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Aniversario 110 de Carpentier: Alejo, el conversador y el novelista (+ Video)

En este artículo: Alejo Carpentier, Cuba, Cultura, Literatura
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 Alejo Carpentier, primer escritor latinoamericano que recibió el Premio Miguel de Cervantes el más alto galardón de las letras españolas. Fue director de la Editorial Nacional de Cuba, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y Ministro Consejero en la embajada de Cuba en Francia. Hasta la víspera de su muerte en 1980 estuvo trabajando en una novela sobre Pablo Lafargue que dejó inconclusa  y en su labor diplomática.

Alejo Carpentier, primer escritor latinoamericano que recibió el Premio Miguel de Cervantes el más alto galardón de las letras españolas. Fue director de la Editorial Nacional de Cuba, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y Ministro Consejero en la embajada de Cuba en Francia. Hasta la víspera de su muerte en 1980 estuvo trabajando en una novela sobre Pablo Lafargue que dejó inconclusa y en su labor diplomática.

Tuve el privilegio de conocerlo y me pregunto, quién fue más sugerente, si el novelista, si el escritor en su acepción más amplia, o el conversador: se trata, desde luego, de Alejo Carpentier (1904-1980), de quien este 26 de diciembre se celebra  el 110 aniversario de su nacimiento.

Llegué a la figura de este escritor cubano universal cuando, recién graduada de periodista, tuve la oportunidad de que alguien que  había  sido amigo de Alejo desde finales de los años veinte del siglo XX – Enrique de la Osa– puso en mis manos la novela de Carpentier, El reino de este mundo, en su primera edición. Era una edición rústica publicada en México y costeada por el mismo autor.

Me dijo Enrique que la novela había sido el título más leído en París, el más reseñado por los críticos y hasta había obtenido el premio más prestigioso para en libro extranjero, en Francia «Yo lo conocí, cuando éramos muy jóvenes y le entregué un documento que quemaba en las manos, el Manifiesto del Grupo Minorista», agregó el director de la Sección En Cuba, de la revista Bohemia donde yo había comenzado a trabajar tras el juicio del Moncada.

En un momento, durante la habitual sobremesa del almuerzo semanal con los integrantes de la Sección, en la trastienda de una bodega en la calle Trocadero,  recibí más información sobre Carpentier: Que Alejo también ejercía el periodismo, que era musicólogo y, en conexión con aquel Grupo Minorista abogada por una cultura nacional. Se trataba de un escritor comprometido con las causas más justas, pues el Grupo se había fundado en una época que derivó en san­guinaria tiranía en Cuba. Obviamente yo leí El reino de este mundo.

Por supuesto que tenía que leerlo porque, además de mi gusto por la lectura, Enrique solía hablar con los periodistas noveles de la «Sección en Cuba» sobre los libros que nos entregaba o recomendaba. Era una especie de examen lo que lleva­ba a cabo en tertulias después del cierre de las páginas. Pero este deber lo cumplí tan rápida­mente que releí el libro: estaba ante una obra maestra, aunque no lo sa­bía. Así fue como tuve el primer conocimiento a distancia sobre Alejo Carpentier. No me imaginé que podía llegar a ser amiga suya y de An­drea Esteban de Carpentier (Lilia), su esposa, un personaje detrás del genio, ella también de una cultura, autoridad y modestia inimaginables para mí que ya sabía de su origen burgués y de linaje, como de cubanía hasta el confín de su conciencia, al que renunció por casarse con el entonces periodista bien pobre: Carpentier.

Mi curiosidad, impenitente a veces, me hizo bus­car y buscar sobre ella hasta llegar a saber que su bisabuelo había sido el Gobernador Político General de la provincia de Matanzas, Marqués de Esteban y que este había colocado la primera piedra del proyecto del teatro más importante de esa ciudad, y uno de los más famosos de la Cuba colonial. Este, en principio, se llamó por él Teatro Esteban, y luego Sauto, en honor a quien terminó la obra.

No pasaría mucho tiempo, cuando al triunfar la Revolución Cubana, un día el propio Enrique me mandó a hacerle una entrevista a Carpen­tier, quien acababa de llegar de Venezuela y estaba realizando proyectos culturales en La Habana, el primero impulsar una Festival del Libro e inmediatamente después colaborar, con Haydée San­tamaría en la Casa de las América. Entonces vi muy de cerca a Carpentier, el autor de El Reino de este mundo. Lo observaba gesticulando y conversando con una sonrisa entre irónica y candorosa, combinación rara. Lo entrevisté sobre las publicaciones que la Revolución haría a partir de El Quijote, y luego como director de la Editora Nacional.

