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Fidel: Primeros y últimos minutos de una caravana (+Fotos)

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La caravana con las cenizas de Fidel viajó más de mil kilómetros en cinco días para darle la oportunidad a su gente de rendir homenaje. Foto: Armando Franco.

Casi 58 años después, Fidel repitió la ruta de la Caravana de la Libertad. Sus cenizas viajaron más de mil kilómetros en cinco días, pero esa vez de La Habana a Santiago. La caravana recorrió casi toda Cuba para darle la oportunidad a su gente de rendir un último homenaje al líder de la Revolución cubana. Sus primeros y últimos instantes fueron, de muchos modos, los más impactantes.

30 de noviembre de 2016, 7:00 am:

Han pasado cinco días desde que murió. Casi una semana de un silencio absurdo en esta Habana de reguetones subidos de tono y escándalos en la calle. El duelo ha sido largo y, sin embargo, aún no ha habido tiempo suficiente para llorar. Hace falta la sinceridad del sufrimiento. La gente necesita llorar más, tienen las lágrimas trancadas en el pecho. Ya habrá tiempo para demostrar fortalezas.

Está saliendo el sol en la Plaza de la Revolución. Nos hemos colocado en líneas organizadas en los inicios de la calle Paseo, justo frente al Teatro Nacional. Seremos los primeros en decir adiós. He pasado la madrugada en la facultad y siento el peso del sueño. Los otros estudiantes han sido tan honestos en las últimas horas que se han metido, de una forma particular, en mi alma. Una vigilia espontánea en la Facultad de Comunicación ha impedido cualquier intento de dormir. Poesías, cantos y declaraciones han pasado ante nuestros ojos sin el menor anuncio de planificación excesiva o sentimiento obligado. La naturalidad ha sido el mejor homenaje.

El carro pasa lentamente. En estos primeros metros la gente no grita consignas. Es como si aquella caja de madera imponente nos haya cogido de sorpresa a todos. Los arengadores de guardia se paralizan, algunos lloran en silencio. El sentimiento colectivo es esta especie de estupefacción. Se supone que ese es el momento de llorar, pero no me salen las lágrimas.

Cuando ya no distinguimos la caravana se rompen las filas. Salgo caminando casi por inercia con mi hermana y Emilio, ese muchacho agradable de la facultad que vive por la casa. Emilio, casi en shock, empieza a hablar:

"Yo he visto a Fidel dos veces en mi vida. Hoy y un 1ro de Mayo que mi papá me cargó sobre los hombros y me emocioné tremendamente cuando vi aquel puntico verde encaramado en la tribuna. Estoy bastante seguro de que me quedo con el recuerdo de la primera vez".

4 de diciembre de 2016, 6:00 am:

Apenas unos segundos después de las seis, llegamos a la Plaza de la Revolución Antonio Maceo. Desde el otro extremo distinguimos al carro fielmente custodiado salir del Memorial y dirigirse hacia la avenida Patria. Nos lanzamos a correr para alcanzarlo y fotografiar los últimos minutos del recorrido de Fidel. Atravesamos la plaza y tomamos la avenida a tiempo para ver, unos metros adelante, el paso lento y simbólico de la caravana. Casi como poseídos, sin hablar entre nosotros, echamos a andar tras ella.

Hay aproximadamente tres kilómetros entre la Plaza de la Revolución de Santiago de Cuba y el Cementerio de Santa Ifigenia. Una avenida Patria recientemente reparada conecta ambos lugares. Como en el resto de Cuba, a cada lado de la calle cientos de personas dicen su último adiós a Fidel.

Vamos caminando tras la caravana. Observamos lo que queda unos minutos después de su paso, cuando se rompen las filas y las personas echan a andar. Las lágrimas de los que se retiran tras despedirse parecen aún más sinceras ahora; las familias en los portales leen en los periódicos lo mismo que acaban de ver desfilar ante sus ojos; las banderas ya no ondean en lo alto y sin embargo imponen el mismo respeto. No hay un silencio sepulcral como en La Habana. La gente grita unas consignas que salen desde lo más profundo. En Santiago se vive y se siente de otra manera.

Ya el día anterior nos sorprendimos con el modo en que miles de pioneros recibieron a Fidel en el Cuartel Moncada; con la urna empañada por el sol santiaguero del que no se escapa ningún día; con los niños pequeños disfrazados de barbudos; con los brazaletes del M-26-7 que adornaban todos los brazos; con aquella señora que, por no tener bandera o foto, salió a la calle a rendir su tributo con su tesoro más preciado: un libro sobre Fidel. La forma tan transparente de sentir las cosas en Santiago de Cuba nos conquistó. Hicimos bien en salir corriendo de La Habana para volver a ver la caravana, para despedirlo otra vez. Estamos en el lugar y en el momento correcto.

