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Miriam y Ernán a la cabeza, en un concierto único y mayor

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Miriam RamosComo de costumbre, el Teatro Amadeo Roldán abrió su taquilla a media tarde para el concierto dominical. Un anuncio de última hora en el noticiero del mediodía, confirmaba los animosos rumores y arrojaba un poco de luz sobre las vagas informaciones aparecidas en la prensa: esa tarde, la cantante Miriam Ramos y el pianista Ernán López-Nussa presentarían un avance, en vivo, de lo que será el disco que han grabado juntos.

Pocas personas, de entre quienes nos fuimos congregando en la acera de enfrente, a la sombra de los toldos de El Carmelo, gozaban del privilegio de conocer las excelencias del acontecimiento musical que estaba por abalanzárseles. Su verdadero privilegio consistía, precisamente, en estar desprevenidos. Ya sabemos que «Miriam Ramos, por favor, y ahora con Ernán«; si algo nos consta acerca de la artista es que, invariablemente, anda bien acompañada. Nunca hemos recibido de ella propuestas que se parezcan entre sí. Todo aquello en lo que  se empeña tiene siempre una razón de ser y, más allá de activar la emoción y levantarnos el ánimo, nos deja pensando -tal como ocurre con las películas buenas- por lo menos hasta el día siguiente.

Ernan Lopez NussaLa tarde estaba luminosa, no se anunciaba lluvia, la temperatura era  ideal -ni frío ni calor-. Media hora antes de que se abrieran las puertas del «Amadeo«, las áreas de estacionamiento alrededor del Parque de Villalón y al frente del teatro se habían cubierto de autos y, quienes nos habíamos apostado en la acera de El Carmelo, formábamos una doble fila, cada cual portando su cartuchito de silencios, a semejanza de aquellas rositas de maíz, aquellos besitos de novia y demás variedades de bombones que colmaban de olores y sonidos las salas de los cines en los años treinta, cuarenta y hasta cincuenta, del siglo pasado. Entramos en orden y con ilusión, como quien va de  completo uniforme. Éramos el buen público ese que no se sabe de dónde sale así, de improviso, que no corre sino que se desliza arrastrado por los grandes artistas.  Exactamente el cincuenta por ciento del éxito que coronó a la jornada, estaba garantizado -sin desdorar- por nosotros.

Todo lo dicho hasta aquí es cosa de impresiones y palabras. El primer acontecimiento del concierto fue la entrada a escena de Ernán López-Nussa en compañía del baterista Enrique Plá, el joven contrabajista Gastón Joya y el guitarrista Jorge Luis Valdés Chicoy. Ningún sonido, ningún silencio cayeron al vacío en el transcurso de aquella sustanciosa primera parte donde los músicos, en conjunto y por separado, hicieron gala de virtuosismo. A mi juicio, el ritmo fue el gran protagonista en ese muestrario de momentos asombrosos, que se fueron entretejiendo a partir de la sutileza de un  primer tema a piano solo (Volver a Cuba) y arribaron al máximo esplendor en el danzón Intimando con Cervantes que -según palabras de Ernán– toma como base  una danza de Ignacio Cervantes titulada Íntima. Obras donde la virtud del pianista abre paso al arte del compositor, que crece y se va imponiendo hasta dejar bien claro que el músico absolutamente solo es poco menos que un disparate. Ernán López-Nussa fue, por momentos, Chicoy, Joya y Plá,  y todos juntos fueron el clima nuestro durante el buen rato que se pasaron llamándonos a contar y que se completó con dos temas amasados en el espíritu del blues (Rezos de blues y Fontenblues).

Crecía como Dios manda esta primera parte del concierto pero, ni las ganas con que habíamos aplaudido hasta entonces las improvisaciones y los pasajes de mayor esplendor,  ni la alegría con que recibíamos, por fin, el momento de despejar una interrogante que -me atrevo a asegurar- estaba en el ánimo de todos: «después de esto ¿qué más?» consiguieron atenuar el súbito cambio de tiempo que colmó la atmósfera cuando, casi sin introducción,  Miriam lanzó su primera piedra: Una mirada, una sonrisa…

Una serie de punzantes verdades -que no es otro el calificativo capaz de resumir en pocas palabras el perfil de esa manera de hacer canciones que afloró en los años transcurridos entre la mitad de los cuarenta y el comienzo de los sesenta del siglo XX cubano- se disparó entonces, en todos los sentidos, apelando a la memoria de quienes traían en su equipaje emocional reminiscencias de las primeras versiones, así como  al sentido musical de quienes las apreciaban por primera vez.