Le hacía preguntas que me contestaba con una naturalidad asombrosa, sin dejar de trabajar frente a su mesa. Para mí resultaba un hecho raro porque de acuerdo con su elevado nivel cultural y triunfos que ya conocía, no creía merecer su atención sobre temas diversos relacionados con la literatura y las artes. Recuerdo que entonces fumaba cigarri­lIos.

Tan solo siete años después conversaba en extenso con Carpentier y se selló una amistad privilegiada. Ocurrió en Hanoi en plena guerra de Viet Nam. Fue en 1966. El año anterior yo había permanecido varios meses traba­jando como corresponsal de guerra en el sur de Vietnam, junto a los famosos viet cong, el ejército guerrillero del Frente Nacional de Libe­ración, triunfante en 1975. Coincidió la estadía mía en Hanoi con la vi­sita que Alejo Carpentier a la República Democrática de Viet Nam, invitado por el poeta To Huu y otros escritores vietnamitas. Pero una visita a Vietnam en guerra era vivir y sufrir la guerra y el periodista Carpentier olvidaba fácilmente su estancia de visitante “protocolar”. Y en las noches los co­rresponsales y otros visitantes solidarios nos reuníamos en el único hotel con condiciones para ello, llamado Reunificación, construido por los anteriores ocupantes franceses.

Durante no menos de una semana durante esas noches en el vestíbulo del hotel, donde los que gustaban beber unas copas sólo podían optar entre cerveza o un vodka vietnamita o té, pues no había nada más. Se acercaban  los asientos hacia donde estaba ese hombre alto de voz fuerte y gestos apropiados a sus palabras, que contaba como nadie sus experiencias en el paralelo que separaba artificial mente el Norte del Sur de Vietnam, y sobre los horrores que había visto durante el día. Pero lo más interesante era que hablando de ello conectaba un suceso con otro que sucedía en Europa o en Améri­ca, o había sucedido  en la Guerra Civil Española, vistos por él, u ocurrencias de la Conquista del Nuevo Mundo.

Es de suponer que muy pronto Carpentier estableció una especie de complicidad conmigo -la otra cubana en el círculo- para llevar el tema hacia donde quería y contar a los demás extranjeros cosas de América actual, y así llegó a José Martí, el primer latinoamericano, cubano por más señas, que desde Nueva York en el Siglo XIX escribió para los niños sobre el Reino de Annam y las tierras de los anamitas (vietnamitas) que visten pijamas de seda, comen pescado y arroz, y lu­chan y volverán a luchar hasta vencer, decía Martí. Contó más de un tema de La Edad de Oro.

Carpentier era tan perspicaz que comprendía de inmediato, entre su espontáneo auditorio, cuándo alguien quería saber con más exactitud alguna cosa o no la comprendía bien mediante el intérprete vietnamita. En ese caso él mismo se traducía al francés y algún otro periodista del francés al ruso u otro idioma.

Así transcurrieron varios días -él permaneció dos semanas en el Norte de Vietnam- pero a veces tenía compromisos con los escritores, poetas o la Embajada de Cuba, y faltaba a esa apetecida tertulia, lo cual nos desalentaba a todos.

Pero él también sabía escuchar y provocar para que otros hablaran. A los rusos les hablaba de Rusia y de su madre rusa, a los franceses de todo lo que aprendió en París, de la evolución «extraordinaria» (pala­bra muy suya) de la radiodifusión; de pintores, músicos, museos o ba­rrios de París. Yo no fui una excepción en sus pesquisas y en una ocasión estuve respondiéndole sus preguntas sobre el asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 y el juicio celebrado a Fidel Castro.

Para mí era una especie de premio que él le dijera a los interlocutores: “Aquí mi colega”

Después de esos días de Hanoi, entre cuyas conversaciones no po­día faltar alguna sobre la comida asiática y especialmente la vietnami­ta, seríamos colegas de tú a tú -salvando las diferencias de edades y enjundias- nada menos que en Estocolmo, a propósito de celebrarse la primera sesión del Tribunal Bertrand Russell contra los crímenes de guerra en Viet am. En ese foro mundial participamos gentes de varios países, incluso norteamericanos que habían sido prisioneros del FNL, y allí fue escuchada con avidez la voz de Alejo Carpentier.

La narración de lo que vio en una escuela, por la forma en que la hizo, parecería un trozo de novela, o una magnífica crónica. Pero lo más insólito para mí, fue que ambos aportáramos nuestros respectivos testimonios en Estocolmo.

