Redes sociales y juventud: ¿Quién controla a quién?

Foto creada con Inteligencia Artificial.
A inicios de 2025, más del 65% de la población mundial estaba conectada a internet. Más del 63%, en redes sociales. Las cifras, frías y contundentes, se leen como un triunfo: la humanidad, más comunicada que nunca. Pero hay algo que esos números no dicen: cuántas de esas conexiones son felices, cuántas de esas horas frente a una pantalla no son, en realidad, una forma elegante de soledad.
En 2024, un grupo de investigadores en Corea del Sur decidió hacer lo que nadie quería hacer: mirar de frente lo que le ocurría a un grupo de adolescentes de entre 13 y 18 años después de pasar horas en Twitter e Instagram. El resultado no fue una sorpresa, pero sí una confirmación incómoda: esos chicos, que en teoría estaban “conectados”, tenían dificultades para mantener una conversación en el mundo real. Sentían, decían, que algo los separaba de los demás, como si una membrana invisible los aislara incluso cuando estaban rodeados de gente. Y luego estaban los otros, los que recibían comentarios crueles, los que sufrían el acoso digital, los que aprendían, demasiado pronto, que internet no perdona.
En La Habana, en Santiago, en cualquier lugar donde llegue el internet —lento, caro, milagroso—, la historia no es muy distinta. Niños y adolescentes filman coreografías, hacen challenges, persiguen la viralidad como si fuera una salvación. A veces la consiguen. Y entonces llegan los comentarios: Qué lindo, qué feo, qué mal bailas, qué bueno eres, por qué te vistes así, quién te crees que eres. La validación, cuando aparece, es fugaz. La crítica, en cambio, se queda.
Hay padres que celebran: “Mi hijo tiene muchos seguidores”. Hay otros que no entienden por qué su hija pasa horas editando un video para tres segundos de atención. Y hay algunos, los menos, que se preguntan qué pasa por la cabeza de un niño de 12 años cuando un desconocido le escribe “ojalá te mueras” bajo una foto.
La solución no es, claro, volver a la era analógica. Las redes sociales son el patio de recreo, la plaza pública, el diario íntimo y el escenario de esta generación. Prohibirlas sería inútil; ignorar sus riesgos, ingenuo.
Hay herramientas: controles parentales, aplicaciones que miden el tiempo de uso, algoritmos que detectan el acoso antes de que ocurra. Pero la tecnología no educa. No enseña a un adolescente que la vida no es un feed perfecto, que los likes no son moneda de autoestima, que una pantalla no puede ser el único espejo.
El desafío, entonces, es doble: los adultos tienen que aprender primero —porque muchos no saben más que sus hijos— y luego enseñar. No se trata de espiar, ni de sermonear, sino de decir, sin romanticismos ni alarmismos: “Esto que estás viendo no es real. Esos cuerpos perfectos están editados. Esa felicidad es un instante. Tú vales más que tus seguidores”.
Las redes sociales no son el demonio. Han servido para organizar revoluciones, para encontrar voces perdidas, para crear arte en 280 caracteres o 15 segundos. Pero también han creado una cultura en la que la identidad es un producto que hay que vender y en la que el valor personal se mide en reacciones.
La pregunta no es si las redes sociales controlan a los jóvenes —algo de eso hay—, sino qué hacemos para que ellos las controlen a ellas. Para que las usen sin ser usados. Para que, cuando apaguen el teléfono, no se apague el mundo.
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Eliminemos las redes sociales
Muy interesante y urgente de pensar.
¿Redes sociales o enredaderas antisociales?
Nomofobia: Adicción al celular o teléfono móvil inteligente. Los padres tienen la responsabilidad de controlar esto, no dejarlo al libre albedrío.
Sin dudas, independientemente del avance en todos los aspectos de la vida que han traído el desarrollo de las nuevas tecnologías, aparejado a ello ha ocurrido una transformación gradual del comportamiento de las personas que lejos de favorecerla (beneficio) a provocado un deterioro (costo). En los tiempos actuales ya no se ven o se ve poco a niños y jóvenes compartir en los barrios donde reciden en prácticas deportivas o culturales, incluso adultos. Si llevamos esto al plano familiar, la atención a los hijos por parte de los padres ha disminuido pues es una practica diaria la dedicación de una buena parte del tiempo a la atención de las redes sociales. Adultos mayores que necesitan atención por parte de sus familiares también sufren estas consecuencias.
Cuando miramos este fenómeno en el ámbito educacional de cualquier nivel incluida el universitario la situación se torna más crítica. Independientemente de que las tecnologías pueden ser utilizadas como un medio de enseñanza óptimo para la búsqueda y procesamiento de información y para la transmisión de contenidos no ocurre así. Por más esfuerzo que haga el profesor en sus orientaciones la gran mayoría de los estudiantes divagan por otros temas.
La dirección del país debería realizar un estudio profundo del comportamiento de este fenómeno y establecer normas para el uso de estas tecnologías como ya lo han hecho otros países, de manera tal que en el caso de los estudiantes la utilicen en función de la apropiación de conocimientos, en su profundización, en el desarrolla de hábitos, habilidades y destrezas pero a través de actividades o tareas docentes fuera del marco escolar.
La solución la tenemos en nuestras propias manos, somos privilegiados, contamos con una revolución social, la que nos aporto Fidel, nos toca ser sabios al usar esa herramienta que es el sistema educacional de un país, el que mas influye y determina en la formación de ese INDIVIDUO-DESTINATARIO de esta guerra mediática global. Esa es la clave, centrarnos en preparar científicamente al destinatario de esta guerra mediática, al hombre nuevo, uno superior al centrarnos científicamente en las emociones como lo primero para construir esa recia actitud, la actitud como única puerta del ser humano que lo hace invencible, solo posible en el socialismo. Una revolución en pedagogía, cambiando el concepto escuela por fabrica de emociones, revolucionando al fuerte, inmóvil y cerrado gremio de educadores, innovando en el proceso de formación desde afuera de los muros de ese sector. El sistema educacional de un país es el instrumento que mas influye sobre un individuo y su formación, por encima de el internet, las redes sociales, la familia la televisión y mas. En el socialismo esa es la clave, preparar al destinatario de esta guerra mediática. Debemos aprender que en el proceso educativo la actitud es lo primero, el resto; los valores, la conciencia, los conocimientos, la inteligencia, la aptitud son secundarios, siempre son consecuencia de una actitud, la actitud, la llave que abre la puerta del ser humano.
De lo más evidente es que el pillo o ladrón es el que controla al que viene por la calle con el móvil en la cara, sin atender, casi que solo falta una Liz bien grande de neon que siga "estoy aquí".
He visto gente en apagón, encima de la bicicleta mirando el celular pedaleando.