Son canciones que el público de otros tiempos recibió de primera mano, ya fuera a través del disco de larga duración que entraba en la colección particular para escucharse en casa -pongamos como ejemplos las interpretaciones que los chilenos Sonia y Myriam (Libre de pecado, de Adolfo Guzmán, ¡Qué emoción!, de Orlando de la Rosa y De ti enamorada, de Julio Gutiérrez) o Lucho Gatica (Sufre más, con música de José Antonio Méndez y letra de Carlos León) o bien desde la radio o la victrola de la esquina en voces como Vicentico Valdés (Milagro de amor, de René Touzet, Añorado encuentro, de Piloto y Vera) sin contar con la inclusión de piezas que los cantantes asumían en sus programas de concierto, o que sonaban insistentemente en los acostumbrados «momentos musicales» de los sitios pequeños (¿Por qué tendrá que ser así?, también de Touzet).

Sanas y salvas, luego de haber sobrevivido a una especie de «guerrita de pan duro» desatada por el diletantismo de nuevo tipo que tanto nos mortificara durante unos diez años a partir de la segunda mitad de los sesenta; deliciosamente ilesas luego de haber sido el blanco favorito  para el lanzamiento libre de dardos -que, al cabo del tiempo, pasamos a recordar como simples taquitos de papel- estas y otras bellas, incomparables canciones de amor creadas por autores cubanos nacidos entre 1916 y 1934,  reaparecen y se pasean luciendo sus audacias melódicas y dándonos a respirar la bonanza armónica, que les han servido para agruparse en un concierto único -yo diría un concierto mayor- y anunciar, desde su condición de elegidas, ese suceso discográfico que la cantante, el pianista y el grupo de músicos que ambos trajeron de la mano al Teatro Amadeo Roldán, este domingo 15 de noviembre de 2009, nos han puesto a esperar con verdadera impaciencia. Aplausos.

Concierto de Miriam Ramos y Ernán López Nussa, en el Teatro Auditorium Amadeo Roldán de La Habana, el domingo 15 de noviembre de 2009. Interpretan «Añorado encuentro», de Piloto y Vera.

Se han publicado 2 comentarios



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  • joaquin ramón dijo:

    Miriam Ramos ocupa un lugar muy especial y mágico en el escenario musical cubano. Durante su trayectoria ha recibido los más relevantes elogios gracias a su voz, su talento y rigor artísticos. Aunque no dejo de sorprenderme cada vez que la escucho en ¨Longina¨, confieso que disfruto sobremanera su irrepetible ¨Mariposa, Mariposa….¨ de Pedro Luis. Durante años ha sido nombrada de diversas maneras, todas elogiosas. Para mí, ella es ¨LA VOZ DE PRIMAVERA¨ y mi mayor alegría, antes de morirme, sería verla de cerca y besar su mano, cosa difícil, pues soy un hombre de pueblo y no frecuento los teatros.

    • Reinaldo Viñas Diaz dijo:

      Que decir de Miriam Ramos que no sea admiracion respeto ,intimidad familiarizacion enormidad .Tuve el privilegio de verla y oirla por primera ves en EL Coro Polifonico Nacional cuando estudiaba en becas.Despues de un tiempo fui a su lanzamiento como solista en la sala teatro Hubert de Blank muy fina y con su voz de angel y lo demas es historia En una ocasion pude hablarle para preguntarle algo y cuanto orgullo senti A sido mi idolo en la musica durante una vida que ya va por 69 y quiera Dios ,nos de salud para seguir oyendola siempre Te admiro mucho Miriam.

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Marta Valdés

Marta Valdés

La Habana, 1934. Compositora, guitarrista e intérprete de sus obras. En 1955 se inició como compositora con su canción «Palabras». La autora ha basado sus creaciones en géneros como el bolero y la canción dentro del estilo «feeling». Entre los intérpretes de su obra se encuentran Elena Burke, Doris de la Torre, Bola de Nieve, Cheo Feliciano, Reneé Barrios y, más recientemente, prestigiosos artistas suramericanos y españoles que se han sumado a esta lista.

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