Cuando el Calixto era de palo

Hospital Calixto García, Vedado, Habana. Archivo.Fotos de la Habana
Estoy seguro de que usted no lo sabe. Justo en el sitio donde se hallan el Palacio de la Revolución y el Memorial José Martí quiso el Ejército español edificar un hospital militar. Imagino que desconocerá asimismo que el hospital Alfonso XIII, emplazado donde se encuentra el hospital Calixto García, se construyó para sustituir, por insalubre, al Hospital Central, instalado en el vetusto edificio de San Ambrosio, junto a la bahía, pero no llegó a reemplazarlo nunca pues ocho meses después de su clausura volvió a habilitarse para el servicio. Transcurría la Guerra de Independencia y los hospitales militares no daban abasto para la asistencia a tantos heridos y enfermos, pese a que el Alfonso XIII tenía capacidad para 2 500 internados, cifra que en ocasiones llegaba a 3 000 y más.
Imagine el lector cómo serían las condiciones sanitarias del Hospital Central. No solo carecía de un sistema de alcantarillado, sino que ni siquiera disponía de letrinas, lo que obligaba a los pacientes a hacer sus deposiciones en vasijas que, dos veces al día, una cadena de chinos vertía en el mar, a solo unos pocos pasos de las camas de los enfermos.
Me facilitó esa información mi fallecido amigo Ismael Pérez Gutiérrez, profesor de la Facultad de Medicina del Hospital Diez de Octubre, quien, durante una estancia de trabajo en Madrid, encontró un documento de febrero de 1899 que describe detalladamente las condiciones que dieron lugar a la creación del hospital militar Alfonso XIII, así como las características fundamentales que hicieron de esa institución la mejor de su tipo con que contaron las fuerzas armadas españolas en la Isla. El informe, que el doctor Pérez Gutiérrez trajo fotocopiado a La Habana, fue escrito por el doctor Clemente Serize, médico mayor del Ejército español en Cuba.
Casi todos los establecimientos sanitarios existentes en Cuba, escribe Serize en el citado documento, funcionan en edificios de "aprovechamiento", es decir, lo que hoy llamaríamos adaptados, y, por tanto, defectuosos y con adiciones sucesivas de barracas de guano y de madera según las condiciones de las localidades donde se hicieron necesarios.
En los días de la Guerra de Independencia hubo 39 hospitales militares españoles en 32 localidades cubanas, así como 29 clínicas dependientes de ellos, y diez enfermerías regimentarias provistas de camas para ingresos. Parecerán muchas esas instituciones de salud, pero no se pierda de vista que la metrópolis mantuvo un ejército de casi 300 000 hombres a fin de impedir la independencia de la Isla.
Apuntemos de paso que en los días de la Guerra de Independencia se dispara el número de defunciones que se registra en La Habana. En 1896 fallecieron en la capital 11 762 civiles, 18 135 en 1897 y 22 252 en 1898, ocasionadas por enfermedades, pero también por el hambre y la miseria que acompañan a la contienda bélica, y que recrudecieron la reconcentración de Weyler y, ya en los últimos tiempos, las privaciones y carencias derivadas del bloqueo naval norteamericano.
LAS MIL CAMAS DE SAN AMBROSIO
Ya en 1894 el capitán general Emilio Callejas Isasi expresó su resolución de abandonar San Ambrosio y fabricar un edificio que sirviera de modelo de hospital propio para climas tropicales. Nada se hizo y once años más tarde otro capitán general, Arsenio Martínez Campos, mostraba la misma determinación.
Se desconoce con exactitud el origen de San Ambrosio. Parece que ya en 1760 prestaba servicio como hospital militar. Radicaba entonces en una casa de la calle San Isidro que había sido sede de un colegio de niñas pobres que fundó el obispo Compostela, y allí se mantuvo hasta 1842, cuando ocupó el inmueble de la antigua Factoría de Tabaco, cerca del antiguo muelle de Tallapiedra. Un caserón de mampostería dotado de mil camas. Ocupaba la superficie de dos manzanas completas y constaba de dos pisos. Sus condiciones higiénicas no podían ser peores, al punto de que era uno de los mayores focos de fiebre amarilla que se conocían en la capital, y era frecuente, dice el doctor Jorge LeRoy Cassá, que un soldado o marino que ingresara para atenderse una afección venérea, tuviese que ser trasladado a los pocos días a la sala de Medicina, donde moría a consecuencia del vómito negro.
