¡Participa! en el V Concurso de Microrrelatos, convocan el Instituto Cubano del Libro e Ideas Multimedios

Ideas Multimedios y el Instituto Cubano del Libro convocan a la quinta edición de nuestro Concurso de Microrrelatos, que desde 2017, dedicamos al advenimiento de la Feria Internacional del Libro en Cuba.
¡Participa! Demuestra en un relato corto tus capacidades como narrador. El ganador obtendrá una colección del Instituto Cubano del Libro, presentes de Ideas Multimedios, así como la oportunidad de publicar su obra en este sitio web. Además, se hará una recopilación de los mejores textos y será publicada en formato e-book.
Si quieres ser el ganador, solo tienes que escribir un texto, que no exceda los mil (1 000) caracteres (sin espacios), que nos permita descubrir al escritor que eres. Inspírate y echa a volar tu imaginación, escribe un cuento, el inicio de una novela o testimonio…
Deja tu microtexto como un comentario en esta entrada. El plazo de admisión vence el domingo 22 de febrero, día que concluye la 34 Feria Internacional del Libro de La Habana.
Escogeremos tres premios. El jurado estará integrado por reconocidos escritores y periodistas cubanos. Los resultados se publicarán el 22 de marzo, justo el día que concluye la Feria en Santiago de Cuba.
Nos comunicaremos con los ganadores a través del correo electrónico que escriban al enviar el comentario con su obra.
¡Participa!
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Milagro.
Fue en un hospital. Acudí a curarme una herida. Crucé su mirada. Y me curó el alma.
El origen de las Pirámides
Las Amhitas llegaron en varias Phyrazen a la Tierra. Exactamente en la selva del Sahara pero al aterrizar una ola expansiva desertifico parte de la orilla occidental del Nilo. Cuándo los humanos las vieron excalamaron
-La Diosa Leona ha descendido a visitarnos y la adoraron.
Años más tarde las visitantes de las estrellas regresaron a su planeta pero dejaron abandonada una Phyrazen averiada y en su interior los cadáveres de las que habían fallecido. Siglos más tarde los que se atrevieron a entrar en la nave abandonada comprobaron que los cadáveres de las Amhitas parecían no se habían deteriorado y parecían sonreír en sueños. Entonces el faraón ordenó a sus consejeros
Construyan una réplica de esta nave para cuando muera poder mantener mi sonrisa en el sueño eterno
-Construyan
Mi amigo y yo.
No sabía que de cerca tendría un héroe, cuando llegamos a Ethiopia teníamos solo una convicción muy clara del porque estábamos; fue así que patria significó algo más para nuestra decisión de cumplir está misión como en tierra nuestra, fue noche sin luna y madrugada fría en que dispersos varios compañeros en trincheras teníamos los ojos y los oídos presto a una orden, de pronto de abrió fuego frente la sorpresa enemiga, durante más de una hora el olor de pólvora y el polvo de un desierto nos cubría, voces sonaron guiando en una dirección, no podria de los nervios ni siguiera notar mi herida del rostro y mi antebrazo , me asistieron ,no podía ver hacia donde estaba mi amigo, herido traslado urgente un grito, la bala enemiga lo alcanzó , sin palabras estaba mi boca, seca y llena de arena y sabor de metralla, vencimos dijeron, pocos heridos y muertos, fue silencio y dolor en honor a los caídos , mi amigo fue uno de ellos , un héroe , asi vivo recordándole, desde el principio en Ethiopia andaba con un heroe a mi lado y no lo sabia . Mi héroe vive en mi desde ese día todos los días.
Ernesto Carabeo Puentes. Alamar.
Cuento ficción Mi héroe y yo
Misión internacionalista .
