Imprimir
Inicio »Opinión  »

La deuda externa, veinte años después

| +

ENCUENTRO MUNDIAL DE RESISTENCIA Y ALTERNATIVA A LA DEUDA EXTERNA, SOCIAL Y ECOLÓGICA

La Habana, Cuba, 28-30 de Septiembre, 2005.

 

La deuda externa, veinte años después

Atilio A. Boron

CLACSO/Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales

 

 

Conmemoramos hoy un encuentro histórico, y un discurso histórico, respondiendo a una amable invitación de Jubileo Sur y la Central de Trabajadores Cubanos que nos honra y que mucho agradecemos.

 

Hace exactamente veinte años, y nadando a contracorriente del saber convencional de los economistas y políticos "responsables" y "sensatos" de la época, el Presidente Fidel Castro Ruz ofrecía en su discurso un detallado y riguroso análisis del capitalismo latinoamericano y la dinámica estructural que lo condujo a la crisis de la deuda, estallada en 1982. Su alocución pronosticaba, con una lógica impecable, que a menos que los gobiernos actuaran conjuntamente y atacaran el problema en sus causas de fondo, la deuda externa del Tercer Mundo se convertiría en una hipoteca histórica impagable e incobrable.

 

En un pasaje de su discurso decía, con fina ironía, que

 

"Me culpan a mí de decir que la deuda es impagable. Bien. La culpa hay que echársela a Pitágoras, a Euclides, a Arquímedes, a Pascal, ..., al matemático que Uds. prefieran. Son las teorías de los matemáticos las que demuestran que la deuda es impagable." (p. 16)[1]

 

Una deuda que, anotaba Fidel, si pusiéramos un individuo a contarla dólar por dólar, y  a razón de un segundo por dólar,  se demoraría 11.574 años en auditarla. Una deuda que, en ese año, equivalía a 17.530 dólares por kilómetro cuadrado, y que de intereses nomás debía pagar, en los próximos diez años, 19.478 dólares por kilómetro cuadrado, sin hablar del repago del capital. Una deuda de 923 dólares por habitante, quien deberá pagar, sólo de intereses, 1.025 dólares en los próximos diez años. ( p. 19) ¿Quién dijo que no existían milagros en la economía?

 

 

La deuda y la economía capitalista internacional

 

El problema de la deuda mal podía analizarse, mucho menos resolverse, sin estudiar la estructura y el funcionamiento del capitalismo a nivel mundial: comprender lo que significaba para nuestras economías el intercambio desigual, las restricciones que imponía el proteccionismo del Norte, la fuga de capitales y el estancamiento económico y la dependencia de la periferia, fenómenos éstos producidos por las férreas leyes de la acumulación capitalista y la sumisión al imperialismo que tornaban imposible el pago de la deuda.

 

Descartó en su conferencia toda una serie de ingeniosas pero artificiosas fórmulas que, según sus mentores, permitirían resolver el problema de la deuda externa latinoamericana: desde reducir el pago a una proporción de las exportaciones (10, 20 por ciento, etc.), estirar los plazos vía hábiles renegociaciones con los acreedores y otras por el estilo como, por ejemplo, lanzar un "Plan Marshall" para América Latina.

 

Y remataba su razonamiento con una ominosa metáfora médica:

 

 "la deuda es un cáncer ... que se multiplica, que liquida al organismo .... y que requiere una intervención quirúrgica. Toda solución que no sea quirúrgica, les aseguro, no resuelve el problema. ... Todo paliativo no tiende a mejorar, tiende a agravar el mal." (p. 26-27)

 

Pero, se preguntaban muchos: ¿de dónde saldrían los recursos para financiar esa cirugía mayor exigida por las circunstancias? ¿Hay o no hay recursos para ello?

