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¿A qué le puede poner fin la Real Academia Española?

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Creada en 1713, y desde 1894 ubicada en la sede que ocupa en el área del Buen Retiro, en Madrid, la Real Academia Española —en lo sucesivo se nombrará con la ya familiar sigla RAE— custodia el idioma llamado español. Este nombre no incurre en la parcialidad regional de castellano, pero pudiera ocultar que no todos los pueblos de la plurinacional España asumen como propia la mencionada lengua, y que allí esta tiene apenas alrededor de un diez por ciento de sus hablantes. Todo responde al lugar de origen y a la extensión colonial de ese idioma, como sucede con otros, señaladamente el inglés, el francés y el portugués.

La RAE pudiera sentirse dichosa si todos sus dictámenes suscitaran la euforia que algunas personas están mostrando ante el criterio según el cual es inadmisible, por lingüísticamente incorrecta, la voluntad —expresada en pares lexicales del tipo de “profesores y profesoras”, “académicos y académicas”— de no aceptar de modo acrítico el género masculino como representativo de la especie: o sea, como no marcado, lo cual en la práctica viene a significar universal o, dicho de otra manera, dominante, y es asociable con el sentido patriarcal presente en la lengua. Por cierto, en pares como aquellos ¿tiene que aparecer siempre en primer lugar el masculino?

De acuerdo con la RAE, la norma del uso del masculino como género no marcado es algo parecido a una incontestable derivación del espíritu divino y no de relaciones sociales que ni empiezan ni terminan en la gramática. El léxico lo nutren imágenes de lo que, con redundancia premeditada, cabe llamar realidad real, sintagma en que el adjetivo no apunta a la realeza monárquica, sino a la búsqueda de lo verdadero, entendido como factualidad.

Las relaciones patriarcales se han plasmado hasta en expresiones de fe, como aquella según la cual la mujer se hizo a partir de una costilla del varón, y a este le debe obediencia: nada que ver con respeto mutuo, equitativo. Institucionalmente el catolicismo y otras religiones le niegan el acceso a los más altos rangos jerárquicos. Eso, lejos de ser un hecho autónomo, encarna la supeditación económica y social reflejada en la inferiorización —inferioridad supuesta y forzada— de la mujer y, por efecto del antropocentrismo reinante, de lo femenino en general.

¿Fue acaso una opción inocente lo que determinó que al hablar de un grupo de personas masculinas se use el pronombre ellos, exactamente igual que si se trata de un grupo de hombres y mujeres, aunque estas últimas sean la mayoría? La presencia de un solo varón basta para que la norma exija el empleo del género masculino. Solo si el grupo lo forman exclusivamente mujeres vale usar ellas, y mientras el sustantivo hombre se ha impuesto con los significados de ser humano y de varón, el adjetivo viril, relativo al varón, se ha entronizado asimismo como sinónimo de valiente.

Tales hechos se asocian con algo que —se ha denunciado— sufre la mujer: invisibilización, aunque rabien quienes piensen que solo existen las palabras reunidas por la RAE en su Diccionario. El empleo del género gramatical masculino como no marcado ¿no es un efecto de la dominación extralingüística? No es fortuito el reclamo de que se diga, por ejemplo, “ciudadanos y ciudadanas”, “niños y niñas”, “alumnos y alumnas”, o al menos, cuando sea posible —y lo es en esos ejemplos—, se opte por voces inclusivas: ciudanía, infancia, alumnado.

Se ha convocado asimismo, acertadamente, a erradicar usos sexistas (discriminatorios) del lenguaje, entre ellos la aplicación a las mujeres de las formas masculinas de nombres de profesiones como ingeniero, médico y ministro, en lugar de ingeniera, médica y ministra. Tampoco tales usos se deben a una mecánica lexical insoslayable: nació de algo factual y sociológico, y —parece necesario repetirlo— discriminatorio.

Esas profesiones, y otras, durante siglos fueron privilegios de varones. ¿Será solo cuestión de leyenda el que algunas mujeres necesitaran travestirse —pasar por varón— para ejercer determinadas labores? Las leyendas se tornan verosímiles por su relación con la realidad, y la RAE lleva en su currículo haber negado el ingreso en su claustro a mujeres con méritos más que suficientes para formar parte de él. ¿No fue el caso de Gertrudis Gómez de Avellaneda?