Antes de tener piel yo ya escuchaba, era idea flotando buscando forma, No había miedo, no había edad, solo una fuerza queriendo entrar, Elegí caer no por castigo sino por ambre sentirlo todo vivo, susurros etéreos, aire vibrando como vacío lleno de energía, llegue llorando porque el mundo pesa porque la carne duele cuando el alma empiesa, manos ajenas voces encima, ya sabía que no iba a ser sencilla. Aprendí temprano a leer miradas a callar cosas que nadie preguntaba, fui ternura abierta en suelo duro, fui luz sin techo, fui intuición sin rumbo. Me hice fuerte antes de tiempo jugando a ser grade con miedo adentro, mínima sensación de tiempo detenido, recuerdos que flotan, después quise amar para salvarme, quise que otro me explicará quien era, me perdí en cuerpos y en promesas finas, confundí deseo con medicina, ahi empezo el fuego la herida exacta, ahi aprendi que confiar tambien mata, un dia me vi sin disfraces con todo el peso cayendo de golpe y no me rompí, temblé, segui y entendi que mi mente, no era carcel era portal, si aprendi a oir, caí más de una vez, no por débil sino por sentir demaciado fuerte, me dolieron personas me doli yo cada golpe me afino el camino, empeze a nombrarme , sin pedir permiso y habitar mi cuerpo como territorio sagrado, no perfecto, no resuelto, real, hoy tengo 23 y un pulso claro, no vine a encajar vine a existir raro, cargos historias si pero no cadenas, lo que fui me trajo aquí, me elijo, no todo sano pero todo hablo, no todo paso pero todo enseño y si mañana caigo, ya volvera a empezar, ya aprendi a no abandonarme jamas.
Ella le enseñó a responder tocando en la pantalla cuando apareciera su nombre.
—Yo te llamo todos los días, pá.
Al principio era puntual. Él se sentaba a esperar, desde mucho antes, con el café recién colado y la radio bajita. Le contaba que había pasado temprano el del pan, que la albahaca seguía viva en la ventana, que la vecina del 2B preguntó por ella.
Después las llamadas empezaron a correrse: un poco más tarde… otro día… los domingos.
Él siguió, esperando desde las cuatro y media.
Se le perdieron las llaves, las fechas, el camino del baño a la sala. Pero a esa hora ya estaba en la silla, con el móvil en la mesita, la mirada fija en él y la sonrisa en los labios.
—Espérate — se decía cuando no sonaba—, ¡seguro está marcando!
Los vecinos entraron porque hacía tiempo no veían la ventana de la sala abierta.
Lo encontraron sonriente, impecable, mirando la pantalla negra sobre la mesita. La batería se había consumido hacía semanas.
—Shhh —les susurró—. ¡Estoy esperando la llamada de la niña!
Y pegó el teléfono al oído, con un cuidado de no interrumpirla.
—No te preocupes, mija. Aquí estoy bien. No hace falta que vengas.
Mientras el mundo insiste
Era temprano. Abrió los ojos sin sobresalto. Había dormido de un tirón; esa noche el cuerpo no le impuso treguas ni lo arrancó de la penumbra con urgencias triviales. El descanso fue compacto, sereno.
A tientas buscó el teléfono. La luz fría le devolvió el mundo: guerras repetidas, mercados inquietos, promesas recicladas. Nada había cambiado en ocho horas. Todo seguía en su sitio.
Entonces sintió el aliento tibio en la parte alta de la espalda. Se dio vuelta con cuidado. La penumbra dibujaba su rostro. Apartó un mechón de cabello y lo sostuvo un instante, como si confirmara que era real. La besó en la frente. Un gesto breve, casi imperceptible.
Ella flotaba aún en el sueño; él desde la vigilia.
Si supieras cuánto te amo quizás no fuésemos solo amigos , si supieras cuánto te admiro quizás tuviera un beso tuyo en el corazón, si supieras cuánto te anhelo , ¿ me amarías ? . Tu eres la mujer más bella que he conocido, eres mi tesoro mi mayor amor
Que bella es la luz de la luna , pero tú lo eres más . Que bellos los lirios del campo, pero tú lo eres más . A mis ojos eres más bella que cualquier dama de este mundo , para mí tu eres única. Podría estar yo ciego , que mi alma vería tu belleza, podría estar muerto , que en la tumba pensaría en tu sonrisa . Tanto te amo , que mi amor por ti trancenderia la muerte , por más que sea polvo , tu quedarás grabada en cada minúsculo grano de polvo , por más que desaparezca completamente. Te quiero , eres mi mitad , mi costilla faltante
Envié mi cuento, pero ahora veo que no aparece... Aca va de nuevo.