 

La respuesta: recortando la carrera armamentista -absurda, irracional, inhumana, un gigantesco e irresponsable desperdicio de recursos- que consumía nada menos que un millón de millones de dólares, es decir, un billón de dólares, por año. Una cifra superior a la deuda externa de la totalidad del Tercer Mundo. (p. 28)

 

Una pequeña parte de ese gasto militar, un 12 % -dependiendo naturalmente de los intereses- sostenido ininterrumpidamente a lo largo de diez años sería suficiente para abatir la deuda externa de nuestros países.

 

 Pero, proseguía en su discurso,

"no se resuelve el problema con anular la deuda, con abolir la deuda; volveremos a estar igual, porque los factores que determinaron esta situación están ahí presentes. Y nosotros hemos planteado esas dos cosas muy asociadas: la abolición de la deuda y el establecimiento del Nuevo Orden Económico Internacional." (p. 28)

 

De ahí su llamamiento al establecimiento de un nuevo orden que pusiera fin a las crecientes inequidades de la economía mundial y a sus tendencias polarizantes y excluyentes, y que consagraban la vigencia de una división internacional del trabajo según la cual, como agudamente lo observara Eduardo Galeano, algunos países se especializan en ganar y otros en perder.

 

Todos los indicadores señalan que, desde esos días, la situación ha empeorado dramáticamente. El actual orden económico internacional es, en realidad, un gigantesco y salvaje desorden que ha ocasionado un holocausto social sin precedentes en la historia, colocándonos al borde de una irreparable catástrofe ecológica y de los peligros que entraña un imperialismo que, acosado por la lucha y resistencia de los pueblos, criminaliza la protesta social, militariza la escena internacional y se repliega sobre su formidable maquinaria bélica procurando perpetuar, a cualquier precio y echando mano a cualquier recurso, su dominación sobre los pueblos y naciones de la periferia.

 

Un desoído llamamiento a la unidad.

 

Salir de la crisis de la deuda requería que los países actuaran concertadamente, desarrollando una estrategia unitaria para enfrentar a unos acreedores riquísimos y poderosos,  perfectamente organizados, que se movían coordinadamente, que contaban con inmensos recursos para defender sus intereses -oficinas, equipos técnicos, publicistas y embaucadores inescrupulosos aptos para todo servicio- y que, además, contaban con el incondicional apoyo de "sus gobiernos", articulados para hacer frente a los desafíos de la coyuntura bajo el liderazgo de los Estados Unidos. Esta abrumadora coalición de los acreedores generaba además un discurso, permanentemente reproducido por la "comunidad financiera internacional" y sus representantes políticos encargados de gestionar la crisis capitalista,  advirtiendo sobre los inmensos riesgos que acarrearía, para los deudores, imitar el modelo organizativo de sus acreedores. Nosotros actuamos concertadamente, ustedes háganlo por separado: ese era el consejo que procedía del centro imperial y que repetían insistentemente sus epígonos en el Tercer Mundo

 

 

En su profético discurso Fidel denunciaba los errores y la inconveniencia de

las estrategias nacionales individualistas de resolución de la crisis de la deuda. Los  tímidos amagues efectuados por algunos gobiernos para promover una solución colectiva de la crisis -principalmente la creación del Grupo de Cartagena, integrado por los más grandes deudores de América Latina pero excluyendo irracionalmente a la gran mayoría de los países de la región- fueron eficazmente neutralizados por Ronald Reagan, sus aliados en el Primer Mundo y sus compinches en el Tercero. Según el enfoque "caso por caso" auspiciado por la Casa Blanca los gobiernos que optasen por una negociación individual de la crisis de la deuda -es decir, que traicionaran a las otras víctimas del sistema-  serían recompensado por un tratamiento especial, más considerado y condescendiente, que el que obtendrían si es que elegían la escabrosa y desaconsejada senda de la negociación colectiva frente al club de acreedores. Como rapaces patronos sabían que, en momentos de crisis, valía la pena invertir unos dólares más para romper una huelga contratando esquiroles. Aplicaron la misma táctica en las relaciones internacionales y, desgraciadamente, encontraron más de un voluntario para hacer el trabajo, quebrando definitivamente la posibilidad de establecer una concertación estratégica entre las naciones sometidas al imperialismo y al yugo de la deuda.

