Artículos de Arleen Rodríguez Derivet
Periodista cubana y conductora del programa de la televisión cubana "Mesa Redonda", que transmite una emisión especial para Telesur. Es coautora del libro "El Camaján".
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Beirut.- Representantes de las más diversas fuerzas que conforman el complejo escenario político de un estado confesional como el Líbano, coinciden en el respaldo incondicional a Cuba, a su historia de resistencia -profundamente admirada aquí- y a la demanda de libertad inmediata para sus Cinco Héroes presos en cárceles norteamericanas por luchar contra el terrorismo.
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Eduardo Dimas eligió ser polvo sobre el mar de rocas y azules violentos que enamora la vista sobre Santa Cruz del Norte, muy cerca del Hershey de sus primeros recuerdos. Hasta allí lo llevamos junto a su esposa y sus hijos, los colegas y amigos del oficio que ejerció por más de 30 años con paciencia y estilo de maestro.
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Un mundo que durante años publicitó hasta los límites del pánico una famosa bomba N capaz de arrasar con todo ser viviente sin destruir ni un solo inmueble, ¿no debería premiar a los que han logrado la fórmula inversa: proteger todas las vidas cuando no queda una edificación en pie? »
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Si un enemigo declarado de la Revolución Cubana como Montaner insiste en restarle importancia a las medidas que se van implementando por día en la economía y la sociedad cubana, no hay mayor prueba de que es porque funcionan. Y porque dinamizan aun más el proceso socio económico más dinámico que haya tenido lugar de este lado del mundo.
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Por puro azar, el martes 8 de enero tuve al oído, por algunos minutos, la voz de Fidel. Él había enviado al director de la Mesa Redonda un mensaje manuscrito que me correspondería leer. "Querido Randy " comenzaba la carta, escrita sobre cinco hojas de una agenda de trabajo, con su reconocida caligrafía, firme y legible prueba de la completa rehabilitación de su diestra.
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Tengo un amigo que prefiere los pinos por sobre las palmas, los picos helados a las playas y la nieve antes que el sol. Hasta el himno de los soviéticos, enterrado por la perestroika, le parece infinitamente más musical que el nuestro y si le dieran a escoger entre el ron cubano y un whisky, seguramente optaría por la bebida universal de los escoceses.
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Hay sitios y sitios en esta era de Internet. Sitios de corta y pega, al estilo de la radio en sus inicios, cuando las noticias se tomaban literalmente del papel periódico, con la diferencia de que ahora no hacen falta tijeras: desde una máquina conectada, alguien puede armar una publicación con solo bajarse materiales de otras páginas y juntarlos de manera que parezca algo diferente.
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Que después nadie diga que hay que cuidar las palabras para hablar de ese señor, por aquello de que es Presidente de un país. Mientras no respete a otros, no merece respeto. Mientras ofenda, merece ser ofendido. Cualquier epíteto, el más grosero, el más impronunciable, es noble para calificar a George W. Bush en su más reciente –y esperamos que último- discurso-show para Cuba.
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Culpable, culpable, culpable. Afuera la multitud canta, grita y salta bajo la lluvia, agitando banderas y carteles en espera del veredicto, anunciado para las 6 y 30 de la tarde. No cabrían en la Audiencia de esta ciudad, 50 kilómetros al sur de la capital argentina, donde la dictadura militar torturó, asesinó, desapareció a tantos y por donde durante los últimos tres meses transitó un juicio histórico: el primero que se realiza a un sacerdote de la Iglesia Católica, por su complicidad y participación directa en los crímenes de los militares.
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Tenía los ojos azules, la piel muy blanca y rapada la cabeza que alguna vez coronaron cabellos rubios. En una esquina de Berlín o París, cualquier perdido lo habría elegido para orientarse. Pero en la calle 23 de La Habana, que desandaba al ritmo de su fatigado corazón o del de su inseparable perro Igor, creo que nunca nadie lo confundió con un extranjero.
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Lo dijo su amiga Asela en la velada homenaje que sacudió nuestra tradicional concepción de duelo, con una estremecedora celebración de la vida: “Vilma creía en el amor”. No sé cuántos más coincidirán en reconocerle importancia a la frase, pero yo siento que todo lo que sentimos esa tarde y en las horas posteriores, tiene que ver con lo específico y lo general de esa esencial creencia.
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La voz de Vilma vuelve a escucharse en la radio y por un momento la triste noticia desaparece. Son tan semejantes ella y su voz que nadie podría separar al ser de su sonoridad: dulce y firme al mismo tiempo. Elegante y sencilla a la vez. Sin prisa, sin estridencias, sin complicaciones semánticas, sin frases hechas, a pesar de la voluntad didáctica y la lección ética inseparable de su palabra. Su voz es la voz de un tiempo heroico, atravesada por la natural discreción del protagonismo femenino de la Revolución Cubana.
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