Frente al aula…amor y pasión por Cuba

La escuela donde trabaja Osmara tiene poco más de 130 estudiantes
Osmara Torres González-Quintero lleva 36 años como maestra en la escuela primaria Calixto García, del municipio de Santa Clara. Es más de la mitad de su vida, una existencia que desde un principio ella define con dos palabras: amor y pasión.
Graduada a finales de la década de 1980, esta mujer tiene la suerte de hacer realidad una de sus aspiraciones primeras. “Siempre me gustó esta carrera —confiesa— y desde niña jugaba a las escuelitas en mi casa, así que elegir el magisterio fue seguir mi vocación”.
Casi cuatro décadas después, reconoce que no se equivocó. “El magisterio es sumamente humano, de mucho sacrificio, pero mientras trabajas ves los resultados en cada curso y vas tomando experiencia. La propia comunidad te respeta y la familia de los estudiantes también”.
Para esta mujer, lograr esa vinculación entre los alumnos y sus padres con la escuela es uno de los elementos esenciales a la hora de educar. A su vez, conseguir un ambiente de unidad entre los profesores resulta igualmente ventajoso y necesario. Sin embargo, ella coloca otra idea sumamente interesante: “con los niños también se aprende”.
“Muchísimas veces en el aula ellos te ayudan, o te cuentan alguna experiencia de sus hogares que ni uno mismo ha vivido, porque cada lugar es diferente. Ese vínculo con cada uno, el amor con que te reciben cada mañana me alimenta el alma y me impulsa a seguir”, agrega.
La escuela donde trabaja Osmara tiene poco más de 130 estudiantes, todos de una de las comunidades rurales enclavadas en las afueras de Santa Clara. El lugar es un pequeño recodo lleno de matices, un ejemplo de cuánto puede hacer el propio barrio para preservar un sitio tan sagrado.
Aquí, varias gomas viejas retornaron a la vida como adornos multicolores del jardín; allá, el camino hasta las aulas serpentea sobre un césped siempre verde; un poco más lejos, hay alumnos bajo los árboles, en las mesas de ajedrez, ensayando un canto, o sencillamente con esa intranquilidad y esa risa tan natural de cualquier niño.
En cada una de ella está el impulso de la maestra, el ímpetu de una mujer que sabe cuánto las pequeñas cosas ayudan a cultivar la inteligencia, pero también el alma de sus estudiantes.
“El ejemplo de cada uno de nosotros es muy importante. Si exijo puntualidad o buenos hábitos de cortesía en el aula, soy yo la primera que no puede llegar tarde o hablar en un tono de voz incorrecto; si quiero que mis alumnos estudien, nadie mejor que yo para demostrar cuánto me autopreparo antes de una clase, porque buen maestro no termina de estudiar”, explica.
Un concepto como ese resulta ahora mismo otro de los pilares para Osmara. Especializada en asignaturas del área de humanidades, la escasez de profesores y las reestructuraciones en los métodos de enseñanza la han llevado también a impartir materias como matemáticas o ciencias naturales. De hecho, solo ella se encarga de las siete asignaturas que reciben los 21 niños de su aula de quinto grado.
“Cada disciplina tiene un objetivo y es tarea del profesor irlos inculcando en cada actividad. Ahora las nuevas tecnologías ayudan muchísimo y yo me valgo de ellas para apoyar casi cualquier clase, aunque es la historia de Cuba la que más me motiva, y siempre trato de que los niños se trasladen al lugar del hecho, sientan que viven en la manigua, que vivan eso tan bonito”, confiesa.
Esta profesora habla con la experiencia de su lado, porque son tantas las generaciones que han pasado por sus ojos que ya es maestra de casi una familia. “En el grupo que tengo hay hijos de antiguos estudiantes míos. A veces los propios padres me lo recuerdan, y eso me emociona muchísimo”, asegura.
Parte esencial de la comunidad, esta escuela tiene otro mérito incuestionable: el aporte al barrio, la vinculación el futuro del propio Consejo Popular. Así, los maestros se han encargado de crear círculos de interés estrechamente relacionados con centros laborales ubicados en los alrededores.
“Aquí nuestros niños lo mismo aprenden del trabajo en el aeropuerto como de lo que sucede en una granja avícola, o en los campos. Es parte de un propósito que nos distingue: no solo educarlos en los conocimientos, sino también para la vida, para volverlos hombres y mujeres de bien”, comenta.
“Sin el maestro nada existiera. Me siento orgullosa de mi profesión. Si volviera a nacer, haría exactamente lo mismo”.

“En el grupo que tengo hay hijos de antiguos estudiantes míos. A veces los propios padres me lo recuerdan, y eso me emociona muchísimo”, asegura.
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Excelente trabajo que retrata la grandeza del trabajo de una maestra cubana consagrada a su misión, de sus manos saldrán hombres y mujeres que llevarán en sí una carga de valores, cultura y capacidad de pensar, libres y cultos como Martí.