Separatismo de doble standard
Con los separatistas ocurre lo mismo que con los terroristas, los narcotraficantes y los contrabandistas de armas: los hay buenos y malos. Estados Unidos es quien los clasifica y los certifica.
Vender armas al Talibán afgano era legítimo cuando los invasores eran soviéticos, traficar con drogas perdonable si lo hacían Oliver North, y Posada Carriles, para armar a la contra nicaragüense y sabotear un avión de pasajeros fue admisible porque se trataba de una nave de Cubana de Aviación.
Entre las anécdotas separatistas bendecidas por Estados Unidos que se beneficiaron con ellas figuran las de Texas y Panamá, estimadas como felices, mientras otras dos fueron consideradas inadmisibles.
La primera ocurrió alrededor de 1880, antes de que Estados Unidos completara su expansión territorial y estuvo protagonizada por Aaron Burr, un personaje entre trágico y pintoresco, tercer vicepresidente norteamericano y que por su cuenta, conspiró para crear en Texas un estado propio, mediante la introducción de granjeros alemanes, proyecto que repitió en los territorios franceses y españoles en el sur de Norteamérica.
Jefferson, que entonces era el presidente y, tenía o conocía de otros planes relacionados con la expansión diseñada como parte del "destino manifiesto", consideró las maniobras de su vicepresidente como actos de traición, hecho que unido a la polémica gestada alrededor de Burr, por haber ultimado en un duelo a Alexander Hamilton, consiguió que se le acusara y juzgara por traición.
El otro episodio es más conocido por haber sido decisivo para la configuración y consolidación de la unidad que es base del imperio, y por haber tenido como eje a la mítica figura de Abrahan Lincoln, pasó a la historia como la Guerra Civil.
Cuando en 1860 ciertas diferencias políticas y económicas, algunas asociadas al tema de la esclavitud, exacerbaron las rivalidades entre los estados industriales del norte y los del sur de la Unión Norteamericana, predominantemente agrícolas, comenzando por Carolina del Sur se inició la secesión, a la que se sumaron Mississippi, Florida, Georgia, Alabama, Luisiana, Texas, Arkansas, Virginia, Carolina del Norte y Tennessee. Lincoln no vaciló y ordenó reclutar un ejército voluntario y cargó contra los bastiones separatistas.
La guerra que enfrentó al gobierno federal, respaldado por los estados del norte contra 11 estados sureños, fue una de las más cruentas de todos los tiempos, se prolongó por cuatro años, ocasionó 600 000 muertos, el doble de heridos y mutilados, arruinó la economía del sur, que asumió costos por alrededor de 1000 millones de dólares de entonces y consolidó la unidad nacional.
A pesar de tan terrible experiencia, para obtener ganancias políticas, Estados Unidos ha favorecido actitudes separatistas. Estimuló la desintegración de la Unión Soviética, una unión creada por los bolcheviques sobre la matriz del imperio de los zares, al tiempo que aplaudió la desintegración de Yugoslavia creada a partir de la disolución del imperio Austro - Húngaro y al amparo del Tratado de Versalles, auspiciado por el presidente Woodrow Wilson.
Como parte del proyecto para debilitar a Rusia, las administraciones estadounidenses no sólo han endosado el separatismo chechenio, sino que apoyan el de Kosovo, con lo cual se intenta debilitar a Serbia, uno de los aliados europeos con que pudiera contar el Kremlin en una eventual confrontación con Estados Unidos.
Tan sinuosa política ha llevado a inconsecuencias como fue la ruptura de relaciones con Taiwán y el reconocimiento de la República Popular China, para, bajo cuerda continuar apoyando las apetencias separatistas de la isla, segregada de China, hecho que crea constantes fricciones, incluso situaciones criticas y peligros para la paz en Asia.
Las más recientes paradas de esta irresponsable política ocurren en Sudamérica, donde la actual administración norteamericana retoza con apetencias separatistas oligárquicas en el estado venezolano de Zulia, al tiempo que envía a Bolivia como embajador a Philip Goldbert, reputado como experto en deshacer estados y naciones quien, abiertamente estimula los conflictos asociados a los intentos de disolver ese país mediante la imposición de autonomías regionales, desconociendo la autoridad del gobierno central.
Tal vez no exista ninguna maniobra política tan irresponsable, perversa y peligrosa como la de tratar de disolver naciones para lograr mezquinas conquistas económicas y alcanzar espurios objetivos políticos. Estados Unidos debiera pensarlo mejor antes de contraer semejante responsabilidad histórica.

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