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El buen libro de Música: Amadeo Roldán / Testimonios

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amadeo-hectorAl cabo de seis años de su publicación en 2001, por la Editorial Letras Cubanas, comenzó a aparecer en algunas librerías habaneras un título que me pareció atractivo, no solo porque en lo personal siempre he encontrado en  el género conocido como testimonio abundante alimento para  fijar  el  conocimiento alrededor de cualquier tema sino por  el impresionante interés que me ofrecía, a partir del Índice del libro, la composición misma de aquel conjunto de personas que  en él enlazan sus memorias para ayudarnos a  conocer mejor a un músico a quien, tristemente, se menciona, valora y hasta interpreta, por lo general, desde un distanciamiento que coloca en planos nada familiares para nosotros al  ser humano sensible y generoso a la par que genial, a quien conocemos por el nombre de Amadeo Roldán (1900-1939)

Canción de cuna del niño negro, de Amadeo Roldán


Canción de cuna del niño negro, de Amadeo Roldán. Está incluida en “De tres piezas para piano”, 1937. Intérprete Cecilio Tieles

Lo primero que resultó para mí un buen augurio, fue el haber hallado entre esos testimoniantes a un músico a quien quise y admiré desde planos bastante cercanos: el flautista y director de orquesta Manuel Duchesne Morillas (1902-1990), artista sencillo en su grandeza y una de las primeras personas que conocieron a Roldán a su arribo a Cuba en 1919, cuyos recuerdos y apreciaciones se insertan, en este libro, entre   miradas  acuciosas como las de Alejo Carpentier o  Harold Gramatges,  a la vez que se suman  a testimonios de inestimable valor, como el aportado por César Pérez Sentenat, cariñoso y cómplice, inseparable amigo del gran músico cubano. A todo esto se suman expresiones cargadas de sentido y emoción, por parte de instrumentistas y creadores cuyo papel, desde el atril o el podium, contribuiría a dar sentido, por el resto del siglo XX,  al devenir de una historia musical marcada  por los sueños,  la entrega sin límites y  la vida ejemplar de Amadeo Roldán.

cuartetos

El Cuarteto de Cuerdas de La Habana.

Una historia tejida, puntada a puntada, por quienes fueran sus amigos, sus amorosos familiares, sus discípulos y estrechos colaboradores en un plazo de vida dramáticamente breve al igual que intenso, no puede dejar sitio para la indiferencia. Encendí mi luz larga y me dejé llevar desde la primera página hasta la última del libro AMADEO ROLDÁN / Testimonios[1].

Desde hace más de un año, a partir de la lectura de ese buen libro de música, pienso en La Habana de Amadeo, camino por algunas de las zonas donde nos cuentan que vivió en los años de recién casado; miro las casas tratando de imaginar si alguna de ellas albergó a la hermosa pareja que la vida le permitió conformar; contemplo la esquina del cine Fausto, en Prado y Colón, y me pregunto en qué sitio quedaría el billar donde se le veía pasar los buenos ratos jugando, nada menos que en compañía de uno de sus primeros amigos: Antonio María Romeu ¿alguien imaginó esta pareja?

Entro un poco más hacia La Habana Vieja, llego al parque de San Juan de Dios bajando desde Monserrate, doblo a la derecha y encuentro el letrero  que marca el sitio donde, todavía en los años setenta, ofrecía sus modestos y acogedores servicios el restaurante Lafayette, que frecuenté por aquella época con verdadera asiduidad. Precisamente, narra Alejo Carpentier en su testimonio que, siendo muy joven, en los años veinte del pasado siglo, fue convocado por su padre para que acudiera a aquel establecimiento donde solía almorzar cada día, y escuchara a un  violinista también muy joven, digno de atención por su calidad y por el repertorio que escogía para amenizar, acompañado por un pianista, esos horarios. Claro, que el asombroso violinista no era otro que de Amadeo Roldán, quien había venido labrándose, desde el comienzo de su adolescencia,  un historial avalado por el Premio Sarasate (uno de los más codiciados en España por los ejecutantes de ese instrumento de cuerdas) y, desde  antes de haber resuelto, en 1919, venir a radicarse en la tierra natal de su madre,  había ocupado  un atril entre los primeros violines en  la recién fundada Orquesta  Filarmónica de Madrid.

“Punto guajiro”, de Amadeo Roldán


“Punto guajiro”, de Amadeo Roldan, 1928. Está basado en “El arroyo que murmura” de Jorge Ackerman. Intérpretes Adolfo Odnoposoff (cello) y Berta Huberman (piano).

