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Crónica sobre un secuestro en Guatemala.

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  Percy Alvarado Godoy  

Guadalupe Rojas no pudo imaginar lo que vendría después. A pesar de que era sólo una joven recién estrenada para la vida y para el amor, su afán de no estarse quieta ante tanta injusticia le depararía un costo muy alto. Sin haberlo imaginado, había penetrado dentro de las redes de una telaraña llena de golpes y lastimaduras, de certidumbres e inquietudes, en la que recibiría sólo eso, aparte de la satisfacción de que lo hacía con la convicción de que no tenía otra alternativa que luchar al lado de su pueblo.

A su mente llegaron aquellos días que vivió antes de entrar a la Universidad de San Carlos de Guatemala, cuando fue dirigente estudiantil de la enseñanza media en Quetzaltenango. Los años 70 fueron años difíciles. Nadie podía vivir tranquilo en esos tiempos. La represión de las dictaduras militares se había concentrado hacia las ciudades y hacia las infraestructuras guerrilleras urbanas. Decenas de profesionales, obreros y estudiantes eran sometidos a una constante represión. No había un día en que no fuera asesinado alguno de ellos. Los barrancos aledaños a la capital, las carreteras apartadas, los solares yermos, eran los lugares en los que aparecían los cadáveres torturados. Otros jamás aparecieron, eran enterrados en lugares desconocidos y nunca más se sabía de ellos. El pueblo miraba con terror cómo la mano criminal del ejército y de los escuadrones de la muerte, que eran ellos mismos, arrancaba la vida de los mejores hijos de Guatemala.

Estos Escuadrones de la Muerte aparecieron en 1966 con el propósito de que el ejército contara con un aparato represivo y de inteligencia, encargado de localizar y torturar a todo aquel que potencialmente pareciera ser un enemigo u opositor al status quo imperante. Llegaron a secuestrar, torturar y ejecutar a cientos de revolucionarios a partir de este momento. Inició esta cofradía de organizaciones represivas al servicio del gobierno, una conocida como la Mano Blanca o la MANO (Movimiento Anticomunista Nacional Organizado). Sus jefes, entre los que se destacaron Raúl Lorenzana y Orantes Alfaro, eran abiertamente anticomunistas. Idearon una divisa que les identificaba: "Por una Guatemala próspera y libre del comunismo". Muchas personas padecieron los ataques de este grupo. El resultado era siempre el mismo: decenas de asesinados, con la lengua arrancada de su lugar y sin la mano izquierda.

No les bastó a los uniformados una organización de este tipo que, aunque dirigida por civiles y abastecida por el ejército, no estaba completamente bajo su control. Por eso crearon en ese mismo año el CADEG y la NOA pocos meses después, esta vez compuestas por militares y policías de civil. Estas tres organizaciones paramilitares iniciarían una larga cadena de grupos represivos al servicio de la dictadura, que llegaron a ser cerca de veinte a lo largo de los últimos cuarenta años.

Es precisamente en esta época, cuando Guadalupe participa activamente como dirigente estudiantil, que aparece revivido el llamado Ejército Secreto Anticomunista, al servicio de los militares, integrado por ellos como otros grupos paramilitares. El objetivo de la aparición de estos escuadrones de la muerte era ocultar una verdad, hacer aparecer el terror no como un fruto del estado, sino como una reacción popular contra los comunistas y guerrilleros.

A pesar de esta represión sin límites, decenas de jóvenes participan activamente en el seno de las organizaciones estudiantiles. Guadalupe es una de ellas.

¿Cómo estarme en las aulas de espaldas a la realidad que golpea a mis gentes? ¿Será que acaso debo acostumbrarme como un cordero a poner la otra mejilla con la mansedumbre de quien nace y vive, respira y siente, como una vasallo? Yo no soy así. Eso no va ni con mi carácter ni con mi conciencia de mujer. Por eso no podía quedarme tranquila. Por eso la sangre me hirvió desde un principio y los puños se me crisparon de indignación.

Era necesario hacer algo. La escuela era también como una cárcel. Había que salir de ella a pelearse por el mundo, a denunciar cada atropello y cada injusticia. Por eso nos salimos a la calle a protestar. Era hermoso todo aquello. Y también era digno. Los muchachos nos enfrentamos al ejército y a la policía sólo con nuestros puños y los carteles. Pero lo más lindo era que no podían doblegarnos por más que trataron de hacerlo. Ni los ataques despiadados de los policías durante la represión a los manifestantes, ni las torturas a que eran sometidos los capturados, ni las amenazas de muerte, podrían detenernos.

