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Haití: Obama escribe derecho con letras jorobadas

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En un país africano, camino al almuerzo, nos deteníamos en un establecimiento para adquirir el pan asignado a los cooperantes. Pese a las advertencias una recién llegada insistió en repartir parte de los panes entre los niños que se concentraban en el lugar. Debido a que los chicos eran más que los panes, la violencia zanjaba la diferencia. Un día cuando un muchacho resultó lastimado, alguien la culpó: “Además de no aliviar su hambre, ahora los has hecho pelearse…” Abrumados por la desafortunada moraleja, nunca más pasamos por el pan: ni ellos ni nosotros.

Las desgracias nunca viajan solas, sobre todo cuando, como ocurre en los países subdesarrollados, están determinadas por deformaciones estructurales introducidas hace más de doscientos años y que cultivadas  en beneficio de políticas coloniales e imperiales, reproducen sistemáticamente los peores rasgos de la condición humana. Haití no sólo es el país más pobre y desdichado del mundo, sino uno de los más violentos. La violencia es tal vez la más terrible de las rémoras de la pobreza y del hambre.

Lo peor es que no se trata de aquella violencia tras la cual a veces se vislumbra un desenlace positivo, espejismo que dio lugar a que, en momentos de confusión, alguien la calificara como “partera de la historia”, sino de un comportamiento instintivo y atávico, tan irracional como el de las fieras que pelean por comida o se alimentan unas de otras repitiendo eternamente un comportamiento biológico que no es mediatizado por la conciencia ni sesgado por algún sentimiento.

Recuerdo algunas reflexiones sobre el hecho de que países como Alemania, materialmente devastados por la guerra, con sus estructuras de poder, participación, administración de justicia deformadas, con los valores morales y éticos alterados y con esquemas ideológicos creados por años de dominación, manipulación y adoctrinamiento fascista que quebrantaron a la sociedad civil, en apenas unos años se recuperaron para en la misma generación de los derrotados, convertirse en la primera economía europea.

La explicación de semejante “milagro” radica en la historia. El Plan Marshall entregó a Alemania los recursos que necesitaba para adquirir acero y maquinaria, echar a andar sus minas y su industria, movilizar la iniciativa y la laboriosidad de su clase campesina y sostener la creatividad de sus intelectuales y sus artistas, la vocación de sus pedagogos, el talento de sus científicos y la consagración al servicio público de sus líderes.

Lo demás, los factores subjetivos, algunas veces llamados también “activos intangibles”, estaban en la historia, en la tradición y en la cultura. Se expresaban en la existencia de una clase obrera forjada en la disciplina del trabajo fabril, en el espíritu de ahorro y en la racionalidad de un pueblo que sin interferencias extrañas, excepto la invasión napoleónica que por cierto contribuyo a su unidad territorial y nacional, transitó todas las etapas del desarrollo histórico.

A Alemania, Bélgica, Holanda, Polonia y otros países para no hablar de Francia, ocupada y humillada por los invasores y por una administración colaboracionista o de Japón pulverizado, ocupado y casi remitido a la edad de las cavernas, le es aplicable el símil  del “Ave Fénix” que recrea la trayectoria del sol que se apaga al atardecer, renace cada mañana y siempre sale para todos.

Ni una sola idea de esa lógica funciona para ningún país del Nuevo Mundo, África, el Oriente Cercano y Asia, que formaron el entorno colonial donde las metrópolis europeas, mediante la explotación y el saqueo, la trata de esclavos, la balcanización, la formación de las oligarquías nativas y el dominio imperialista alteraron definitivamente las corrientes del desarrollo.

De haber vivido la experiencia haitiana, los noruegos y los alemanes podrían estar ahora en su lugar. Está probado que la humanidad es genéticamente homogénea y que las diferencias físicas asociadas al color de la piel o de los ojos, incluso a valores promedio de estatura o rasgos morfológicos, son secundarias. Lo que hace a la humanidad injusta, no son las diferencias sino las desigualdades y la explicación no se encuentra en la biología sino en la historia.

Haití no está en condiciones de levantarse de un desastre que no comenzó con el terremoto, sino cuando la metrópolis francesa le hizo pagar con oro por la independencia y cuando Estados Unidos ocupó el país, administró las aduanas para cobrar deudas y confiscó el salario del presidente hasta obligarlo a firmar un decreto que convirtió al Banco de la Nación en una filial norteamericana.

Ante la opulencia de los hechos no queda otra alternativa que conceder otra vez a Barack Obama el beneficio de la duda. Tiempo habrá de preguntar porque concede tanta relevancia a los soldados y los portaaviones y por qué, entre tantos y tan talentosos norteamericanos, prefirió a George Bush.

De no ser porque se trata de una tragedia real parecería una farsa que convierte la realidad en una pantomima extravagante.

Se han publicado 3 comentarios



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  • numidia dijo:

    Ensayo de materiales en Haití
    Isaac Rosa* Público de Madrid

    No sé si han visto alguna vez las pruebas a que son sometidos un mueble, un juguete, una estructura o cualquier producto antes de su fabricación y uso: los llamados ensayos de materiales, por los que en laboratorio reciben sobrecargas, son doblados, golpeados, estirados, y todo tipo de perrerías para comprobar su calidad y resistencia.

    Pues los desastres naturales funcionan a la manera de esos ensayos, sirven para poner a prueba la solidez de un país. Así, un terremoto de la misma intensidad causa decenas de miles de muertos en Haití, pero solo unas docenas en Japón o Estados Unidos. Incluso dentro de un mismo país los desastres delatan la desigualdad entre ciudades, y un huracán de fuerza cinco puede dejar miles de muertos o solo una decena, dependiendo de si golpea a Nueva Orleans o a Miami.

    Un desastre natural dice mucho de una sociedad, de la preparación de sus infraestructuras y servicios para resistir, pero sobre todo para recuperarse, pues en casos como el de Haití las peores réplicas serán en forma de hambre y enfermedad. La ONU podría usar los terremotos y huracanes como un elemento más al calcular el Índice de Desarrollo Humano. Ahí está el caso de Cuba, por ejemplo, modélica ante los frecuentes ciclones, y que el día del terremoto evacuó a más de 30 000 personas en pocas horas por si había un tsunami, y a continuación mandó cientos de médicos a Haití.

    Todo ello demuestra algo que estos días se repite: que no mata tanto el terremoto como la pobreza del sitio sacudido. Y en esto Haití, tras décadas de expolio, corrupción y tutelas extranjeras, ha resultado ser un taburete de cartón sometido a una prueba de resistencia propia de sillas de hierro. Así ha quedado. (Tomado de Other News )

    *Isaac Rosa (Sevilla, 1974) ha publicado las novelas La malamemoria (1999), posteriormente reelaborada en ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! (2007), El vano ayer (2004) y El país del miedo (2008).

  • Vicente dijo:

    Yo diria que Obama escribe con letras derechas, que tiene una excelente caligrafia, pero su mensaje esta muy jorobado a fuerza de contradicciones y manipulaciones de la verdad.

  • Oscar Alfonso Sosa dijo:

    ¿Y Obama, es decir hoy, el Imperio, escribe?

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Jorge Gómez Barata

Jorge Gómez Barata

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.

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