Italianos en Cuba (II)

Retrato de Orestes Ferrara, por Emil Fuchs.
Si el trazo italiano es, en Cuba, apreciable, no puede hablarse de una emigración numerosa; vinieron a la Isla menos italianos de los que fueron a otros países de América y siempre lo hicieron al llamado de las autoridades españolas interesadas en el blanqueamiento de la población.
Con todo, fueron marineros genoveses y venecianos sobrevivientes de un naufragio en la costa norte de la actual provincia de Pinar del Río los que fundaron en la zona una ciudad a la que dieron el nombre de Mantua, como la de la Lombardía italiana.
Prosigue este sábado un “inventario” sobre la presencia de Italia en Cuba con motivo de la celebración de la XXVI Semana de la Cultura de ese país en la Isla.
La guerra que viene
Notable fue la contribución de los italianos al Ejército Libertador. Solo en abril de 1898, 75 voluntarios se incorporaron a la Guerra de Independencia. Antes, en la Guerra de los Diez Años, iniciada en 1868, un descendiente de italianos, nacido en la ciudad de Trinidad, Juan Bautista Spotorno, ocupó la Presidencia de la Cámara de Representantes y la de la República en Armas.
Coronel de la independencia, como Spotorno, fue Orestes Ferrara y Marino. Abogado brillante, profesor universitario y asesor de los hermanos Behn en su emporio telefónico, alcanzó en la República el cargo más alto al que podía aspirar por elección un extranjero nacionalizado, la Presidencia de la Cámara.
Vinculado al dictador Gerardo Machado, fue embajador en Washington y canciller, y huyó a la caída de la dictadura para eludir la justicia popular. Fue, por elección, miembro de la Convención Constituyente de 1940, año en que sufrió un atentado que lo puso al filo de la muerte, y desempeñó, durante largo tiempo, el cargo de embajador de Cuba ante la Unesco, hasta que el Gobierno revolucionario lo cesanteó en 1959.
La casa que se hizo construir y que lleva el nombre de La Dolce Dimora es una mansión florentina con todas las de la ley en pleno barrio de Centro Habana. Falleció en 1972, en Roma, y está inhumado en Nápoles, junto a su esposa, la cubana María Luisa Sánchez.
Fue, al decir de Carlos Márquez Sterling, “el último de los libertadores en dejar la escena”. Él mismo se consideró “el último libertador al servicio de la República”. Al comentar su biografía, El anarquista elegante, escrita por Alessandro Senatore, y en alusión al retrato de Ferrara que ilustra la portada del volumen, Eusebio Leal escribió que, por su pasado machadista, Ferrara “ha sido literalmente ‘satanizado’ por la historiografía republicana. No obstante, debe tenerse en cuenta su participación en los debates de la Constituyente de 1940, donde su nombre ocupó uno de los escaños principales. Sería imposible evocar aquel ejercicio democrático sin recordar la ironía, el acento napolitano y el carácter sibilino de este caballero de otros tiempos, cuyo retrato ilumina la cubierta, como si saliera de las luces y las sombras que sellaron misteriosamente su destino”. Sus restos bien merecen reposar en Cuba.

