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“La Piragua”, revista dedicada a la juventud cubana (1856)

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En 1856 un acontecimiento, dentro del movimiento literario cubano, alcanzó especial importancia por sus intenciones y por sus contenidos. Se trata de la publicación en La Habana de la revista La Piragua dedicado a la juventud cubana. Su título indica ciertas definiciones desde las visiones y limitaciones de su época. La revista se presenta como una publicación cubana, para las “hijas de Cuba” y para la ilustración de los jóvenes, y los no tan jóvenes, hombres de las más diversas profesiones. Se define a través de los primitivos habitantes de Cuba sin deja de hacer especial énfasis en lo que constituye en su tiempo lo más útil para el desarrollo del sentimiento y del pensamiento cubanos. No solo es notable por los aspectos artísticos, poesía, música, relatos, sino también por los escritos de carácter científico que en ella se insertan. Se destaca que, siendo una revista que se publica en la capital de la Isla, tienen una especial presencia los encantos y privilegios de los diversos lugares del país, ya sean el Yumurí o el Cauto; ya Matanzas o Bayamo. Pero lo que no escapa a una visión atenta es el atrevimiento de sus editores, al hablar “al corazón de los jóvenes” y promover “el entusiasmo por el estudio”, de hacer referencias a Félix Varela y José María Heredia, los dos más grandes expatriados y perseguidos por las autoridades españolas, como figuras paradigmáticas del pensamiento, las letras y las ciencias cubanas; el primero, “el que nos enseñó primero en pensar” en Cuba; el segundo, autor de lo que se puede considerar nuestro primer himno patriótico, el Himno del desterrado.

Al referirse a la revista algunos autores ha destacado, con acento crítico, el hecho de su ponderación romántica e idílica de los habitantes prehispanos de Cuba. Esta corriente, en nuestros estudios, ha sido denominada siboneyismo. Para algunos era una contraposición a la presencia africana. Sin embargo, es de notar que no se trata de un hecho circunstancial y de época. Desde el siglo XVI, cuando lo africano aún no tenía el peso que tuvo en el siglo XIX, la ponderación de los aborígenes de la Isla resultaba un modo de autodefinirse frente a lo netamente hispano. Era la búsqueda de los criollos, que habitaban el mismo suelo que “la raza perdida”, de las raíces profundas en su tierra natal. No se puede ignorar que los primeros marginados, perseguidos y esclavizados en Cuba habían sido sus habitantes antes de la llegada de las naves de Cristóbal Colón y de la invasión de la hueste guerrera de Diego Velázquez de Cuellar. El primer movimiento en Cuba de reafirmación de un sentimiento “diferente” del hispano allende el mar Océano, lo dieron los alumnos de Félix Varela al rendir el primer homenaje al cacique Hatuey en los años iniciales de la centuria decimonónica. Lo consideraron el primer mártir a manos de fuerzas externas y conquistadoras. Por más, no se trataba de ninguna contraposición racial con respecto a la población africana. Aquellos siboneyes a los que se refieren los autores de La Piragua eran, según ellos, de “ojos negros y piel tostada”.

La denominación de siboney a todo el conjunto humano prehispánico no sería superada hasta estudios posteriores que fueron definiendo grupos étnicos de procedencias diferentes, culturas diferentes y estatus diferentes. Aun en la visión romántica de la primera mitad del siglo XX más de una pieza musical hacía referencia a este término para la imagen idílica de la Cuba precolonial. Ese es el caso de la famosa pieza de Ernesto Lecuona.