No fue fácil luchar. A todos nos costó un precio muy alto. En mi caso, en aquella época, perdí a mi compañero. Lo amaba con toda mi alma. Esa vez creí haberlo perdido todo. Mi corazón se resistió a perder el influjo de su sonrisa, la compañía permanente de sus caricias y, sobre todo, su presencia cercana. Se me había ido todo de un solo golpe. Ya no habría para mí jamás aquellas tardes de promesas de amor, de sueños compartidos bajo la luz de la luna, de sábanas todavía tibias y llenas de aspiraciones inconclusas. Con dolor lo soporté entonces, porque debía vivir para los demás, para todo mi pueblo que sufre como yo tanto martirio. Su muerte no me debilitó. Por el contrario, fortaleció en mí la convicción de que debía continuar. Y así lo hice, por mí y por él, por los demás.

Fue capturada aquel día de finales de julio en Zunil, cerca de Quetzaltenango, por el ejército. No tuvo oportunidad para escapar de las garras de los militares. Cuando fue detenida en un retén militar en la carretera, supo que debía enfrentar un reto casi invencible. De inmediato fue conducida al cuartel de la Brigada Militar "Manuel Lisandro Barillas", en ese entonces bajo las órdenes del coronel Francisco Luis Gordillo Martínez, allá en Quetzaltenango, quien un tiempo después, el 23 de marzo de 1982, integraría el triunvirato que dirigió el golpe de estado que derrocó al general Aníbal Guevara. Esa gente del cuartel no tenía compasión con nadie. Era gente especializada en la tortura. Los habían preparado para eso con la asesoría de militares gringos y argentinos.

Fueron días terribles para mí. Hubo momentos en que creí que no resistiría. Constantemente me sometían a interrogatorios. Durante todo el tiempo no me dejaron dormir. La pequeña celda estaba siempre iluminada y sometida a ruidos insoportables. No siempre eran los mismos los que llegaban hasta la celda o al salón de torturas. Cada vez que llegaba uno distinto, me violaba. Yo no podía evitarlo, pues estaba con las manos amarradas y con una capucha de gamezán en la cabeza. Además de los golpes, llegaron a clavarme agujas en el cráneo, a aplicarme corriente eléctrica en los senos y en los genitales, a pegarme con macanas y con otros objetos. El dolor fue lacerante al principio, luego desapareció. Yo ya no sentía. El cuerpo de uno tiene esa rara capacidad de resistir el dolor luego de que éste está golpeado, que ya nada importa, simplemente nos deja de doler.

Unas veces me traían fotos de compañeros estudiantes para que yo los identificara como guerrilleros. Claro que conocía a varios, pero no podía decirlo. También me enseñaron fotos de gente masacrada, toda llena de sangre. No había duda que pretendían intimidarme. Muchas veces me dijeron que lo mismo me pasaría si no les cooperaba. Otras veces me sacaban en un auto, disfrazada y generalmente por la noche, para que les colaborara identificando a presuntos revolucionarios. Me hicieron recorrer junto a ellos las calles de la ciudad, mi propio barrio y todos los lugares donde se reunían los jóvenes de allí. Eso se hizo una rutina en esos días. Por la madrugada y la mañana me torturaban, y luego me sacaban a la calle, oculta tras los vidrios del auto. Sin embargo, mis dedos no señalaron jamás a nadie. Cada vez que no obtenían resultados (nunca los obtuvieron), se volvían más sádicos conmigo. Volvían otra vez a golpearme y a descargar su frustración mediante las más abusivas violaciones corporales. Me negaron el agua y la comida. No escatimaron recursos para quebrarme. Era la lucha entre ellos y yo. Entre mis principios y su terquedad. Era mi propia lucha por sobrevivir de una manera digna, no como una traidora. Era la lucha entre su terquedad y mi odio hacia ellos.

En mí se fortaleció entonces la conciencia de que debía resistir a toda costa. Yo estaba muy dolida por sus abusos y todo mi miedo de un inicio se convirtió en rabia, en un odio salvaje hacia ellos. No me vencerían, me dije muy adentro. No me vencerían. Y así fue.

