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Sociedad de la Información y el Conocimiento

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Vivimos en la sociedad del conocimiento, se oye decir hasta la saciedad, pero lo cierto es que el conocimiento ha marcado el signo social en todos los tiempos. Conocer cómo producir el fuego fue un salto civilizatorio esencial en el decursar social humano; dominar la fundición del bronce marcó una época social concreta; lo mismo diríamos de la edad de hierro. La metalurgia del cobre, la del acero, la matemática y la geografía que permitió la cartografía, conocer las leyes de la termodinámica y la máquina de vapor, las de la electricidad y el magnetismo, y los motores, los semiconductores. Toda época humana ha sido crecientemente del conocimiento: nombrar la actual como tal no la hace, ni remotamente, la primera. Para cada habitante de cada época mencionada, el conocimiento era el signo de su tiempo, y cada generación que le siguió creyó que la suya merecía mejor el adjetivo.

Una de las condenas por abandonar el pensamiento analítico, necesariamente crítico, es sustituirlo por lugares comunes entrados de contrabando en nuestra conciencia sin que sea evidente la puerta de entrada. Es la sentencia aparentemente más robusta la que debe ser sometida al escrutinio más feroz. La verdad no se valida por repetición, sino por su contraste sostenido frente a la realidad que describe. Porque toda verdad es, en el fondo, una descripción de alguna realidad.

Lo que sí parece cierto es que vivimos la época en que el conocimiento, de manera directa, se vuelve una mercancía esencial del capitalismo. Un fetichismo más que oculta (otra vez) detrás de un símbolo la raíz de la explotación en esa sociedad. Por más que se repita, una y otra vez, el conocimiento antes para ser ganancia debe realizarse y él, por si solo no se realiza como tal. La venta del conocimiento es una apropiación adelantada de la plusvalía que se extraerá cuando, al ser realizado, aumente la producción concreta de bienes o servicios.

Lo que si logra el conocimiento, es la concentración de la producción de plusvalor en menos personas, lo que solo aumenta la extracción de plusvalía y en consecuencia la explotación. Más aún, descarta cada vez a segmentos mayores de la población. La revolución de la información conjugada con la inteligencia artificial ha traído un sabor nuevo a la ecuación social que describo. Por primera vez, los sectores explotados más favorecidos del sistema están amenazados con ser descartados. Los intelectuales orgánicos de la sociedad, sus funcionarios públicos que conforman el estado burgués, los del trabajo administrativo, los de las cadenas de valor simbólico se enfrentan a su obsolescencia programada.

Los números no mienten. En un reporte de hace menos de un mes, la compañía Challenger, Gray and Christmas reportaba que solo en abril de este año, 21490 trabajos habían sido sustituidos por la IA en Estados Unidos. El 26% de todos los empleos perdidos ese mes. Un consultor de McKinsey, después de analizar el mercado laboral, concluyó que el 90% de los llamados empleos white-collars, aquellos no asociados a las manufacturas y la producción de bienes, pueden ser sustituidos por la IA y que ese cambio lo veremos en una década. Para dibujar un escenario aún más desolador, se considera que más del 50% de los empleos que se otorgan hoy a recién llegados al mercado laboral se habrán perdido para entonces. Es decir, entre los jóvenes profesionales, el batacazo será aún más brutal. Pero no se reduce a los trabajos no manuales. Un estudio de Frey y Osborne predijeron en 2017 que el 47% de los empleos en Estados Unidos estaban en peligro por la automatización y la IA. Ese pronóstico hoy se considera conservador.

La sociedad, sin embargo, necesita más producción material y simbólica, tan solo por el hecho, aun sin mejorar la calidad de vida de los habitantes actuales y de que los ricos quieren hacerse más ricos, de que la población mundial sigue creciendo. Luego, pérdida de empleo y necesidad de mayor producción implica una mayor concentración laboral. Para poder sostener esa concentración laboral sin perder cuota de ganancia, los dueños de los medios de producción necesitan que cada individuo empleado sea capaz de producir, directa o indirectamente, más valor y será pagado, en términos relativos, mucho menos respecto al valor que produce: se le extraerá más plusvalía. Y esa explotación será mayor, aun cuando el afortunado laborante perciba un salario mayor por el sencillo hecho de que el burgués que antes necesitaba pagar a miles, ahora solo tiene que pagar a una docena.

La frase de que vivimos en la sociedad de la información corre la misma suerte que la del conocimiento. Toda generación cree que su sociedad merece ese calificativo hasta que la próxima generación cree merecerla más. Después de todo, cuando Gutenberg inventó la imprenta, los que pudieron aquilatar la transformación que esto acarrearía, con justeza, podrían haber gritado que había llegado la era de la información. Y no es que la actual sociedad no merezca ser llamada de esa forma, es que, dialécticamente hablando, todas las que nos seguirán tendrán más razones para calificarse como tal, del mismo modo que la nuestra reclama más razón para ello que la de Gutenberg. Lo que sí parece ser nuevo es que la información se vuelve, directamente, y como nunca antes, una mercancía. Otro fetichismo más que oculta (y dale otra vez con lo mismo) detrás de un símbolo la raíz de la explotación en esa sociedad. Por más que se repita, una y otra vez, la información antes para ser ganancia debe realizarse y ella, por si sola no se realiza como tal. La venta de la información es una redistribución de la apropiación adelantada de la plusvalía que se extraerá de la producción concreta de bienes o servicios asociados a ella.

En una de las contradicciones más importantes hacia dentro del sistema capitalista en la actualidad tardía está la batalla entre sus élites burguesas para ver si prevalece la emergente burguesía tecnológica, la que sostiene su ganancia en lo simbólico del conocimiento y la información, y aquella burguesía asociada a la producción material que hace uso, necesariamente, de ese conocimiento e información, pero a la vez, le proveé soporte material. La globalización trajo consigo, para los centros hegemónicos, la externalización de la producción material a las regiones periféricas y la concentración de la producción de conocimiento e información en el interior de sus sociedades. La premisa ideológica era el fin de la historia de Fukuyama, que aseguraba un futuro de hegemonía norteamericana sin contestación, y Europa con un jardín en eterna primavera. El valor simbólico, se asumía, sobrepasaba el valor material y por tanto, quien dominara, en la cadena, esa porción simbólica, se volvía el dueño de los caballitos. La crisis del 2008 puso en duda todos eso, y la emergencia de sur global y en particular China, terminó por finiquitar la idea contrabandeada. Trump es el reconocimiento implícito del fracaso del Fin de la Historia y el Último Hombre, y también es el reconocimiento del fracaso del fetichismo de nuevo tipo que esconden los nombres de sociedad del conocimiento y la infomación. El empeño imperial en regresar dentro de las fronteras norteamericanas la producción material y garantizar, a la fuerza bruta, el acceso a las materias primas es la reivindicación de la tesis de Marx de que, en última instancia, es en la producción material (y en las relaciones sociales que establece) donde descansa la reproducibilidad de un sistema económico. Lo demás, sin eso, es humo, incluyendo conocimiento e información.

Luego, por más que nos baje la vanidad, no vivimos en una sociedad del conocimiento y la información, seguimos viviendo en una sociedad capitalista cada vez más decadente y que amenaza con arrastrarnos al holocausto, por mucho que sepamos, y por mucho que estemos informados.

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Ernesto Estévez Rams

Ernesto Estévez Rams

Instituto de Ciencia y Tecnología de Materiales (IMRE). Universidad de La Habana

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