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Democrisis

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El gran misterio de por qué tantos estadunidenses apoyan a un candidato como Donald Trump no se puede reducir a pensar que todos son racistas y antimigrantes. Lo que ha alimentado el apoyo al magnate, al igual que al fenómeno tal vez más notable e inesperado de Bernie Sanders (en la imagen, en un acto el fin de semana), es algo que se resumió en el lema de Ocupa Wall Street: el uno por ciento que ha secuestrado al sistema para sus propios intereses y el 99 por ciento que padece las consecuencias. Foto Ap/AIDS Healthcare Foundation

El gran misterio de por qué tantos estadunidenses apoyan a un candidato como Donald Trump no se puede reducir a pensar que todos son racistas y antimigrantes. Lo que ha alimentado el apoyo al magnate, al igual que al fenómeno tal vez más notable e inesperado de Bernie Sanders (en la imagen, en un acto el fin de semana), es algo que se resumió en el lema de Ocupa Wall Street: el uno por ciento que ha secuestrado al sistema para sus propios intereses y el 99 por ciento que padece las consecuencias. Foto Ap/AIDS Healthcare Foundation

El sistema está amañado no es una frase nueva, aunque en esta elección tanto Bernie Sanders como Donald Trump –en versiones diferentes– la han repetido de manera constante, justo porque tiene eco entre millones de personas; la mayoría no confía en los candidatos presidenciales, ni el Congreso ni en gran parte de las instituciones del aparato político, y menos en el económico.

En tiempos recientes esto ha sido en esencia el mensaje de Ocupa Wall Street, del movimiento sobre el cambio climático, de Black Lives Matter y, de hecho, de ahí brotó la respuesta electoral que llevó a Barack Obama a la presidencia. De diversas maneras la opinión pública mayoritaria expresa la idea de que este sistema no funciona para las mayorías.

Esto se refleja en que los candidatos presidenciales de los dos partidos que tienen el monopolio sobre la democracia electoral son rechazados por la mayoría del pueblo, algo sin precedente. A Trump lo perciben de manera desfavorable 66 por ciento de estadunidenses, y a Clinton, 53 por ciento, según el sondeo más reciente de ABC News. Más aún, sólo 34 por ciento de votantes empadronados creen que Trump o Clinton son honestos y confiables. La contienda es en verdad un concurso de quién es el menos malo.

También se refleja en que el nivel de alta o suficiente confianza en la institución del Congreso es sólo de 9 por ciento, según la última encuesta de Gallup, la institución más reprobada del país. Dos tercios del pueblo opina que el país va sobre una vía equivocada.

En un sondeo de votantes empadronados este mes, 40 por ciento afirmó: yo he perdido la fe en la democracia estadunidense. En el sondeo realizado por SurveyMonkey y analizado por Nathaniel Persily, profesor de leyes en Stanford, en el Washington Post, sólo 31 por ciento están dispuestos a aceptar definitivamente el resultado de esta elección como legítimo si pierde su candidato; 28 por ciento dice que no lo harán.

De que en la democracia más antigua del mundo y proclamada como la de mayor grandeza en la historia, el debate político electoral ahora gira sobre mentiras, engaños y comportamiento sexual de los candidatos demuestra, antes de analizarlo demasiado, una descomposición alarmante.
Lo más asombroso no es Donald Trump y su efecto en lo que es tal vez la contienda electoral más fea de la era moderna, sino que una clase política entera permitió que él llegara a la antesala de la

Casa Blanca; eso dice más sobre el deterioro de esa clase política que de él.
Sigue como el mejor análisis, inicialmente hecho por el conservador Robert Kagan de la Brookings Institution, de que el Partido Republicano creó un Frankenstein; surge de años de promover una agenda antimigrante, xenófoba, antimujer, antigay, antisindical que buscaba anular los avances de los derechos civiles al final creando a un monstruo tan poderoso que está por destruir a sus creadores.

El primer síntoma de una aristocracia degradada es la falta de candidatos aptos para el trono. Después de años de indulgencia, las familias gobernantes se vuelven débiles, endogámicas y aisladas, con nadie más que místicos, impotentes y niños para presentar como reyes, escribe Matt Taibbi en Rolling Stone al describir el posible fin del Partido Republicano después de Trump.

Todo esto se alimenta de un hartazgo popular ante una sistema político que pretende representar a un electorado pero que en los hechos ha abandonado a amplios sectores sociales. Vale repetir que la implementación, por consenso bipartidista, de políticas neoliberales en Estados Unidos desde los 80 hasta ahora ha generado la devastación de sectores enteros en varios puntos del país, y ha llevado a una concentración de riqueza y la peor desigualdad económica desde 1928, poco antes de la gran depresión.

El gran misterio de por qué tantos estadunidenses apoyan a un candidato tan deplorable como Trump no se puede reducir a algo tan fácil como porque todos son racistas y antimigrantes. Lo que ha alimentado el apoyo a Trump, al igual que al fenómeno tal vez más notable e inesperado de Bernie Sanders, es algo que se resumió en el lema de Ocupa Wall Street: el uno por ciento que ha secuestrado al sistema para sus propios intereses y el 99 por ciento que padece las consecuencias. Hay sectores masivos de estadunidenses que después de hacer todo siguiendo las reglas: trabajar, ahorrar, cuidar a sus hijos y pagar sus cuentas, se encuentran en condiciones cada vez más precarias con la sensación de que sus gobernantes los han abandonado para dedicarse a proteger a los más ricos, incluso a aquellos que violaron leyes y no jugaron con las reglas, como los banqueros. O sea, el sistema está amañado.

Ante ello, no sólo no confían en el sistema, sino que no pocos están dispuestos a que estalle. Por eso, en parte, la ira tan aparente en los actos de Trump con denuncias de la cúpula política entera, tanto demócratas como republicanos, y la falta de respeto a las grandes instituciones políticas y económicas del país. Trump combina eso con su mensaje antimigrante (Fuck off, we’re full. Chíngate, ya no hay cupo, mensaje antimigrante en una camiseta en un mitin de Trump) y xenófobo, en la antigua tradición fascista.

Sanders ofreció una crítica dirigida a lo mismo, pero con una visión progresista e incluyente que también generó una ola de apoyo sin precedente para un candidato insurgente. Ambos tienen un eco extraordinario justo porque tocaron algo fundamental: enormes sectores de votantes y ciudadanos se sienten traicionados por sus gobernantes y por el sistema del cual forman parte.

Pero en lugar de que esa furia popular lograra, a través de las urnas, generar un cambio democrático del sistema, todo ha sido desviado por la candidatura de un pequeño salvaje patético tan extremo que ahora todo ser racional, incluyendo progresistas, se ven obligados, ante la amenaza de Trump, de promover el voto por Clinton, la reina del establishment.

O sea, de cierta manera, ante esta crisis política, tienen que salvar al sistema de sí mismo. Eso no regenera la confianza en lo que dicen que se llama democracia.

(Tomado de La Jornada)

Se han publicado 1 comentarios



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  • jcesar dijo:

    No puede haber democracia politica sin democracia económica. La historia- como decía Leopoldo Zea, no está llena de descubrimientos sino de encubrimientos.
    Hay que arrancar las máscaras y descolonizar las mentes.

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David Brooks

David Brooks

Periodista mexicano, corresponsal del diario La Jornada en los Estados Unidos.

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