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Los nietos del Presidente

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Cristóbal Mendoza, primer presidente de Venezuela.

En ocasión del ingreso el pasado 23 de junio de los restos simbólicos del patriota Cristóbal Mendoza, primer presidente de Venezuela tras la Declaración de Independencia, al Panteón Nacional en Caracas.

La columna del incansable coronel español Sabas Marín González, había salido de operaciones el 10 de noviembre de 1870, de Vista Hermosa, cerca de Puerto Príncipe, donde acampaba la brigada a sus órdenes. Tenía información de que el brigadier insurrecto Bernabé de Varona, Bembeta, operaba por la zona de Guaicanamar, Sierra de Najasa, y allí se dirigió sorprendiendo el campamento. Según los partes de guerra publicados en la Gaceta de La Habana, en las operaciones desarrolladas hasta el 25 de noviembre, habían dado muerte a 52 insurrectos, se capturaron 44 armas de fuego, doce blancas, un cañón de acero, muchas municiones, tres convoyes de sal, se quemaron 332 bohíos, tres trincheras, zapaterías, tenerías, y se hicieron 41 prisioneros aptos para el servicio de las armas.

Pero lo más importante no era el material capturado ni las bajas inferidas al Ejército Libertador. Si bien el general Bembeta pudo escapar, entre los prisioneros que conducía a Puerto Príncipe la columna del coronel Marín llevaba uno que consideraban un trofeo de lujo; el patriota venezolano coronel del Ejército Libertador y Secretario de Relaciones Exteriores del Gobierno de la República de Cuba en Armas, Cristóbal Mendoza Durán.

Tal era la significación de esta captura, que le valió a Sabas Marín ser condecorado con la Encomienda Ordinaria de Isabel la Católica, y el ascenso inmediato al empleo de brigadier. En su hoja de servicios aparecería este hecho como uno de los más meritorios de su carrera militar, que tuvo como colofón el desempeño de las capitanías generales de Cuba en 1887 y Puerto Rico en 1896.

La dimensión y el simbolismo de la acción no se debía solamente al hecho de tratarse de un miembro de primer nivel del gobierno electo en Guaimaro. Había algo más importante para España. Cristóbal Mendoza Durán, el primer canciller insurrecto, era nieto del primer presidente de Venezuela Independiente, el abogado de Trujillo, José Cristóbal Hurtado de Mendoza y Montilla, amigo íntimo y fiel del Libertador, modelo de ciudadano de las nuevas repúblicas independientes, virtuoso sin par y ejemplo de modestia. Había sido, además, firmante del acta de independencia de Venezuela y de la primera Constitución venezolana y fue, junto al camagüeyano Francisco Javier Yanes, compilador de las primeras obras completas de Bolívar. Fue el abogado Mendoza quien, en Caracas, siendo gobernador político del estado, sentenciara para la historia a Simón Bolívar con el título honorífico de “Salvador de la Patria, Libertador de Venezuela”.

Era tal la importancia que el gobierno colonial otorgaba al prisionero, que en la sentencia dictada por el capitán general de la isla condenando a un grupo de patriotas a la pena de muerte en garrote vil por ser reos de alta traición, y al embargo de todos sus bienes, el nombre de Cristóbal Mendoza aparece tercero entre la gran pléyade de gloriosos insurrectos, sólo antecedido de Carlos Manuel de Céspedes y Francisco Vicente Aguilera, primero y segundo en el listado respectivamente.

Cristóbal: periodista, maestro y soldado.

Nacido en Caracas, a los ocho años se trasladó a Cuba con su padre Cristóbal Mendoza Buroz -hijo del tercer matrimonio de Don Cristóbal-, su madre Concepción Durán, y su hermano Tomás, fijando residencia en Santiago de Cuba. Como su abuelo, se hizo abogado y como su padre, educador y periodista. Joven pasó a La Habana donde adquirió amplios conocimientos y sólida cultura, colaborando en Cuba Literaria y la Revista de La Habana. Como periodista escribía en El Correo de la Tarde, El Comercio, y El Siglo, haciendo famoso su seudónimo de Legión. En 1864 se trasladó a la ciudad de Puerto Príncipe donde impartió la docencia y conspiró por la independencia. Allí fundó el 1ro de marzo de 1867, junto a un grupo de destacados jóvenes patriotas, el periódico El Oriente, en cuyas páginas burlaban la férrea censura del gobierno español. Antes había dirigido el periódico El Camagüey y colaborado como gacetillero de El Fanal, de esa ciudad.