La línea dominante hoy en la RAE parece seguir sintiéndose cómoda con la aceptación de la supremacía masculina, y reacciona contra quienes buscan maneras explícitas de rechazarla. Usados a manera de cepo y tortura, podrían considerarse excesivos —y serlo— algunos recursos como sustituir los signos de género por una equis (ciudadanxs) o por @ (obrer@s), y acudir una vez y otra, hasta el cansancio, a explicitaciones como “trabajadores y trabajadoras”, “enfermeros y enfermeras”, “pintores y pintoras”.

Para eludir exclusiones injustas habrá quienes abracen prácticas tenidas hoy por deslices o despropósitos, como hablar de “cadetes y cadetas” o “miembros y miembras”. De acuerdo con las normas vigentes, son pifias; pero la lengua es un organismo vivo, que se transforma a base del uso y de replanteamientos de valores, como al dejar de privilegiarse dama por encima de mujer, considerada palabra de escasa alcurnia, si no degradante. No hay que condenar ni mucho menos el uso de dama , ni renunciar a él, para apreciar la dignidad del vocablo mujer —de la mujer misma—, ni para preguntarse si aquella preferencia estaría libre de sabor aristocrático.

Se ha bromeado con la esperanza de que no llegue a ser necesario hablar de “capitalistos y capitalistas”, “socialistos y socialistas”, “hipócritos e hipócritas”, “cadáveres y cadáveras” o “poetos y poetas”… Pero en este último ejemplo la hilaridad no debe silenciar la justicia con que muchas cultivadoras de la poesía piden ser llamadas poetas, no poetisas, vocablo que han sentido peyorativo. ¿No era Miguel de Unamuno quien llamaba poetisos a poetas (varones) que literariamente hablando le parecían debiluchos?

Procurar que “excesivas precauciones de pensamiento” no hagan del idioma un fárrago indigerible, contrario a la comunicación, no es razón que legitime parcializar injustamente el pensamiento. La eufonía y la ley del menor esfuerzo —significativa en la evolución de la lengua, pero no necesariamente fértil en el desarrollo de las ideas— pueden aconsejar que un género se acepte como no marcado. Pero eso no autoriza a ser insensible con respecto al origen de tal norma ni a las exclusiones que ella calza.

Quizás esa norma, y la insistencia en que es incorrecto revertirla explícitamente aunque solo sea de tanto en tanto, susciten que incluso furibundos antiacadémicos —a quienes en otros casos la RAE les resultaba indiferente, o que arremetían contra lo que en general consideraban brozas y cascotes de esa institución— batan palmas apoyando la postura de la que dice limpiar, fijar y dar esplendor. Opere de modo consciente o inconsciente, el machismo puede usar máscaras variadas, incluida la real o pretensa corrección académica.

Las actitudes ante un tema de raíces e implicaciones culturales profundas son diversas. No se parcelan mecánicamente en derechas de un lado e izquierdas del otro. En las primeras habrá quienes tengan claridad —¡hasta la reina Victoria se quejaba de que ella y sus hijas sufrían discriminación por ser mujeres!—, y en las segundas no faltarán quienes consideren que el asunto no es relevante y cabe posponerlo.

Prioridades hay o puede haber, o establecerse, y en general los caminos se vencen paso a paso, tramo a tramo; pero la justicia es un proceso abarcador, orgánico, no un mercadillo de retales. Que ni siquiera todas las mujeres coincidan en la percepción del problema no avala indiferencia alguna: el pensamiento dominante lo es porque no lo portan quienes ejercen la dominación y quienes la sufren. Cuando su aceptación se quiebra brotan condiciones propicias para sacudidas sociales, para revoluciones incluso, hasta en el lenguaje.

Apasionados contrarios a que en el idioma se acojan las prudencias justicieras comentadas rechazan el uso de presidenta. Esgrimen la etimología de presidente —participio activo formado por el verbo presidir y el sufijo -ente— y sostienen que dicho título es aplicable por igual a hombres y a mujeres. ¿No asumen también la inercia del predominio patriarcal por el que mayoritariamente las presidencias las han ocupado, y aún las ocupan, hombres?

En español ya es habitual el empleo de espagueti y espaguetis, cuando en italiano, origen del vocablo, spaghetti es el plural de spaghetto. ¿Habría que decir el espagueto y los espagueti? ¿Por qué no aplicar en la evolución interna de una lengua recursos y mecanismos similares a los que actúan en préstamos lingüísticos exógenos? Pésele a quien le pese, el empleo de presidenta se ha extendido no por casualidad, sino porque ha aumentado el número de mujeres con esa jerarquía en instituciones, organismos y países.

