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Vivir el cine por la cola

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A la espera de lo mejor, el cubano teje con suma frecuencia lo que aquí llamamos “cola”. No hablamos de la cola de un gato o de una salamandra, sino de la hilera, de la fila, de la cadena humana que ansía penetrar, ansiosa, lo mismo a panaderías, que a oficinas públicas, que a espacios tan concurridos en la Isla como las salas de cine.

En estos días en que La Habana ha sido escenario predilecto de los amantes del séptimo arte, se han visto todo tipo de colas. Estas se han dado a veces a modo de estrechas ristras; y otras, como  nubes densas. Y esa diversidad no ha impedido que cada quien conozca de sobra quién va delante del que va delante de él.

Recordaré siempre una de las colas más memorables, causada por una película, en La Habana de los años noventa del pasado siglo. Aquella noche un amasijo humano pujaba por traspasar las puertas de cristal del cine La Rampa, a riesgo de hacerlas saltar en pedazos. Todo para degustar la versión fílmica de El tambor de hojalata, novela del alemán Günter Grass.

Agentes del orden, taquilleras, porteros y transeúntes ajenos a la batalla, miraban atónitos el oleaje encrespado del cual emergían manos abiertas, cabellos desordenados, bolsos, papeles y  pañuelos.

Nadie quería perderse al pequeño Oskar. ¿Cómo sería aquel chiquillo imaginado por Günter, ese niño que al cumplir sus tres años de edad había decidido no seguir creciendo, y que andaba por el mundo aferrado a un tambor de hojalata?

Estuve allí. Y casi en el instante de entrar a la sala grande, atrapada en el vapor que emergía de la masa de batalladores, empecé a temer. Pensé en las conglomeraciones al pie de puertas o rejas gigantes de la historia. Imaginé a muchedumbres intentado abrirse paso, y a todos los que quedaban asfixiados como peces porque se iban enredando, cayendo al suelo, desapareciendo bajo el tropel.

Aquello era un arrebato de película. Eran la pasión y la curiosidad mezcladas en el espíritu de cada cinéfilo. Y la prueba de que en esta Isla la apetencia por el cine puede ser tan intensa como el gusto por los mejores conciertos o los históricos juegos de béisbol.

Cada uno de nosotros tiene en sus recuerdos el vértigo vivido en alguna cola descomunal, como aquella provocada por el pequeño Oskar. Mas, a decir verdad, lo más común en estos días de Festival de Cine ha sido la espera cosida a golpe de pequeños diálogos, de rápidas lecturas, de poses pacientes en quienes desean el encuentro con vidas paralelas, con la bendición del arte.

Una cola de película

Una cola de película

Una cola de película

Una cola de película

Una cola de película

Una cola de película

Una cola de película

Una cola de película

Una cola de película

Se han publicado 1 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • F. Juan Águila dijo:

    Alina y Kalo;

    Las felicito, nuevamente.

    No me puedo apartar de la política, a veces.

    La cola en Cuba desde hace años, es la expresión de las nuevas necesidades que se crearon (Más trabajo, más poder adquisitivo)= a más en qué invertir.

    Les haré una anécdota de mi “viejecilla”, ya fallecida; pero a quien siempre siento a mi lado.
    La llevé a una tienda (cuyo dueño aprendió “el negocio” en “El Encanto”, el que los terroristas incendiaron con victimas inocentes dentro, en La Habana, junto a otro que se abrió otro parecido)

    Era la primera vez que me visitaba. Una enorme tienda de varias plantas donde todo estaba concentrado en aquel edificio, las Tiendas por departamentos de grandes superficies, No les diré que estaba vacío, Pero tampoco había tantas personas comprando (Muchos ancianos, disfrutando del aire acondicionado, en invierno de la calefacción)

    La “pobrecita” me preguntó Chico, ¿Y aquí no hay cola?

    Un abrazo

    Juan

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Alina Perera Robbio

Alina Perera Robbio

Es periodista cubana, columnista de Juventud Rebelde y colaboradora de Cubadebate. Ha ganado múltiples premios de periodismo en los certámenes anuales del país. Es autora del libro “Buscándote, Julio”, y coautora de “Voces del milagro”, “Niños del milagro”, “La maldición del avetruz” y “La cuadratura del círculo”.

Kaloian Santos Cabrera

Kaloian Santos Cabrera

Kaloian Santos Cabrera es fotorreportero, colaborador de Cubadebate. Trabaja en Juventud Rebelde.

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