Jose Fornaris

La Piragua tenía dos directores: el bayamés José Fornaris y el habanero Joaquín Lorenzo Luaces. El primero se había destacado entre los poetas, junto con Carlos Manuel de Céspedes, con quien estaba emparentado, que en sus versos habían dejado notar un sentimiento que las autoridades coloniales consideraban subversivo. En 1851 lo habían acusado de participar en una conspiración junto con Céspedes. Entre sus obras antológicas está la letra de la famosa La Bayamesa a la que pusieron música Céspedes y Francisco del Castillo. Debido a la persecución política en Bayamo es que migra hacia La Habana como otros destacados músicos, poetas, escritores y hombres de vida pública de su villa natal. Es el caso de Pedro Figueredo, importante colaborador de la revista. Cuando se produjo la insurrección del 10 de octubre, pese a todo lo que lo vinculaba con los patricios bayameses iniciadores de la contienda y, más aun, pese a las ideas que profesaba, Fornaris no se adhiere al movimiento. Ello le ocasionó un profundo disgusto, diríamos más, dolor, a los que eran, hasta entonces, sus entrañables amigos, Céspedes y Figueredo. En el caso de Joaquín Lorenzo Luaces había estado varios años en Puerto Príncipe (Camagüey) por lo que tenía una visión que no se circunscribía a La Habana. Otro aspecto a destacar es que tanto los directores de La Piragua como muchos de los escritores de la misma habían sido alumnos o del Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio o del Colegio de Carraguao, donde escucharon lecciones de Félix Varela, de José Antonio Saco y de José de la Luz y Caballero. Joaquín Lorenzo Luaces muere el 7 de noviembre de 1867, once meses y tres días antes del pronunciamiento del 10 de octubre.

Joaquín L. Luaces

Adentrándonos en los contenidos de los números de La Piragua resalta la presencia de los connotados poetas, Miguel Teurbe Tolón, Felipe L. de Briñas, Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé) y su hermano Manuel, Juan Clemente Zenea, Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), Ramón Vélez, José Fornaris, Joaquín Lorenzo Luaces, Ramón Zambrana y, en particular, Rafael María Mendive, maestro de José Martí. Puede decirse que lo más granado de la poesía cubana de la época escribió, en esta década formadora de la conciencia patriótica cubana, en La Piragua. Estos poetas expresaron un sentimiento, aún no muy bien definido, de la naciente cubanidad.

La intención abarcadora de la revista produce al lector de hoy agradables sorpresas. El más destacado científico cubano de esos tiempos, Felipe Poey y Aloy, es un colaborador sistemático de la revista, pero no escribe, en esta publicación, de Ictiología ni de Biología. Se nos muestra como un profundo conocedor de la lengua madre y su labor en La Piragua la define de la forma siguiente: “en el periódico titulado La Floresta he publicado este año dos artículos sobre Observaciones filológicas: forman parte de una serie de trabajos sobre el estudio de la lengua castellana, los cuales es mi intención dar á luz en La Piragua; dando á los capítulos diferentes nombres según la materia que domine en ellos.(2)

De los escritos sobre historia natural se encarga Juan Lembeye. De los cuentos, Joaquín Lorenzo Luaces y Pedro Figueredo, entre otros; Manuel Costales de la apasionante sección de “Costumbres”, verdaderos retratos de época que permiten aproximarnos a la vida de sus hombres y mujeres. Trabajos como “Utilidad de la Química” de Francisco de la P. Havá, muestra la inquietud en todo el amplio campo del conocimiento que movía a la juventud cubana en la etapa preparatoria de la Guerra Grande.
Un rasgo particular de La Piragua, de especial interés sobre las expresiones musicales cubanas, sus tiempos, sus ritmos, sus nombres, es la publicación, en cada número, de una contradanza. En el primero aparece la pieza que lleva el nombre de la publicación. ¿Qué de extraordinario tiene esta contradanza? La nota que aparece debajo del título responde a esta pregunta: “Contradanza cubana, compuesta y dedicada á una amiga por Pedro Figueredo”. Esta pieza musical, escrita para piano, demuestra que el autor del Himno Nacional cubano, amén de las afirmaciones hechas por contertulios y amigos, era un connotado pianista y compositor, a quien algunos lo califican con el término “aficionado”. La definición del número musical, “Contradanza cubana”, no deja dudas de su intencionalidad. Una lectura a las páginas de La Piragua nos ofrece una imagen de Figueredo y su pieza musical, más allá de un simple aficionado. En la sección “Crónicas” de la revista aparece la siguiente nota: “Danza cubana. – nuestro amigo D. Pedro Figueredo nos ha facilitado, la que publicamos arreglada para piano. Merece perfectamente el título que lleva, se deslizan sus sonidos, fáciles y graciosos como la Piragua en las ondas, en la primera parte corre como una embarcación impelida por los céfiros y en la segunda, se detiene como girando sobre las aguas”.(3)