Retrato de Orestes Ferrara, por Emil Fuchs.
El fascismo presente
En 1884, italianos asentados en La Habana crearon una sociedad de socorros mutuos. Años después surgía la Sociedad de Beneficencia. En 1931 radicaban en la Isla algo más de 1 100 italianos con pasaporte y sumaban unos 10 000 los descendientes.
Es en los años 30 que surge, en Prado y Trocadero, el Círculo de la Cultura Italiana. Cerca de allí, en Prado 44, y sin que nada tuviera que ver con el Círculo, funcionó, a partir de 1937, la escuela Rosa Maltoni Mussolini, patrocinada por italianos fascistas residentes en La Habana, en especial por Camilo Ruspoli, príncipe de Candriano. Dicha escuela, que se trasladó a la playa de Jaimanitas, estuvo a cargo de la congregación de las Hijas de Don Bosco o Hermanas Salesianas que impartían las clases en idioma italiano. Fue clausurada con la entrada de Cuba en la II Guerra Mundial, cuando La Habana rompió relaciones con los países del eje Roma-Berlín-Tokio y Candriano fue a dar a la cárcel.
Al finalizar la contienda, la delegación cubana a la Conferencia de Paz (París, 1946) anunció el propósito del gobierno del presidente Grau San Martín de renunciar a toda reclamación de guerra como medio de renovar las relaciones cubanas con Italia, en atención a la actitud de simpatía de ese país hacia los patriotas cubanos durante las luchas por la independencia. Y, en vistas del criterio cerrado de la Conferencia de imponerle severas sanciones, nuestra delegación dejó constancia de la decisión del Gobierno cubano de hacer la paz por separado con dicha nación, lo que se viabilizó por medio de un convenio suscrito en La Habana, al que se adhirieron algunas naciones americanas.
También en la cocina
La pizza adquiere en Cuba no solo categoría de plato insignia de las comidas rápidas, sino que se ha cubanizado tanto que ya es casi tan nuestra como el congrí, los tachinos, el macho en púa y el bistec en cazuela.
Aludo, desde luego, a una pizza adaptada al paladar y a la idiosincrasia del cubano. Con menos diámetro que la italiana, pero más gruesa, menos crujiente y sí más esponjosa, más suave. Los condimentos y el queso son diferentes en una y en otra. No tiene el cubano promedio el hábito de ingerir una pizza condimentada con orégano y albahaca, que son esenciales en la pizza Margarita, y con el queso amarillo le da el “toque” a la pasta.
Es en el siglo XIX cuando comienza a conocerse en Cuba la cocina italiana; era entonces la exquisitez de la burguesía criolla. Ya en la primera mitad del siglo XX deleita a la clase media habanera. Es entre 1940 y 1950 que surgen y cobran fama en La Habana algunos restaurantes de cocina italiana, como Frascatti, en Neptuno y Prado, el más renombrado de todos, y Da Rosina y Montecatini, en El Vedado, mientras que las pizzetas ganaban el favor de sectores más populares y de aquellas personas a quienes la falta de tiempo impedía esperar por un plato más demorado. Es en los años 60 cuando se populariza y extiende la cocina italiana en la Isla. Las pizzerías llegan hasta los rincones más apartados.
La pasta de trigo, el queso y el tomate estaban aquí desde la Colonia. Se trataba, por otra parte, de una comida barata, de fácil elaboración, rápida y la población la acogió de inmediato: paliaba el racionamiento al que obligaba el bloqueo norteamericano, que empezaba a recrudecerse en esos años.
La pizza y el huevo, también el chícharo, fueron de los platos más recorridos y socorridos en esos días, lo que llevaría a decir a Gabriel García Márquez que el monumento a la Revolución, de hacerse, debía ser redondo.
¿Quién que las vivió no recuerda aquellas colas inacabables a las puertas de una pizzería? Valía la pena aquella fila enorme porque, si se entraba a comer al establecimiento, se “resolvía” el día con la oferta del lugar. Platos bien hechos y baratos, pues tanto la pizza como el espagueti y la lasaña se expendían, cada uno de ellos, a un peso con veinte centavos, y la tradicional botella de cerveza importada a ochenta centavos.
Hoy los restaurantes del sector privado han ampliado y enriquecido la presencia de la cocina italiana en la Isla, y las pastas frescas para elaborar raviolis y ñoquis les dan un toque de distinción. Pero en líneas generales, cuando en Cuba se habla de cocina italiana se alude sobre todo al espagueti, el canelón, la lasaña y, desde luego, la pizza. Hablamos, para decirlo con exactitud, de una cocina de pastas, que es la del sur de la península.
Eso es solo una parte de la cocina italiana. Es una cocina riquísima que acusa, por regiones, rasgos que la distinguen y diferencian. Es tan variada, se dice, que si un restaurante se propusiera “estrenar” un plato italiano a la semana, tardaría años en agotar el recetario. Es en el sur donde, a fines del siglo XIX, surge la pizza, “invento” que se internacionaliza tras el fin de la II Guerra Mundial y se convierte en plato estelar de la cocina rápida.
Picolissima serenata
Si la vedette cubana Chelo Alonso hizo fama y dinero en la Italia de los 50, no pocos artistas italianos cosecharon éxitos en La Habana.
Mucho se hicieron aplaudir aquí Katyna Ranieri, Ernesto Bonino y Renato Carosone, que con su Picolissima serenata se instalaba en el hit parade de 1958. Ya para entonces la bellísima Tina de Mola impactaba a la teleaudiencia con lo que muchos recuerdan como el primer close-up de la TV cubana.
- Medicina Natural y Tradicional: El romero de playa, una especie medicinal poco conocida
- Díaz-Canel a Newsweek: “Cuba es un país de paz que promueve la solidaridad y la cooperación, pero no le teme a la guerra”
- Argentina: De la crisis interna a la “injerencia rusa”. Cómo el gobierno reorganiza la agenda en clave de guerra
- Servicios de hemodiálisis en Guantánamo: Cotidiano empeño por la esperanza (+Fotos)
- Los hilos del gran capital en movimiento: El engranaje financiero de la actual guerra en Asia Occidental
- ir aEspeciales »


Hay que recordar al destacadisimo intelectual, profesor, diplomático cubano de origen italiano, Miguel Ángel D"Estefano Pisani.
En la etapa revolucionaria, que prácticamente no se menciona, ha sido muy importante la solidaridad del pueblo italiano con Cuba. En particular, ha sido muy relevante la colaboración científica en campos como la Física y la Biología. Importantes científicos italianos visitaron Cuba, algunos por largos periodos, y contribuyeron al desarrollo científico de nuestro país. Esa cooperación continúa hasta nuestros días. Los historiadores de la ciencia Angelo Baracca y Rosella Franconi han recogido algunas de estas historias en sus libros.
La casa de Orestes Ferrara,,,, el Museo Napoleónico.
Por cierto, de sus articulo me he quedado con las PALABRAS de Eusebio,,,, Recuerdo qye asistí a una conferencia magistral de él sobre la República,,,, debieron haberla grabado y ponerla en los Libros de Historia de CUBA, tal cual. EPD
El profesor me hizo recordar con este escrito la mención que me hicieran hace años en un taller en la Sociedad Dante Alighieri sobre el libro "Los mambises italianos". Tal vez allí se encuentren más detalles sobre este tema
Olvidaste eroe de la rivoluzione gino don
Ante todo, mi más profundo respeto y agradecimiento al maestro Ciro Bianchi Ross.
Hoy quiero atreverme a abundar sobre la historia de la pizza cubana, protagonista de lo que nombraría gastronomía revolucionaria, de la que también forman parte los helados coppelia, y poco más porque los sandwishes, y las fritas ya proliferaban antes de la revolución.
Las nuevas pizzas forman parte de una relación con italianos a la que también pertenecen los los frozens Carpigiani, los automóviles Alfa Romeo, los tractores Piccolino y otras muchas mercancías.
Nada que los años sesenta y su nueva gastronomía merecen un capítulo aparte.
Que raro, no reconozco en el estilo del artículo el estilo de Ciro pudiera ser alguna mala copia?