Nos damos cuenta de que llegamos a Santa Ifigenia cuando no podemos avanzar más. Como nosotros, alrededor de cien personas han caminado hasta allí. La ceremonia será privada y no se puede pasar. A doscientos o trescientos metros de la entrada del cementerio, un grupo de jóvenes -con imágenes de Fidel en sus manos- nos detienen.

Los que llegamos hasta ahí no estamos precisamente conformes, aunque sospechábamos que habría un punto así. La gente no camina más, tampoco protestan. Empiezan a gritar consignas, lloran: “¡Yo soy Fidel!” “¡Viva Cuba!” “¡Patria o Muerte!...” Unas declaraciones se mezclan con las otras. Estoy, de cierto modo, sorprendida por la intensidad del momento. Pocas veces en mi vida me he sentido así.

Justo delante de nosotros, de espaldas, está Alberto Lescay, el artista que dio vida a la escultura de Antonio Maceo que hay en la Plaza de la Revolución de Santiago. Armando me lo enseña y lo fotografía sin que él lo note. Nos sorprende encontrarlo rindiendo un tributo tan humilde como sincero.

Suenan de pronto los cañonazos. Apenas unos minutos antes del Himno Nacional. Se hace un silencio sepulcral entre ese grupo de todas las edades que ha acudido sin convocatoria hacia el último instante. Aunque no lo sabremos hasta después, percibimos el solemne momento en que Raúl deposita las cenizas de su hermano dentro de la piedra. Con su adiós, el último, va el nuestro.

Me siento en el contén y por primera vez desde que me enteré, lloro. Solo en ese momento me doy cuenta que he pospuesto la despedida una y otra vez: el 25 en la madrugada, en la Plaza de La Habana, a la salida de la caravana, frente al Cuartel Moncada, en la Plaza de Santiago… incluso en la Avenida Patria unos minutos antes. Se me acaban las posibilidades. De algún modo, solo en ese instante, comprendo la magnitud de lo que ha pasado, el golpe que ha sufrido Cuba: Fidel ha muerto. Habrá que buscar otros modos de llevarlo adentro.

En Santiago se vive y se siente de otra manera. Foto: Armando Franco.

Miles de pioneros recibieron a Fidel en el Cuartel Moncada. Foto: Armando Franco.

Los brazaletes del M-26-7 adornaban los brazos de todos los santiagueros. Foto: Armando Franco.

La santiaguera que, por no tener bandera o foto, salió a la calle a rendir su tributo con su tesoro más preciado: un libro sobre Fidel. Foto: Armando Franco.

La caravana comienza su recorrido por la Avenida Patria. Foto: Armando Franco.

Los santiagueros, en sus portales, despiden a Fidel. Foto: Armando Franco.

Los santiagueros leen en los periódicos lo mismo que acaban de ver desfilar ante sus ojos. Foto: Armando Franco.

Entre consignas, un grupo de todas las edades ha acudido sin convocatoria hacia el último instante. Foto: Armando Franco.

Las lágrimas en los últimos instantes de la caravana. Foto: Armando Franco.

Alberto Lescay, de frente a Santa Ifigenia, forma parte de esa ùltima despedida. Foto: Armando Franco.

Un grupo de jóvenes -con imágenes de Fidel en sus manos- nos detienen. Foto: Armando Franco.

A unos metros de Santa Ifigenia, durante el entierro, cientos de cubanos aprovechan la última oportunidad para despedir a Fidel. Foto: Armando Franco.

Se han publicado 39 comentarios



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  • Tania dijo:

    Aun cuando lo comprendemos vivo, este bello artículo y tantos otros hacen saltar las lágrimas y avivan ese dolor infinito por tener que conformarnos con su partida física. A los que crecimos amándolo nos queda seguir su ejemplo y no cansarnos ante nada. Te queremos mucho FIDEL.

  • Juan Carlos Subiaut Suárez dijo:

    Estas líneas las escribí acabado de llegar de compartir con mis compañeros de trabajo, el tributo final al Jefe. Resumen mis impresiones personales, surgidas en el calor de aquel luctuoso momento. No son inéditas, las he enviado anteriormente a Cubadebate, se han publicado. Pero consideré que mejor que otras que he escrito, relejan mi sentir y la reiteración es válida. Sea este mi homenaje al Comandante, a dos años de su partida física.