No siempre se esgrimen juicios estrictamente lingüísticos al valorar cuestiones lexicales. Entre los motivos de rabia contra el uso de presidenta parece funcionar el ascenso a ese cargo por parte de mujeres representantes de la izquierda. Así se ha visto en el caso de la argentina Cristina Fernández, y no precisamente por las que, desde la izquierda, pudieran considerarse insuficiencias en su desempeño de la alta investidura. Valdría la pena escrutar el peso que en expresiones de rechazo contra ella ha tenido, además del machismo que se cuela en todas partes, el reaccionarismo político por el cual han sido presidentes de Argentina personajes tan funestos como Carlos Saúl Menem y Mauricio Macri, simpáticos para la oligarquía vernácula y para el imperio, y generadores de pobreza para el pueblo.

Aunque el lobo reaccionario se enmascare con purismos lingüísticos, su oreja peluda asoma cuando él se lanza explícitamente contra gobiernos calificados de “populistas” y que, entre sus afanes justicieros, incluyen coherentemente la equidad entre géneros: entre seres humanos. Lejos de los propósitos de estos apuntes se halla explorar las significaciones de populismo, vocablo-concepto polisémico y controvertido. Solo recordarán que condenarlo es acto recurrente en la feroz ofensiva promovida desde España contra todo lo que —en nuestra América en especial, pero no solo en ella— desafíe a la oligarquía y al imperio.

Con cuartel general y jefes mayores en los Estados Unidos, el imperio tiene su “ministerio trasnacional de defensa” (de ofensa, mejor dicho) en la OTAN, y vicejefes en Europa. Si se trata en particular de España, no los tiene en la mejor, que merece acabar de nacer, sino en la reaccionaria: esa que, además de bostezar, le regala bases militares a la organización belicista. Dolosamente los herederos del bando fascista que usurpó el calificativo nacional condenan lo que llaman populismo y capitalizan el adjetivo popular. Con él han bautizado a un partido cuya cúpula reúne lo más reconocidamente corrupto de la nación, y en el cual sobresalen cómplices de los crímenes del Pentágono y Wall Street en actos decididos desde la que se denomina Casa Blanca.

Sin excluir a los que proceda tener en cuenta dentro de una supuesta izquierda —en la que abundan políticos que han traicionado los ideales socialistas comunistas y al movimiento obrero, y que forzaron la entrada del país en la OTAN—, los cabecillas del Partido Popular descuellan entre quienes medran con el empobrecimiento de las poblaciones de España misma. Simultáneamente se prestan para acciones dirigidas contra gobiernos que tienen proyección popular verdadera.

La real derecha, que campea a sus anchas, y la falsa izquierda, que no se debe confundir con la verdadera —dividida y silenciada, machacada u oculta, despojada de recursos, pero no extinta—, no se limitan a desplegar desde España feroces campañas propagandísticas contra esos gobiernos. Una y otra envían con similar desfachatez representantes suyos a los países de estos últimos para favorecer la subversión y, para no desaprovechar ninguna ocasión de ser colonialistas, lo son también en lo relativo a criterios lingüísticos.

Es más que sintomática la pasión con que, dentro y fuera de España, algunas personas e instituciones apoyan las líneas conservadoras y reaccionarias que subyacen en la RAE, aunque haya dado pasos favorables y tenga miembros que abracen la voluntad de revertirlas y hasta lo hayan logrado en algunos casos. Los partidarios de dichas líneas llegan a proclamar que ya la RAE les ha puesto fin a las prácticas de rechazo contra el predominio patriarcal presente, como en otras lenguas, en el español.

Se equivocan quienes piensen que la RAE puede aplastar cuanto disguste a la totalidad o a parte de sus integrantes. Ella expresará preferencias en torno al idioma, pero en el mejor de los casos podrá cuidarlo, sobre todo si se libra por completo de pautas colonialistas con que a menudo ha visto ella —respaldada aquí y allá por exponentes del pensamiento colonizado— el español hablado y recreado fuera de España, y si de veras respeta plenamente a las academias de la lengua constituidas en otros países hispanohablantes. Pero son los pueblos los que, uso mediante, deciden el rumbo del idioma: lo hacen.

A lo que debería poner fin la RAE es al sello monárquico que desde sus orígenes lleva en su nombre y en su orientación predominante, como si fuera la poderosa majestad de la cual las otras academias de la lengua española fueran no colegas, sino súbditas, para lo cual puede hallar servidores de este lado del Atlántico también: no por gusto existe la palabra cipayo. El signo de realeza la subordina de hecho —bastaría que lo hiciera putativamente para que el saldo fuese repudiable— a una Corona extemporánea y manchada por la corrupción, y que, aunque se le considere decorativa, sigue viviendo fastuosamente a costa del pueblo español.

