Crónica
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Cuando Francisco Marty y Torrens construyó el Gran Teatro Tacón se erigió en vida su propio monumento. Inaugurado en 1838 y edificado con trabajo de presos, el coliseo de la esquina de Prado y San Rafael, fue en su tiempo uno de los mejores del mundo, al punto que la eximia bailarina, Fanny Elssler, lo comparó con el San Carlos, de Nápoles, y la Scala, de Milán.
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Entre 1955 y 1957 se acometió, en Rancho Boyeros y Vía Blanca, la construcción de la Ciudad Deportiva, obra de los arquitectos Nicolás Arroyo y Graciela Menéndez, autores, además, entre otras obras, del Teatro Nacional de la Plaza de la Revolución, la modernización de Varadero, Barlovento (Marina Hemingway) y el hospital Franklin Delano Roosevelt (Frank País).
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En la esquina de Luz y Damas vivió el hacendado Joaquín Garro, víctima de un hecho de sangre famoso en La Habana colonial. Salió Garro en un atardecer de su ingenio azucarero y llegó muerto a su casa. Había sido apuñalado en el camino. Un joven negro, que viajó de incógnito en la sopanda de la volanta y que fue sorprendido al descender del vehículo, fue acusado de crimen y ahorcado pese a sus protestas de inocencia.
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La vida teatral habanera fue muy intensa durante las tres primaras décadas del siglo XX. Se daba el caso de que noche a noche ocho teatros abrían sus puertas para presentar distintos géneros teatrales. No era raro entonces el empeño de compañías europeas de venir a Cuba a “hacer la América”. Si triunfaban aquí, tenían garantizado el éxito en otras latitudes latinoamericanas.
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Una y otra vez pedía: “mamá, carga, mamá, carga”, aunque no estuviera cansado ni hubiera gastado mucha energía. Mis piernas eran cortas y los pies se metían hacia dentro sin poderlos dominar. Ya empezaba a cojear un poquito y la preocupación familiar no se hizo esperar. Eran tres años y medio y no parecía normal aquel pedido: “mamá, carga”.
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Como “un mozo inteligente y bien plantado” lo retrata Alejo Carpentier en una crónica que publicó en la revista Carteles. Interpretaba la música, dice el autor de ‘Los pasos perdidos’, como debía interpretarse, con “su voz potente y bien timbrada que no se perdía en alardes de virtuosísimo estéril”. Era un hombre elegante y con una suerte loca con las mujeres.
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No cree el cronista que sean muchos los habaneros que sepan que la calle Revillagigedo, en esta capital, deba su nombre a un gobernador español de mano dura cuyas excelentes dotes como gobernante se vieron eclipsadas por una codicia y una altivez censurables y que hicieron que ganara el epíteto de tirano. Asumió el mando de la Isla el 18 de marzo de 1734 y durante los once años que se mantuvo como gobernador general de la Colonia fue inmune a críticas y denuncias del patriciado criollo.
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Se trata de una hermosa mansión sin portales. No puede compararse con la mansión del Marqués de Aguas Claras y mucho menos con la del Marqués de Arcos, que no solo es, al decir de Joaquín Weis, el inmueble más interesante de los que rodean la Plaza de la Catedral, sino el tipo más perfecto de casa colonial que nos queda.
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Los primeros taxis o boteros aparecieron en La Habana en 1836 y las guaguas circularon a partir de 1840. Años antes, a comienzos del siglo XIX, se introdujeron los quitrines, pero su uso no se generalizó hasta 1820. Para entonces los coches, pese a conocerse aquí desde el siglo XVIII, eran pocos y en 1840 solo existían el del Capitán General y el que los sacerdotes de la Catedral utilizaban para visitar a los enfermos.
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La Habana, como toda ciudad que se respeta, tiene sus misterios y sus aparecidos, pero ninguno resulta tan simpático y delirante como el fantasma de la cara platinada. Don Jaime Partagás empezó como pudo en los negocios, en 1827, con un chinchalito donde expedía tabacos, y en 1845 llegó a participar en lo que sería el emporio que llevó su nombre. No disfrutó sin embargo de todo su esplendor porque un día lo asesinaron en sus vegas de tabaco, en Pinar del Río.
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