    Crónica de mi: ¡Hasta Siempre!
    Estamos desplegados a lo largo de la carretera que une al poblado de Coliseo con Cárdenas. Algunos están siguiendo por sus celulares las noticias del paso de la caravana y las nuevas se repiten de boca en boca. Nos tiramos unos a otros fotos con la bandera o sosteniendo una de sus imágenes más conocidas, la misma que ha presidido los múltiples lugares habilitados desde días antes para que reafirmemos nuestro compromiso, la que lo muestra de pie sobre la montaña, fusil y mochila al hombro, victorioso. Todos estamos expectantes. Será la última vez de tenerlo cerca, tener el honor de vivir este momento, del paso de la Historia frente a nosotros. Alguien divisa al helicóptero que precede y acompaña por aire al cortejo. Todos lo vemos. Retrocedo mentalmente casi medio siglo en el tiempo…
    Unos niños del barrio juegan conmigo a las bolas. Nos disputamos las esferas de vidrio en cada juego, probando suerte y puntería. Un ruido a lo lejos en el cielo nos interrumpe. Es un helicóptero. No sabemos ni siquiera su rumbo ni que tripulantes alberga en su vuelo, sin embargo, como siempre, hacemos lo mismo: Dejamos a un lado los juegos y nos ponemos a saludar al helicóptero y vocear lo más alto que pueden nuestras voces infantiles: - ¡Fidel!, ¡Fidel!, ¡Adiós, Fidel!
    El helicóptero describe un semicírculo y después retrocede, casi paralelo a la carretera, sobre nuestras cabezas, rumbo a Coliseo. Pasa una patrulla indicando bajar a la cuneta de la carretera. La gente se ordena en una línea que serpentea a ambos lados del camino. Nadie quiera estar en segunda fila. Preparan sus móviles para grabar el momento. Para ellos. Para los que no pudieron venir o tuvieron que quedarse asegurando las tareas en sus puestos. Para sus hijos. Para el futuro.
    El niño que fui yo crece. Ya para él el nombre no es sólo una referencia en labios de los mayores. Comienza a identificar Su imagen, a oír Su voz en sus discursos, a escuchar anécdotas de los privilegiados que lo han visto personalmente (en su pueblo viven varios combatientes de Girón). Más tarde, en la escuela, comienza a entender la relación del Hombre y la Historia. Pide y encuentra explicaciones. Bebe de sus primeros libros.
    Ya se acerca el cortejo. El silencio es total. Respetuosamente, no se agitan las banderas ni se gritan consignas. Las cabezas descubiertas, los pechos henchidos en la mezcla de emociones de agradecimiento, dolor y coraje, las manos sujetando una bandera. Pasan los primeros vehículos, el jeep con los generales y detrás, el armón con la caja de cedro cubierta con la bandera. Sencillamente, un nombre: Fidel Castro Ruz. Seguimos el cortejo con la vista hasta que se pierde.
    El niño se hace joven. Ya conoce lo suficiente para saber de la grandeza del Hombre, del nombre que repiten plazas y naranjales, aquí y allá, también en Jagüey, donde está becado. Un día, se entera que se ha cosechado un millón de quintales de cítricos y, como les ha sido habitual a sus compatriotas, lo mismo ante cada desafío, del enemigo o de la naturaleza, ante cada hazaña, ante cada conmemoración, ahí está Fidel. Y va, como todos sus condiscípulos, al acto en la Vilo Acuña. Lo ve de muy cerca y reafirma, para siempre, su fidelidad.
    Se había anunciado que tendríamos la oportunidad de presenciar la caravana de regreso de Cárdenas. Todos queremos volver a verlo. Algunos, para precisar detalles no clarificados la primera vez. Es un momento para grabar en lo más íntimo con la mayor precisión, para poder recordarlo después, con todos sus pormenores. Poder decir, contar: ¡Yo estuve allí! Ante la demora, surgen los comentarios. No se ve el helicóptero. Al fin, anuncian que regresa el cortejo. Poco a poco, nos volvemos a alinear al borde de la carretera.
    El joven es ya adulto. Se gradúa de profesional. Conoce de ejército y de movilizaciones, de cortes y siembra de caña, de papa y de nuevo, de naranjas. Por doquier acrisola la obra del Hombre. No solo conoce la historia, en su pequeño espacio participativo, la vive. Conoce de Angola y de Etiopía, se enorgullece de su tiempo y de la participación de su generación, que sigue con firmeza las huellas de sus mayores. Acrecienta su admiración, respeto y comprometimiento con la obra mayor del Hombre. La Revolución. Recibe emocionado un carnet con Su firma. Llega el Periodo Especial y Baraguá revive en Si se puede. La Batalla de Ideas y Elián. El retorno del Ché y su siembra final en Santa Clara. Las Marchas Combatientes y Los Cinco. Una de las Tribunas Abiertas coincide con un aniversario de Girón. Allá en el Central Australia lo ve y escucha, a solo unos metros. Es la tercera vez que lo ve en persona. El Hombre, al frente de cada combate. Cada vez más universal. Cada vez más preocupado por el futuro de la Humanidad. Una luz entre las tinieblas que crece y crece. Chávez, Petrocaribe y el Alba. La unidad latinoamericana, al fin. Un primer contratiempo y Cagüairán muestra la firmeza de Su obra y de su pueblo. Después el Hombre entrega los cargos públicos, pero no la primera línea. Continúa su labor formadora, esta vez a través de la pluma. El adulto que fue joven y niño una vez devora con avidez cada Reflexión, sigue con apetencia cada aparición en la prensa o las referencias de quienes tienen la suerte de visitarlo. Se emociona hasta las lágrimas con su última comparecencia en el Congreso.
    Nos pasa la caravana por delante. Se repite el silencio y las muestras de respeto. Se nos antoja que esta vez va más rápido. Nos cuesta pensar que todo termina. Se va perdiendo en el camino. Sin embargo, la imagen de la urna con su nombre permanece en la retina, aún después de que ya no se divisa siquiera el cortejo. La gente va rompiendo la alineación y se dirige hacia los ómnibus apartados en un entronque lateral.
    El ómnibus atraviesa la ciudad de Cárdenas. Como en todo el país en estos luctuosos días, impera el silencio. Pasan algunos jóvenes y otros no tan jóvenes, apenas hablan, sobrecogidos por el impacto y la solemnidad del tributo en que han participado momentos antes. En una esquina juegan niños. Vuelvo a retroceder mentalmente medio siglo atrás y me veo con ellos, jugando. No, no es juego. Repiten entre ellos algo que han recién gritado y que quizás apenas aquilatan en todo su significado: - ¡Yo soy Fidel!, ¡Yo soy Fidel!, ¡Yo soy Fidel!
    30 de noviembre del 2016.