Para los militares era frecuente recurrir al secuestro para buscar la colaboración del supuesto guerrillero o simpatizante. El objetivo era quebrar su voluntad mediante la tortura y convertirlo en un traidor. Ese era el plan que habían elaborado los de la inteligencia para con Guadalupe Rojas. Si lograban su objetivo, ella podría ser usada para infiltrar a los grupos estudiantiles, conocer sus nexos con la guerrilla y disponer de un informante permanente dentro de estos grupos. Ya habían tenido cierto éxito en este sentido, por eso acariciaban la idea de que otra vez podrían lograrlo. No contaban, sin embargo, conque la joven no estaba dispuesta a dejarse vencer.

Una vez, conversando con su novio en el Obelisco de la zona 9, en la capital, cuando todavía disfrutaban ambos aquellos encuentros domingueros, tomando atole de elote (11) y comiendo chuchitos (12), le comentó:

_ Mire, mi amor, jamás abandonaremos nuestra lucha. ¿No es cierto? A veces pienso que es preferible morir a traicionar a todos nuestros ideales.

Él la atrajo hacia sí y la besó con ternura. No hacía falta que le dijera lo mismo. Él tampoco fallaría y se lo demostró después, aquella noche en que murió combatiendo contra un grupo de policías no muy lejos de donde ahora se encontraban.

Mientras tanto, sus familiares acudieron varias veces, desesperados, al cuartel de la ciudad. Siempre la misma respuesta: ella no estaba allí. Hasta el propio coronel Gordillo les dijo cínicamente no saber nada de Guadalupe. Era evidente que no querían reconocer el secuestro y, mucho menos, devolver a la joven violada y torturada.

(11) Atole de elote: especie de atole hecho de maíz.

(12) Chuchitos: tamales dulces de tamaño pequeño.

Tal vez en esos momentos habían determinado eliminarla y dejar su cuerpo, abandonado y sin vida, en algún lugar de las afueras de Quetzaltenango, pero no sucedió así. Simplemente no tuvieron la oportunidad para hacerlo. Simplemente

no tuvieron la oportunidad para hacerlo. Los militares se jugaron la última baraja con ella y la sacaron por última vez para obligarla a identificar a algún supuesto guerrillero. La joven se aprovechó de un descuido y escapó del auto en que viajaba junto a dos de sus captores por la zona del parque Centroamérica. Por más que la buscaron, no pudieron encontrarla. Se la había tragado la noche. Apenas si podía moverse a causa del dolor, apenas si podía dar un paso hacia la libertad. Sin embargo, lo logró. Era el día cuatro de agosto de 1981.

Realmente no sé cómo sucedieron las cosas. Lo cierto es que me les fui delante de sus narices. Me imagino el gran alboroto que esta fuga debe haber provocado en el cuartel y en toda la ciudad. No podían suponer que una persona como yo, torturada y mal alimentada en los últimos días, encontrara la forma de escaparse de allí. Tuve que ocultarme entre las gentes, buscar lugares oscuros y tratar de no levantar sospecha. Por suerte pude llegar a casa de unos amigos. De inmediato contacté con mis compañeros, a los que no había delatado a pesar de todo, y ellos me ayudaron a esconderme. Con el rostro inflamado y cada parte de mi cuerpo lastimado y ofendido, sin embargo con la conciencia limpia, volvía a vivir.

Para mí aparentemente todo había terminado. No podía imaginar que ellos, burlados y ofendidos en su orgullo de represores, iban a descargar su impotencia otra vez contra mí, pero esta vez no contra mi persona física; esta vez me golpearon muy dolorosamente, contra una parte sensible de mí: mi hermano pequeño. No les importó su edad ni el dolor de mis padres. Llenaron de luto a mi familia, de mucho luto y pesar. Todavía lo recuerdo acostado junto a mí cuando tenía apenas un año de edad, cuando aprendió a dar sus primeros pasos, cuando me ofreció su primera sonrisa para mostrarme el estreno de sus dientes. Todavía lo recuerdo cuando quería ir conmigo a las manifestaciones, diciéndome que no tenía miedo, que él era un hombre ya, que no me preocupara por él.

¿Crees que puedo llorar? No sé si en mi alma quedan lágrimas. Esta tristeza que siento es tan grande que, si uno tuvo su cuota de dolor, para mí creo haber alcanzado lo que me tocaba. Mi novio y mi hermanito han sido la contribución que he pagado. Tal vez me toque sufrir más, pero creo que detenerme ahora sería como traicionarlos.