TODOS LOS DÍAS, PÁ
Asere mira esto:
Ella le enseñó a responder tocando en la pantalla cuando apareciera su nombre.
—Yo te llamo todos los días, pá.
Al principio era puntual. Él se sentaba a esperar, desde mucho antes, con el café recién colado y la radio bajita. Le contaba que había pasado temprano el del pan, que la albahaca seguía viva en la ventana, que la vecina del 2B preguntó por ella.
Después las llamadas empezaron a correrse: un poco más tarde… otro día… los domingos.
Él siguió, esperando desde las cuatro y media.
Se le perdieron las llaves, las fechas, el camino del baño a la sala. Pero a esa hora ya estaba en la silla, con el móvil en la mesita, la mirada fija en él y la sonrisa en los labios.
—Espérate — se decía cuando no sonaba—, ¡seguro está marcando!
Los vecinos entraron porque hacía tiempo no veían la ventana de la sala abierta.
Lo encontraron sonriente, impecable, mirando la pantalla negra sobre la mesita. La batería se había consumido hacía semanas.
—Shhh —les susurró—. ¡Estoy esperando la llamada de la niña!
Y pegó el teléfono al oído, con un cuidado de no interrumpirla.
—No te preocupes, mija. Aquí estoy bien. No hace falta que vengas.
Bárbaro
Pequeño homenaje a Naborí
Este viejito pillo
Rapido y consiso
Trasnochador, como grillo
¿Cuantas décimas,
Me hizo?
EsteCimarrón (seudónimo), pequeño relato del Cimarron, preparándose para defender a Cueva Mia: (Juana o Cuba).
Informe a cacique pluma larga de Juanco Cimarrón Valdés.
“A la verdad,a la verdad,que cuando leí y un vecino me dijo te la hechastes juanico, ¡Cuba esta en Guerra!, le dije, no seas ratón , ¿tu ves algun avión volando?, pero como el que no quiere las cosas entré y le dije a la negra, -negra búscame el arco y la flecha que voy hechandi pa cueva mía-, ¡pero no chico, negra empezó! ,
-juani,amor mío, tu tiene experiencia , ya te hubieren avisao, y las campanas y los pito de carro-, bueno espere y na, no paso nada, pero ahora dice pico lino que leyó en teléfono que el Tramp nos va a tacar el sábado, no creo que nos valla a echar a perder el jueguito de domino el domingo.
Yo siendo el jefe de propaganda del consejo aclaró bien que se hizo, no valla a ser que nos cogían desinformao. Odene comandante.
Patria o muerte.
Muerte al invasor.”
Pequeño relato en homenaje a los caído en defensa de la dignidad de Cuba, cuando prestaban el servicio de seguridad personal del presidente venezolano: Nicolás Maduro
A mis hermanos caídos de pie,sin ortografía ni punto final, esto es palante.
"Creo reconocer algunos rostros,¿será que los órganos armados de Cuba, son pueblos vestidos de patrias?.
Creo haber estrechado una mano firme siempre, después de un simple "queubo" (el: teniente, mayor, coronel) y yo; (un recita letras).
-y el me dice "lo mismo con lo mismo", no te dice nada, te dice muchas cosas.
Creo que me han dado "botella" sin ha verla pedido, ellos para su unidad yo para mi escuela, ellos - monta que voy atrazao y yo, -no creas ya es tarde, y yo sin saber que estaba al lado de un héroe.
Creo reconocer a un hombre de Fidel, ese que su pueblo dice que los yanquis no pueden con el,....
Seguro que vendrán nuevos héroes.
Cabalga de nuevo un caballo sin jinete.
Baje de su altura, (la del combatiente), ( la de la estrella en el firmamento de la patria), ( la del hombre del silencio hecho algarabia).
Le dije -“hasta siempre”
-, deja eso... que esto es palante.
-me dijo- el...