Rafael María Mendive

Resultan inexplicables las veces que hemos visto escrito sobre nuestro Himno Nacional que la letra o la música, indistintamente, no son de Figueredo. En el trabajo dedicado a las Bayamesas, tanto a la de Fornaris, Castillo y Céspedes, como a la de Figueredo, nos detendremos sobre el tema de la letra y la música de nuestro Himno Nacional. Pero es necesario aquí aclarar la excelencia del músico Pedro Figueredo. Más aun, la popularidad que ya tuvo esta danza en La Habana, en 1856. En la propia revista, en su número subsiguiente, aparece este comentario: “Orquesta de La Unión.- Cada día adquiere más popularidad la orquesta que con este título dirige el distinguido profesor Feliciano Ramos. – El afamado clarinetista Juan de Dios forma parte de esta orquesta que hará resonar sus armonías todas las semanas en la Glorieta de las Puentes, de manera que están de enhorabuena los temporaditas de aquel pueblo.- La Unión tocará todas las danzas que publiquemos en “La Piragua”.
–Últimamente, su director ha compuesto una titulada El Yumurí que ve la luz en la presente entrega. El Yumurí está dedicada á las matanceras y es una danza lindísima. Todas las de este profesor son irresistibles. El Yumurí inicia el curso del río de ese nombre; el río susurra y se quiebra entre las peñas y la danza gira al son de deliciosos acordes. Damos las gracias a Feliciano Ramos por su preciosa danza El Yumurí”.(4)

La próxima entrega de la revista trae en su “Crónica” un comentario de especial interés: “El Yumurí.- La danza de Feliciano Ramos que con este título publicamos en nuestra Piragua, ha gustado mucho; nos alegramos por estar dedicada á las matanceras. Se tocó en las Puentes y mereció como “La Piragua” los honores de la repetición”. (5)

Este comentario de la revista nos permite resaltar dos aspectos. Primero, la pieza de Figueredo ha sido orquestada e interpretada en público; segundo, que ha ganado los favores de los oyentes, “los honores de la repetición” según fórmula de la época. Ello reafirma la buena acogida que tenían las composiciones del bayamés.

La revista ofrece otra importante dimensión de Perucho Figueredo. En ella aparece un trabajo suyo titulado “Excursión a la gran sabana de Yara”. Este se divulga en tres partes. Publicado en La Habana, debió ampliar la visión de Cuba que tenían los habaneros. Es interesante el modo en que Figueredo describe su retorno a su región natal y a los hombres de Bayamo. Al respecto, afirma: “pero ninguna criatura se ahoga delante de un bayamés si es posible al esfuerzo humano salvarla, porque no hay bayamés sin exceptuar clase ni condición que no sepa nadar en toda la extensión y el significado de esta palabra. (6)

De retorno al tema de las contradanzas, la revista La Piragua publica siete contradanzas, una en cada entrega. La primera, como se ha visto, es La Piragua de Pedro Figueredo; la segunda El Yumurí, “dedicada a las señoritas matanceras”; la tercera resulta original de una señorita bayamesa;(7) la cuarta, es para mí, especialmente reveladora. Está dedicada al Doctor Joaquín Fabián Aenlle y Mongeotti.

El Doctor De Aenlle y Mongeotti, era uno de los más afamados científicos cubanos de esos tiempos. Estaba entre los fundadores de la Academia de Ciencias Físicas, Médicas y Naturales de La Habana, autor de numerosos ensayos vinculados con la Medicina y decano de la Facultad de Farmacia de la Universidad de La Habana. El Aula Magna de esta institución mantiene el recuerdo de tan destacado científico en uno de los siete medallones que la adornan. Sin embargo, entre lo más destacable de la personalidad del célebre científico está la creación del Gran Oriente de Cuba y las Antillas (GOCA), en el cual ocupó el segundo puesto en jerarquía. Como se demuestra en el trabajo dedicado a las logias masónicas del 68, este cuerpo fue unificador del movimiento independentista cubano. La logia bayamesa, Estrella Tropical no. 19, pertenecía a este cuerpo masónico. Pedro Figueredo era una de sus tres dignidades. Resulta evidente en la revista La Piragua el nexo estrecho que ya existía entre muchos de los que participarán en los acontecimientos insurreccionales a partir de octubre del 68. De Aenlle era aficionado a la música y a la poesía. Se sabe que, cuando los conspiradores de Bayamo establecieron contactos con los de La Habana, el enviado para ello fue Pedro Figueredo. Independientemente de la afirmación de que vino a entrevistarse con las grandes figuras del capital de Occidente, de lo que sí hay prueba es que con quien se entrevista es con Joaquín Fabián Aenlle y Mongeotti, más un hombre de ciencias que un oligarca azucarero. Producido el levantamiento de Céspedes, Aenlle se vio perseguido. Murió el primero de agosto de 1869.