El 4 de noviembre de 1868, Cristóbal Mendoza, el nieto del prócer venezolano, se subleva con los Camagüeyanos en Las Clavellinas, y pasando a Oriente, combate en Bonilla y El Salado, tomando parte en el incendió sublime de la ciudad de Bayamo. Céspedes contó desde los primeros momentos con su pericia y el 24 de diciembre de 1868, lo nombró jefe del Departamento del Interior del gobierno provisional. El 14 de abril de 1869, la Asamblea de Guáimaro reconoció los méritos del patriota de sangre bolivariana y lo eligió Secretario de Relaciones Exteriores, el primero de la República de Cuba en Armas. Martí lo imaginaba en aquel momento “con el alma en los labios chispeantes, y la cabeza llena de letras y de lenguas.” Su puesto político lo alternaría en lo adelante con el de ayudante del general en jefe Manuel de Quesada. Para marzo de 1870, aparecía en el cuadro de jefes del Ejército Libertador en Camagüey, con el grado de coronel.

El Álbum de El Criollo lo recordaba como hombre de “...sentimientos nobles y elevados, costumbres austeras, amor profundo a todos los grandes ideales, capaz de todos los sacrificios, carácter animoso, modales exquisitos, organización delicada: he aquí a Cristóbal Mendoza.”

El domingo 27 de noviembre entraba a Puerto Príncipe la columna conduciendo al distinguido prisionero. El pueblo de la ciudad, que lo conocía y le simpatizaba, se arremolinaba en las calles para ver a quien fuera el distinguido catedrático de francés y química, y secretario del Instituto de segunda enseñanza de aquella plaza.

El gobernador de Puerto Príncipe, brigadier Pedro Zea de la Guerra, ordenó un proceso sumario verbal, sin mayores formalismos, pues ya Mendoza estaba condenado a muerte desde principios de la guerra, por el gobierno de La Habana. Al mismo tiempo, el prepotente general organizaba en el Casino Español, una pomposa reunión de señoras, para proporcionar socorros a familias indigentes, y distribuir entre los pobres, ropas y otros efectos existentes en el depósito de bienes embargados.

Momentos antes del fusilamiento le prometen la vida y su cátedra en Puerto Príncipe si reconoce su error en defender la causa de los cubanos. Se niega. Temprano en la mañana del 28 de noviembre, lo conducen a la parte trasera del nuevo cuartel de Infantería de la ciudad. Su paso sereno y tranquilo era interrumpido por los insultos y escarnios del populacho español que, tamaña ironía, le gritaban cobarde a aquel libertador que inmutable y seguro, se dirigía orgulloso al encuentro de la muerte.

Solicitó permiso para fumar un cigarrillo y listo para lo inevitable, escuchó la sentencia. Con humildad, pidió a sus verdugos omitieran de la misma “…aquella parte que habla de él como un asesino.” No podía consentir semejante ofensa el abogado que, en la guerra, tantas vidas de oficiales y soldados españoles prisioneros, había salvado de la muerte. A las 8 de la mañana del 28 de noviembre de 1870, una nutrida concurrencia vio como moría fusilado, atravesado por cuatro balazos, el digno nieto del primer presidente de Venezuela Independiente. La ciudad quedó consternada.

Para mancillar su imagen viril y el simbolismo que su ilustre nombre y apellido significaban, los españoles, émulos de aquel rey de la intriga que fue el general Dionisio Vives, propagaron la noticia de que Mendoza había dejado una carta de arrepentimiento que ellos mismo publicaron, y que supuestamente decía:

“A los cubanos que estáis en armas.- señores, amigos y compañeros míos: por un acto espontáneo de mi voluntad, sin presión de ninguna especie, y debiendo morir pasado por las armas dentro de una hora, quiero dirigirme a ustedes con la profunda convicción que abrigo.