Microrrelato
Mi secreto oculto
Amanecí como siempre con la cabeza aturdida y mis pensamientos revueltos,recordando lo vivido aquella noche,donde tambaliente me entregué a los brazos de aquel desconocido que puso mi mundo patas arriba ,no puedo desprenderme de su aliento fresco en mi cuerpo y su manera de recorrer mi cuerpo y hacerme vibrar con cada toque
Dicha
La vieja miró el reloj de pared. Las tres de la madrugada. Otra vez despierta, otra vez la respiración acompasada de su esposo a su lado. Podía quejarse del insomnio, de las rodillas que le dolían al presagiar lluvia, del jersey que ya no abrigaba como antes.
En lugar de eso, sonrió en la oscuridad. Deslizó un pie fuera de las sábanas y tocó el suelo frío. Sintió la madera, los años, la firmeza. Se levantó con cuidado para no despertarlo, fue a la ventana y entreabrió la cortina. La calle estaba desierta, bañada por la luz naranja de una farola. Un gato cruzó sigiloso.
No había motivo para esa alegría. Ninguno en apariencia. Pero sintió el latido sordo de su corazón, el aire entrando y saliendo de sus pulmones, el peso de su propio cuerpo, real y contundente. Viva. Aquí. Con el frío en los pies y un hombre que roncaba suavemente en la cama. Eso era todo. Eso era la dicha.
El regreso del Agente Naranja
Frente al espejo oval —obsequio perverso de la maga—, el anciano ajusta una corona de nada sobre su pelambre de un naranja artificial. Con lascivia, hambre que nunca podrá saciar del todo, devora la carne de ternera arrebatada a sus vecinos, mientras obliga a sus colaboradores a olerle sus flatulencias de grasa y fast-food. En su mente ofuscada, cada favor cobrado y cada debilidad ajena son provincias sumadas a un imperio que él gobierna. No busca la convivencia en paz sino solo sumisión, su arma es la astucia del mercachifle, su aderezo una pirotecnia verbal 3.0 para administrar extorsiones. Cree firmemente que los hilos del presente humano deben manejarse desde su despacho. A contrapelo, las últimas reservas del mundo lo observan y urden, con sigilo, una conjura contra tal peligro existencial, mientras tanto, él sonríe arrogante, se siente el único arquitecto de un orden que, fatalmente, él cree que impondrá, pues desde él los ecos de un enjambre de intrigas buscan desestabilizar totalmente el mundo para servírselo, íntegro, en su banquete, es así como se jacta sin medida de que nadie osaría cortar sus hilos.
Vuelvo a enviar mi relato porque en la primera ocasión no se publicó
LAS PIEDRAS DEL DIABLO
Mientras caminaba por la ancha acera, escuché voces tras de mí: «Morirá, morirá, morirá». Volteé y era él, el Filósofo, un exprofesor universitario que, como decimos, se había chiflado.
Sus pasos largos y rápidos me alcanzaron:
—Oiga, ¿ya sabe lo que le pasó al diablo?
Me reí y le dije:
—No estoy al tanto, amigo.
—En serio, primo. Le han colocado una piedra gigante en cada mano. Ya usted sabe, apenas puede comer, ni lanzar un objeto, ni tomar una fruta de un árbol.
—Qué desgracia —le seguí la corriente—. Seguramente ni peinarse puede, parecido a usted.
—Por favor, primo, respete. No necesito peinarme, me basta con sacudir mi pelo con las manos.
—Y dígame, ¿tampoco puede usar celular?
—Noooo, primo —contestó enojado—. El diablo lo que ha hecho es meterle el celular por los ojos a la gente, destruyendo la personalidad. Pero morirá, morirá, morirá.
Siguió con su estribillo mientras se alejaba. Yo lo escuchaba cada vez más bajito: «Morirá, morirá... el diablo morirá».
Seguí caminando, riéndome solo, hasta entrar a una pequeña cafetería. La dependienta apenas notó mi presencia, charlaba animadamente por videollamada, ocupada con su verdadero cliente al otro lado. La interrumpí:
—Por favor, mi amor, ¿me pones un bocadito de jamón y un jugo?
—Enseguida, abuelo —sonrió—, pero deme un chance, que en lo que el diablo se rasca un ojo lo atiendo.