La quinta contradanza lleva por título Los cantos del Sibonei (Sic); la sexta La melancolía; y la séptima, El arte de hacer fortuna, dedicada a las señoritas de Manzanillo que habían tomado parte en la primera función dramática de aficionados de esa ciudad. En La Piragua, es de notar, no hay una visión habanera; se presenta a Cuba a través de lo bayamés, matancero, camagüeyano, manzanillero y habanero. Y es lo más notable, integra, identifica, espiritualiza y materializa un ideal cubano. La historiadora Zoila Lapique Becali expresa una definición de esta década del siglo XIX de especial interés para entender los antecedentes de la Revolución del 68:

Todo esto dará lugar, después, a la formación de géneros y modalidades musicales cubanos. Por tanto, podemos llamar a la década de los 60 década de definiciones musicales, que no por casualidad coincidirá, casi a fines del decenio, con la definición política y social planteada por los hombres del 68… (8)

Ramón de Palma

En la revista La Piragua convergían personas de diversas partes de la Isla que contribuían a esta nueva visión de la juventud cubana que ya se preparaba emocional y racionalmente para conquistar la independencia patria. Uno de ellos, Pedro, Perucho, Figueredo Cisneros, deja su temprana huella, en letra y música. No se le puede pedir a los iniciadores, las ideas conclusivas de procesos complejos en los que se involucra todo un pueblo. Se le agradece haber dado los primeros pasos, los más difíciles. En esos tanteos, búsquedas, encuentros y desencuentros, Cintio Vitier aprecia el romanticismo que exalta, en nuestros aborígenes, al “hombre natural” del pensamiento ilustrado; observa el encubrimiento del ideario revolucionario y separatista; e interroga acerca del misterioso vínculo telúrico con “la raza perdida” por medio de la naturaleza común. En La Piragua ya soplan, tenues, los aires de Demajagua.

(Con la colaboración de Yarelys Chávez Montejo y Yenifer Castro Vigueras.
Trabajadores de la Sala Cubana, Biblioteca Nacional de Cuba José Martí)

Notas:

(1) La Piragua. Periódico literario dedicado a la juventud cubana, Habana, Imprenta del tiempo, 1856.
(2) Felipe Poey: “Acentos”, La Piragua, tomo 1, Habana, Imprenta del Tiempo, 1856, pp. 3-7.
(3) Ibídem, p.15.
(4) Ibídem, p.31.
(5) Ibídem, p.48.
(6) Ibídem, p.104.
(7) Pedro Figueredo vivía en La Habana en estos años junto con su familia y en ella le nació su hijo varón, Ángel Figueredo. ¿No sería una de sus hijas esta señorita bayamesa incógnita? Se sabe que por lo menos dos de ellas dominaban el piano y eran aficionadas a la música.
(8) Zoila Lapique Becali: Cuba colonial. Música, compositores e intérpretes (1570-1902), ediciones Boloña, La Habana, 2007, p.197.

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  • Eva dijo:

    Gracias profesor por este artículo de historia y cultura, debe ser leído por los jóvenes de esta generación para que entiendan de nuestras raíces, de nuestros valores

  • Alexeis Alberto. dijo:

    Muchas gracias,ayer vi en el noticiero un entrevista hacia usted,relacionada con un tema ya presentado aquí en Cuba Debate.
    Soy apacionado a la Historia de Cuaba,de manera especial de 1868 a 1895.
    Gracias nuevamente.
    Mis respetos.

  • Andrés dijo:

    Muy bien esto Prof.

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Eduardo Torres Cuevas

Eduardo Torres Cuevas

Académico, historiador y pedagogo. Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua. Profesor Titular y Doctor en Ciencias Históricas. Premio Nacional de Historia, Premio Félix Varela.

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