El actual jefe de esa monarquía hasta con su nombre rinde culto a una larga ralea colonialista, y en la apertura del Congreso de la Lengua Española celebrado en marzo de 2016 en Puerto Rico declaró que él y la reina experimentaban “una gran alegría por viajar nuevamente a los Estados Unidos de América”. Ni él ni ella gozan de reconocida autoridad intelectual, pero el director del madrileño Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha —quien sí la tiene, y cuando fue director de la RAE ofreció esperanzas de plausibles aperturas conceptuales—, en la misma ceremonia sostuvo que por primera vez el Congreso tenía lugar “fuera de Hispanoamérica”. Académico y rey se igualan en prestarse para arrancar a Puerto Rico de la familia de pueblos a la cual pertenece, y regalárselo definitivamente a los Estados Unidos.

La Corona española es continuadora de aquella carcomida que en 1898, a espaldas de los pueblos de Cuba y Puerto Rico, se humilló en el Tratado de París ante el intervencionista gobierno de los Estados Unidos. Lo hizo luego de haber propiciado, con su criminal tozudez colonialista, la cacería de sus marinos por el ejército estadounidense en la Bahía de Santiago de Cuba. La RAE debería ponerle fin a su acatamiento de esa herencia, y pronto.

Se han publicado 57 comentarios



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  • El Zorro dijo:

    Estimado Toledo, con su excelente artículo dejeme decirle que se ha buscado ud innumerables detractores, ante la expuesta radiografía, de lo que constituye realmente la herencia dejada por los CONQUISTADORES, EXTERMINADORES E IMPOSITORES DE UNA CULTURA que hoy aún se defiende a ultranza, artículos como este no abundan, la memoria histórica solo se aplica cuando conviene y de vez en cuando hace falta aclarar y recordar cual es la verdadera cara de la España colonialista lo cual no es solo aplicable a la lengua.

    • Pepin dijo:

      LA R.A.E. ACLARA LA ‘RIDICULEZ’ DEL ‘DESDOBLAMIENTO’ DE LOS SUSTANTIVOS POR “CUESTIÓN DE GÉNEROS”.

      La Real Academia advierte y le pone fin al ‘todos y todas’, ‘ciudadanos y ciudadanas’

      La Real Academia y el uso correcto del idioma español

      Desde hace unos años, la Real Academia Española (RAE) viene advirtiendo y corrigiendo el uso indebido de ciertas palabras que intentan marcar la diferencia en los sexos y que son con asiduidad mal empleadas, como es el caso de “Todos y todas, ciudadanos y las ciudadanas, los niños y las niñas”, entre otras.

      La RAE ha explicado que este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto.

      La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Por tanto, deben evitarse estas repeticiones, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos.

      El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino-femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto. Así, ‘los alumnos’ es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones, explica la Real Academia Española.

      Entrar aquí para obtener más información de la RAE

  • Ileana dijo:

    En la gramática española hablamos de los géneros masculino y femenino. Libro es de género masculino; revista, de género femenino. Usamos la palabra sexo, por otra parte, para referirnos a personas: María es de sexo femenino; Juan, de sexo masculino. Emplear la palabra género como sinónimo de sexo proviene de una mala traducción de la palabra inglesa gender. En el idioma de Shakespeare y Virginia Woolf, gender puede significar ambos conceptos, pero en español género es un término gramatical o se emplea para categorizar una obra artística, sea literaria, musical, pictórica, etcétera; también tiene aplicaciones en la taxonomía animal, como cuando hablamos del género y la especie de las arañas o los murciélagos. Así, en términos estrictos, no deberíamos hablar de equidad de género sino de equidad entre los sexos, pues estamos refiriéndonos a la igualdad entre seres humanos, no entre los géneros gramaticales de los sustantivos, o de los adjetivos que con ellos concuerdan.
    El idioma español utiliza la forma masculina y femenina de las palabras como género gramatical, y cuando el término incluye a ambos géneros, el idioma utiliza gramaticalmente la forma masculina como género sintético, por lo que se dice que el género en español es incluyente. Es decir, la forma masculina usada en forma sintética es incluyente (incluye tanto al género masculino como el femenino) mientras que la forma femenina es excluyente (excluye al género masculino) por lo que se dice que el femenino es el género “marcado”. Así, en un grupo de hombres y mujeres, utilizamos el pronombre “nosotros” para referirnos a todo el grupo, sin importar el sexo del hablante. Sin embargo, si se utiliza el pronombre femenino “nosotras”, se excluye automáticamente a todos los hombres del grupo. Esta es una característica propia del idioma español. Sin embargo, actualmente algunos sostienen que el masculino “nosotros” es excluyente, por lo que tenemos que utilizar el desdoblamiento de términos y decir “nosotros y nosotras.
    El problema del sexismo en el lenguaje no es un problema lingüístico sino un problema sociocultural. No podemos cambiar las reglas gramaticales del lenguaje a nuestro criterio, el género gramatical es arbitrario, cambia de idioma a idioma y que no se puede utilizar como parámetro para determinar si una sociedad es más o menos sexista que otra.
    En español, el plural en masculino implica ambos géneros. Así que al dirigirse al público NO es necesario ni correcto decir “niños y niñas”, “compañeros y compañeras”, “hermanos y hermanas”. Decir ambos géneros es correcto, SOLO cuando el masculino y el femenino son palabras diferentes, por ejemplo: “mujeres y hombres”, “toros y vacas”, “damas y caballeros”, etc. En español existen los participios activos como derivados verbales: Como por ejemplo, el participio activo del verbo atacar, es atacante; el de sufrir, es sufriente; el de cantar, es cantante; etc. ¿Cuál es el participio activo del verbo ser?: El participio activo del verbo ser, es “ente”. El que es, es el ente. Tiene entidad. Por esta razón, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega la terminación ‘ente’.
    Se dice capilla ardiente, no ardienta. Se dice estudiante, no estudianta. Se dice adolescente, no adolescenta. Se dice paciente, no pacienta. Se dice comerciante, no comercianta. Se dice cliente, no clienta.
    Un mal ejemplo sería: La pacienta era una estudianta adolescenta sufrienta, representanta e integranta independienta de las cantantas y la velaron en la capilla ardienta ahí existenta.
    En español, y en otros idiomas con género gramatical, podemos evitar en el discurso el aparente antropocentrismo estructural del lenguaje utilizando palabras más genéricas. Por ejemplo, en lugar de decir los profesores podemos decir los docentes o el personal docente o aquí termina la programación dirigida a los infantes o a la infancia o a los menores en lugar de a las niñas y los niños, por solo citar dos ejemplos.

    • Preocupao dijo:

      Wow! Recto al mentón! Ippón! Headshot! +100. Francamente, mis conocimientos gramaticales ni se asoman a los desplegados por usted, así que no podría emplear sus argumentos para defender la posición que compartimos. Bien dicho jajajaja

    • Quindo dijo:

      Iliana estoy de acuerdo con su opinion y los argumentos expone.

    • Juan dijo:

      Lo mejor de este artículo es el cometario de Ileana. Yo soy un total defensor de la mujer y su “visibilidad”, pero no a costa de la lengua. Esa no es la raíz del problema y utilizarla como muestra de lucha por la mujer es sólo un “facilismo”.

    • Esteban II dijo:

      Magnífico!!!…Genial!!!

    • Enríquez dijo:

      Estoy de acuerdo con los comentarios de Ileana. De continuar la tendencia defendida por el articulista, llegaría el día que tengamos que decir: Ellos y ellas fueron al campo a montar caballos y yeguas.

      Además, los del sexo masculino también tendrían entonces el derecho de que no le digan, por ejemplo: Policía porque esta es gramaticalmente femenina (aunque está claro que el artículo el la hace clasificar como masculina).

    • Erick dijo:

      La felicito Iliana, me ha gustado mucho su comentario.

    • Rodolfo Crespo dijo:

      Pregunta a la Sra Ileana.
      Antes de la pregunta, decirle que nunca había leído una opinión tan clara al respecto, muy buena, encomiable.
      Pregunta:
      ¿Al referirse a una multitud puedo decir españoles y españolas, cubanos y cubanas, es decir, en los gentilicios hay que decir los dos o vale solo el plural masculino?
      Gracias

      • Ileana dijo:

        Como se puede apreciar, este es un tema que no está aún concluido y que es extremadamente polémico.