“Radio Bemba” es una emisora muy popular. Surgió antes que Marconi hiciera sus experimentos.
Su recepción es sencilla, no necesita antenas, ni pilas o corriente eléctrica. Entra con solo abrir una ventana; se escucha por las calles, en una cola, en la guagua.
Cuenta con una red de corresponsales en todo el planeta, incluyendo el ártico. No tiene horario fijo, ni boletines en la punta de cada hora.
Otras plantas de radio han querido imitarla- sin éxito- Al contrario de las agencias, que descansan los domingos, esta no interrumpe, y si alguien la desmiente, ella sobrevive.
Radio bemba, tiene un estilo parecido a la Radio “Suam” de los años 60 o alguna agencia independiente que utilizan las técnicas de decir:
“Fuentes bien informadas me dijeron…” “Una persona cercana a…” Y palabras tan simples como dicen que… escuche decir y hasta “la noticia salió por…. Fulano lo dijo y él es, una persona que no dice mentiras…”
Gracias a usar su voz viva las informaciones saltan con facilidad y ruedan en forma de bola de nieve edulcorada; transita con facilidad en las llamadas redes sociales. Salta ríos, montañas, océanos.
En caso de ser desmentida, sus argumentos tienen un fijador que conmueve-.
La feria invisible
Cada febrero, la ciudad cambiaba de piel.
No era el calor ni la música, era el olor a páginas nuevas mezclado con el polvo de los libros viejos.
El niño caminaba entre stands como quien cruza un bosque encantado. No buscaba un título, buscaba una puerta.
Su madre le dijo una vez: “Un libro es un país donde nadie te puede detener”.
Esa tarde, abrió uno al azar.
Y del centro del papel cayó una palabra desconocida, brillante, como una semilla.
La guardó en el bolsillo.
Años después, cuando ya no quedaban ferias ni madres esperándolo, la sembró en una hoja en blanco.
Entonces entendió:
la Feria siempre había estado dentro de él.
Separación de bienes.
Las manos tratan angustiosamente de ensartar el hilo bajo el lindo mantel de bodas, a pesar de que los ojos femeninos siguen las palabras del hombre con tranquila aceptación. El acuerdo de ruptura, alma de pareja empeñada en un frío bufete de abogados, en pulcro documento destaca sobre la mesa de lo que fue un hogar. La esposa, o ex esposa, según dicen las letras que hojea distraída, le regala una sonrisa al muy pronto auto proclamado ex conyugue y le pide dividir la más insignificante posesión. Él toma el papel donde se apiñan las palabras en búsqueda. Se sume en la lectura y la ignora; aun cuando la siente levantarse con suave andar. Después de unos minutos. El silencio. Le eriza la piel de la nuca el recurso de supervivencia aún oculto en milenios de evolución y levanta la vista. El pliego se lamenta entre los estrujones de una sorpresa paralizante. Lo último que presiente es el brillo macabro del hacha sobre la frente, que salpica por igual en rojas maculas la celulosa y el lino.
Olía a petróleo, mas era sangre.
Abeja al panal
Lugar tranquilo de alta intelectualidad y largos rones. En ardiente tarde percibo a una bella joven de estreno en la plaza. Frena mi corazón al instante, ocupo mi rincón estratégico en la barra invitándola. Pido difusos tragos y comienzo un acercamiento total. Cuando de repente una rolliza abeja se desploma sobre su hombro. Ella emite un murmullo asustadizo, yo ni lento ni perezoso, cual caballero heráldico de varias contiendas, le comento de una dócil e inofensiva abeja. Con mis urbanos dedos tomo delicadamente al animalito para salvar a la doncella. Efectivamente, el bicho de mierda aquel me clavó con toda pasión su aguijón en la yema del pulgar. Mi yerto brazo vibraba, los dientes estallaban y mi corazón fenecía. Ella me miraba con tierno candor. Coño y aquel insecto no se moría, mientras más lo oprimía más sentía su dardo entrando en mi torrente sanguíneo. A punto del desmayo vuelo al baño. Vierto en el dedo todos los fluidos. Me calmo. Tomo una rosa del jardín y se la regalo aludiendo un pinchazo por la flor. Palabras de amor bajo efectos especiales, lágrimas de dolor y una rosa, fueron más que convincentes. El cabrón bicho me costó años para lograr otro amor. Ella no me soltaba.