Precisamente allí en el restaurante Lafayette,  lugar escogido por los jóvenes que integraron el Grupo Minorista para fijar un punto de reunión por aquella época, comenzó la hermosa amistad de los dos talentosos veinteañeros, entre citas frecuentes para saborear  helados  en Prado y Neptuno, donde hoy está ubicado el restaurante Caracas (entonces cafetería Miami) o en el Hotel Inglaterra, adonde también acudía el músico a ganarse el sustento amenizando algunos horarios del día. Al evocar esas historias tal como las presentan los testimonios en el magnífico libro que me acompaña desde hace un par de años, ellas le dan sentido a alguna que otra de mis proyectadas caminatas por el centro de la ciudad y amenazan con repletar mi libretica de notas preferida, llenándola de direcciones a las que no me he atrevido a acercarme todavía, cámara en mano, para dejar constancia fotográfica de lo que sé perfectamente que no irá más allá de una amable conjetura, teniendo en cuenta las huellas que -a la manera de un tatuaje-  el paso del tiempo  y el desaforado amor al abandono se empeñan en  dejar sobre los muros de cualquier ciudad  vivida y re-vivida como la Habana nuestra.

Uno de los frutos de la amistad entre Amadeo Roldán y Alejo Carpentier, fue el ballet La Rebambaramba, cuya asombrosa partitura fue creada en los ratos de descanso de la orquesta (según afirma Leonardo Acosta, una jazzband )[2] donde actuaba el músico hasta altas horas de la noche, en el cabaret El Infierno, radicado cerca de la esquina de Amistad y San José. Allí, en medio de la luz rojiza que ambientaba el lugar, sobre una pequeña mesa  facilitada  por el dueño, se perfilaron los trazos de esa obra maestra de la música cubana. No sé si es justo que a estas alturas, cuando la presencia del buen libro de música que motiva estos pensamientos ha mermado en los estantes de venta, intente yo continuar abriendo el apetito de mis iguales, los lectores que se buscan a sí mismos por los rincones de las librerías. Tampoco sé si las bibliotecas adonde los estudiosos pudieran acudir, cuentan con el valioso material. Estos párrafos, dirigidos a los lectores de la Isla entera, agradecen el esfuerzo de los compiladores de una información de primera mano que, a lo largo de muchos años, ha permanecido bajo la custodia del Museo y Archivo de la Música y que habíamos ido recibiendo fragmentada, una y otra vez, en los intentos biográficos o en los ensayos que tienen como tema principal al músico Amadeo Roldán y su obra.

No estoy reseñando un libro sino intentando trasmitir la experiencia de una lectura como pocas, cuyos frutos se han disparado en todas direcciones amenazando con atascar mis temas de conversación, enterneciendo y animando con verdadero placer mis audiciones de una música a la que, hasta hace poco, me acercaba estrictamente con veneración y respeto y que hoy viene a mi oído con toda la fuerza de esa energía inmensa que se quedó rondando en los recuerdos, en las historias, en las iluminaciones emanadas de un ser humano y un artista cuyo legado merece mantenerse a salvo de la desmemoria.

Almendares, 14 de enero de 2010

Notas

[1] Amadeo Roldán /Testimonios. Selección, presentación y cronología, María Antonieta Henríquez y José Piñeiro Díaz. Edición realizada con el apoyo del Instituto Cubano de la Música y el Museo Nacional de la Música. Editorial Letras Cubanas. La habana, Cuba, 2001

[2] Leonardo Acosta/ Descarga cubana: el jazz en Cuba (1900-1950). Ediciones Unión, La Habana, Cuba, 2000, pag. 65

Antiguo restaurante "Las Maravillas", frente a la Plaza del Cristo, en La Habana Vieja.

Antiguo restaurante "Las Maravillas", frente a la Plaza del Cristo, en La Habana Vieja.

Casa de la Calle Teniente Rey, frente a la Plaza del Cristo donde, en 1932, estuvieron radicados el local de ensayo de la Orquesta Filarmónica de La Habana y la Academia de Música, adjunta a esta institución, dirigida por Amadeo Roldán.

Casa de la Calle Teniente Rey, frente a la Plaza del Cristo donde, en 1932, estuvieron radicados el local de ensayo de la Orquesta Filarmónica de La Habana y la Academia de Música, adjunta a esta institución, dirigida por Amadeo Roldán.

Rincón de Amadeo Roldán en el Conservatorio que lleva su nombre en La Habana.

Rincón de Amadeo Roldán en el Conservatorio que lleva su nombre en La Habana.

“Canción de cuna del niño negro”, de Amadeo Roldán, interpretada por el Cuarteto de cuerdas Ictus

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Marta Valdés

La Habana, 1934. Compositora, guitarrista e intérprete de sus obras. En 1955 se inició como compositora con su canción “Palabras”. La autora ha basado sus creaciones en géneros como el bolero y la canción dentro del estilo “feeling”. Entre los intérpretes de su obra se encuentran Elena Burke, Doris de la Torre, Bola de Nieve, Cheo Feliciano, Reneé Barrios y, más recientemente, prestigiosos artistas suramericanos y españoles que se han sumado a esta lista.

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