadita la llevaba en la cartera envuelta en papel de china. En el portal, otra vez el banco lleno de gente y el viejo repartiendo turnos…ahora nos tocó el once; el once en la charada tenía el significado de gallo y los gallos según los santeros sirven para el despojo…

Tuve mejor suerte. Esta vez la espera fue de casi tres horas, y yo con ganas de irme porque aquellos rostros me ponían más mal de lo que estaba, y además las flores se estaban marchitando con el sol que ya nos cubría a los dos. Cuando nos llamaron para que pasáramos me sentí más aliviado…

Al fin podría salir de aquello, aunque temía a los brincos de la espiritista, pero por suerte esta vez fue distinto. Carmelina nos saludó, preguntó cómo estaba el niño y pidió a mi mamá la espadita y las rosas. Además de esto, mi mamá le entregó unos billetes doblados; no sé cuánto era, pero no eran pocos. La mujer llamó al viejo soñoliento que repartía los turnos y entregándole las flores le dijo:

— “Prepara el baño”—, y ella se fue hacia su cuarto con la espadita… ¡Iba a hacerle el trabajo! Al poco rato estaba yo, después de tremenda bronca y resistencia, parado en cueros dentro de un palanganón lleno de agua fría y pétalos de rosas. ¡Era la primera vez que me desnudaba delante de una mujer extraña!

Vino Carmelina con unos gajos de albahaca, y me los pasó por todo el cuerpo. Después con una latica vacía comenzó a echarme el agua de rosas por encima. En esos momentos, ya en trance de nuevo, decía su jerigonza. El agua fría me hacía temblar como a un mono, creía que aquel infierno no se acababa nunca. Después de varios años, flaco aún, vendí la espadita en cinco pesos; los necesitábamos para comer. Los pantalones aún se me caían y no podía llenarlos. Usaba siempre una o dos tallas menores a la que debía corresponderme por mi edad. Recordando a Carmelina me viene a la mente Liborio, el curandero. Este lo mismo enderezaba un hueso desviado que curaba un empacho. Grité muchas veces y vi gritar a otros cuando el mulato halaba el dedo descompuesto a sangre fría. Primero frotaba bastante cebo de carnero y después actuaba. Sus precios eran módicos. Muchas veces me quedé sin respiración cuando éste me pasó la mano por la barriga. Siempre que aparecía aquella bola en la boca del estómago, ahí debajo de las costillas dando aquellos saltos, mi mamá llamaba a Liborio.

Este pedía un poquito de aceite de comer y comenzaba su trabajo del costillar hasta el ombligo. Cuando una mano venía bajando, ya la otra ocupaba su lugar. Apretaba hasta que uno se quedaba sin respiración. Después hacía que hirvieran una cañita santa y la mandaba a tomar calientica. Aquello me aliviaba, pero no me curaba. A los pocos días de nuevo el padrejón, como le llamaban, y yo erizado pensando en el pasado de manos que tanto me molestaba.

Mi mamá siempre estaba preocupada por mi salud. Ella, al igual que mi papá, a pesar de su bajo nivel cultural, fueron muy buenos padres. Ellos -al igual que yo- vivieron y crecieron bajo condiciones muy difíciles. No puedo olvidar los esfuerzos que realizó mi mamá para lograr una alimentación acorde al estado de salud que yo presentaba. No se de donde ella sacaba las cosas, ni como las conseguía, pero todos los días me ponía delante, cuando iba a comer, un plato de bananina -plátano verde frito y molido en un caldo. También aparecía un bistec y al final, un jugo de naranjas con zanahorias. Ella me salvó la vida, por eso y por lo mucho que me quería, jamás podré olvidarla… Murió a los 96 años, y hasta el último momento de su vida mantuvo una extraordinaria lucidez mental. Estas cosas que he sacado del archivo son sólo una muestra de lo que pasaba en mi pueblo.

Mi madre y mi padre.

Mi madre y mi padre.

En Video, Cuba en los años 40 del Siglo XX, con música de Tito Puentes

Se han publicado 7 comentarios



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  • Atenea dijo:

    FELICIDADES A TODAS LAS MADRES CUBANAS
    SER MADRE ES UN ACTO DE AMOR,SER MADRE CUBANA
    ES EL ESCALÓN MÁS ALTO DE SACRIFICIO Y ENTREGA
    SIEMPRE LO FUÉ, AHORA LO ES MÁS, PURO AMOR
    SON LAS MADRES CUBANAS,
    OJALÁ TODAS PASEN UN LINDO DÍA ESTÉN DONDE ESTÉN
    TENAN A SUS HIJOS AL LADO O NO,
    SOMOS LAS MEJORES MADRES DEL MUNDO.
    GRACIAS URRA MUY BELLO ESTE ARTÍCULO

  • Dr. Galván dijo:

    Urra:
    Muy buenas crónicas sobre tu pueblo. Ojala y un día alguien se digne a hacer algo parecido con el pueblo de Jaimanitas. Por cierto como se parece tu hermana Leida a tu mamá. Muchas felicidades en este día para las madre de tu familia y de toda Cuba.

  • Ernesto dijo:

    En toda Cuba existian esas historias la mayoria de los pueblos tenian una curandera ,espirititas o brujeras como se le quiera llamar era parte del folclor social .

  • Francisco Cordero Matienzo dijo:

    Urra, tu artìculo es una provocaciòn a la memoria. Me has remontado a mi infancia, a las penurias de entonces, a las historias de la cuarterìa de Arrollo Arenas.
    Te envìo un abrazo en nombre de los hemanos con quienes he compartido tu trabajo.
    Francisco Cordero.

  • Sachiel dijo:

    Doctor, espero que las crónicas no se queden todas en antes del 59, sé que hay que tener paciencia, pero queremos contrastar pasado y presente y quizas ver un poco el futuro de Arroyo Arenas tambien. Un gran saludo, esta crónica, aunque similar en su contenido a otras descriptivas de la situación extrema de antes, es un recordatorio claro para muchos desmemoriados.

  • Rafael Herrera dijo:

    Tio

    Que bueno saber que estas haciendo cronica del pueblo pero no solo las hagas antes del 59 llevalas ahasta la actualidad aunque ya no vivas hay pero las personas mas jovenes tambien quiere verce reflejas en ella

    Por ejemplo hasle una a PANCHOLO que tu sabes que tiene historia

    Saludos

    PAPUCHO

  • Luis Enrique dijo:

    OYE, MENOS MAL QUE NO HAS HABLADO MAL DEL BABALAWO, PQ SINO, TE PARTO EL CARAPACHO.

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Pedro Urra Medina

Pedro Urra Medina

Nació en 1929. Es historiador y columnista de Cubadebate.

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