Inicio de una Novela (Legado de los Ojos Tornasoles)
El alba teñía el bosque de tonos anaranjados cuando Gaelthas, Adam y Sky se ocultaban entre los árboles, escuchando los gritos de las harpías y los disparos de plasma que retumbaban a sus espaldas. La Valquiria estaba siendo atacada, pero no era momento de celebrar.
—¡Aprovechemos para huir! —susurró Gaelthas, la voz ronca por el esfuerzo.
Sky asintió con un chirrido metálico, sus sensores escaneando el perímetro.
De pronto, gruñidos y pisadas pesadas resonaron entre la maleza. Se agacharon, conteniendo la respiración. Entre los árboles, aparecieron lobos gigantes montados por orcos: criaturas de piel grisácea y músculos tensos como cables de acero.
Intentaron retroceder, pero el destino les jugó una mala pasada. Un orco solitario, más alto que Gaelthas incluso agachado, emergió frente a ellos. El aire se volvió gélido.
El orco los miró con ojos entrecerrados, su fusil de asalto reluciendo bajo la tenue luz. Sky y Gaelthas se interpusieron frente a Adam, cuyo cuerpo temblaba.
—Solo queremos huir de la Valquiria —dijo Gaelthas, bajando lentamente su pistola de plasma al suelo—. No somos enemigos.
El orco resopló, desconfiado.
—¿Por qué los persigue esa Valquiria?
En ese momento, Adam asomó la cabeza. Los iris tornasoles del niño brillaron en la penumbra.
El orco retrocedió como si hubiera visto un espectro.
—¡¡UN ABERRANTE!! —rugió, alzando el arma.
Sky se lanzó hacia adelante, pero el orco era más rápido. Un golpe seco partió los brazos del androide, dejando cables al descubierto. Gaelthas reaccionó: empuñó su espada y la clavó en las costillas del orco, girando la empúñadura para activar el filo de plasma. La hoja cortó al enemigo en dos con un chasquido siniestro.
Mientras tanto, el combate entre las Valquirias, las harpías se intensificaban y los orcos. El Goliath, ahora transformado en un coloso mecánico, aplastaba orcos bajo sus pies.
—¡Corran! —gritó Gaelthas, cargando a Adam mientras Sky se regeneraba.
Encontraron una cueva cercana y se adentraron en la oscuridad.
—Debo escanear el lugar —anunció Sky, liberando esferas de reconocimiento que iluminaron las paredes rocosas con hologramas azules—. Hay formas de vida aquí.
—¿Qué tipo de formas de vida? —preguntó Gaelthas, ajustando su brazalete.
—No lo sé.
Avanzaron con cautela hasta que Adam, exhausto, se sentó en una roca. Sin querer, movió los dedos sobre el suelo, y las piedras se retorcieron, formando un pequeño muñeco, cayeron gotas de sangre de su nariz.
—¡Adam! —Gaelthas se arrodilló frente a él—. No uses tus poderes sin necesidad. Te lastiman.
—Lo siento, papá —murmuró el niño, cabizbajo.
Sky interrumpió:
—Señor, hay movimiento arriba.
Alzaron la vista. Decenas de ojos morados brillaban en el techo. Eran acechadores, criaturas con tentáculos bucales y garras como anzuelos.
—¡Debemos huir! —gritó Sky, transformando sus brazos en cañones de plasma.
Corrieron hacia un pasadizo descendente, disparando a ciegas. Uno de los monstruos derribó a Gaelthas, arrancándole el brazalete de control de Sky.
—¡PAPÁ! —Adam gritó, tocando la pared. Púas de piedra brotaron, empalando al Acechador, pero el esfuerzo lo dejó inconsciente.
Gaelthas lo cubrió con su cuerpo, desesperado. Sky, con los brazos destrozados por los ataques de los acechadores continuaba disparando, pero los números los superaban.