  • Ronald López Bastida dijo:

    Hasta siempre comandante en jefe

  • Eudys Calzadilla Martinez dijo:

    Me hubiese gustado que el gigante e invicto comandante nuestro estuviese en persona disfrutando el heroico 60 aniversario de la revolución pero ha un que no fue así en los revolucionarios se nos erizaba la piel si por los 60 años si por Raúl Si por Diaz Canel adelante

  • EDILBERTO SOSA REY dijo:

    Hasta Siempre Comandante en Jefe,te llevare por siempre en mi corazon,en mis ideas y manera de ser,gracias por tus enseñansa,a tus ordenes estare por siempre FIDEL.

  • Elizabet Zaldivar dijo:

    Me parese muy interesante esta manera d estar informada.y recordar esos momentos tan triste me han conmovido

  • Mayra dijo:

    Demasiado dolor al conocer la noticia de su muerte...Sabiamos que podia ocurrir pero no estabamos preparados para que ..nos soltara de la mano ... como dice la estrofa de la cancion...Recuerdo todo el pueblo conmovido... no se hacia ruidos, no habia bullas ni risas, fue un duelo popular espontaneo y sentido... En la velada de la Plaza de la Revolucion, en las interminables colas para rendirle homenaje en la base del monumento miles de cubanos de cualquier edad lloraban... se comenzo a extender y a repetir la voz... YO SOY FIDEL... Lo llore con sollosos, me senti muy orgullosa de ser Cubana y de tener el privilegio de compartir el momento historico que le toco vivir. Creo que cuando se termino la velada con la cancion ..A los heroes....Me emocione tanto... que comprendi el enorme compromiso que entraña estar alli y decir SOY FIDEL... Actuar como Fidel en cada momento, en lo cotidiano de nuestras vidas, combatir sin descanso por nuestro sueño de Justicia ....levantar en alto la bandera que nos lego de HONOR Y DIGNIDAD. Hasta la victoria siempre Comandante.

  • Director del museo Ñico Lopez dijo:

    Nací en el 59 crecí y me desarrollé siendo hoy un profesional y moriré por ella La revolución gracias fidel

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Ania Terrero

Ania Terrero

Periodista de Cubadebate. Graduada en 2018 de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.
En Twitter @AniaTerrero

Armando Franco

Armando Franco

Licenciado en Periodismo. Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.

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