Los gobiernos de nuestras pseudo-democracias capitularon uno tras otro, hundidos para siempre en el deshonor, y aceptaron la negociación individual, seducidos por las promesas de un trato diferencial. Todos, sin excepción, fueron prolijamente estafados por el tahúr imperialista. Y nuestros países terminaron todos más endeudados que antes, después de haber pagado miles de millones de dólares a sus acreedores durante un cuarto de siglo.

 

Si bien Fidel concluyó su discurso planteando la imposibilidad matemática de pagar la deuda, la anulación que proponía se fundaba en otros factores de superior importancia: factores políticos y morales.

 

En primer lugar, en las insuperables dificultades políticas con que se enfrentarían los nacientes gobiernos democráticos de la región para imponer los programas de ajuste y estabilización requeridos por los "perros guardianes" económicos del sistema: el FMI, el BM, el BID y la OMC. Tales programas implicaban una interminable sucesión de ajustes que, a la larga, serían insostenibles en democracia. O que, si lo fueran, terminarían por desnaturalizar y erosionar, quizás irreparablemente, la incipiente legitimidad de las nacientes democracias de la región.

 

En segundo lugar existía todo tipo de consideraciones éticas, religiosas y filosóficas que demostraban inequívocamente la inmoralidad de la deuda, su carácter insanablemente ilegítimo y fraudulento, que conllevaba a "la más flagrante y brutal violación de los derechos humanos que pueda concebirse." (p. 49) Un ejemplo era suficiente: el informe del Director de la UNICEF que decía que si los países de América Latina tuvieran los niveles de salud que Cuba ofrece a su población se salvarían de morir nada menos que 800.000 niños por año. ¿Quién si no el imperialismo y sus gobiernos-clientes, dóciles sirvientes de sus menores deseos y siempre atentos a sus intereses, deben responsabilizarse por tamaño genocidio, ejecutado fría y silenciosamente todos los días?

 

La responsabilidad de los intelectuales.

 

Pero, conviene también preguntarse por la responsabilidad que les cabe en la producción y ocultamiento de este genocidio a tecnócratas e intelectuales, sobre todo los pertenecientes a esa variedad que Alfonso Sastre  ha magistralmente denominado los "intelectuales bienpensantes." Tecnócratas, casi siempre economistas ortodoxos para quienes la vida humana es un simple número en una ecuación econométrica, y que en épocas como éstas -que condenan a 100.000 personas por día a morir a causa del hambre y enfermedades prevenibles, 35.000 de los cuales son niños- hacen gala de una ilusoria neutralidad y equidistancia, buscando refugio en supuestos imperativos técnicos que culminan en la exaltación del pensamiento único y en la justificación de lo injustificable. Otros, refractarios a tecnicismos de cualquier tipo, prefieren envolverse en las tinieblas de una retórica pseudo-humanista que, en sus dichos, rinde culto sin concesiones a los más excelsos valores del espíritu humano pero que, en su práctica, terminan convalidando las mayores atrocidades.

 

Intelectuales que, como reconoce Mario Vargas Llosa en su libro El lenguaje de la pasión se dedican incansablemente a "la gratísima tarea de fabricar mentiras que parezcan verdades." [2](p. 90), algo que los "bienpensantes" hacen en sus novelas, lo que no está nada mal, sino también en sus envenenados artículos de opinión, lo que está muy mal porque constituye una estafa al lector, y que la prensa capitalista reproduce en todo el mundo condenando a Cuba y a Fidel; a Venezuela y a Chávez; al MST brasileño y los zapatistas mexicanos. En fin, a todos cuantos tengan la osadía de desafiar la dominación del capital.