Un pick up de color blanco se detuvo frente a la casa de la familia Rojas en la once avenida, cerca del parque Centroamérica, en Quetzaltenango, no muy lejos de donde ella se había escapado la noche anterior. Nadie se pudo enfrentar a ellos, aunque todos sabían que la muerte venía en la punta de sus pistolas y metralletas, retratada en sus ojos fríos y en sus rostros de facciones crueles. De él salieron tres individuos vestidos de civil y fuertemente armados. Penetraron en la casa familiar haciendo un desproporcionado alarde de fuerza. Mientras registraban la vivienda, lo destruían todo a su paso. Maldecían en voz alta con malas palabras y otras ofensas. Buscaban a Guadalupe o a un indicio de ella.

Uno de ellos, el que parecía ser el jefe le gritó a la señora María Rojas:

_ ¿En dónde está la cabrona de su hija? ¡Respóndame, o aquí mismo les rompo la madre a todos ustedes!

_ Se lo juro por Dios que no lo sabemos. Hemos estado varias veces en el cuartel averiguando por ella y no aparece. ¿Quiénes son ustedes y por qué las buscan?

_ La muy puta se nos escapó y debe estar por aquí. - le respondió. Tomó aliento y entonces se dirigió a los otros que venían con él - ¡Registren todo!

Mientras apuntaban con sus armas a la madre de la muchacha, amarraron al hermano pequeño, Miguel José, de tan sólo trece años de edad y lo tiraron en el piso de la pequeña sala. Sobre su cabeza colocaron un saco luego de taparle la boca con una tira de maskin-tape. No les importaba ni el llanto desesperado de la madre ni la edad del adolescente. Se comportaron como bestias durante esa hora que duró el registro. Todo lo desordenaron y rompieron sin ninguna precaución.

_ Esa desgraciada no está por aquí, mi jefe. - Dijo uno de los hombres que salía del fondo de la casa.

_ Tampoco yo la he encontrado y eso que he buscado por todos lados.

_ Si ella no aparece, no nos vamos a ir con las manos vacías. ¡Vamos a llevarnos al hermano para ver si ella se entrega o la familia nos dice dónde está!

_ Por favor señores, ... se los suplico. Nosotros no sabemos dónde está Guadalupe. ¡No se lleven a mi hijo!

Los gritos de doña María hicieron que algunos vecinos se acercaran a la casa. Apenas los vieron asomarse, los tres hombres los apuntaron con sus armas.

_ ¡Váyanse a la mierda o nos los llevamos a ustedes también!

Uno a uno se fueron retirando. Ninguno de ellos se atrevió a oponer resistencia o a protestar.

Entonces tomaron conciencia de que nos les convenía tanto alboroto. Era claro que allí no estaba Guadalupe, por lo que se dispusieron a marcharse llevándose al muchacho con ellos lo más rápido posible.

Los gritos de la madre no hicieron eco en sus oídos. Todo parece indicar que el secuestro de Miguel José ya estaba decidido de antemano. Tal vez para vengarse de Guadalupe, tal vez para presionarla, lo cierto es que ese día cuatro de agosto, un niño de trece años dio sus primeros pasos hacia la muerte. Fue sacado a empujones de la casa y tirado en la cama del pick up. El auto arrancó con rumbo desconocido. Que esa gente era del ejército, no había la menor duda. No había dudas en doña María y en las otras personas que observaron el secuestro.

Mientras el auto se perdía en las calles de Quetzaltenango, en dirección al cuartel "Manuel Lisandro Barillas", el niño iba amarrado y con la cabeza tapada. Sobre su cuerpo tiraron una lona de color verde oscuro. Todo era silencio a su alrededor. Un silencio que a ratos interrumpía el claxon o el motor de algún un auto lejano, se apoderó de la ciudad. Así el pick up tomó por la calle Rodolfo Robles, en busca de la 19 avenida. Iba directo hacia la muerte, hacia un destino del que no se podría apartar Miguel José.

¿Qué me harán estos hombres? ¿Qué he hecho yo de malo? No veo donde estoy. Sólo siento que el auto se mueve y yo estoy tirado sin poder zafarme. Pobrecita mi mamá. Ella estará sufriendo ahora por mí y por la Lupe. ¿La volveré a ver alguna vez? ¿Serán capaces estos hombres de hacerme daño?