Su pieza conversacional se basada en el bombardeo a la escuela y fue antológi­ca. Dijo entre otras cosas de igual tono: «A la hora citada, los alumnos se encontraban en la clase de geo­grafía. Hubo una primera pasada de aviones norteamericanos… Los niños descendieron a un refugio subterráneo bastante elemental, evi­dentemente, pero ¿qué hacer más que abrir galerías de topo en una tie­rra húmeda cuando esto constituye la única defensa posible? Las bombas comenzaron a caer. Caían exactamente sobre el refugio y los que allí se encontraban. Treinta y tres niños perecieron enterrados. Al­gunos fueron hallados estrechando en sus brazos a sus compañeros de estudios. Se halló la camisa de uno de ellos colgada de un árbol. El suelo estaba sembrado de libros manchados de sangre… Lo que queda de esta escuela de Hadinh es un hoyo de 13 metros de diámetro y 7 de profundidad.»

Su tono conversacional me recordar lo que el contaba en el hotel de Hanoi y habría escrito sobre un bombardeo durante la guerra Civil  Española: «Serían las cuatro de la madrugada. En el medio sueño precursor del despertar percibo un rui­do anormal, ruido que hiere mis oídos por primera vez, zumbido de mo­tores de aeroplanos, acompañados de un extraño silbido intermitente, como notas picadas de un flautín agudísimo. Quejas del aire desgarra­do por balas de los cañones antiaéreos. De pronto, una explosión sorda, subterránea, formidable golpe de ariete en la corteza del suelo. Hace temblar la pared del hotel… El suelo retumba y se estremece. Terremo­to fugaz seguido de bofetadas de aire en todos los cristales… ¡Ésta ha caído más cerca todavía!…»

Ya en París, conocí al diplomático y al hombre del hogar. Al nove­lista que dedicaba las mañanas a escribir, como un sacerdocio, y al es­critor al que no se le escapa nada. De tal forma que una vez me invitó a ir con él a la carnicería porque había combinado con Lilia hacer una comida especial por la noche: «Carne de res mechada». Fui a la carni­cería y cuál no sería mi asombro cuando Alejo Carpentier detallaba al carni­cero cómo cortar y qué cortar en la banda de la res que estaba colgada en un gancho. Sabía al dedillo cada parte del animal y cómo y para qué utilizarlo en la cocina. “Todo le hace falta saber al que escribe, cómo si no, en caso que el personaje sea un carnicero o un pescador podría desenvolverse, mínimamente». Yo diría que es una lección básica para cualquier escritor. Esa noche, por primera vez en París, fui la «pinche de cocina» de Car­pentier. Lilia desde la sala nos veía hacer, mezclar, probar, mientras atendía a la visita. A ella aún le gusta recordar esta anécdota porque Alejo Carpentier era un gran cocinero, un gran mezclador. No sólo condimentaba su prosa inigualable de rango universal, sino las más sofisticadas o las más sencillas comidas.

Recordemos El recurso del método: «Varias bandejas y platos pre­sentaban ahí, como dispuestos en suntuoso bodegón tropical, los ver­dores del guacamole, los rojos del ají, los ocres achocolatados de salsas de donde emergen pechugas y encuentros de pavo, encarchados de cebolla rallada. Alineadas sobre una tabla de trinchar, había chalupi­tas y enchiladas, junto al amarillo de los tamales envueltos en hojas ca­lientes y húmedas que despedían vapores de regocijo aldeano. Y las frituras de batata, y las barquillas de coco doradas al horno y aquella ponchera donde, en mezcla de tequila y sidra española, de la de allá, se tomaba en bodas campesinas».

Todavía me pregunto dónde había más fuerza, si en su escritura o en su conversación. Al cabo me decido: eran sus dos canales de expre­sión inigualables. Uno nutría y retaba al otro a imaginar lo real maravilloso que invento en El reino de este mundo, Los pasos perdidos, El siglo de las luces, El arte y la sombra, Concierto barroco, El recurso del método, La consagración de la primavera o El acoso…

——

(1)    Viaje como corresponsal de guerra a Vietnam del Sur en compañía de Raúl Valdés Vivo.

Carpentier sobre el mestizaje

Se han publicado 8 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • will... dijo:

    Grande Alejo de verdad… sin dudas un genio. Muy buen artículo Marta casi que lo escuchaba ya conversando conmigo igual.