Aparte de lo que ya se dijo acerca de las letrinas en San Ambrosio, el hospital se ubicaba en las márgenes de la ensenada que recibía los desagües del Cerro, Jesús del Monte y Jesús María, así como los del canal de Chávez, que conducía a la bahía la sangre y las inmundicias del matadero. Un terreno bajo y cenagoso rodeado de manglares.
Aunque comenzó a recibir enfermos en enero, es el 23 de febrero de 1896 cuando se inaugura, al fin, el hospital Alfonso XIII, llamado así en honor del rey-niño, sometido todavía a la tutela de su madre, la reina regente María Cristina; es el bisabuelo de Felipe VI. En octubre, como ya se dijo, se rehabilitan 700 camas en San Ambrosio, hospital que el doctor Serize creía liquidado para siempre. Seguía preocupándolo su falta de retretes, su ubicación en una localidad pobre y densamente poblada y a la orilla de una bahía que califica como "la más sucia del mundo".
Escribe Clemente Serize:
"La nociva y hasta letal influencia que esa vecindad ejerce, tanto para el hospital como para el vecino arsenal (hoy terrenos de la Estación Central de Ferrocarriles) por las numerosas invasiones de fiebre amarilla, en foco, que sin duda estaban y están favorecidas por el dragado del puerto, las mareas y las emanaciones a que da lugar la agitación de las aguas".
No se había impuesto aún la teoría de Finlay en cuanto al mosquito como ente trasmisor de la fiebre amarilla, y Serize maneja los criterios imperantes en la época, no válidos ciertamente para la propagación de la mencionada enfermedad, pero si favorecedores de otros padecimientos trasmisibles.
FACILIDADES
No escatima elogios para el nuevo hospital el doctor Serize. Sus dependencias son todas de madera. Aplaude su ubicación, en la loma del Príncipe, en la meseta situada entre el castillo de igual nombre y la Pirotecnia Militar –actual Universidad de La Habana. Encomia Serize además la distribución de los locales del hospital, su ventilación e iluminación eléctrica, la provisión de agua potable que le llega del canal de Vento y su ingenioso alcantarillado. Los médicos que lo sirven se sienten satisfechos.
No falta el agua potable, que se bombea a razón de 200 litros por minuto y que desde dos tanques inmensos llega a todo el recinto. Los pabellones están levantados del suelo para evitar la humedad. A fin de dar salida a las aguas y excretas de todas las dependencias hospitalarias, inodoros y desagües se hallan en comunicación con pozos conectados entre sí por una tubería general que lleva los desperdicios a una furna situada a unos 200 metros de distancia y con la que se contó al proyectar el hospital. En esa caverna rocosa, por filtración o comunicaciones desconocidas se pierden los 70 000 litros de lo que allí se deposita.
La lavandería del hospital Alfonso XIII puede procesar hasta 6 000 piezas de ropa diarias y su cocina central elabora hasta 5 000 raciones/día. Hay locales para farmacia, depósito de cadáveres y autopsias, cuerpo de guardia y sala para reclusos. También un gabinete de hidroterapia, una barraca para chinos y albergues para enfermeros y personal de servicio y mantenimiento. Contaba además con una capilla bajo la advocación de la virgen del Carmen que es atendida por capellanes militares y las Hermanas de la Caridad, que cuidaban además de los hospitalizados.
Componían asimismo el hospital los departamentos y dependencias siguientes, todos de madera: dos barracones para jefes y oficiales enfermos; 21 barracones para enfermos de tropa; cuatro para heridos, tres para cirugía de tropa; una sala de operaciones quirúrgicas y un barracón para enfermos cutáneos y otro para oftálmicos. El departamento de infecciosos, separado por una cerca y con portería y cocina propias, se componía de dos barracones para enfermos de fiebre amarilla, viruela…
El doctor Serize valora altamente, al final de su informe, el funcionamiento y las condiciones higiénicas del nuevo hospital. Pondera para la hospitalización las ventajas de lo que él llama "pabellones sueltos de madera".
FINAL
El hospital militar Alfonso XIII pasó a ser el Hospital no.1 del Ejército interventor norteamericano en la Isla. En el hospital Calixto García, las barracas de madera comenzaron a ser sustituidas por pabellones de mampostería en 1914, en los días en los que el doctor Emilio Núñez fue secretario (ministro) de Salubridad.


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