Lápiz con punta: Una de Jefferson
Julio García Luis
Thomas Jefferson fue un personaje singular. Aunque resultó el tercero de los presidentes de Estados Unidos, y el primero, según se afirma, en competir por la nominación, consideró siempre que este cargo era de lo menos importante que había hecho en su vida. De ahí que antes de morir, en el epitafio que él mismo escribió, mandó a que se pusiera en su tumba que había sido el autor de la Declaración de Independencia, el redactor del estatuto de libertad religiosa de Virginia y el fundador de la Universidad de ese Estado. "Ni una palabra más".
Hay cosas de este abogado que a la vez fue granjero, filósofo, escritor, arquitecto, urbanista, científico, inventor y músico, que tal parecería que fue capaz de avizorar, dos siglos antes, los tiempos mediocres de los Bush, las Condoleeza, los Rumsfeld y los Wolfowitz.
Cuando ocupaba el puesto de Secretario de Estado, en 1793, los acontecimientos de la Revolución en Francia, donde acababa de ser descabezada la monarquía, sacudieron al mundo. No faltaron entonces en la naciente república norteamericana quienes postulaban aislarse de aquel hecho y no crear nuevos motivos de irritación con las poderosas casas regentes europeas. Jefferson, sin embargo, defendió el reconocimiento de la República francesa.
"Nosotros de seguro -escribió a Morris, representante estadounidense en París- no podemos negar a ninguna nación el derecho sobre el cual está fundado nuestro propio gobierno, que cualquiera se puede gobernar a sí mismo de acuerdo a cualquier forma que le plazca, y cambiar esas formas a su propia voluntad" (*)
Si Jefferson viviera hoy y se atreviera a decir algo como eso a la clase política de su país, las pasaría negras. De ser periodista, lo dejarían de patitas en la calle. En el caso impensable de que pretendiera hacer carrera como político, el reconocimiento a la autodeterminación y el pluralismo, contrarios a los "principios" del modelo único, de la soberanía limitada y del "derecho" de Estados Unidos a invadir países al margen de la ley, cambiar gobiernos e instalar en ellos "gobernadores", lo colocaría ipso facto fuera de juego.
Jefferson planteó la conveniencia de adueñarse de Cuba en los primeros años del siglo XIX, cuando no existía aún nuestra nación. Cabe imaginar lo que diría hoy de la política de su gobierno hacia el país que más universidades ha fundado en esta región en los últimos 40 años. Tal vez coincidiría con Martí en aquella afirmación de que más había hecho nuestra América en venir de menos a más desde su independencia, que los Estados Unidos en venir de más a menos hasta aquel instante. ¡Si viera lo que ocurre un siglo más tarde!
(*) "We surely cannot deny to any nation that right whereon our own government is founded, that every one may govern itself according to whatever form it pleases, and change these forms at its own will".

Haga un comentario