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ESCENARIOS DE LA BATALLA DE IDEAS

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La bella expresión de Federico Engels, acerca de que el "El Marxismo no es un dogma, sino una guía para la acción" no consiguió impedir el dogmatismo y, en cambio, dio lugar a inconsecuencias teóricas que convirtieron la teoría revolucionaria en una sustancia ideológica susceptible de ser moldeada para "adaptarla a la realidad".

El fondo del asunto se deriva de una confusión metodológica conducente a la suplantación de los papeles: las ciencias no son instrumentos para trasformar la realidad, sino para comprenderla. En lo que alude a las ciencias sociales, la transformación, en el sentido revolucionario de esa expresión viene desde la política que puede o no estar inspirada en postulados científicos.

Los problemas para la comprensión de la ciencia contenida en el marxismo emanan de un hecho único en la historia del conocimiento: la intención de las vanguardias políticas europeas del siglo XIX, marxistas, socialdemócratas y anarquistas de instalar en la conciencia social de la época y convertir en funcionales para el trabajo de masas los resultados científicos alcanzados por Carlos Marx en sus estudios sobre el capitalismo.

Aquellos esfuerzos por convertir las batallas políticas en procesos cultos y conscientes, que procuró la participación reflexiva de los trabajadores en la lucha de clases, sin conformarse con arrastrarlos y usarlos, fue precursor de un estilo que caracterizaría al socialismo.

Ignoro si en su juventud, en medio de los preparativos para desplegar la lucha revolucionaria e inmerso en los peligros y las tensiones de un empeño político sin precedentes Fidel Castro, conocedor de la historia política europea, tuvo oportunidad para estudiar aquellos procesos; lo que consta, a lo largo de sus 50 años como conductor de luchas políticas de masas, es la obsesión por aplicar una premisa: primero las ideas. En su comprensión de la revolución, el desarrollo y el progreso, no hay sucedáneos para la actuación consciente.

Semejante óptica, más perfecta en unos sitios y momentos que en otros, dio al socialismo un contenido ético que ninguna otra corriente política tuvo nunca. El demeritado esfuerzo de concientización, llamado despectivamente adoctrinamiento, fue una inédita voluntad por desarrollar la cultura política de las mayorías y convertir su frustración, la pobreza y la furia en conciencia. Entre sus primeras batallas políticas Lenin confrontó la tendencia del movimiento revolucionario de aprovecharse y rendir culto a la espontaneidad de las masas.

Como quiera que nunca las vanguardias revolucionarias estuvieron formadas por científicos ni las revoluciones fueron ejercicios académicos, los esfuerzos por divulgar la teoría se exageraron. Imponerse la tarea de, en breves plazos y bajo tensiones tremendas, enseñar Economía Política, Filosofía o Sociología a los obreros para que su actuación fuera consciente, si bien fue un empeño digno de los mayores elogios y que arrojó esplendidos resultados, condujo a simplificaciones que, al entroncar con el dogmatismo y el oportunismo teórico que acompañaron y sobrevivieron al stalinismo, presentaron la teoría de la revolución como una caricatura de ciencia social.

Con su habitual capacidad para trascender lo convencional, Fidel Castro que nunca se sometió a las reglas de razonamiento teóricas impuestas al movimiento comunista internacional por el aparato ideológico soviético, no acató ni divulgó las esquemáticas interpretaciones acuñadas y puso toda su capacidad y sus energías en función de una vasta obra educacional, cultural y cientifica, otra vez evade los caminos trillados para llamar a una batalla de ideas.

No se trata ahora de hacer prevalecer la ideología de una clase o de una vanguardia política ni de implantar una doctrina, sino de trascender todo lo que segmenta y divide y procurar un consenso universal en torno al hecho inobjetable de que el orden económico es irracional y hace peligrar a la especie humana y a todo lo alcanzado, incluso el bienestar de las naciones más ricas.

La batalla ideológica es un vasto pensamiento que no se conforma con la disminución de los gases de efecto invernadero ni con otros paliativos, sino que aspira a la promoción de cambios en estilos de vida insostenibles, el fin de la pobreza y el hambre, la opresión y la hegemonía impuesta por las armas y la fuerza. La opción por un mundo mejor es una apuesta ganadora porque los norteamericanos no tienen vocación suicida y los ricos tienen demasiado que perder. La lógica es muy simple: o cambian o los cambian.

Los enormes errores teóricos y prácticos que condujeron al fin del socialismo real en Europa Oriental y la Unión Soviética que en su caída arrastraron a una teoría que allí mismo había sido deformada hasta lo absurdo, no pudieron borrar las contribuciones del marxismo que, en su versión original, sigue siendo, el más sólido pilar de las ciencias sociales actuales.

El problema es de la escala en que se aplica. La ciencia social es válida y determinista al reflexionar sobre grandes periodos de tiempo, formaciones sociales enteras y épocas históricas y pierde eficiencia cuando se le utiliza para contar anécdotas, examinar retazos de la historia o justificar acciones políticas.

En su significado más cabal el Marxismo es dogma en lo que contiene de científico y guía para la acción cuando sus revelaciones acerca de la injusticia del capitalismo devienen instrumentos de denuncia y movilización. Una y otra condición no son incompatibles.

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Jorge Gómez Barata

Jorge Gómez Barata

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.

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