        La Nueva gramática de la lengua española (RAE, 2009) explica que existe una tendencia reciente, y variable según los países, a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de persona que manifiesten los dos géneros: ej. A todos los vecinos y vecinas; La voluntad de los peruanos y peruanas. Esta doble mención se ha hecho general en ciertos usos vocativos en los que el desdoblamiento se interpreta como señal de cortesía: ej. señoras y señores; damas y caballeros. Sin embargo, la Nueva gramática sugiere que no se use el circunloquio cuando el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo. En aquellos casos especiales en los que el contexto podría ser ambiguo reconoce que este desdoblamiento es aceptado. Por ejemplo, en un enunciado como Todos los cubanos pueden entrar al ejército, sería necesario decir todos los cubanos y todas las cubanas, pues es sabido que hasta hace pocos años el ejército era (y para algunos, sigue siendo) una profesión de hombres; y realmente lo que se quiere decir es que «tanto hombres como mujeres pueden entrar al ejército».

  • Aurora dijo:

    De acuerdo totalmente. Interesantísimo y esclarecedor. Para muchos, como dice el artículo, “el asunto no es relevante y cabe posponerlo.” Pero hablamos y escribimos diariamente, y sin percatarnos acentuamos pensamientos. Sugiero respetuosamente al autor condensar las ideas y resumirlo para su publicación en un medio asequible a todos los cubanos… y cubanas.

  • ATF dijo:

    Estimado profesor:

    No muy largo ha de ser mi comentario, como muestra de total allanamiento a su artículo. En la gramática, como en la vida, lo extremos son dañinos. Tanto mal hace el uso del patriarcal género masculino, como a todo momento dividir en hembras y varones todas las alocuciones. De la RAE ya habló usted bastante y bien.
    Excelente artículo, como nos tiene acostumbrados.

  • Uno ahi dijo:

    Bueno, lo que se plantea está muy bonito y todo eso pero hay una cosa que nunca me cansaré de decir: toda esta “moda” de las modificaciones al lenguaje por la “discriminación” es, y seguirá siendo(aunque se adopte), una falacia. El día que se convierta en una obligación el especificar “los niños y las niñas”, “los doctores y las doctoras”, estamos abriendo la puerta a “los cadáveres y las cadáveras”, “los hipócritos y las hipócritas”. Porque eso es lo que va a pasar. Y si nos ponemos a definir “excepciones” para que no sucedan ejemplos como los anteriores, para qué hablar de la complejidad que va a adquirir el idioma. Miren, como si cambian el nombrar a un grupo del masculino al femenino, pero ya basta de modificaciones absurdas usando la bandera de la “discriminación”. Al paso que vamos, llegará una época que, así como los cruzados en nombre de Dios y la “guerra santa”, hicieron lo que quisieron con sus Cruzadas, lo harán personas en nombre de la “discriminación” y tirarán por tierra cualquier objetivo realmente noble que se persiguiera en la lucha contra la discriminación.

  • victor dijo:

    Profesor: El diploma que se mostró en pantalla en el NTV, perteneciente a una graduación de especialistas del Ministerio del Interior, no obstante ser de una compañera, decía: LICENCIADO en Derecho

  • respetuosa dijo:

    El enfoque de género puede atentar contra la racionalidad de la economía del lenguaje. En todo caso, ya veremos si los hablantes de nuestra lengua terminan por adoptarlo (me inclino a pensar que no) y no intentemos imponerlo como parece dictar la moda por estos lares. Innecesaria moda, según el parecer de esta mujer que no necesita de defensas de gramáticos para ser plena y respetada.

  • Corona dijo:

    Realmente muchos de esos enfoques, actualmente, no se usan como términos discriminatorios, hacia el sexo femenino, a la hora de hablar. Más bien responden a la utilización continuada, durante siglos, de la generalización hacia el sexo masculino cuando se habla (generalmente en plural). Esa situación también pude ocurrir en otros idiomas, como el português.

    En algunos casos, por ejemplo, es mejor usar el artículo, antes del substantivo, que cambiar la última letra para determinar hacia que sexo está dirigida la frase que décimos

    Ejemplo: Adolescente: “adolescente“ (M), pero no se escucha bien decir “ adolescenta“. Lo correcto, creo yo, sería decir “la adolescente). En este caso es el artículo quien determina el sexo.
    De la misma manera puede suceder cuando usamos el substantivo “chofer“ (nadie diría “la chofera“, lo correcto sería “la chofer de la guagua“ (aunque, si quiere ahorrar confusión, le puede decir “ la conductora“ de la guagua). O decir “la soldada“ de infantería (sería mejor decir “la soldado de infantería“)

    Existen otros términos en los cuales solo se habla en sexo femenino, aún teniendo participación de miembros de ambos sexos, Ejemp: La multitud, la muchedumbre, la sociedad, la familia, la manada, la civilización.

