Tres, eran tres y murieron envenenados

Habana colonial.
Tres obispos murieron de pegueta en La Habana y los tres en circunstancias extrañas, sin que pudiera establecerse la causa de la muerte. Solo se decía, a modo de explicación, que el deceso había sido motivado “por repentina enfermedad”, pero se hacía difícil acallar en la ciudad el rumor del envenenamiento.
Transcurría la segunda mitad del siglo XVII y el clero vivía, aseguran historiadores, en grave desacato. Negras y pardas se prostituían a favor de sus dueños y los sacerdotes no solo la dejaban pasar, sino que también se beneficiaban con ese tráfico y se dedicaban a la usura o cobraban por cada pecado que absolvían. La jerarquía eclesiástica estaba minada por esos males y, amparada en su poder económico y en la influencia que ejercía en la sociedad, no mostraba la mejor intención de abandonar sus posturas.
El obispo Juan Montiel, animado de un fuerte afán moralizador, quiso poner coto a esos desmanes y planeó convocar a un sínodo que estudiara el asunto y propusiera una reforma que terminara con esos desafueros. La fuerte oposición de los poderosos hizo que fuera muy breve su paso por el Obispado de La Habana.
Falleció a los tres meses de su llegada a la Isla, de manera intempestiva y desconcertante. Se “fue” en una hora. Los que estuvieron a su lado en el último momento, nada comentaron sobre la sonrisa sardónica que, en la muerte, se dibujó en el rostro demacrado del prelado. El arsénico hace que se contraigan los músculos faciales de quien lo ingiere, y esa contracción remeda a veces una sonrisa.
Si Juan Montiel estuvo tres meses en el cargo, su sucesor estuvo tal vez menos. Al asumir el Obispado de La Habana, Pedro de Reina Maldonado expresó su deseo de proseguir los empeños de su antecesor. Y ese propósito selló su destino. Falleció a la una de la mañana del 5 de octubre del 1660, y el rumor popular fue el mismo: Lo envenenaron. Alguien comentó entonces: “Murió sin que variaran las costumbres ni se emprendieran nuevas fundaciones”.
Tocó el turno a Gabriel Díaz Vara Calderón, animado como los otros de afanes de reforma y adecentamiento. Su objetivo era realizar el sínodo diocesano planeado por Montiel y Reina Maldonado, y pudo llegar más lejos que ellos, pues libró su convocatoria. Hasta ahí llegó. Murió el 15 de marzo de 1676, a las doce de la noche, “por causas desconocidas”. Meses antes había comunicado al Arzobispo de Santo Domingo: “Han intentado darme veneno, del cual me ha librado Dios”.
La cosa cobró tal matiz que cuando el mexicano Juan García Palacios fue designado sustituto de Vara Calderón, hizo testamento antes de llegar a La Habana y vino acompañado por colaboradores de su absoluta confianza, empezando por el cocinero.
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