  • Marisel dijo:

    Un articulo muy interesante, permite acercarse al lado humano de un escritor formidable, del que al leer sus obras lo admiramos, lo que no es suficiente para conocerlo asi de cerca…gracias a su autora

  • josue dijo:

    esta ausencia de comentarios es un medidor del nivel de cultura de la sociedad cubana y/o de la apatía para postear un elogio a ese grande que fue y es alejo carpentier.
    a mí en lo personal no me gusta su estilo; pero sé que es grande y sé reconocer su talento. quizás cayó en el abanico de un público y seguidores exquisitos como, creo le pasa, a césar vallejo. cualquier otro artículo de cosas banales cosechan 200 y más comentarios. el equilibrio está mal y la culpa la tenemos todos. lástima, solo me van a leer will, marta y los editores del bien cubadebate.

    • Eduardo dijo:

      Josue:

      No creas que no hay muchos que leen sin postear.

      Excelente el artículo de Marta y recuerdo ahora que tengo en planes releer El Siglo de las Luces….

  • Adonis De los ángeles dijo:

    No creo que tenga usted razón, Sr. Josue, no creo que la ausencia de comentarios en este artículo sea un medidor del nivel de cultura de la suciedad cubana. Es muy simplista esa aseveración suya. No se cuestiona el nivel cultural de una sociedad porque no sientan atractivo en enviar un comentario de esta corte.

    En principio, estimado Josue, creo que una de las causas de ausencia de comentarios, y no solo en este artículo, es debido a que estos días muchos están de vacaciones por fin de año, y otros, pues igual se toman el día. De modo que si fuera cuestionar la ausencia de comentarios en este artículo, en lo último que pensaría yo, sería en un nivel cultural bajo en la sociedad, como lo cuestiona usted. Hay razones, como la naturaleza del cubano, que también debes de tener en cuenta a la hora de hacer un juicio como ese: Idiosincrasia del cubano, a eso me refiero.

    Cuando se escribe para un público, se debe hacer con el ánimo de que llegue a los lectores de la manera más sencilla y clara posible lo que tratamos de transmitir. Enganchar al lector con las primeras líneas de la noticia, a eso me refiero, y, si lee usted este articulo a modo de titular, sin desplegar la página completa, se percata que Alejo Carpentier fallece con 110 años. No sé si es un error de mi ordenador al mostrarme la fecha en el titular, pero desde aquí se lee lo siguiente, y cito:

    “Tuve el privilegio de conocerlo y me pregunto, quién fue más sugerente, si el novelista, si el escritor en su acepción más amplia, o el con¬versador: se trata, desde luego, de Alejo Carpentier (1904-2014), de quien este 26 de diciembre se celebra el 110 aniversario de su nacimiento.”

    Sin embargo, cuando abres el enlace que te muestra el artículo completo, se lee lo siguiente, y cito:

    “Tuve el privilegio de conocerlo y me pregunto, quién fue más sugerente, si el novelista, si el escritor en su acepción más amplia, o el conversador: se trata, desde luego, de Alejo Carpentier (1904-1980), de quien este 26 de diciembre se celebra el 110 aniversario de su nacimiento.”

    Entonces, Sr. Josue, quizás el culto no sea escaso, ni dormido en cuba, sino que escaso puede ser el interés en despertarlo.
    Saludos

    • Adonis De los ángeles dijo:

      Gracias, cubadebate, ya se ven bien las fechas desde mi pantalla.

  • Francisco Rivero dijo:

    Es de agradecer que los editores de Cubadebate pusieran a la disposion del articulo de la Sra. Rojas este video donde el escritor Carpentier desmetifica con su elocuencia y argumentos el mito de las Razas puras.

    Un saludo fraterno.

  • Mario H. Curzio Rivera dijo:

    Este inmenso escritor universal cubano de nacimiento y cubano hasta la médula . Un musicólogo excepcional y además un gran Arquitecto , pero siempre tuvo tiempo para luchar por las mejores causas del hombre ,: Al triunfo de la Revolución popular , todo su talento lo dedicó a la consolidación de esa gran Revolución Cubana . En nuestra Patria México participó activamente en el desarrollo de la Cultura Mexicana. Gloria al Cubano Universal Alejo Carpentier.

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Marta Rojas

Marta Rojas

Es escritora y periodista cubana. Premio Nacional de Periodismo José Martí del año 1997. Ganadora del Premio Alejo Carpentier de novela 2006. Recién graduada fue testigo excepcional de los sucesos del 26 de julio de 1953, el asalto al Moncada por Fidel Castro.

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