    En fin, creo que muchas veces generalizamos las frases en “sexo masculino“ por costumbre que nos llegaron desde nuestros antepasados, no por discriminación de sexo, y también para ahorrar palabras en una frase determinada. Es más rápido y resumido decir: “Niños, vengan a comer!!!, que decir “ Niños y Niñas, vengan a comer!!!.

    Siempre que se pueda se debe hablar en referencia a ambos sexo, en definitiva la mujer merece el mismo respeto que el hombre. Sin ella estamos perdidos.

  • Manolon dijo:

    Muy bien el tema!! Pero … el articulo es demasiado largo!!! Tiene 2432 palabras!!! Los interesados (y con la preparacion adecuada) en el tema (los menos), lo encontraran bueno. Los menos interesados, o los que no saben que es interesante, importante y que deben leerlo, SON LA MAYORIA Y SON GENERALMENTE LOS MAS NECESITADOS EN CONOCER Y APRENDER!!! El necesario mensaje no llega pues no lo van a leer. Una vez, en 1967, el Sargento Jefe de mi Bateria de Morteros de 120 mm le dijo al Comunicador (el de “Comones”): “Los mensajes deben ser CCP: Claros, Concisos y Precisos.” El no era periodista ni intelectual, solo un simple guajiro convertido en Sargento que aprendio bien su oficio. Pero estaba muy claro!! El periodismo tambien debe ser asi …

  • el socialismo real dijo:

    pués cómo yó soy amante de la igualdad entre los géneros y toda igualdad posible pués a la honorable real academia machista le decimos: los y las muchachos(as) , compañeros(as) de nuestra Patria.

  • Leónidas dijo:

    Sr. Luis Toledo Sande
    La real Academia de la lengua Española es conservadora, neofranquista y al servicio del capital, elitista.
    En cuanto a lo de académica y académico, hombre y mujer, y así todos los pares debiera decirle que al especie es hombre, y el hombre puede ser mujer o varón, hombre mujer para la fémina y hombre varón para el sexo masculino.

  • Adrián dijo:

    Muy de acuerdo con usted pero la comunicación se basa en la efectividad y economía de medios para acceder a ella sin menoscabo de la elegancia. Pudiera “decretarse” lo contrario, el femenino como no marcado y acudir a “ellas” cuando solo una fémina esté presente. Yo no tengo problemas con el esfuerzo a hacer para adaptarme y me sentiría feliz de ayudar a visibilizar a la mujer desde el lenguaje, o cualquiera otra y seguramente mejor idea menos la enumeración enervante de los dichosos pares lexicales.

  • Humberto Pedroc dijo:

    La RAE no determina la lengua hablada, más bien la refleja. Si no la refleja bien, quien se desprestigia es ella. En verdad, el 99,7 % de las personas que hablan español, si hoy cerraran la RAE y no por un error no saliera en la prensa, morirían al cabo de sus vidas sin enterarse de que la habían cerrado. El problema no es la RAE.

  • m&m dijo:

    es correcto y bueno emplear vocablos inclusivos, pero considero idiota comezar a usar ambos, “-as” y “-os” en todas partes, hasta en las que no lo ameritan

  • Ultra dijo:

    Puff!!! que bueno y que contundente artículo!!!
    Me ha apasionado Ud con el tema

  • ARS dijo:

    En cuanto al término “presidenta”, por qué tiene que ser rabia por el ascenso de las mujeres. ¿Acaso tal derivación no expresa otro prejuicio? Creo yo que el problema es más complejo. Violentar las reglas y principios que gobiernan la combinatoria de constituyentes sintácticos, puede traer confusiones sobre todo en los niños. El sufijo “-nte” comúnmente llamado participio activo, denota la acción de un verbo en el sentido gramatical; no expresa género determinado alguno. Al cambiar “presidente” por “presidenta”, nada impide que haya cantantas, y cantantes, estudiantas y estudiantes, pacientas y pacientes, combatientas y combatientes, alarmantas y alarmantes, balbucientas, y balbucientes… En fin, quién sabe si hasta gentes y gentas, con lo cual, a nombre de cierta pureza, estaríamos en camino de viciar el idioma.