 

Intelectuales y prensa que, sin embargo, callan miserablemente ante los crímenes y las violaciones a los derechos humanos que a diario comete el imperialismo como, para nombrar sólo la más reciente, el cobarde asesinato del patriota puertorriqueño Filiberto Ojeda Ríos perpetrado por el FBI y otras fuerzas represivas del imperio. ¡Imagínense el griterío que habrían armado los Vargas Llosa, padre e hijo, los Carlos Alberto Montaner, las Zoe Valdéz, los famosos "Reporteros sin Fronteras" -en suma y parafraseando el título de un libro de los primeros- "los perfectos idiotas colonizados" por el imperio si algo levemente parecido hubiese ocurrido en Cuba o Venezuela! Peor aún, piensen lo que podrían haber dicho nuestros "bienpensantes" si un dirigente opositor hubiese sido apaleado por la policía en Cuba o Venezuela. Su santa indignación habría alcanzado alturas olímpicas, descerrajando atronadoras declaraciones que habrían inundado día y noche la televisión mundial, mientras que toda la llamada "prensa seria" internacional reproduciría sus "mentiras que parecen verdades" por semanas y semanas. Y sin embargo, ante un crimen alevoso como el cometido en Puerto Rico, estos patéticos bufones del cowboy tejano se llamaron a un ignominioso mutismo, un silencio que los delata en su condición de farsantes a sueldo del imperio, gente a la que se le paga para que hablen y también para que callen, para fabricar impunemente esas mentiras que parecen verdades mientras se los rodea de un halo de inmaculada moralidad cívica.

 

Sería larga la lista de los cómplices del imperio en esta hora trágica para la civilización. ¿Dónde están, por ejemplo, esos atildados gobernantes europeos, cuyo sueño es perturbado sin clemencia por la sola visión de las amenazas que se ciernen sobre la libertad política en Cuba y Venezuela y que sólo encuentran consuelo planeando hacer negocios con China? ¿Y que hay de los diplomáticos del Viejo Continente que incansablemente condenan a Cuba por su inclaudicable defensa de los derechos humanos y la democracia verdadera, y a Venezuela por su pretensión de abrir paso al socialismo del siglo XXI? ¿Se reunirán ahora el Consejo de Europa, o el Parlamento Europeo, para sancionar a los Estados Unidos por acribillar, al mejor estilo de los gangsters de Chicago de los años treinta, a un patriota septuagenario, enfermo y desarmado? ¿Qué harán en la próxima sesión de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra? ¿Tendrán la valentía de denunciar este crimen cometido por el imperio en una de sus provincias cautivas? Y nuestra OEA, ¿convocará de urgencia a la Srta. Rice para amonestarla severamente por esta nueva muestra de terrorismo de estado cometida en tierras americanas?

 

Elementos para un balance.

 

Para terminar, y resumiendo, porque en esta mesa tengo el honor de estar acompañado por algunos de los mejores economistas del mundo, quiero decir que, en consonancia con el discurso de Fidel de 1985:

 

1°) La deuda demostró ser impagable.

 

Según los datos publicados por el Comité por la Anulación de la Deuda de los países del Tercer Mundo (CADTM), que lidera Eric Toussaint desde Bélgica, la deuda externa total pasó de 580.000 millones de dólares en 1980 a 2.400.000 millones de dólares (es decir, dos billones cuatrocientos mil millones de dólares) en el 2002.

 

Por cada dólar adeudado en 1980 los países del Tercer Mundo ya habían pagado, al año 2001, 8 dólares, y todavía debían 4 dólares más.

 

Pablo González Casanova ha demostrado que las transferencias de excedentes desde la periferia hacia el capitalismo metropolitano en los veintitrés años comprendidos entre 1972 y 1995 llegó a la fabulosa cifra de 4,5 billones de dólares (o sea,  4.500.000 millones de dólares). Cálculos efectuados a la luz de esta metodología exclusivamente para América Latina por Saxe-Fernández y Núñez arrojan una cifra "que supera los 2 billones de dólares tributados en dos décadas de neoliberalismo globalizador, cifra cuya magnitud equivale al PIB combinado de todos los países de América Latina y el Caribe en

Haga un comentario



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

Atilio Borón

Atilio Borón

Economista y periodista argentino, quien dirigió Clacso.