Nunca se supo otra vez de Miguel José Rojas, aquel niño de sólo trece años, que tuvo el único delito de que su hermana, tan joven como él, se fugara de las mismas garras de la muerte y la tortura. Su cuerpo tampoco apareció jamás. Es casi seguro que fue conducido al mismo cuartel y a manos de los mismos torturadores. Es posible que haya sufrido los mismos maltratos que su hermana. Es posible que ahora no existiera la misma oportunidad de escapar que tuvo ella. Lo cierto es que aquel niño murió sin decir una palabra, sin decir una verdad que desconocía. Sobre su cuerpo de adolescente deben haberse descargado golpes y electricidad, humillaciones de todo tipo.

De inmediato vino el deambular de los padres en busca de ayuda por todas partes, la búsqueda de la solidaridad, de la mano que se tendiera para encontrar al niño desaparecido. Todo fue en vano. Sus propios asesinos negaron haberlo detenido. Todavía tenían fresco en sus narices el olor de la sangre de su víctima, todavía retumbaban en sus oídos los gritos de dolor provocado por la tortura, todavía tenían la conciencia sucia ante el vil asesinato. De la misma forma que no hubo piedad, tampoco hubo la decencia de devolver su cuerpo mancillado.

Ni el Coronel Quintero, quien sustituyó en Quetzaltenango al coronel Luis Gordillo Martínez, supo dar una respuesta. Tal vez sabía la verdad, pero con sus manos ensangrentadas negó que el niño hubiera sido capturado por ellos. El propio Arzobispo Casariego tampoco pudo dar respuestas al clamor desesperado de los padres. Ni el presidente Romeo Lucas, artífice de la represión y responsable de ella, quiso dar una respuesta esclarecedora. Para ellos, la guerrilla fue la responsable de la desaparición del niño. No podía haber otra salida que no fuera culpar a otros por sus crímenes. Esa era parte de su estrategia de contrainsurgencia. Esa era parte de su respuesta al pueblo.

La verdad fue otra. Miguel José era una víctima más. Y su edad para nada importaba a sus victimarios. En Guatemala hasta los niños han sido desaparecidos, arrancados del seno familiar sin otra excusa que no sea reprimir todo intento de libertad. Así ocurrió aquel triste cuatro de agosto de 1981. ¿Podría haber sido diferente cuando, en casi la mitad de las cerca de cuatrocientas veinte y dos masacres (¡422! ), que tuvieron lugar en Guatemala en los últimos años, han sido asesinados niños y niñas que no pasan de los trece años de edad? ¿Podría haber sido diferente si los niños son empujados junto a sus padres a una éxodo desesperado para salvarse de la represión del ejército, de las PAC y de los Comisionados Militares?

Tal vez Miguel José, con su cuerpo torturado y violado, esté abandonado a las sombras de la muerte en algún lugar desconocido. Tal vez lo conviertan en una cifra más, en una estadística más. Tal vez nunca se encuentre su cadáver por sus padres y familiares, para recibir cristiana sepultura. Tal vez sus familiares no lo puedan volver a ver alguna vez, sobre todo cuando tuvieron que abandonar el país ante las amenazas de muerte. Tal vez este hecho quede plasmado sólo como una denuncia más hecha ante el mundo, sin que alguien encuentre finalmente la verdad. Tal vez su muerte sea otra vergüenza más para la historia de los guatemaltecos. Lo cierto es que su voz quebrada por el dolor, su cuerpo lastimado y sin vida, su infancia tronchada por la muerte, retumbará siempre en los oídos de sus victimarios como una acusación, y como un motivo de nosotros para seguir luchando:

Pobre mamita, cómo debes de sufrir por mí y por la Lupe. No me olvides nunca que yo, donde quiera que vaya, te recordaré. Tal vez desde ahora ya quiero irme al cielo junto a Jesús. ¡Por favor, mamá, cuídame mis libros y mi balón de fútbol! Creo que, si Dios quiere, regresaré algún día.

Percy Francisco Alvarado Godoy

Escritor guatemalteco.

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Percy Alvarado

Percy Alvarado

Periodista guatemalteco radicado en Cuba. Autor del libro testimonial "Confesiones de Fraile"