    • Ileana dijo:

      Es correcto el uso de la palabra presidenta. Aparece recogida en los diccionarios de la Lengua española con las siguientes acepciones: presidente, -ta. 1. Persona que preside o dirige un gobierno, una reunión, una empresa, un tribunal, etc.: ej. la presidenta de Nicaragua; presidente del congreso de los diputados; presidenta del jurado.// 2. f. coloq. Esposa del presidente. (Diccionario de uso del español de América y España, 2003) Sobre las marcas de género la Gramática de la lengua española (2010) explica que en tiempos relativamente recientes la lengua ha acogido voces como: jueza, médica, plomera, coronela, gobernadora, reflejo del cambio de costumbres en las sociedades modernas y del progreso en la situación laboral y profesional de la mujer. En la actualidad una amplia lista de sustantivos de persona que designan cargos, títulos, empleos, profesiones y actividades diversas, y hacen el masculino en -o, presentan el femenino en -a: abogado/ abogada; árbitro/ árbitra; arquitecto/arquitecta; banquero/ banquera; biólogo/ bióloga; catedrático/ catedrática; diputado /diputada; magistrado/ magistrado; ministro/ ministra; secretario/ secretaria; etc. Suelen ser comunes en cuanto al género los sustantivos que designan grados de escala militar, sea cual sea su terminación: el alférez/la alférez; el cabo/la cabo; el comandante/la comandante; el coronel/la coronel; el teniente/la teniente, etc.

  • Manzanillero dijo:

    Más que en el vocabulario, como formalidad y modernidad, la inclusión debe estar en la mente y en los actos.

  • Alf dijo:

    Me gusta lo que dice Ileana, y recuerdo además lo que decía al respecto la profesora Celima Bernal. Es ridícula esa práctica de mencionar a ambos géneros o “sexos”. Se llega al punto de hacerse una burla al lenguaje y se cometen entonces no pocos errores, y cito: “Los libros y las libras”… No digo más.

  • Ileana dijo:

    No creo que el idioma español sea el culpable. Es hora de que veamos a los géneros como un conjunto en vez de como un juego de polos opuestos. Debemos parar de desafiarnos los unos a los otros. los hombres tampoco tienen todos los beneficios de la igualdad, luchar por los derechos de las mujeres no es sinónimo de hacer una competencia con los hombres. Y si de algo estoy segura es creer que tanto hombres como mujeres deben tener iguales derechos y oportunidades. Es la teoría política, económica y social de la igualdad.
    La diferencia social se debe referir a que cada individuo es único e irrepetible, mientras que la desigualdad remite a cierta superioridad o inferioridad, en términos sociales, de algunos individuos sobre otros.

    La igualdad admite diferencias, pero no como es obvio desigualdades. Mientras que la desigualdad supone discriminación y privilegio, la diferencia implica semejanza recíproca o diversidad entre cosas de una misma especie, lo cual permite distinguirlas unas de otras, sin que ello implique necesariamente discriminaciones ni privilegios de ningún tipo, ni ontológicas, ni políticos. Es decir, la diferencia puede ser, y de hecho, ha sido utilizada como punto de apoyo para la desigualdad pero esto es algo que carece de fundamento.
    La igualdad se entiende como una relación de equivalencia, en el sentido de que los sujetos tienen el mismo valor, y precisamente por ello son iguales. Pero aunque tengan el mismo valor no quiere decir que tengan la misma identidad ni que sean uniformes.

    Equidad de género. Se refiere a la justicia en el tratamiento de hombres y de mujeres, la cual implica la redistribución de recursos y oportunidades entre ambos, más allá de las ellas y los ellos del idioma.

  • Enrique dijo:

    Efectivamente, escabroso tema y uso lo de escabroso a propósito pues la palabra escabroso se refiere fundamentalmente a un terreno lleno de elementos que hacen difícil transitar por él y pudiéramos decir terrena?. Yo no considero sea necesario complicar el idioma independientemente de lo elitista que pudiera ser la RAE u otro epíteto aplicable a la misma. Lo esencial es que mientras más simple sea el comunicarnos, mejor será. La esencia está en cómo somos capaces de reconocer la valía en todos los sentidos de la mujer.
    Dejémonos de tanto cuento con “esto, esta”, “ello, ella”. Si seguimos por ese camino ahorita diremos “revistas y revistos”….

Se han publicado 57 comentarios



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Luis Toledo Sande

Luis Toledo Sande

Escritor, poeta y ensayista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas y autor, entre otros, de “Cesto de llamas”, Premio Nacional de la Crítica. Mantiene el blog http://luistoledosande.wordpress.com/

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