Señores, si la insurrección está vencida y si nadie lo ignora, ¿a qué continuar dando motivo para que se derrame más sangre? Sea la MIA la última.

Depónganse las armas, que en esto no hay deshonra, y se evitarán los sacrificios ya hoy estériles.

Yo no tengo tiempo para razonar largamente, pero crean ustedes en la buena fe de un hombre que va a morir: al deponer las armas, el gobierno español no hará una sola víctima más.

Cristóbal Tomás Mendoza”

¿Escribiría una carta en esos términos un hombre que sabía que irremediablemente iba a ser pasado por las armas? ¿No recordaría en ese instante a su glorioso abuelo y a su tío Eugenio María, que en Venezuela se fuera a la guerra como edecán de Bolívar? ¿Preferiría en esas circunstancias el patriota que había sentido tan profundamente la muerte en combate de su hermano Tomás, traicionar a la hora sublime con ignominiosa carta la memoria de sus mayores? ¿Por qué no perdonó Zea al autor de tan lastimera carta?

Su hidalguía al enfrentar la muerte y el desmentido de sus compañeros de armas, fueron suficientes para mantener incólume la figura del patriota.

La propia carta era nauseabunda. Otras de este tipo, se acreditaron a lo largo de nuestras guerras independentistas a probados e inclaudicables patriotas. Así ocurrió en 1871 con la figura del mayor general Federico Fernández Cavada. El día 1ro de julio de ese año lo fusilan en Nuevitas, Camagüey, e inmediatamente salen a la luz pública una serie de cartas supuestamente firmadas por él, en las que convidaba a la rendición a su hermano Adolfo, al gallego Francisco Villamil y al venezolano Salomé Hernández, todos mayores generales del Ejército Libertador en la región central del país.

Después de este golpe de suerte, el brigadier Zea viajó a La Habana donde anunció destempladamente que a la Revolución le quedaban dos meses de vida. Hizo el ridículo.

En honor de Cristóbal Tomás Mendoza Durán, El Cubano Libre, diario de la manigua insurrecta, publicaba el 8 de febrero de 1871:

“El ilustrado patriota Cristóbal Mendoza, que cayó prisionero en Guaicanamar a fines de noviembre próximo pasado, ha sido fusilado en Puerto Príncipe: su entrada en la ciudad fue celebrada con música por los tiranos. Los voluntarios se prepararon en el cafetín de borrachera titulado “Casino Español” para celebrar su paso por dicho edificio.- Cristóbal Mendoza fue al lugar de la ejecución vestido de blanco y recibió la muerte como digno defensor de la libertad.- Sabemos que dejó una carta escrita en la capilla.- ¡Paz a sus restos! ¡Gloria a su nombre!”

Tomás: dramaturgo, maestro y soldado

La gloria de tan ilustre patriota la complementa su hermano Tomás Cristóbal. Heredero de las virtudes de su familia, fue un culto representante de la intelectualidad cubana. Incursionó en el teatro y la poesía, fue secretario de la Sociedad Filarmónica de Santiago de Cuba y de su Instituto de Segunda Enseñanza. Escribía en las páginas del periódico habanero El Siglo, desde las que combatía la intransigencia radical del españolismo recalcitrante de los periódicos La Voz de la América y La Aurora.

En La Habana, había dado al teatro obras como De lo vivo a lo pintado, comedia en verso y tres actos; A espaldas vueltas, en verso y un acto; Una estocada secreta, drama en tres actos y verso; Justicia de propia mano, drama en prosa; Dos máscaras, zarzuela en un acto en verso; El tesoro de Santa Clara, comedia en un acto en prosa; Los mocitos del día, comedia en un acto de prosa, entre otras.

Fue amigo muy especial de Rafael María de Mendive, el maestro de Martí, a quien leía y sometía a la crítica sus obras teatrales. José Martí, lo describió como hombre “austero y cabeceador, con chistes que eran sentencias, y autoridad que le alzaba la estatura.”