De pronto, un estruendo metálico. Un ascensor blindado emergió del abismo. —¡Agáchense! —ordenó uno, su voz grave. Tres figuras con linternas en los cascos abrieron fuego, reduciendo a los Acechadores a pedazos humeantes.
Cuando el humo se disipó, los salvadores se quitaron los cascos. Eran enanos, sus rostros curtidos marcados por cicatrices.
—En nuestro refugio estarán a salvo—dijo el líder, señalando el ascensor—. No le negamos ayuda a viajeros.
Gaelthas y Sky intercambiaron una mirada. No tenían opción. Con Adam en brazos, Gaelthas asintió. — Vamos.
Cuestión de forma
Antes, como se sabe, la Tierra era plana, pero después, no hace tanto, se puso redonda. Antes, todos, empezando por los sabios, los reyes y las demás personas responsables y decentes, conocían que la Tierra era plana, y se burlaban de cuantos desquiciados pretendían que fuera redonda.
Pero fue pasando el tiempo, y algunos hombres, arriesgándose incluso a terminar achicharrados en una hoguera, comenzaron a decir que si los eclipses de luna, que si los barcos al salir a navegar, que si esto, que si lo otro; en fin, mil payasadas, con el único fin de acordar que la Tierra no era plana. Y lo peor fue que ganaron, y terminaron por imponerle a todo el mundo sus estrafalarias ideas. ¡Tan bonitos que se dibujaban antes los mapas y tan sencilla y lógica que era la Geografía!
De este modo la Tierra se puso redonda, de la manera que la conocen todos los científicos, presidentes y demás personas responsables y decentes actuales. Sin embargo, me asalta una duda: ¿en el año 3000 la Tierra seguirá siendo redonda? Y otra, tal vez peor: ¿cuántas Tierras planas, bonitas y lógicas tendremos ahora en nuestras cabezas? Pero mejor lo dejamos ahí, porque el humo de las hogueras me da coriza.
El agua
Sobre mi mesa hay un vaso con agua. El agua es algo muy raro, un asunto sumamente escurridizo, que al menor descuido se derrama. Por eso es preciso tenerla siempre encerrada, presa, enjaulada. Pero al agua, como a todo el mundo, le gusta la libertad, andar de aquí para allá, saltar, subir al cielo y todas esas cosas. Entonces ella se escabulle, se escurre, se infiltra, se evapora, cae, se junta con otras aguas, arrasa con medio mundo… hace lo que le parece.
El agua de mi vaso –o sea, mi agua–, se está quietecita, haciéndose la inocente; pero es inútil, no puede engañarme: sé muy bien que desea escaparse, huir, sumarse a la loca carrera de todo, ponerse a la moda de este universo galopante. Sin embargo, esta agüita taimada no sabe con quién se las tiene ella que ver; ahora ella va a saber quién manda aquí. Yo sí que no me ando con chiquitas, ni me asusto por amenazas de un diluvio o de un ras de mar. A mí hay que respetarme, sea donde sea: en la sala de mi casa, en medio del Sahara, o en un bote náufrago a la deriva, con la boca reseca y la cantimplora en cero desde ayer.
Y diciéndome esto, sin esperar siquiera a tener sed, me la bebo en cuatro buches, sin respirar.
El aire
El aire del patio entra por las persianas rotas y llega sigiloso hasta mi nariz, que lo palpa y valora, encontrándolo claro, suave, envidiable. Este airecito tiene un no sé qué de húmedo y fragante, de comedido y tenaz. Lo atrapo casi completo y lo disfruto una y mil veces.
Es sabroso este aire, y pensándolo bien, tal vez dos de las mejores cosas de mi vida sean esta tarde nublada y este airecito cómplice, salido de quién sabe dónde, con el único fin de soplar en mi cara. Lo saludo, lo acaricio, lo trago a borbotones por la boca.
A mí el aire me gusta sobre todo porque es transparente y nos deja ver las cosas, y también porque es ligero, de manera que no me pesa mucho y me permite desplazarme de un lado a otro. Porque si el aire fuera espeso y oscuro, por ejemplo, nos costaría muchísimo trabajo llegar hasta el cine, y aunque nos decidiésemos a ir, no serviría de nada, pues no alcanzaríamos a ver la pantalla.
Otra ventaja del aire es que no contiene trozos de madera u otros tarugos, que nos ahogarían sin falta al respirarlos por la noche. Por eso, amigo airecito, como eres tan bueno, solo quiero me prometas que volverás mañana a encontrarte conmigo aquí, para jugar de nuevo, alegre, en mis pulmones.
Días de septiembre
Por razones aún ignoradas, en ciertos días de septiembre a Dios lo atrapa la alegría, y entonces el aire, las ramas de los árboles, las rocas, el agua, mi estómago y todo lo demás, no saben estarse un poco tristes, como corresponde, por más que lo intenten.
La luz, como un pan blanco. Los gatos, cariñosos. La gente, incluso, amable. La felicidad saltando primero de piedra en piedra, para terminar zambulléndose en la yerba, sin astucias ni miedos.
Son peligrosos estos días porque a uno le da por olvidarse de los asuntos verdaderamente importantes, como limpiarse los zapatos, mirar la televisión o comprar el periódico.
Sin embargo, como en mi familia nunca ha sobrado el sentido común, a mí estos días me gustan bastante, y hasta me aferro a ellos, y por las tardes corro todo lo que puedo hacia el Oeste para que el sol no se esconda tan pronto, pero llego al borde del mar y ya no puedo seguir corriendo, y entonces oscurece, y me da un poquito de tristeza –lo confieso– pensar que este día ya se ha acabado e ignorar cuáles serán los planes de Dios para mañana.
Génesis
Comienza la función, las luces se encienden. Allí se encuentra el mago, con su sombrero y su levita, sus palomas y su aire de triunfo.
Primeros actos, sencillos y perfectos, que provocan tímidos aplausos. Después los números se hacen más complejos, y algunos espectadores se animan ligeramente.
Llega por último el momento cumbre: el mago sitúa una pequeña caja de madera sobre una plataforma, la cubre con un paño azul y realiza sobre ella unos rápidos pases con sus manos. Después retira el paño, y suave, suavemente, abre la tapa de la cajita. De ella comienza a salir un pequeño enjambre de estrellas, y luego otro, y otro más. Son galaxias. Ha nacido, como cada noche, un nuevo universo.
Desde la platea unos pocos aplauden con cierto entusiasmo, otros lo hacen por pura cortesía, y los más apenas disimulan un bostezo, mientras se apresuran a buscar la salida. Escucho entonces a alguien decir: “No sé cuándo a los magos se les va a ocurrir algo verdaderamente original”.
Para ser sincero, a mí la función no me pareció del todo mala, pero me voy corriendo porque ustedes saben cómo se pone el transporte a estas horas. Y mañana, de contra, tengo dentista a las ocho.
Si hasta ahora no pudimos cambiar los motivos; cambiemos las consecuencias.
En el mar Caribe, donde antaño los piratas izaban la calavera, hoy navegan buques con bandera de barras y estrellas. Pero el botín ya no son doblones, sino el petróleo negro que fluye como maldición de los dioses modernos.
De repente, una niebla espesa nos envuelve. El tiempo se pliega. Un galeón español emerge entre la bruma, y junto a él, un navío de guerra estadounidense. Ambos disparan, pero no cañonazos: el primero lanza maldiciones, el segundo, órdenes de incautación.
¡Alto, en nombre de la corona! grita el capitán español.
¡Alto, en nombre de la ley! responde el oficial moderno.
Y en un instante, comprendemos: los piratas de ayer y los de hoy solo cambian de disfraz. El tesoro sigue siendo el mismo, y el mar, testigo eterno de la codicia.
La Fuente
- No es necesario que hagas esto - dijo temblorosa y arrepentida mientras yo continuaba lamiendo su herida con la terquedad de un náufrago.
- Tenía sed - intenté excusarme con un murmullo apenas audible por sobre el crepitar de los abedules dentro de la estufa.
- Afuera está el glaciar, lo sabes, no debe haber nada más puro en el universo.
- La pureza y el infinito me agobian tanto como llegar a casa.
- ¿Por eso vuelves a mi?
- ¿Me aparto?
- No, bebe.
Gio Sosa