El Álbum de El Criollo, decía de él:

“A los nueve años llamaba la atención por la precocidad de su talento. Tomás Mendoza siempre consagró a Cuba un amor vehemente, como más tarde lo demostró combatiendo y muriendo por su causa. No solo fue un cumplido caballero, sino un hombre de gran ilustración. Poeta inspirado, escritor elegante, pulcro literato, políglota distinguido, clásico notable. Tomás Mendoza, por todas esas circunstancias, era uno de los representantes más esclarecidos de la cultura cubana. Todavía deben recordarlo en Santiago de Cuba, de cuyo Instituto fue profesor sapiente.”

A fines de 1868, salió de Cuba con un grupo de destacados jóvenes de la alta sociedad habanera como Rafael Morales y Morales, Antonio Zambrana, Julio Sanguily, José María Aguirre y José Payán, y en Nassau se unió a la expedición que preparaba el general Manuel de Quesada, desembarcada en La Guanaja, el 27 de diciembre de 1868 a bordo del Galvanic. Aquellos jóvenes “…las mayores inteligencias y el austero civismo…” de la Revolución, a la que rodearon de “…esplendorosa aureola…”, ocuparon de inmediato altos puestos en el gobierno y en el naciente Ejército Libertador.

Ya en tierra cubana fue ascendido a comandante, fungiendo como ayudante secretario del general Manuel de Quesada, acompañando a su jefe en todas las operaciones militares emprendidas. El 7 de junio de 1869, en una acción colmada por los laureles del éxito, al frente de fuerzas de infantería, el poeta y dramaturgo caraqueño, se lanzó decidido a tomar el mejor de los fuertes que mantenían los españoles en Sabana Nueva, línea defensiva entre Puerto Príncipe y Nuevitas.

Quien tantos lauros cosechase en el mundo del arte, fue designado por el general Manuel de Quesada para comandar una de las columnas que atacarían el 16 de agosto de 1869, la ciudad de Las Tunas. Las fuerzas cubanas llegaron a ocupar una parte de la ciudad y le capturaron doce banderas al enemigo, que resistió embravecidamente rechazando el ataque de los casi 1 200 mambises. En una de las embestidas, hija del calor del combate, una bala española hiere mortalmente al joven poeta, segando su musa inspiradora y su pasión revolucionaria.

A su muerte, el periódico insurrecto El Cubano Libre, con fecha 12 de octubre de 1869, publicó:

“El Comandante Tomás C. Mendoza, nacido en Caracas el día 3 de junio de 1841, y herido mortalmente al frente de una de las columnas que el 16 de agosto próximo pasado atacaron la plaza de las Tunas, acaba de morir mártir de la libertad de Cuba. Al rendir la última etapa de su vida laboriosa, útil y llena de abnegación, ha sellado con indeleble timbre la corta carrera de su existencia que, como la del meteoro que atraviesa el espacio, trazó un surco de luz por su camino para aumentar con su muerte, el gran cetro de vida y de verdad.

Si antes contribuyó con su poderosa inteligencia y su incansable brazo al triunfo de la verdadera causa: si ayer, olvidando sus dolores, en aras del gran principio por el cual se ha sacrificado, aplaudía con fruición en su lecho de martirio los nuevos lauros de nuestras armas; hoy en las regiones infinitas de la Gran Luz a su bella y noble alma será ante Dios, un testimonio irrecusable de nuestra justicia.

Terrible verdad que hará temblar de pavor a nuestros enemigos: que ni la muerte puede disminuir, antes aumentar, la fuerza de lo que es justo y grande y verdadero; y no puede dejar de ser grande y justa y verdadera la causa que cuenta entre sus mártires, hombres como el Comandante Tomás C. Mendoza. ¡Descanse en paz, Cuba sabrá honrar su memoria!”

Años después, al concluir una velada en casa de unos amigos venezolanos en Nueva York, José Martí expresó:

“Patria, al salir de aquella casa de corazón, al decir adios a los amables dueños, iba pensando en el maestro Cristóbal Mendoza, que le dio a Cuba sus dos hijos…”

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René González Barrios

René González Barrios

Director del Centro Fidel Castro Ruz. Se desempeñó como presidente del Instituto de Historia de Cuba.

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